ara comprobar dónde está el poder real en Iraq merece la pena trasladarse al
Centro de Conferencias de la Casa Blanca, para escuchar algo de lo que allí dijo
hace unos días el portavoz oficial. En este caso, la rueda de prensa trataba
sobre el contenido de una conversación telefónica mantenida entre el presidente
de EEUU y el primer ministro iraquí.
Pregunta del periodista: —… usted dice que Maliki está preocupado
sobre lo que se habla respecto a un programa de retirada… sobre la retirada de
las tropas.
Respuesta del portavoz: —No, él cree en la retirada de las tropas y
manifiesta su confianza en que a medida que los iraquíes mejoren sus
capacidades…
P: —Bien, pero usted ha dicho que está preocupado por un programa.
R: —Se habló de que se le iban a dar sólo dos meses. Y tuvimos noticias
de que esto le preocupaba.
P: —Usted acaba de decir que está preocupado porque cree que los
programas [de retirada de tropas] fomentan el terrorismo.
R: —Dijo que estaba preocupado sobre un informe que decía que le íbamos
a dar dos meses…
P: —Así que él [Maliki] está preocupado sobre lo que se habla respecto
a un programa de retirada o…
R: —No, no es un programa de retirada. La forma en que se ha presentado
es que les vamos a dar dos meses o buscaremos a otra persona. Es un programa
para su gobierno, no para la retirada.
El hábil acoso del periodista al portavoz dejó las cosas claras: “Les vamos a
dar dos meses o buscaremos a otra persona”. Cuando el primer ministro iraquí
tiene dudas sobre su permanencia en el poder, en vez de plantear una cuestión de
confianza en el Parlamento de Bagdad se la plantea a Bush. Le dan dos meses de
plazo para apaciguar el caos iraquí y, si fracasa, le amenazan nada veladamente
con su inmediata sustitución: ¿es esa la democracia que se pretende instaurar
por la fuerza de las armas en Iraq y, por extensión, en Oriente Medio?
El brillante objetivo inicial de implantar la democracia en Iraq se desvanece
ahora entre brumas y engaños, igual que otros falsos objetivos anteriores.
Veamos algunos indicios. Un experto diplomático iraquí del anterior régimen ha
declarado hace poco: “El creciente número de muertos en Iraq está favoreciendo
la aceptación por el pueblo de un golpe militar. Yo diría que un 80% de
ciudadanos aceptaría cualquier cosa que aplastase las bandas ‘iraníes’ [alude a
las milicias chiíes]”. Ni qué decir tiene que el opinante pertenece a la elite
suní, pero el contenido golpista de sus palabras es inocultable.
En el londinense Sunday Times se ha publicado: “La frágil democracia
iraquí, debilitada por el creciente caos y una mortandad que aumenta
aceleradamente, se ve asediada por voces que piden la formación de un ‘gobierno
de salvación nacional’ de línea dura”. Aparte del optimismo que implica hablar
de democracia iraquí, por frágil que se considere, estamos ante la vieja llamada
al “cirujano de hierro” o al “espadón” que salve a la nación. Nada nuevo, desde
una perspectiva histórica más amplia en la que los españoles tenemos ya
suficiente experiencia.
Es ingenuo creer que EEUU busca la democracia en Iraq; lo que en verdad busca
allí, como en otros lugares, es afianzar sus intereses. Una larga tradición
histórica —confirmada en el mismo continente americano— nos muestra que si esos
intereses son bien atendidos por inmorales dictadores o por golpistas asesinos,
Washington sabe cerrar los ojos cuando es necesario. Recuérdese al presidente
Roosevelt —hoy casi un referente ético, en comparación con los que gobiernan
EEUU— aludiendo al dictador nicaragüense Somoza: “Es un hijo de puta, pero es
nuestro hijo de puta”.
Se vislumbra, pues, un golpe de estado dado por un militar nacionalista, para
intentar poner fin al desbarajuste que reina en un país destrozado por la
invasión y posterior ocupación militar. Se supone que contaría con el apoyo
militar de EEUU (pues no hay un ejército nacional en Iraq que se pueda alzar en
armas, según la fórmula usual), de la CIA y la benevolencia de los regímenes
árabes moderados (léase, feudales). Sería muy probable que quien encabezase el
golpe estuviese ideológicamente más cerca del hoy procesado Sadam Husein que del
actual gobierno. Pero la situación en Iraq ha cambiado mucho y los chiíes no
parecen dispuestos —con Irán observando desde la retaguardia— a aceptar, como en
el pasado, la dominación política suní.
Las consecuencias son imprevisibles: ¿Guerra civil extendida?
¿Desmembramiento del país? ¿Ascenso de Irán a la hegemonía regional?
¿Agravamiento general de la inestabilidad desde Egipto a Pakistán? Como es ya
sabido, no hay ninguna situación tan mala que no pueda empeorar. En algunos
ámbitos del poder ocupante en Bagdad, dentro de la zona verde, no hay que aguzar
mucho el oído para escuchar el “¡Sálvese quien pueda! y comience la huida”, que
no la retirada, dejando detrás un nuevo polvorín con la mecha encendida. Habrá
quien recuerde las colas de atemorizados fugitivos abordando los helicópteros en
la azotea de la embajada de EEUU en Saigón (hoy, ciudad Ho Chi Minh) en abril de
1975, concluida felizmente la democratización de Vietnam por las armas
estadounidenses, frente al peligro comunista. ¡Misión cumplida! que diría Bush.