rimeras horas de la tarde del 16 de octubre...
Ayer fui a caminar con la buena gente de Oaxaca. En realidad, caminé todo el
día. Entrada la tarde, me enseñaron el muro donde se impactaron las balas.
Enumeraban cada una de las que iban encontrando. Me recordó la entrada de la
casa de Amadou Diallos 1 , pero en este caso los grafitis estaban
desde antes de que ocurriera el tiroteo.
Una de las balas que no pueden ser contadas en la pared aún está en su
cabeza. Tiene 41 años, y se llama Alejandro García Hernández, presente cada
noche en la barricada del barrio. Una de ellas salió a unirse con su mujer y sus
hijos para permitir el paso de una ambulancia. Pero una camioneta pick up
trató de pasar inmediatamente después del vehículo de emergencia. Recibió la
bala cuando dijo a los ocupantes que no podían pasar. Y nunca lo hicieron. Esos
ocupantes, militares en ropas de civil, se abrieron el paso a tiros para salir
del lugar.
Un joven que sólo desea ser conocido como Marco estaba con la familia cuando
ocurrió el tiroteo. Una de las balas le atravesó el hombro. Se encontraba en un
evidente estado de conmoción cuando nos conocimos. Tiene 19 años. Me dijo que
aún no había informado a sus padres del hecho -como otros, se presentaba en las
barricadas noche tras noche-, y que, tan pronto como la herida sanara,
regresaría a ellas. Definitivamente.
Pocos días antes llegó una delegación de senadores, cuya visita tenía por
objeto determinar si había ingobernabilidad en el estado. Apenas tuvieron una
probadita. Corrió la voz para cerrar el resto del gobierno. Docenas de personas
salieron a pie del zócalo oaxaqueño empuñando grandes palos y cargando una caja
con docenas de botes de pintura en aerosol. Se apoderaron de tres autobuses de
transporte urbano y por la mañana recorrieron toda la ciudad para visitar los
edificios gubernamentales e informar a la gente en su interior que quedaban
cerrados. Y que agradecerían su cooperación voluntaria.
La gente salió, inquieta, aunque otorgando su colaboración. Mientras
desalojaban el último edificio, tres pistoleros llegaron y abrieron fuego. Ya se
habían retirado dos autobuses. Estalló el alboroto. Fue una batalla con piedras,
tiros de resortera y gritos que duró diez minutos. Dos heridos, uno en la cabeza
y otro en una pierna, fueron llevados al hospital mientras continuaba la
refriega. La radio dio la alerta y llegó gente de todas partes.
Los pistoleros estaban a la vuelta del edificio. Pero lograron huir. Nadie
estaba seguro, pero parecía que estaban adentro, vigilando. Se informó de
policías encubiertos cerca del hospital, y pronto salieron hacia allá varios
hombres dispuestos a vigilar a los heridos.
Lo que se puede decir de este movimiento, de este momento revolucionario, es
que está creciendo, aumentando, tomando forma -uno lo puede sentir-, tratando
desesperadamente de lograr una democracia directa. En noviembre, la APPO
sostendrá una conferencia para buscar conformar una Asamblea Estatal del Pueblo
de Oaxaca, o AEPO. Hoy en día existen 11 de 33 estados que han anunciado la
conformación de asambleas populares al estilo de la APPO. Y también unas cuantas
al otro lado 2 , en Estados Unidos.
Y los marinos han regresado al mar, aunque la policía federal que devastó
Atenco permanece en las cercanías. Mientras, el reciente campamento (de la APPO)
3 en la ciudad de México ha iniciado una huelga de hambre porque el
Senado puede hacer renunciar a Ulises Ruiz Ortiz.
¿Qué sigue? Nadie está seguro. Es como si la luz atravesara el cristal. O
bien lo quema o bien pasa a través de él. Lo que está claro es que esto es más
que una huelga, más que la expulsión de un gobernador, más que un bloqueo, que
la unión de diferentes elementos. Es una revuelta popular genuina. Y luego de
décadas del priísmo gobernando mediante el soborno, el fraude y las balas, la
gente está cansada. Llaman a ese partido la tiranía, y está dispuesta a destruir
ese autoritarismo.
En la calle se puede escuchar el murmullo de la selva lacandona. En las
esquinas la gente decidiendo permanecer junta. Uno les ve las caras: indígenas,
mujeres, niños, tan bravos y alertas en la noche, orgullosos y resueltos.
Regresé caminando de la barricada donde me encontré con Alejandro, junto con
un grupo de seguidores del movimiento, que vinieron de un distrito lejano, a
media hora de camino. Iba hacia la morgue con un grupo enfurecido. Entramos y
vimos al propio Alejandro. No había visto muchos cuerpos en mi vida. Tremenda
sensación. En la esquina, una pila de cuerpos, casi todos los que han muerto,
sin refrigeración. Y el olor. Tuvieron que abrirle el cráneo para extraerle la
bala. Regresamos caminando todos juntos.
Y ahora Alejandro se mantiene a la espera en el zócalo, como los demás en los
otros plantones. Espera una tregua, un cambio, un avance, una salida. Una
solución. Esperando que la tierra cambie y se abra. En espera de noviembre,
cuando pueda sentarse con sus seres queridos, el Día de Muertos, y compartir
comida y bebida y cantar. Esperando que la plaza se le venga encima y arda. Sólo
espera hasta la mañana, pero esta noche espera que el gobernador y su entorno se
vayan para nunca regresar.
Una muerte más, otro mártir en esta guerra sucia, otro momento para
llorar y lastimarse, otra oportunidad de conocer el poder y su horrible cabeza,
otra bala rasga la noche, otra más en las barricadas. Alguien mantiene las
fogatas. Otros se envuelven y duermen. Pero todos están con él mientras
descansa, una última noche, bajo su mirada.