Los planificadores centrales no veían una necesidad importante de promocionar
sus productos. Pero Surkov trabajaba para Menatep, uno de los nuevos bancos
privados del país. Puso el primitivo logotipo del banco en comerciales de
televisión y en el exterior de los autobuses. La campaña fue tan exitosa que
desató rumores de que el Partido Comunista estaba guardando su botín secreto en
Menatep. Cuando la Unión Soviética colapsó en 1991, Menatep era uno de los
nombres más reconocidos del país.
Hoy, Surkov vende un producto diferente: el gobierno de mano de hierro de
Vladimir Putin.
Como jefe de política interna del presidente ruso y subdirector de gabinete, Surkov es el arquitecto de una ideología que el Kremlin está usando para
justificar su creciente control sobre el Estado y la economía. Surkov la llama
"democracia soberana", con el énfasis, ha dicho, en la palabra "soberana".
Surkov ha escrito textos defendiendo el amordazamiento de los opositores, la
monopolización de la política y los ataques contra los magnates que albergan
grandes ambiciones políticas. Ha ayudado a crear grupos de jóvenes pro-Putin que
impulsan las ideas del gobierno en Rusia y el exterior. Surkov acusa a los
opositores de ser títeres de Occidente o neo-nazis, y dice que los países
extranjeros conspiran para robar el petróleo y los minerales de Rusia. "Cuando
ellos hablan de democracia, en realidad están pensando en nuestros
hidrocarburos", dijo en junio, en un inusual encuentro con corresponsales
extranjeros.
Una víctima de la democracia soberana es el fundador del banco donde Surkov
inició su carrera, el magnate petrolero Mikhail Khodorkovsky, quien ahora cumple
en Siberia una sentencia de ocho años de prisión por evasión de impuestos.
La transformación de Surkov de defensor de las empresas a ideólogo del Kremlin
ilustra el alejamiento de Rusia del clima liberal de principios de los años 90.
Tras el colapso soviético muchos en Occidente tenían la esperanza de que la
economía de mercado y la democracia parlamentaria crearían una clase media y
ayudarían a Rusia a dejar atrás su pasado comunista.
Sin embargo, la década pasada no dio nacimiento a la nueva Rusia soñada por
Londres y Washington. Europa y Estados Unidos apoyaron al presidente Boris
Yeltsin, un errático y a veces ebrio ex dirigente comunista que introdujo las
elecciones libres. Detrás de la retórica de la democracia y el libre mercado,
Rusia descendió a una lucha sin cuartel por la riqueza y el poder, que dejó a
millones empobrecidos y desilusionados.
En una era cuando las fortunas se ganaban y se perdían en un día, muchos rusos
con talento se transformaron en oportunistas, no demócratas. Para Surkov, los
años 90 fueron un período de colapso. Instituciones frágiles, como la prensa, el
parlamento y los tribunales se convirtieron en herramientas de magnates que
intentaban quedarse con los principales activos del país.
Surkov pasó esos años de frenesí ayudando a los "oligarcas" multimillonarios a
conquistar el favor de los funcionarios gubernamentales de quienes dependía la
expansión de sus imperios. Con la elección de Putin en 2000, Surkov rápidamente
se adaptó al nuevo entorno, donde el gobierno quería reafirmar su poder sobre
los oligarcas, los ex empleadores de Surkov.
Colegas actuales y pasados de Surkov lo describen como un lector voraz y un
burócrata eficiente que ha cambiado de ideología y de jefes con suma facilidad.
Hijo de padre checheno y madre rusa y criado en una aldea rusa, se reinventó a
sí mismo muchas veces, cambiando su nombre desde el checheno Dudayev al ruso
Surkov antes de entrar a la universidad, según la institución.
"Los años 90 fueron malos para esta generación, porque el gen del cinismo se
desarrolló más rápido que el gen de la democracia", dice Alexei Kondaurov, un ex
compañero de Surkov en el banco. Surkov declinó ser entrevistado para este
artículo.
Ante el enriquecimiento y mayor poder ruso gracias a los inmensos ingresos del
petróleo, pocos protestan por el cuasi autoritarismo de Putin. Ahora, Moscú
vuelve a ser un problema para Occidente, una potencia que parece estar en la
frontera entre amigo glacial y enemigo declarado.
El país celebra elecciones, tiene un parlamento y unos cuantos periódicos
independientes. Al mismo tiempo, los candidatos de la oposición quedan
eliminados de las votaciones por detalles técnicos y la mayoría de Putin en el
parlamento aprueba los proyectos de ley sin mayores reparos. Incluso los
representantes del Kremlin admiten que la corrupción se está agudizando. Los
medios controlados por el estado, supervisados muy de cerca por Surkov y sus
colegas, exhiben entrevistas alagadoras de Putin y hacen caso omiso de sus
adversarios. "Tenemos instituciones democráticas, pero no confiamos en que estén
aquí mañana", asevera Boris Titov, director de la principal asociación de
pequeñas empresas de Rusia.
Surkov señala que Rusia necesita un control más estricto de su política para
estabilizar una sociedad traumatizada por su reciente terapia de schock de libre
mercado.
Al igual que millones de rusos, a Surkov, de 42 años, le gusta el estilo de vida
occidental. En su tiempo libre compone canciones para un miembro del grupo de
música Agata Kristi. La edición rusa de la revista masculina GQ señala que le
gustan los trajes a la medida del diseñador italiano Ermenegildo Zegna.
Sin embargo, Surkov rechaza la política de Occidente. Salpica su retórica con
referencias al Che Guevara y al intelectual estadounidense Noam Chomsky. Sus
amigos dicen que, dentro de la pequeña camarilla que rodea a Putin, Surkov es un
liberal que, por ejemplo, confía en los medios políticos para superar a sus
rivales, en vez de usar fiscales e inspectores de impuestos que tanto gustan a
la línea dura del Kremlin. "Si él no estuviera allí, las cosas serían peores",
dice un conocido que vive en un exilio autoimpuesto.
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