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(IAR-Noticias)
27-Diciembre-06
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En 1991, en las afueras de Moscú, un ciudadano saluda y entrega flores a un
héroe de guerra |
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El 25 de diciembre de 1991, la bandera roja con la hoz y el martillo era arriada
del Kremlin. Terminaban así 74 años de comunismo. Hoy, 61% de los rusos lamenta
la desintegración soviética.
Por Telma Luzzani - Clarín
Apenas un puñado de persona contemplaba en la noche helada del 25 de diciembre
de 1991 cómo se cortaba el último hilo de vida de la Unión Soviética. La nieve
absorbía todos los sonidos, salvo el crujir de las botas sobre el hielo de
quienes apuraban el paso para ver, en la Plaza Roja, cómo se desvanecía un
pedazo de historia del siglo XX. Mijail Gorbachov, el octavo y último presidente
soviético, había entregado, minutos antes, el control de 27.000 ojivas atómicas
a Boris Yeltsin y se había despedido por cadena de televisión, de una nación ya
inexistente.
Los curiosos de la Plaza Roja vieron entonces cómo la bandera roja con la hoz y
el martillo (siempre flameante gracias a un sistema de turbos que le soplaban
aire caliente desde abajo) descendía hasta caer, como un trapo, sobre una de las
cúpulas doradas del Kremlin.
Así, casi como si fuera un trámite, sin hurras ni sollozos, terminó hace 15 años
uno de los experimentos teóricos y políticos más osados del siglo XX, un
proyecto que había convencido a gran parte del planeta (también del lado
capitalista) que existía una fuerza potencial de transformación colectiva por la
que el mundo podía girar hacia el socialismo y lograr la equidad y el bienestar
universal.
Pero en 74 años de comunismo el augurado "hombre nuevo" no hizo su aparición
masiva en Rusia. Aquel 25 de diciembre de 1991, la inmensa mayoría de los ex
soviéticos estaba en su casa, al reparo de una noche invernal extrema (18 grados
bajo cero), felices de que por fin podrían saborear las mieles de ese
capitalismo que veían por TV y admiraban desde las páginas lustrosas de las
revistas europeas.
Durante la cobertura periodística de aquellos primeros días postsoviéticos lo
que más llamaba la atención era la ligereza conque la gente suplantaba un ideal
por otro. La fe en la existencia de un capitalismo perfecto, sin errores ni
miserias, era total, de la misma manera que el desencanto por la clase política
soviética se había vuelto absoluto.
Los jóvenes eran los más ansiosos (y también los que mejor se adaptaron al
capitalismo real). Si algo le reprochaban a la generación anterior era no haber
empezado con las reformas antes. "Nosotros vivíamos en una sociedad donde el
individuo no existía. Eramos engranajes de una máquina y siempre había que
pensar en función del todo. Ahora tenemos que autoconcientizarnos de que somos
individuos y que si decidimos sacrificarnos por la sociedad, como Sócrates o
como Jesús, será por propia convicción y no porque el dogma dice que así debe
ser", decía con pasión e ingenuidad Andrei, un economista de 30 años
entrevistado por esta periodista a fines de 1991 en Moscú.
No obstante nadie podía dejar de pensar en los demás. Serguei, un muchacho que
vendía por dos dólares las "Medallas Lenin al Mérito" atesoradas en el pasado
por sus padres y abuelos, dijo aquel año a Clarín: "Si en mi etapa de
acumulación de capital llego a tener muchísimo dinero lo primero que hago es
asfaltar todos los baches de mi barrio".
Mientras tanto, una nueva generación de jóvenes "yuppies" crecía en Rusia. Por
obra y arte de unas "privatizaciones" vergonzosas aparecieron los "nuevos
ricos". Todo, desde los bancos y la industria hasta los comercios y las casas de
familia, todo pasó a estar en manos de un grupo reducidos de ex soviéticos, la
mayoría vinculados al gobierno, es decir, al Partido Comunista.
La gente mayor fue la quedó más descolocada. "¡¿Cómo era posible que antes,
ganar mucha plata era mal visto (y hasta sospechoso) y ahora, hacer dinero —si
es rápido y fácil mejor— se ha convertido en una virtud?!"
La caída de la URSS marcó simultáneamente el fin de la guerra fría y de la
bipolaridad. Sin el modelo socialista que le hiciera resistencia, el capitalismo
en su fase más salvaje se extendió por casi todo el mundo y Estados Unidos, como
única potencia, buscó avanzar sin límites.
A quince años de aquellos cambios, una encuesta dirigida por el Centro Levada
indica que el 61% de los rusos lamenta la desintegración de la URSS. Otra
realizada por el Centro de Estudios de la Opinión Pública constató que si hoy se
convocara a un referéndum proponiendo la reunificación de las tres ex repúblicas
soviéticas eslavas, votarían por "Sí" el 51% de los rusos, el 45% de los
ucranianos y sólo el 36% de los bielorrusos.
La dinámica del cambio había empezado mucho tiempo atrás. Se sabía de las
distorsiones de la economía soviética y de su progresivo atraso tecnológico en
relación a su potencia rival, Estados Unidos. En 1985, Mijail Gorbachov asumió
el poder en el Kremlin decidido a poner fin a ese desfasaje. Anunció entonces su
"perestroika", un gigantesco plan para reformar y modernizar el socialismo.
Denunció los "años de estancamiento de la era Brezhnev"; reclamó la revisión de
la economía centralizada; realizó las primeras elecciones municipales; liberó
presos políticos; impulsó la libertad de expresión; retiró las tropas soviéticas
de Afganistán y aflojó el control de Moscú sobre Europa del Este lo que culminó
con la caída del Muro de Berlín.
Como le pasó al doctor Frankenstein con su criatura, Gorbachov no pudo dominar
una maquinaria de cambios que tomó vida propia y que fue utilizada por quienes
vieron en ella —como fue el caso de Boris Yeltsin— un trampolín hacia el poder.
Con los cambios en el Este europeo, gran parte de las 15 repúblicas soviéticas
anunciaron su voluntad de independizarse de Moscú. Gorbachov quiso frenar el
desmembramiento con tropas y tanques. Las contuvo hasta el 19 de agosto de 1991,
día del golpe de Estado en su contra. El golpe falló gracias a la actuación de
Yeltsin pero las repúblicas declararon una a una su independencia y Yelstin
—presidente de la república socialista de Rusia— acaparó rápidamente el control
del Estado incluyendo los servicios secretos.
El 8 de diciembre, Yeltsin convocó a Ucrania y a Bielorrusia para formar la
Comunidad de Estados Independientes. Días después se sumaban ocho repúblicas más
y la URSS pasaba a ser una cáscara vacía.
En las afueras de Moscú, en carpas que apenas aguantaban las nevadas, esta
periodista vio al "glorioso Ejército Rojo", vencedor del nazismo, que volvía de
las ex repúblicas soviéticas. Todo había cambiado. Los militares, antes
honrados, ya no sabían bien cuál era su misión, su rol e incluso su patria.
Tampoco sobrevivió el materialismo ateo. El 7 de enero de 1992 los rusos
festejaron su primera Navidad en 74 años según los ritos de la Iglesia Ortodoxa.
Muchos no estaban bautizados y hacían cursos acelerados de religión para
"recuperar lo perdido".
Hacía una semana que Yeltsin —sin modificar el sistema monopólico— había
liberado el rublo. En los negocios terminaba poco a poco el desabastecimiento
pero los precios se habían ido por las nubes. Konstantin —que ahora debe tener
36 años pero aquella Navidad de hielo tenía 21— estaba azorado. "Yeltsin es
Judas. Pero le aseguro que esto va a pasar. Va a pasar" dijo a esta periodista
mientras se aferraba a una bandera con la hoz y el martillo y seguía juntando
firmas para refundar el Partido Comunista.
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