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(IAR-Noticias) 26-Octubre-06
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Los niños en la mina de Ruashi trabajan extensa jornada para recibir recompensa muy pequeña
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Delgados, con el rostro blanco de polvo, los mineros cantan en
voz alta: “Esta tierra es la de nuestros antepasados; su cobre es nuestro”.
Por Colette Braeckman
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Le Monde Diplomatique
Vociferando, hombres, mujeres y niños rodean las delegaciones que se suceden en
el emplazamiento minero de Ruashi, cerca de Lubumbashi, en la RDC. Los Sres.
Mwambe Kataki, Remy Ilunga y Pierre Kalume, empleados anteriormente por la
poderosa Gécamines1 y reconvertidos en artesanos mineros (cavador), aseguran, en
nombre de sus compañeros, que nunca les van a desalojar. Piensan obstruir la
carretera a las grandes sociedades que, después de los años de guerra, vuelven a
Katanga (o Shaba) gracias a las privatizaciones fomentadas por el Gobierno de
Joseph Kabila. Asimismo, en el Kivu, antiguos trabajadores de Kamituga amenazan
a la sociedad canadiense Banro con impedir la reanudación de la producción y los
disturbios inflaman la mina de Kilo-Moto, en Ituri. Las grandes sociedades, en
efecto, no contratan más que a un pequeño número de trabajadores cualificados y
las nuevas condiciones de las inversiones, les liberan de cualquier obligación
social. Respecto al Estado congoleño, seguramente no tendrá medios de
reconvertir a los que (esas empresas) han abandonado.
Mientras tanto, Ruashi Mining, una sociedad surafricana, toma posiciones en la
mina de Ruashi, rodeada de guardias y alambradas. La mina a cielo abierto
presenta un aspecto lunar, acribillada de agujeros y cráteres. Solamente armados
con un pico, los hombres han abierto galerías por las que se deslizan los niños;
unos cavan, otros separan el mineral y los meten en sacos. Un poco más lejos,
unos semi-remolcadores, con su cargamento de materia bruta, se preparan para
llegar a la frontera con Zambia. Pequeñas sociedades que explotan hornos
artesanales, tratan in situ una parte de la heterogenita, mineral mixto donde se
mezclan el cobre y el cobalto. Después de una primera depuración, el cobalto y
el cobre irán en camiones hacia África del Sur o se dirigirán al puerto de
Dar-es-Salam (Tanzania) donde les esperan mercantes chinos…
El alcalde de Lubumbashi, Floribert Kaseba, destaca que, contra lo que pasa en
la capital, aquí no se ven mendigos ni niños de la calle. Todo el mundo trabaja…
Es cierto, pero ¡en qué condiciones! La mayor parte de los 70.000 “cavadores” de
Katanga no llegan a ganar ni 1 $ al día… Y, aunque los mineros han creado un
Mutua, la Empresa Minera Artesanal de Katanga (EMAK) es para poder financiar los
gastos de funerales, pues los derrumbamientos provocan numerosas víctimas. La
explotación minera representa el 74% de las exportaciones de la RDC y ocupa, de
manera informal, a 950.000 trabajadores, mientras que en lo “formal” solo son
35.000
Para comprender los temores actuales de los mineros congoleños, hay que recordar
que el Zaire del Mariscal Mobutu había conservado las estructuras coloniales
donde las grandes Sociedades del Estado, como la Gecamines o la Minera de
Bakwanga (MIBA) en Kasai, generaban las divisas del país. Pero, en el Zaire
postcolonial, estas grandes firmas también habían heredado una tradición
paternalista: se las obligaba a garantizar el alojamiento y el acceso gratuito a
los cuidados sanitarios a sus trabajadores y a sus familias, ventajas que
reforzaban el sentimiento de pertenencia a la empresa. La privatización ha
venido a trastornar todo: se ha desmantelado a las grandes Empresas estatales y
sus sucesores desean que desaparezca el pasado de sus obligaciones.
Lo que se ha llamado “el carnaval minero” del Congo se ha desarrollado en varias
etapas y la última quizás no será menos cruel. En los años 90, hacia el final
del reinado de Mobutu, preocupado como estaba de conformarse a las
prescripciones del Banco Mundial, el Primer Ministro Léon Kengo wa Dondo empezó
a privatizar, principalmente a las empresas mineras, con la finalidad de llenar
la caja del Estado y permitirle pagar su deuda. En mayo de 1995, cuando comenzó
el desmantelamiento de la Gécamines y la privatización de otras Empresas
estatales, grandes compañías mineras se pusieron en fila: las canadienses Lundin,
Banro Mindev, la Belgo-canadiense Barrica Gold, la australiana Anvil Mining, las
surafricanas Genscor e Iscor. Sin embargo, el país era inestable y las más
grandes compañías prefirieron quedarse en retaguardia. Cuando se desencadenó la
guerra en 1996 – que llevó 7 meses después a la caída de Mobutu -, los “juniors”
ocuparon el terreno, tratando directamente con los grupos rebeldes y
reservándose la posibilidad de revender más tarde sus títulos. Así fue como
Laurent Désiré Kabila encontró en American Mineral Fields, la Sociedad
australiana Russel Ressources y la de Zimbabwe Ridgepointe Overseas, los medios
de financiar su guerra y después, relanzar el aparato político-administrativo, a
cambio de acuerdos sobre tres emplazamientos de la Gécamines: los yacimientos
mineros de Mongbwalu 2 , el distrito de Ituri y los mostradores de diamantes de
Kisangani.
La euforia duró poco: al día siguiente de su llegada al poder en mayo de 1997,
Kabila no se contentó solo de tomar distancia de sus aliados ruandeses y
ugandeses –que eran las bestias propiciatorias - sino que expresó su voluntad de
revisar los contratos mineros, deseando que, como en el pasado, los nuevos
llegados cumplieran sus obligaciones sociales respecto a sus trabajadores. Al
añadirse a las condiciones de seguridad, esta actitud se juzgó como ingrata y
radical, lo que constituyó el origen de la “segunda guerra”, iniciada en 1998.
Con la aprobación de los occidentales, Ruanda y Uganda intentaron echar a su
antiguo aliado y se tropezaron no solo con la resistencia del pueblo sino
también con la intervención de Angola y Zimbabwe, que defendieron a Kabila con
las armas.
El territorio congoleño se encuentra dividido en 4 territorios autónomos,
administrados por el Gobierno central y 3 grupos rebeldes, de los cuales los más
importantes son el RCD/Goma (Agrupación congoleña para la Democracia, sostenida
por Ruanda) y el Movimiento de Liberación del Congo (MLC) creado con el apoyo
ugandés. El Gobierno central y los rebeldes tienen que financiar sus operaciones
militares y retribuir las intervenciones de los países aliados. Las 4 regiones,
en adelante separadas, se transforman en “autoservicio”, donde se cruzan las
redes mafiosas de cualquier origen que explotan el oro, el cobre, el
colombo-tantalita (el famoso coltán que entra en la composición de los teléfonos
móviles), la madera y el diamante3. Estos depredadores se contentan con pagar
cánones a los señores de la guerra que ostentan el poder en realidad y, si es
necesario, los proporcionan armas. Escándalo humanitario: 3 millones y medio de
víctimas civiles) y político4, este drama, que al principio no interesaba a
mucha gente, fue un derroche económico. Desde principios del 2000, en efecto,
cuando la solicitud de coltan empieza a bajar y el comercio del diamante se
impone poco a poco, la demanda mundial de cobre, cobalto, marfil y uranio va
creciendo, con precios dopados por el crecimiento chino y las necesidades de la
India. Ahora bien, la explotación de estos minerales exige grandes inversiones y
a largo plazo, lo que supone un medioambiente político estable. En resumen, el
tiempo de la piratería terminó y, por su parte, la industria minera surafricana
(en la que invierten nuevos capitalistas negros) considera que África central y
más particularmente la cintura de cobre de Katanga representa su zona de
expansión natural.
Las presiones internacionales sobre los beligerantes congoleños y sus aliados se
van acentuando, hasta que terminaron reuniéndose en la ciudad surafricana de Sun
City y firmando un acuerdo que preveía la salida de los ejércitos extranjeros,
la reunificación del país y un período de transición de 2 años que terminó
alargándose a 3, para terminar el 30 de julio de 2006. Para la “comunidad
internacional” (es decir los grandes países occidentales más África del Sur, muy
presente) se trataba sobre todo de legitimar y estabilizar el poder in situ para
permitir que volviera a funcionar la economía y la reconstrucción del país. Para
la población congoleña, a la que se proponía las primeras elecciones libres
desde hace 46 años, se trataba, por fin, de salir de un sistema de corporación
de élites…
Cuando se anunciaron las elecciones legislativas y la 1ª vuelta de la elección
presidencial para la mitad del verano de 2006, se empezó a hacer balance de la
transición. Numerosos informes realizados por asociaciones internacionales
subrayan hasta qué punto había continuado el saqueo de los recursos después del
final oficial de las hostilidades en 20035. Esta constatación, muy pertinente,
deja de lado una evidencia: a pesar de las afirmaciones de principio, los
acuerdos de Sun City no tenían como primer objetivo democratizar la gestión de
los recursos, sino terminar con la guerra, incitar a las tropas extranjeras a
dejar el territorio y permitir el reemplazo de los circuitos mafiosos que
actuaban a corto plazo por operadores económicos más estables, pero
necesariamente menos ávidos.
La lógica política no se confunde con la moral y así, los acuerdos de Sun City
dieron la mejor parte a los señores de la guerra, no a la “sociedad civil” ni a
la antigua clase política. Despreciada por el pueblo que veía en ello una
recompensa a la impunidad, se adoptó la fórmula “uno más cuatro”: el Presidente
Joseph Kabila, que había sucedido a su padre después de su asesinato en enero de
2001, aceptó compartir el poder con 4 vice-presidentes provenientes de las
facciones rebeldes, de la oposición política y de la “sociedad civil”. Así, se
vio al Vice-Presidente Jean-Pierre Bemba, un antiguo hombre de negocios, acusado
por los expertos de las Naciones Unidas de haber saqueado los Bancos y las
cosechas de café de la región de Ecuador, convertirse en presidente de la
comisión llamada “economía y finanzas”, mientras que el otro exrebelde, Azarias
Ruberwa, cuyas tropas, aliadas al Ejército ruandés habían cometido masacres a
gran escala en el Este del Congo, vio que le confiaban el sector de la defensa y
la seguridad…
La reunificación rápida del país muestra hasta que punto la guerra se impulsó
desde el exterior y que el sentimiento de pertenencia nacional seguía siendo una
realidad. Sin embargo, el éxito podría ser únicamente superficial. Cada unos, en
efecto, ha guardado sus mejores fuerzas en reserva y las tropas del nuevo
Ejército nacional, poco o mal pagadas pues se malversan los salarios, viven con
frecuencia a expensar de la gente. Para contener eventuales desbordamientos las
Naciones Unidas pidieron y después autorizaron el refuerzo de una fuerza europea
de 2.000 hombres (Leer “Arrière-pensées européennes”), que debería respaldar a
los 17.500 cascos azules ya desplegados.
Después de la reunificación, el Estado restablecido fue encargado de garantizar
un mínimo de seguridad física y jurídica para los inversores en el sector
minero. Pero este Estado, que salía de una guerra y estaba plagado de
contradicciones, se encontraba también debilitado; durante la transición no fue
capaz de rechazar las cláusulas leoninas impuestas por las firmas. El mercadillo
de los recursos naturales no terminó con el fin de la guerra, solo cambió de
naturaleza. Los miembros de la Asamblea nacional, no elegidos, se encontraron
obligados a redactar un Código minero y otro forestal, cuyos términos muy
liberales, se habían redactado por el Banco Mundial, que ofrecían un amplio
bulevar a los intereses privados, reduciendo al mínimo las obligaciones de
éstos. Así, por ejemplo, el Banco Mundial ha liderado la reestructuración de la
Gécamines. Antes de que la empresa se vendiera “por pisos”, echaron a 10.500
trabajadores, que recibieron unas indemnizaciones que iban de 1.900 a 30.000 $.
Pero estas sumas se dedicaron a rembolsar las deudas o absorbidas por gasto a
corto plazo. Estos trabajadores, privados de seguridad social, actúan en el
sector informal donde las firmas quieren remplazarles por máquinas y no
contratan más que un mínimo número de trabajadores calificados.
El Congo ha concedido importantes exoneraciones fiscales a varias sociedades
mixtas, que se extienden a períodos de 15 a 30 años. La mayor parte de ellas
solamente han pagado, en 2004, 0,4 millones de dólares de impuestos… En el
sector del diamante, no situación no es mejor: la MIBA se vio despojada del 45%
de sus activos en provecho de la Sengamines, sociedad mixta congolo-zimbabweña…
Además, si la aprobación de la nueva Constitución en diciembre de 2005 por el
85% de los electores es una proeza en un país que carece de carreteras y medios
de comunicación, también representa un éxito para los que quieren limitar las
prerrogativas del Estado: divide al país en 26 provincias y comparte los
recursos a razón de 60% para las autoridades de Kinshasa y el 40% para las
autoridades provinciales. Tiene como objetivo centralizar, pero la autonomía
concedida a los gobiernos provinciales corres el riesgo de acrecentar la
corrupción a nivel local. El nuevo poder, legitimado en adelante, ¿tendrá la
valentía de liberarse de los elementos más dudosos de su entorno, de los
consejos poco desinteresados de la “comunidad internacional”? ¿Tendrá la audacia
de poner en tela de juicio los acuerdos mineros?.
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