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(IAR
Noticias)
21-Diciembre-2012
¿Hubo algo mejor que cuando
formabais parte del juego del espionaje estadounidense? Los gobiernos caían en
Guatemala e Irán gracias a vosotros. ¡Y qué éxito tuvisteis en la distante
Indonesia, en Laos y Vietnam! E incluso esa invasión fracasada de Cuba no fue
algo desdeñable. En esos días, por desgracia, vosotros –en particular los que
estabais en la CIA– no recibisteis el crédito que merecíais.
Por Tom Engelhardt / Tom Dispatch (*)
T uvisteis
que celebrar vuestros éxitos en privado. A veces, como en Bahía de
Cochinos, los fracasos os perseguían (así como, en el caso de Irán, lo
hicieron vuestros “éxitos”, aunque tantos años después), pero no podíais
hablar orgullosamente en público de lo que vosotros, en vuestro mundo
secreto, habíais hecho, o ver “instant movies” o telefilms sobre vuestros
triunfos. No podíais lanzar una guerra aérea “encubierta” de la que se
informara, en general positivamente, casi cada semana, o gozar del placer
de que vuestro director afirmara públicamente que era “la única
alternativa”. Es decir que no podíais salir de lo que entonces llamaban
“las sombras” y absorber el resplandor de la atención, que os celebrasen
como a héroes, o uniros a otros estadounidenses para ver semanalmente en
la televisión alguna versión (de fantasía) de vuestros esfuerzos, u
obtener crédito por alguna cosa.
Nada semejante era posible, por lo menos hasta que bastante tiempo
después dos periodistas, David Wise y Thomas B. Ross, lanzaron una luz
resplandeciente sobre esas sombras, os llamaron parte de un “gobierno
invisible” y os sacaron del armario de maneras que considerasteis
terriblemente incómodas.
Su libro, con el alarmante título de: El gobierno invisible, se publicó
en 1964 y era innovador y esclarecedor. Causó alboroto desde el primer
párrafo, que para esa época era chocante: “Hay actualmente dos gobiernos
en EE.UU. Uno visible. El otro invisible.”
Quiero decir, ¿qué sabían entonces los estadounidenses de un gobierno
invisible que ni siquiera estaba controlado por el presidente, que estaba
oculto profundamente dentro del gobierno que habían elegido?
Wise y Ross dijeron a continuación: “El primero es el gobierno respecto
al que los ciudadanos leen en sus periódicos y los niños estudian en sus
libros de educación cívica. El segundo es la maquinaria entrelazada,
oculta, que ejecuta las políticas de EE.UU. en la Guerra Fría. El segundo
gobierno invisible recoge información, hace espionaje y planifica y
ejecuta operaciones secretas en todo el globo”.
El gobierno invisible apareció precisamente cuando comenzaba realmente lo
que se llegó a conocer como “los años sesenta”, un momento en el cual
sacaron repentinamente a la luz muchos rincones estadounidenses que
estaban ocultos en las sombras. Yo tenía 20 años y en algún momento de
esa época leí el libro con un sentimiento adecuado de espanto, como había
leído esos libros de educación cívica en la escuela secundaria en los
cuales los marcianos aterrizaban en la Calle Mayor en alguna ciudad
“típica” estadounidense para oír semones sobre nuestro modo de vida y
asombrarse de nuestra Constitución, por no hablar de esos fabulosos
sistemas de controles y chequeos instituidos por los Padres Fundadores y
otras glorias de la democracia.
No fui el único que leyó El gobierno invisible. Fue un éxito de ventas y
se dice que el director de la CIA, John McCone leyó el manuscrito que
había obtenido secretamente del editor Random House. Exigió tachaduras.
Cuando el editor se negó consideró la posibilidad de comprar la primera
edición entera. Finalmente, es obvio que trató de organizar algunas
críticas negativas.
Las máquinas del tiempo y los mundos en la sombra
En 1964, la “Comunidad de Inteligencia de EE.UU.”, o CI, tenía nueve
miembros incluida la CIA, la Agencia de Inteligencia de la Defensa (DIA)
y la Agencia Nacional de Seguridad (NSA). Tal como la presentaron Wise y
Ross, la CI ya era un conjunto laberíntico de grupos secretos con
creciente poder. Era capaz de lanzar acciones encubiertas en todo el
mundo, con un “amplio espectro de operaciones interiores”, la capacidad
de derrocar gobiernos extranjeros, alguna participación en la formación
de campañas presidenciales y la capacidad de planificar operaciones sin
conocimiento del Congreso o pleno control presidencial. “Ningún extraño”,
concluyeron, podía decir si esta actividad era necesaria o incluso legal.
Ningún extraño estaba en condiciones de determinar si, con el tiempo,
esas actividades podrían convertirse en un peligro interior para una
sociedad libre”. Con bastante modestia, llamaron a los estadounidenses a
enfrentar el problema y poner bajo control el “poder secreto”. “Si
erramos como sociedad, que sea del lado del control”.
Ahora imaginad que la máquina del tiempo de H.G. Wells existiera en el
año de publicación. Imaginad que hubiera transportado rápidamente a esos
periodistas, entonces de alrededor de 35 años, y al joven Tom Engelhardt,
instantáneamente unos 48 años hacia el futuro para ver cómo se había
realizado su historia a modo de advertencia sobre una gran nación
democrática y republicana que se descarrilaba y perdía el control.
Lo primero que percibirían es que la Comunidad de la Inteligencia de
2012, con 17 organismos oficiales , según el más simple cálculo casi se
ha duplicado. El tamaño real y el poder de ese mundo secreto, sin
embargo, han crecido asombrosamente de cualquier manera imaginable.
Tomemos una agencia, ahora parte de la CI, que no existía en 1964, la
Agencia Nacional de Inteligencia Geoespacial. Con un presupuesto anual de
cerca de 5.000 millones de dólares, construyó recientemente una sede
gigante por 1.800 millones de dólares -la tercera estructura más grande
del área de Washington, que casi compite en tamaño con el Pentágono– con
16.000 empleados. Literalmente fija su “ojo” sobre el globo de una manera
que hace medio siglo estaría limitada a las novelas de ciencia ficción y
tiene asignadas tareas como “fuente primordial de inteligencia
geoespacial de la nación, o GEOINT”. (No me preguntéis qué significa
exactamente, aunque tiene que ver con la representación bastante literal
del planeta y de todas sus partes, o tal vez, dicho menos cortésmente,
con convertir cada centímetro de la Tierra en un posible campo de tiro).
O consideremos un organismo que existía en aquel entonces: la Agencia
Nacional de Seguridad, o NSA (conocida otrora en broma como “no such
agency” [no existe una agencia parecida] por su profundo secretismo).
Como su primo geoespacial, ha vivido un período de explosivo crecimiento,
presupuestario y general, que culminó en la construcción de un centro de
datos “fuertemente fortificado” de 2.000 millones de dólares en Bluffdale,
Utah. Según el experto de la NSA James Bamford, ese centro “interceptará,
descodificará, analizará y almacenará amplios sectores de las
comunicaciones del mundo mientras llegan de los satélites y pasan por los
cables subterráneos y submarinos de redes internacionales, extranjeras, e
interiores”. Agrega que: “Fluyendo a través de sus servidores y routers y
almacenados en bases de datos casi ilimitadas se encontrarán todas las
formas de comunicación, incluidos los contenidos completos de correos
electrónicos privados, llamadas de teléfonos móviles, itinerarios de
viajes, compras de libros, y otra ‘basura’ digital”. No hablamos solo de
terroristas extranjeros, sino de la captura y eterno almacenamiento de
vastas cantidades de material de los ciudadanos estadounidenses,
posiblemente incluso vuestro.
O consideremos una creación poco conocida posterior al 11-S, el Centro
Nacional de Contraterrorismo (NCTC), que ni siquiera es un organismo
separado en la CI, sino parte de la Oficina del director de Inteligencia
Nacional. Según el Wall Street Journal, el gobierno de Obama acaba de
convertir esa organización en una “traína gubernamental que arrastra
millones de registros de ciudadanos de EE.UU., incluso personas no
sospechosas de nada”. Ha otorgado al NCTC el derecho, entre otras cosas
“a examinar los archivos gubernamentales de los ciudadanos
estadounidenses en busca de una posible conducta criminal, incluso si no
hay motivos para sospechar de ellos… copiar bases enteras de datos del
gobierno, registros de vuelos, listas de empleados de casinos, nombres de
estadounidenses que albergan estudiantes extranjeros de intercambio y
muchos otros. La agencia tiene nueva autoridad para mantener datos sobre
ciudadanos estadounidenses inocentes hasta cinco años y para analizarlos
en busca de modelos de conducta sospechosos. Anteriormente, ambas
actividades estaban prohibidas”.
O tomemos la Agencia de Inteligencia de la Defensa, que se creó en 1961 y
recién inició sus operaciones el año de aparición del libro. Hace casi
medio siglo, como Wise y Ross dijeron a sus lectores, tenía 2.500
empleados y un conjunto de tareas asignadas relativamente modesto. Al
terminar la Guerra Fría tenía 7.500 empleados. Dos décadas después, otra
historia de crecimiento explosivo, la DIA tiene 16.000 empleados.
En la serie del Washington Post de 2010, Top Secret America, los
periodistas Dana Priest y William Arkin señalaron un espíritu de
expansión ilimitada en la era posterior al 11-S que seguramente hubiera
sorprendido a los dos autores que demandaban “controles” del mundo
secreto: “En Washington y el área circundante, estaban en construcción o
se han construido, desde septiembre de 2001, 33 complejos de edificios.
Juntos ocupan el equivalente de casi tres Pentágonos o 22 edificios del
Capitolio, unos 1,6 millones de metros cuadrados de espacio”.
Del mismo modo, el presupuesto combinado de la Comunidad de la
Inteligencia, que supuestamente aumentó en el más profundo secreto por lo
menos a 44.000 millones de dólares en 2005 (hay que tomar ese tipo de
cifras con una tonelada de bicarbonato), casi se ha duplicado ahora a
75.000 millones oficialmente.
Agreguemos otra sorpresa futurista para nuestros viajeros del tiempo.
Alguien tendría que decirles que, en 1991, la Unión Soviética, esa gran
potencia imperial y némesis del gobierno invisible con su vasto ejército,
policía secreta, sistema de gulags y monstruoso arsenal nuclear, había
desaparecido en su mayor parte de modo no violento de la faz de la Tierra
y que ni una sola potencia ha aparecido para desafiar militarmente a
EE.UU. Después de todo, ese asombroso presupuesto de inteligencia de
EE.UU., la explosión de nuevas construcciones, el fuerte crecimiento en
personal y todo el resto han ocurrido en un mundo en el cual EE.UU. se
enfrenta a un par de tambaleantes potencias regionales (Irán y Corea del
Norte), una insurgencia minoritaria en Afganistán, una creciente potencia
económica (China), que todavía tiene lo que se considera una fuerza
militar modesta y probablemente a unos cuantos miles de fundamentalistas
musulmanes y candidatos a al Qaida repartidos por el planeta.
Habría que decirles que, gracias a un solo y horripilante suceso, una
especie de golpe de suerte terrorista al que ahora nos referimos
brevemente como “11-S”, y a pesar de la disminución de enemigos globales,
una enorme CI se ha expandido ininterrumpidamente en un país poseído por
un espasmo de miedo y paranoia.
Preparación de campos de batalla y construcción de embajadas gigantes
Perplejos ante el tamaño del gobierno invisible que antaño diseccionarion,
los dos periodistas podrían sorprenderse por lo menos tanto por otro
evento: el modo en que en esta época la “inteligencia” se ha militarizado
mientras las fuerzas armadas de EE.UU. han pasado a la sombra. Por
cierto, ahora es un hecho bien conocido que la CIA, una agencia de
espionaje civil hasta hace poco, dirigida por un general de cuatro
estrellas returado, se ha "paramilitarizado" y ahora invierte una parte
significativa de su energía en la realización de un conjunto
“encubierto”, en permanente crecimiento, de guerras de drones en todo el
Gran Medio Oriente.
Mientras tanto, desde los primeros años del gobierno de George W. Bush,
las fuerzas armadas de EE.UU. se han propuesto reivindicar como suyo
parte del campo de acción de la CIA. Poco después de los ataques del
11-S, el secretario de Defensa Donald Rumsfeld comenzó a impulsar al
Pentágono hacia actividades de inteligencia al estilo de la CIA –el
“espectro completo de operaciones de humint [inteligencia humana”– a fin
de “prepararse” para futuros “campos de batalla”. Ese proceso nunca ha
terminado. En abril de 2012, por ejemplo, el Pentágono publicó la
información de que estaba estableciendo una nueva agencia de espionaje
llamada Servicio Clandestino de Defensa (DCS). Su tarea: globalizar la
“inteligencia” militar llevándola más allá de las zonas de guerra
evidentes. El DCS también estaba a cargo de trabajar más estrechamente
con la CIA (mientras supuestamente rivalizaba con ella).
Como informó Greg Miller del Washington Post: “La creación del nuevo
servicio también coincide con el nombramiento de una serie de altos
funcionarios del Pentágono que tienen amplios antecedentes en
inteligencia y firmes opiniones con respecto a dónde han fallado los
programas de espionaje militar, vistos frecuentemente como deslucidos por
conocedores de la CIA”.
Y entonces, en este mes, el jefe de la Agencia de Inteligencia de la
Defensa, originalmente un sitio para análisis y coordinación, anunció en
una conferencia que su agencia se iba a expandir considerablemente hacia
“humint”, llenando embajadas de todo el mundo con un nuevo cuerpo de
agentes clandestinos con “cobertura” diplomática o de otro tipo. Hablaba
de utilizar 1.600 “recolectores entrenados por la CIA y trabajarían
frecuentemente con el Comando Conjunto de Operaciones Especiales”. Nunca,
en otras palabras, un país ha tenido tantos “diplomáticos” que no saben
absolutamente nada de diplomacia.
Aunque el Senado se ha negado a financiar la expansión del Servicio
Clandestino de Defensa, todo esto representa una significativa
reorganización de lo que todavía se llama “inteligencia” pero que en
realidad es una forma de hacer una guerra de bajo nivel a escala global y
una continua expansión del mundo secreto de EE.UU. en una escala hasta
ahora inimaginable, todo en nombre de la “seguridad nacional”. Ahora, por
lo menos, es más fácil comprender por qué, desde Londres a Bagdad e
Islamabad, EE.UU. ha estado construyendo descomunales embajadas
fortificadas como antiguos castillos y del tamaño de palacios imperiales
para personal sin nada de “diplomático”. Estos incluirán evidentemente
muchos agentes de la CIA, de la DIA, y tal vez del DCS, entre otros, bajo
“cobertura” diplomática.
En esta mezcla habría que incluir otro ente que Wise y Ross no concoieron
pero –en vista de la publicidad que el Equipo 6 de los SEALs ha recibido
gracias al asesinato de bin Laden y otras actividades– que la mayoría de
los estadounidenses conocerán de cierto modo. Un papel cada vez mayor en
el mundo secreto es jugado ahora por una organización militar que hace
tiempo se orientó hacia las sombras, el Comando Conjunto de Operaciones
Especiales (JSOC). En 2009, el reportero de New Yorker Seymour Hersh lo
calificó de “banda jecutiva de asesinato” (especialmente en Irak) que no
“dependía de nadie, excepto en los días de Bush y Cheney… directamente de
la oficina de Cheney”.
En los hechos, el JSCO solo llamó la atención pública cuando uno de sus
operadores principales en Irak, el general Stanley McChrystal, fue
nombrado comandante de guerra de EE.UU. en Afganistán. Desde entonces ha
estado a la luz pública mientras actúa en lo que otrora habían sido
operaciones paramilitares al estilo de la CIA, aumenta su capacidad de
recolección de inteligencia, dirige sus propias guerras de drones y ha
establecido una nueva sede en Washington, a 15 convenientes minutos de la
Casa Blanca.
Momentos en la pantalla gigante y guerras “encubiertas”
En sus niveles superiores, la dirigencia de la CIA, la DIA y el JSOC se
mezclan y coinciden ahora en un conjunto confuso de organismos cada vez
más entrelazados y militarizados y que cada vez están más en pie de
guerra perpetuo. De esta manera, han convertido las antiguas artes de
inteligencia, vigilancia, espionaje y asesinato en un modo de vida
financiado masivamente y ahora realizan regularmente guerras a
hurtadillas y libremente en todo el globo. En los niveles inferiores, la
CIA, la DIA y supuestamente algún día el DCS se entrenan de manera
conjunta, trabajan en equipos al unísono, y cooperan y cazan furtivamente
en el campo de todos los demás.
Actualmente, sería difícil escribir un solo volumen titulado El gobierno
invisible. En vez de eso habría que escribir una serie múltiple de
volúmenes. Y al hacerlo –indudablemente habría sorprendido a Wise y Ross–
habría sido necesario cambiar el título del proyecto a algo como “El
gobierno visible”.
No me malentendáis: los estadounidenses poseen ahora (o para ser más
exactos están poseídos por) una vasta burocracia de la “inteligencia”
oculta en lo profundo de las sombras, cuyas actividades son una masa de
incógnitas conocidas e incógnitas desconocidas para los que miramos desde
afuera. Es más que enorme. No hay modo de evaluar su verdadera utilidad,
o si incluso es vagamente “inteligente” (aunque se podría argumentar que
EE.UU. estaría mejor con uno o dos servicios de inteligencia no
paramilitarizados, en lugar de muchos de ellos, esa paranoia evasiva, y
basados en gran parte en códigos abiertos). Pero nada de eso importa.
Ahora representa un modo de vida irreversible, que cada vez es más
visible y celebrado en este país. También forma parte del crecimiento
aparentemente interminable del poder imperial de la Casa Blanca y, de
maneras que Wise y Ross hubieran considerable inconcebibles en 1964, más
allá de todo rendimiento de cuentas o control cuando tiene que ver con el
pueblo de EE.UU.
También está listo para recibir el crédito público por sus “éxitos” o
incluso una parte significativa en la conformación de cómo se ve en la
escena pública. En otro tiempo, un agente de la CIA que moría en alguna
operación clandestina pasaba desapercibido y anónimo. En los años setenta
ese agente habría merecido una estrella grabada en el muro de la
recepción de la sede de la CIA, pero nadie que no estuviera dentro de la
Agencia habría conocido su suerte.
Ahora, los que mueren en nuestras operaciones “secretas” o en las que se
lanzan contra nuestros agentes “invisibles” pueden convertirse en
personajes públicos y “héroes” celebrados. Fue el caso, por ejemplo, de
Jennifer Matthews, una agente de la CIA que murió en Afganistán cuando un
doble agente de la CIA resultó ser un triple agente y atacante suicida. O
recién la semana pasada, cuando un soldado del Equipo 6 de los SEALs
murió en una operación en Afganistán para rescatar a un doctor
secuestrado. La Armada publicó su foto y su nombre y se le aclamó mucho.
Habría sido ciertamente algo notable para Wise y Ross.
Y, de nuevo, indudablemente no estarían menos sorprendidos al descubrir
que, desde Jack Ryan y Jason Bourne a Syriana, las películas Misión
imposible y Taken [Búsqueda Implacable en Latinoamérica y Venganza en
España), la CIA y otros entes secretos (o sus dobles de fantasía) se han
convertido en productos básicos en los multicines estadounidenses. La
pequeña pantalla, de 24 a Homeland, tampoco ha sido inmune a esta
invasión de visibilidad.
O considerad lo siguiente: solo después de un año y medio desde que
terminara la supersecreta operación bin Laden del Equipo 6 de los SEALs,
ya ha sido convertida en Zero Dark Thirty, un filme altamente elogiado (y
controvertido) anticipadamente, candidato a varios premios Óscar y con
una heroína modelada según una agente encubierta de la CIA cuya foto ha
llegado a la arena pública. Además, se dice que es una cinta cuyos
creadores contaron con la ayuda, o por lo menos con el aliento, de la
CIA, el Pentágono y la Casa Blanca, exactamente como los SEALs ayudaron
este año al éxito taquillero Act of Valor (“un equipo elite de SEALs de
la armada, se lanza a una misión clandestina para recuperar a un agente
secuestrado de la CIA”) prestando a la cinta verdaderos SEALs como
(anónimos) actores y luego realizando un salto en paracaídas de los SEALs
sobre una alfombra roja en su estreno en Hollywood.
Es verdad que cuando se publicó El gobierno invisible, las dos primeras
películas de James Bond ya eran éxitos de público y el show Misión
Imposible en la televisión seguiría dos años después, pero la forma en la
cual el mundo invisible ha emergido de las sombras para convertirse en
una instalación fija de la cultura pop sigue siendo sorprendente. Y no
hay que pensar que se trata solo de una rareza cultural. Después de todo,
en los años sesenta, los periodistas emprendedores tenían que abrir por
la fuerza esas agencias invisibles para descubrir algo sobre lo que
estaban haciendo. En esos años, por ejemplo, la CIA lanzó una importante
y secreta guerra aérea y terrestre en Laos que intentó desesperadamente
no reconocer jamás a pesar de su formidable tamaño y alcance.
Actualmente, por otra parte, la Agencia realiza lo que denominan
“encubiertas” guerras de drones en Pakistán, Yemen y Somalia y se informa
rápidamente de la mayoría de los ataques en la prensa y sobre las cuales
el gobierno claramente filtró la información que deseaba en el New York
Times sobre el papel del presidente en la selección de quiénes debían
morir.
En el pasado, los presidentes de EE.UU. utilizaban la “negación creíble”
cuando se trataba de complots de asesinato como los del líder congolés
Patrice Lumumba, Fidel Castro de Cuba y Ngo Dinh Diem de Vietnam. Ahora,
el asesinato se considera una parte semi-pública de la tarea
presidencial, codificada, burocratizada, y regulada (aunque solo dentro
de la Casa Blanca) y notablemente pública. Todo esto se ha convertido en
parte del mundo visible (o por lo menos en una gigantesca operación
publicitaria). Actualmente no necesitamos a un Wise o un Ross para que
nos lo digan. Desde las guerras centroamericanas de la Contra del
presidente Ronald Reagan dirigidas por la CIA de los años ochenta, la
definición de “encubierta” ha cambiado. Ya no significa oculta de la
vista, sino que no tiene que rendir cuentas a nadie.
Ahora es un modo cortés de decir al pueblo estadounidense: no es cosa
vuestra. Sí, podéis estar informados; tenéis derecho a elogiarla; pero no
tenéis nada que ver con el asunto, no podéis decidir al respecto.
En los 48 años desde la publicación de su innovador libro, el gobierno
invisible de Wise y Ross ha triunfado sobre el visible. Se ha convertido
en la opción necesaria en este país. En cierto modo, también se está
convirtiendo en la parte más visible e importante de ese gobierno: un
vasto edificio de vigilancia, almacenamiento, espionaje y asesinato que
nos otorga lo que ahora llamamos “seguridad”, nos convierte en el terror
del mundo, nunca deja de crecer y cada vez tiene más libertad para
recolectar información sobre tu persona para utilizarla como le convenga.
Con el paso de 48 años, está mucho más claro que, por impresionantes que
hayan sido Wise y Ross, su cruzada fue quijotesca. ¿Controlar el “poder
secreto”? ¿Responsabilizarlo? Soñad, pero sed cuidadosos, uno de estos
días hasta vuestros sueños podrán ser registrados.
(*)Traducido del inglés para
Rebelión por Germán Leyens
Tom Engelhardt, es cofundador del American Empire Project y autor de “The
End of Victory Culture”, una historia sobre la Guerra Fría y otros
aspectos, así como de la una novela: “The Last Days of Publishing”. Su
último libro publicado es: “The American Way of War: How Bush’s Wars
Became Obama’s” (Haymarket Books).
Copyright 2012 Tom Engelhardt
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