En el borde de esta aldea agrícola, las enormes chimeneas de la planta eléctrica
Xinfeng, todavía en construcción, asoman como un monumento a la descontrolada
demanda de China por energía. Al revés que las otras dos generadoras vecinas,
Xinfeng no debería existir.
Por Shai Oster -
The
Wall Street Journal
El gobierno chino nunca autorizó
la planta eléctrica, que demandará una inversión de US$362 millones y se
abastecerá de carbón. Sin embargo, en 2004 el gobierno de Mongolia Interior,
esta región autónoma al norte de China, ignoró el llamado de Pekín para
disminuir el ritmo de las inversiones y empezó a construir la planta, con el
objetivo de asegurar energía para la rápida industrialización de la región, que
posee ricas reservas de carbón.
La desobediencia de Mongolia Interior estuvo cerca de pasar inadvertida. Pero en
julio de 2005, en la prisa por terminar la planta antes de que se enteraran los
reguladores, se rompieron los cimientos de una turbina, matando a seis
trabajadores. Durante la investigación de un año que siguió, el gobierno central
descubrió que Mongolia Interior había construido ilegalmente 8,6 gigawatts de
capacidad de generación eléctrica, equivalentes al 10% de la capacidad del Reino
Unido.
Las plantas ilegales han tenido consecuencias inesperadas y perjudiciales. Al
negarse a los más básicos controles ambientales, estas generadores son las más
contaminantes de una industria que es una de las principales fuentes de
emisiones, dice el gobierno. También han aumentado la demanda y el precio del
carbón, la fuente de combustible más abundante de China. Esto, a su vez, ha
hecho brotar miles de minas ilegales de carbón, responsables de unas 4.000
muertes sólo este año.
Las generadoras eléctricas ilegales muestran cómo la transformación económica de
China es más veloz que la capacidad de Pekín para manejarla. Nunca antes un país
con tantos habitantes había crecido tan rápido como China, donde la economía se
ha expandido a un ritmo promedio del 10% anual desde fines de los años 70. El
proceso de modernización de China es el doble de rápido que el de Estados Unidos
o Japón, donde llevó medio siglo o más.
Un quinto de las plantas eléctricas de China es ilegal, según los cálculos del
gobierno. Aun cuando la electricidad que producen es esencial para alimentar el
crecimiento del país, la descontrolada manera en la que se están multiplicando,
muchas veces bajo la protección de los gobiernos locales, representa un desafío
a la autoridad de Pekín y su control sobre la política energética.
"Es imposible que el gobierno central vaya a todos lados para ver cuándo
empiezan a construirse estas plantas", dijo en una entrevista Zhang Guobao,
vicepresidente de la Comisión Nacional de Desarrollo y Reforma, la principal
agencia energética del país.
Enfurecida por la planta de Xinfeng, la agencia central exigió a principios de
este año que los principales funcionarios de la provincia presenten su
autocrítica al poderoso Consejo de Estado de China. En el sistema comunista del
país, ésa es una reprimenda inusualmente pública, diseñada para enviar una
advertencia a otros gobiernos locales con intenciones de desafiar la voluntad de
Pekín. Aun así, la construcción de Xinfeng sigue adelante, un año después de que
el gobierno central ordenara detener las obras. Ejecutivos de la compañía que
construye la generadora dicen que confían en obtener la aprobación "tarde o
temprano".
En China, más generadoras alimentadas con carbón significa, casi
inevitablemente, más consumo de carbón. El país ha sido incapaz de diversificar
sus fuentes de energía: el carbón es más barato que otros combustibles
alternativos, algunos de los cuales son importados.
El consumo de carbón en China es, además, costoso en términos humanos y
ambientales: 5.938 trabajadores murieron el año pasado en accidentes en minas de
carbón, casi todos en las minas pequeñas e ilegales. Estos accidentes son tan
comunes en China que sólo los más grandes se convierten en noticia.
El carbón es una de las principales fuentes de contaminación en China, país que,
según algunos expertos, está al borde de una crisis ambiental. Este año, el
gobierno central se puso como objetivo reducir la cantidad de energía consumida
con relación al tamaño de la economía. Sin embargo, la creciente demanda de
electricidad basada en carbón ha desbordado los esfuerzos de Pekín para
controlar la contaminación, y ha hecho que China sea incluso menos eficiente
energéticamente. "Será muy difícil cumplir nuestros objetivos de ahorrar energía
y reducir la contaminación", dijo hace unos meses Ma Kai, el principal
funcionario del gobierno central en asuntos energéticos.
A medida que suben los ingresos de las familias chinas, también lo hace el
consumo de energía por persona, que está empezando a equipararse con el de
Occidente. El estadounidense típico consume unas ocho toneladas de petróleo por
año, o su equivalente en carbón y otros combustibles. Los japoneses consumen
alrededor de la mitad de esa cifra. En China, el consumo de energía per cápita
está por ahora en apenas 1,2 toneladas métricas.
Para que cada chino viva como un estadounidense, habría que duplicar la
producción mundial de petróleo —un desafío casi imposible— y más carbón del que,
según muchos, China jamás podría extraer. "No podemos copiar el modelo de casa
grande y auto grande" del que disfrutan tantos en Estados Unidos, dice Zhou Dadi,
un investigador del Instituto de Investigación Energética, un centro de estudios
estatal. "Es simplemente imposible".
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