|
 |
|
Tropas internacionales que actúan en Afganistán bajo
mandato de la OTAN |
Desde que la OTAN se hizo cargo durante el verano del esfuerzo
principal de la guerra contra los talibanes afganos, la aviación
de EEUU ha incrementado sus operaciones de bombardeo y de apoyo
aéreo a las unidades europeas desplegadas en ese país.
Por Alberto
Piris (*) - Estrella Digital, España
Más que operaciones
de bombardeo estratégico, ejecutadas tras un minucioso
planeamiento previo, las Fuerzas Aéreas de EEUU intervienen “a
petición”. Es decir, son las unidades terrestres las que piden
por radio apoyo aéreo inmediato a los bombarderos
estadounidenses que, operando desde bases situadas en países de
Oriente Próximo, sobrevuelan sin descanso el territorio a la
espera de esas peticiones.
Esto se debe a que
las tropas de la OTAN no están bien dotadas de medios acorazados
ni de artillería pesada y que, además, tampoco este armamento
sería siempre el más apropiado. La última agresión sufrida por
el contingente español allí desplegado, efectuada con un coche
bomba, no produjo consecuencias más graves gracias a que la
explosión estuvo, al parecer, mal sincronizada. A pesar de que
los vehículos ligeros de la patrulla habían sido sustituidos
hace poco por otros con mayor blindaje, el citado ataque pudo
haber sido mortífero si el suicida hubiera calculado mejor el
momento de la explosión.
Pero si las patrullas se hiciesen con carros de combate, cuya
fuerte protección les hace inmunes a las explosiones
terroristas, su misión se vería seriamente limitada. Los tanques
son para combatir en campo abierto y no para patrullar en un
país que se desea pacificar y a cuya reconstrucción se pretende
contribuir. También sirven los tanques, como bien se sabe (y en
Valencia algunos todavía recuerdan), para intimidar a la
población civil cuando apunta un golpe militar. “Sacar los
tanques a la calle” es expresión de uso común, con funestas
resonancias en bastantes países. Pero no es éste el caso afgano.
El dilema no es de fácil resolución. De sobra es sabido que
combatir y pacificar son misiones muy distintas, que requieren,
por tanto, medios y tácticas diferentes. De momento, se intenta
compensar la debilidad inherente a las tropas terrestres con un
apoyo aéreo más inmediato y contundente.
Pero la aviación no es una panacea universal, como la historia
bélica ha revelado y se viene comprobando en los recientes
conflictos, desde los Balcanes hasta el Líbano. Y el remedio
resulta peor que la enfermedad cuando los errores de bombardeo
producen víctimas entre la población civil, como tan a menudo
viene ocurriendo en Afganistán. Ninguna guerra se gana sólo
desde el aire, aunque los recientes sistemas aéreos no
tripulados permitan —como sucede en Palestina— atacar
impunemente objetivos concretos, como los asesinatos llamados
“selectivos” por las autoridades israelíes o la destrucción de
instalaciones bien localizadas en territorio enemigo.
No hace mucho, un reportero de The New York Times participó en
una de esas misiones de apoyo aéreo. Lo que describe produce
bastante desazón y no es muy esperanzador para los lectores,
cuando hay soldados españoles cuya seguridad puede depender de
esas operaciones. Mientras él volaba en un bombardero B-1, se
recibió una llamada desde una unidad en la que se iba a celebrar
un homenaje a un soldado muerto en combate. Para prevenir
posibles emboscadas de los talibanes durante la ceremonia, se
solicitaba a la tripulación que comprobase si en la zona se
advertían “individuos masculinos en edad militar” provistos de
armas.
El piloto respondió diciendo que tales detalles rebasaban con
mucho las capacidades de observación de los instrumentos de a
bordo. (Existen otros aviones que sí podrían efectuar ciertas
misiones de ese tipo, aunque no se adivina cómo se comprueba
desde el aire la “edad militar” de un sujeto terrestre.) Ante la
desilusión de la unidad peticionaria por la negativa a su
petición, aquélla pidió que, a cambio, hicieran alguna
exhibición de fuerza, como una pasada a baja altura, que pudiera
intimidar a los guerrilleros enemigos, si éstos se hallaban en
las proximidades, y disuadirles de atacar.
El piloto —según narra el periodista— picó desde los 6.000 m de
altura a la que volaba y pasó vertiginosamente sobre la posición
a menos de 300 m, lanzando a la vez bengalas de iluminación,
para aumentar el efecto aterrador de la operación. En la radio
del avión se escuchó el comentario desde tierra: “¡Magnífico,
magnífico!”.
No se sabe si había terroristas talibanes en los alrededores,
pero cabe suponer que esos juegos de guerra no les intimidarían
mucho, acostumbrados como están, hace ya varios años, a
enfrentarse con relativo éxito a los tecnificados ejércitos
occidentales. “¡A nosotros, con bengalitas!” es imaginable que
mascullara algún curtido guerrillero que presenciara el
espectáculo de luz y sonido.
Sería deseable que este ejemplo de presumible audacia
aeronáutica no cundiese en la formación de los pilotos
militares, para no fomentar la proliferación de tales maniobras.
Se empieza jugando a la guerra en el propio país y se termina
estrellando el avión contra algún edificio habitado, con las
consiguientes víctimas inocentes, como ocurrió en Baeza (Jaén)
el pasado año. A la guerra, como en la guerra, según aforismo
común, y dejemos los juegos de guerra para el ordenador o la
play station.
******
(*) Alberto Piris: militar profesional y escritor, analista y comentarista sobre cuestiones internacionales y de defensa, en prensa, radio y televisión, nacionales y extranjeras