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(IAR-Noticias) 23-Noviembre-06
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El presidente ruso, Vladimir Putin |
Pasados tres
meses después del S-11, el Departamento de Estado de EE.UU.
notificó al Ministerio de Asuntos Exteriores de la Federación
Rusa sobre el propósito de retirarse del Tratado de Defensa
Antibalística de 1972.
Por Sergei
Kortunov - RIA Novosti
P asado medio año, el Tratado fue dejado sin efecto.
La reacción de Moscú a este paso fue muy apática. Ningún alto
dirigente de Rusia explicó en aquella ocasión nuestra visión del
futuro control internacional de las armas nucleares que a raíz
de las acciones unilaterales de EE.UU. se sometía a una rauda
erosión.
El 26 de mayo de 2002, los presidentes de Rusia y de EE.UU.
firmaron un documento bastante extraño: el Tratado de reducción
de armamento estratégico. Las personas versadas en la seguridad
nacional se dieron cuenta de que el control bilateral y,
posiblemente, el multilateral también, sobre las armas nucleares
pasaron a la historia. Semejante evolución de los sucesos
imponía la necesidad de transición a la estrategia nuclear
nacional independiente.
Hoy, lo mismo que hace cuatro años, no cabe duda de que la
Administración USA no se propone limitarse a cualesquiera
tratados de limitación y reducción de armamentos. En la política
militar de Estados Unidos se operan cambios importantes por
motivos más hondos que la necesidad de combatir el terrorismo
internacional. Hace mucho que se echaron al olvido los Tratados
START-2 y de Prohibición Universal de Ensayos Nucleares, no
ratificados por EE.UU. Creció drásticamente (casi en $100.000
millones) el presupuesto del Pentágono. Se adoptó nueva doctrina
nuclear que estipulaba la modernización de las armas
estratégicas ofensivas, el desarrollo de municiones nucleares
penetrantes de poca potencia que pueden emplearse junto con
armas convencionales de alta precisión, así como admitía la
posibilidad de empleo del arma nuclear contra Estados no
nucleares.
Según apreciaciones de varios expertos rusos, los cambios en la
política militar de Washington no encierran amenaza inmediata
para la seguridad nacional de Rusia por lo menos para los
próximos 10 ó 15 años, mientras EE.UU. no despliegue el sistema
estratégico de defensa antibalística.
Pero estos cambios, ante todo, la anulación del Tratado de
Defensa Antibalística, ponen en tela de juicio el régimen
internacional de control de armamentos, pudiendo provocar una
nueva etapa de la carrera armamentista.
Evidentemente, las medidas emprendidas por EE.UU. han de
catalogarse entre las estratégicas y, por lo tanto, exigen que
Rusia adopte decisiones estratégicas respecto a su propia
política nuclear. Los atentados terroristas de descomunales
proporciones y las amenazas cambiantes conducen, a juzgar por la
nueva doctrina nuclear de EE.UU., a rebajar el umbral de empleo
del arma nuclear, lo que genera la amenaza de una escalada
incontrolada. A ello contribuyen asimismo la sucesiva
proliferación de las armas de destrucción masiva y de sus
vectores, así como la creciente inestabilidad regional.
El rasgo característico del período actual consiste en lo
impredecible del desarrollo de la situación político-militar en
el mundo. EE.UU. sigue modernizando sus fuerzas nucleares y
mantienen la posibilidad de incrementarlas rápidamente. El tema
de concertar con Rusia nuevos acuerdos vinculantes y
controlables sobre las reducciones irreversibles de las armas
estratégicas ofensivas de hecho está retirado del orden del día.
Las tecnologías desarrolladas por EE.UU., así como los
resultados de las pruebas al natural de algunos componentes del
sistema de defensa antibalística de este país evidencian que ya
en una perspectiva a plazo mediano Washington podría poner en
servicio operacional un sistema antibalístico limitado cuyo
potencial seguiría creciendo.
En vista de ello, Rusia simplemente no tiene otra opción que
seguir siendo en una perspectiva visible (por lo menos, en los
15 ó 20 años próximos) una fuerte potencia nuclear. Los planes
de desarrollo de las Fuerzas de Disuasión Nuclear de Rusia,
vigentes hasta no hace mucho, estaban orientados, de un lado, a
la entrada en vigor del Tratado START-2 y al mantenimiento de la
vigencia del de la Defensa Antibalística; de otro, a la
transformación de las FDN rusas una tríada parecida al modelo
norteamericano que suponía incrementar los componentes naval y
aéreo disminuyendo paralelamente los misiles balísticos
intercontinentales con base en tierra.
Dada la nueva situación estratégica, resulta imprescindible
revisar sin demora los planes rusos relacionados con el
desarrollo de las FDN, prorrogando al máximo los plazos de
servicio operacional de los misiles balísticos
intercontinentales con base en tierra, manteniendo la planeada
composición del componente naval, así como del aéreo, capaz de
cumplir misiones tanto nucleares como convencionales. Sería
injustificado, tanto desde la óptica militar como económica,
mantener vigentes los viejos planes que se elaboraban para una
situación muy diferente.
Es de suponer que las respectivas enmiendas ya fueron
introducidas en la estrategia nuclear nacional. La tonalidad
segura del Mensaje del Presidente a la Asamblea Federal da
fundamentos para hacer semejantes conjeturas.
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