Finalmente, "el otro" la venció. Así llamaba Oriana Fallaci en sus libros al
cáncer de mama que comenzó a atormentarla hace 15 años. Ella, la entrevistadora
temible, la polemista desencajada, la mujer que sugirió que todos los argentinos
llevábamos dentro un "enano fascista", murió en la noche del jueves en
Florencia, a los 77 años. Había regresado casi en secreto días atrás desde Nueva
York, para morir en la ciudad que la vio nacer.
La historia ubicará para siempre la noticia de su muerte en una semana caliente
en el terreno de las ideas, con el mundo islámico mostrando su ofensa por las
palabras que el papa Benedicto XVI tuvo en relación a la Jihad o Guerra Santa
durante su visita a Baviera. Y es precisamente en este territorio de colisión
ideológica en el que se movió Fallaci en los últimos años, cuando en apariciones
tan esporádicas como escandalosas se erigió en paladín de la defensa cultural de
Europa y de Occidente frente a lo que entendía como una inminente amenaza.
Sin embargo, hubo un tiempo en que Fallaci no era una persona atormentada por el
temor a los otros y sí, en cambio, una joven partisana, liberal y laica, que
enfrentaba desde la resistencia armada frente al fascismo de Benito Mussolini.
Su vocación por la palabra escrita comenzó temprano, a los 16 años, en un
periódico florentino, e inmediatamente los años de estudio de medicina, carrera
que nunca concluyó.
Entre la década del 60 y la del 80 escribió para L'Europeo —un semanario que ya
no existe— y fue para esa publicación que cubrió entre otros hechos la guerra de
Vietnam y la matanza de Tlatelolco, en México, la cruenta represión estudiantil
de 1968, durante la que fue herida de bala. Sus ojos violentamente claros, su
generoso pelo lacio y su irresistible acento le ganaban la atención de muchos.
Por entonces comenzó a forjarse la fama de entrevistadora impiadosa, lejos de
toda forma de la clemencia. Acorralaba al entrevistado con estudiada agresividad
—como bien describió la revista The New Yorker— en una operación de tono bélico.
Sus entrevistas no eran charlas productivas entre sujetos inteligentes sino
durísimas batallas que a la hora de la publicación la tenían por vencedora. Por
ellas pasaron los nombres más espectaculares de la política de la época. El Sha
de Irán, Muammar Kadafi, Yasser Arafat, Golda Meir, John y Robert Kennedy,
Indira Gandhi, Den Xiao Ping son sólo algunos de los miembros de tan singular
panteón periodístico.
Fallaci solía hablar de las montañas de cólera con las que enfrentaba a
cualquier persona vinculada con el poder. "Ya venga de un déspota o de un
presidente electo, de un general asesino o de un líder amado, veo al poder como
un fenómeno inhumano y detestable... Siempre vi a la desobediencia hacia el
opresor como la única manera de aprovechar el milagro de haber nacido",
escribió. Henry Kissinger, otra de sus "víctimas", se arrepintió luego de su
experiencia: "Jamás entenderé por qué accedí".
Fallaci caminó todos los géneros como periodista y también escribió novelas como
Un hombre, basada en la historia del griego Alekos Panagoulis, un opositor
asesinado durante el régimen de los coroneles y tal vez su más grande amor o
Inshallah, basada en la guerra civil en el Líbano.
En ella trabajaba cuando enfermó, en 1991. El cáncer determinó su aislamiento en
su departamento del Upper East Side de Manhattan, de donde salió 10 años
después, en un ataque de ira luego de los atentados contra las Torres Gemelas.
Allí escribió para el Corriere della Sera un largo artículo que terminó en forma
de libro y se llamó La rabia y el orgullo, donde inició su personal defensa de
los valores occidentales que continuó en La fuerza de la razón, en donde
desarrolló su concepto de la creciente debilidad de Europa ("Eurabia", la
rebautizó) ante el islam (nazi-fascismo lo llamaba) con la complicidad de la
izquierda tradicional "que permitió hace 15 o 20 años que los musulmanes
desembarcaran en nuestras costas por miles". Sus términos ofensivos, brutales y
hasta groseros le valieron críticas y juicios.
Sus violentas reacciones y el odio al "otro" se extendieron sobre el final hacia
los mexicanos. "Si tuviera que elegir quiénes son peores, si los musulmanes o
los mexicanos dudaría un momento; después elegiría a los musulmanes", dijo sin
titubear la mujer que, herida durante los disturbios de Tlatelolco, fue
defendida de la policía por estudiantes... mexicanos.
Atea virulenta, sobre el final hizo una suerte de verónica con el cristianismo y
fue recibida por el Papa el año pasado. Fallaci hacía la guerra porque no tenía
paz.
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