|
(IAR
Noticias)
21-Diciembre-2012
Ya nadie puede disponer de su
propio tiempo. El tiempo no pertenece a los seres humanos concretos sino al
ciclo integrado de trabajo. Sólo los desertores escolares, los vagabundos, los
fracasados, los ociosos desocupados pueden disponer libremente de su tiempo.
Por Renán Vega Cantor / Revista Herramienta (*)
No
les tengas miedo a lo sagrado y a los sentimientos, de los
cuales el laicismo consumista ha privado a los hombres
transformándolos en brutos y estúpidos autómatas adoradores
de fetiches”.
Pasolini, 1997: 24.
Caminamos en silencio. En medio de uno de esos silencios
que son la mejor forma de comunicación”.
Sepúlveda, 2010: 90.
En este texto se analiza un asunto crucial de la expropiación de los
bienes comunes en el mundo de hoy por parte del sistema del capital, pero
sobre el cual poco se reflexiona. Nos referimos a la expropiación del
tiempo de la mayor parte de los seres humanos. La exposición parte de
recordar en forma breve la manera como la expropiación inicial del
tiempo, cuando surge el capitalismo industrial, estaba relacionada con la
conversión de campesinos y artesanos en obreros asalariados y se limitaba
al ámbito fabril. Luego se consideran los rasgos generales de la
expropiación del tiempo en nuestra época, recalcando el papel que
desempeñan las tecnologías de la información y la comunicación. Por
último, a partir de este análisis general se presenta el recuento de
algunos aspectos emblemáticos de expropiación del tiempo, tal como los
supermercados, la siesta, la noche, la comida rápida y la memoria y la
historia.
Con respecto al papel de las Nuevas Tecnologías de la Información (NTI)
valga señalar que se enfatiza en el papel que han desempeñado como un
factor importante, en la lógica del capital, de expropiar el tiempo de la
gente, tanto dentro como fuera del ámbito laboral. Como este es el
objetivo prioritario de este ensayo, no se consideran las múltiples y
contradictorias posibilidades de esas NTI como medio de comunicación y
difusión de información, lo cual amerita otro tipo de estudio que queda
fuera del tema aquí propuesto.
1. Primeros momentos del capitalismo industrial
En un principio la expropiación del tiempo en el capitalismo industrial
estaba referida de forma preferente a los obreros y al ámbito laboral,
porque se trataba de convertir a antiguos campesinos y artesanos, que
tenían su propio manejo del tiempo –algo muy diferente al tiempo
abstracto del capitalismo, regido por el reloj-, con sus ritmo lento y
pausado, en el que se mezclaba la actividad productiva, con la fiesta, el
calendario religioso, el carnaval, el descanso, la vida en común. Los
trabajadores resistieron en este primer momento con la huida y el
abandono de los sitios del trabajo, proclamando de manera implícita el
“derecho a la pereza”, un principio prioritario en la resistencia a la
proletarización.
Cuando el capitalismo logró crear la primera generación de trabajadores
asalariados los disciplinó en concordancia con sus intereses de
valorización y de generación de ganancias y se empezó a regir por la
célebre máxima “el tiempo es oro”. En este segundo momento, los
trabajadores habían sido sometidos y ya no luchaban contra el nuevo ritmo
temporal -el del cronómetro- sino por el acortamiento del tiempo de
trabajo, lo que indica que se había aceptado el nuevo ritmo temporal,
abstracto y vertiginoso del capital. Un componente fundamental de la
lucha histórica de los trabajadores de todo el mundo, cuando ya habían
asumido su condición de asalariados, se centró en plantear la separación
entre el tiempo de trabajo en el ámbito fabril, y luego en todos los
sitios de trabajo (oficinas, escuelas, hospitales…) respecto al resto del
tiempo, lo cual se expresó en la lucha por los tres ochos (8 horas de
trabajo, 8 horas de estudio, 8 horas de descanso). Esta lucha generó
importantes movilizaciones y épicas conquistas de la clase obrera, entre
las cuales la más relevante, por el simbolismo que connota, es la del
Primero de Mayo. Con esa celebración se trataba de arrancarle al capital
un día al año, en el cual los trabajadores no estaban sometidos al ritmo
infernal del despotismo del capital, y en ese día podían marchar, gritar
y protestar o desarrollar actividades propias de la cotidianidad de los
trabajadores. Fueron estos espacios externos al escenario de la fábrica,
aunque ligados a la misma, en donde se gestó y se construyó una cultura
obrera. Esa cultura disfrutaba su tiempo libre a su manera: jugando
futbol, tomando trago en la taberna, fundando bibliotecas populares,
impulsando clubes contra el consumo de alcohol, fomentando la publicación
de libros, periódicos y revistas de los trabajadores, organizando salidas
a las afueras de los pueblos y ciudades en compañía de sus familias…
Durante toda la época del fordismo, los trabajadores lograron mantener la
separación entre el tiempo de trabajo y el tiempo de ocio. Incluso, en la
época del Estado de Bienestar, y sus diversos remedos en todo el mundo,
los trabajadores obtuvieron como una de sus conquistas fundamentales el
derecho a disfrutar de vacaciones durante unas semanas del año. Para
hacer frente a esta realidad, el capitalismo procedió a mercantilizar el
tiempo libre de los trabajadores y convertirlo en tiempo de ocio,
mediante el fomento del consumo individual y familiar y haciendo que ese
tiempo estuviera regido por la lógica del capital, porque, por ejemplo,
las vacaciones se disfrutan en hoteles, balnearios o playas en las cuales
se despliega una actividad mercantil que genera ganancias. Por esa razón,
Herbert Marcuse señalaba que a una sociedad libre corresponde un tiempo
libre y a una sociedad represiva un tiempo de ocio.
2. Generalización de la expropiación del tiempo
En el mundo contemporáneo, la expropiación del tiempo se ha extendido a
todos los ámbitos de la vida y no se limita, como antes, al terreno
laboral. En el capitalismo actual la expropiación del tiempo de la vida
se expresa, de manera paradójica, en la falta de tiempo. Esto es
ocasionado por el culto a la velocidad, la aceleración de ritmos, la
dilatación de los trayectos de las ciudades, la incorporación de las
periferias urbanas mediante la generalización del automóvil, los
embotellamientos por el exceso de vehículos privados, la conversión del
ocio en una mercancía, la omnipresencia esclavizante del celular, el
sometimiento al televisor, frente al cual las personas pasan una buena
parte de su existencia, la ampliación de la jornada de trabajo… Un dicho
africano expresa de manera contundente nuestra falta de tiempo: “Todos
los blancos tienen reloj, pero nunca tienen tiempo” (Chesneaux, 1996:
41).
Esta expropiación del tiempo de la vida está relacionada con la
definición del poder en términos del control del tiempo ajeno. En
concreto, para decirlo en términos de David Anisi:
Todos partimos de una igualdad básica. Independientemente de nuestras
coordenadas sociales, el día tiene veinticuatro horas para todos.
Técnicamente el tiempo es algo imposible de producir. Sólo el ejercicio
del poder, al apropiarnos del tiempo de los demás, puede acrecentarlo. El
poder se mide como la relación entre el tiempo obtenido de los demás y el
tiempo necesario para conseguir esa movilización (Anisi, 2006: 14).
Hasta ahora, a importantes sectores de la sociedad el capitalismo no les
había podido expropiar su tiempo, si recordamos que “el tiempo es el
único recurso del cual pueden disponer gratuitamente los que viven en el
escalón más bajo de la sociedad” (Sennett, 2006: 14). Esto era aplicable
a gran parte de la población que habitaba en los países periféricos y
también concernía a las personas que se encontraban en los territorios de
la antigua Unión Soviética y de Europa oriental. En el caso de nuestros
países, pobres y periféricos, al capitalismo sólo le interesaban aquellas
personas que pudieran convertirse en trabajadores asalariados, fueran
potenciales consumidores de mercancías materiales o pudieran pagarse unas
vacaciones –como manera de expropiarles el tiempo libre, convertido en
tiempo de ocio mercantil, comercializado en forma de paquetes turísticos.
Las personas más pobres, que no podían, ni pueden, convertirse en
trabajadores asalariados, que no cuentan con dinero para consumir a vasta
escala y que tampoco tienen ingresos para ir de vacaciones, ahora
soportan la expropiación de su tiempo, por medio, principalmente, del
teléfono celular, convertido en un verdadero objeto de consumo masivo,
tan omnipresente hoy en día como los relojes de mano. Todas las clases
sociales usan celulares, aunque de diferente precio y calidad, pero con
la misma finalidad de consumir tiempo en una comunicación perpetua, y en
la mayor parte de los casos innecesaria. Eso lo hacen también los pobres,
sin empleo y en condiciones indignas de vida (sin escuelas, sin salud,
sin ingresos económicos, sin ninguna perspectiva vital, aprisionados en
tugurios, sin agua potable…), que invierten lo poco que tienen en la
compra de un celular y en adquirir tarjetas para hablar. En ese sentido,
puede decirse que hoy ni siquiera los pobres pueden disponer
gratuitamente de su tiempo, pues se les ha expropiado y se les ha
obligado a usarlo de forma permanente en parlotear en el celular o en ver
televisión basura, con lo cual no sólo pierden su tiempo sino que
producen fabulosas ganancias a los emporios multinacionales que controlan
y manejan la economía de los teléfonos celulares.
En el caso de la antigua URSS y los países de Europa oriental, la gente
constata la magnitud de los cambios experimentados en los últimos veinte
años en el “tiempo perdido”. Las personas que hablan de la época anterior
a 1989-1991 coinciden en que antes les sobraba tiempo para tener amigos,
visitarlos, hablar con ellos, conversar y compartir. Ahora, nada de eso
existe, porque el capitalismo ha impuesto un ritmo frenético y veloz, en
el que ya no les queda tiempo para nada, ni para los amigos, ni para
disfrutar de alguna actividad cultural o de goce personal (leer, ver una
película, ir a un concierto o a una obra de teatro), algo que no sólo era
gratuito hace un cuarto de siglo sino que convocaba a importantes
sectores de la población. Hoy predomina el tiempo cuantitativo, vacío,
homogéneo y abstracto, que se expresa, entre otras muchas cosas, en la
generalización de la televisión basura al más puro estilo estadounidense.
Las bibliotecas están vacías, se ha reducido dramáticamente la lectura y
la compra de libros. A cambio, la mayor parte de la gente malvive en el
rebusque diario para conseguir su sustento y un ritmo vertiginoso
caracteriza sus existencias pauperizadas.[1]
En síntesis, con la universalización del capitalismo lo que hoy se está
viviendo es la plena “subsunción de la vida al capital”, que implica que
se han mercantilizado y sometido a la férula del tiempo abstracto todos
los aspectos de la vida. En concordancia con este presupuesto, el capital
ha rotó la distancia que separaba el tiempo de trabajo y el tiempo libre,
o el tiempo de la vida. Eso se ha logrado con la utilización de múltiples
estrategias, entre las que sobresalen la flexibilización laboral, que no
es otra cosa sino el alargamiento de la jornada de trabajo y el regreso a
formas de explotación donde impera la plusvalía absoluta, la
deslocalización de empresas a otros países y continentes, en los que se
puede someter a vastos contingentes de trabajadores a ritmos infernales y
prolongados de explotación diaria (jornadas de 15 o más horas de trabajo)
y, sobre todo, el empleo de la tecnología electrónica y digital. Este
aspecto es tan crucial, que amerita ser tratado con algún detalle.
Un primer dato, indicativo del fenómeno que comentamos, está referido a
un hecho que contraviene los anuncios de algunos teóricos del trabajo,
como André Gorz, quienes habían previsto la reducción del tiempo de
trabajo y el correlativo incremento del tiempo libre y de ocio. No
obstante, se ha presentado una situación completamente opuesta a lo
anunciado: un incremento inesperado del tiempo de trabajo en el mundo.
Una persona nacida en 1935 llegó a trabajar 95 mil horas; a una persona
que nació en 1972 se le preveía una vida laboral de 40 mil horas; y las
personas recién empleadas en la primera década del siglo XXI van a tener
que trabajar 100 mil horas[2]. ¡Toda una vida de trabajo!, en el sentido
literal del término. Si a eso le agregamos que un habitante promedio de
los Estados Unidos, el país en donde el trabajo es una enfermedad, gasta
1.500 horas al año metido en su automóvil (lo que en unos 30 años
representa 45.000 horas), podemos comprender el predominio del tiempo no
libre en el capitalismo de hoy.
De la misma manera, la introducción de aparatos microelectrónicos en el
ámbito laboral, especialmente el teléfono celular, ha roto la separación
entre tiempo de trabajo y tiempo libre, o, más exactamente, el tiempo de
trabajo ha absorbido el tiempo libre. En este caso, “el teléfono celular
tomó el lugar de la cadena de montaje en la organización del trabajo
cognitivo: el infotrabajador debe ser ubicado ininterrumpidamente y su
condición es constantemente precaria” (Berardi Biffo, 2010: 27).
Aunque no exista otro momento en la historia del capitalismo, como el de
las dos últimas décadas, en que tanto se hayan exaltado las libertades
individuales, en la práctica tenemos que el tiempo laboral se ha
celularizado y cada día se parece más al trabajo de los esclavos, porque
ya nadie puede disponer de su propio tiempo. El tiempo no pertenece a
los seres humanos concretos (y formalmente libres) sino al ciclo
integrado de trabajo. Sólo los desertores escolares, los vagabundos, los
fracasados, los ociosos desocupados pueden disponer libremente de su
tiempo (íd).
Lo que resulta más significativo con respecto a la mezcla del tiempo de
trabajo y el tiempo libre radica en que, por lo común, las nuevas
generaciones de trabajadores lo aceptan como algo normal, especialmente
los llamados trabajadores cognitivos, porque conciben al trabajo como la
parte más importante de su vida y ellos mismos tienden a prolongar de
manera voluntaria su jornada de trabajo. Un cambio antropológico y social
tan importante se explica por múltiples razones: la pérdida de vínculos
humanos en las grandes ciudades en donde los nexos entre las personas se
han convertido en un envoltorio muerto y sin placer; la mercantilización
y el culto al consumo como la razón de ser de la existencia humana y de
los trabajadores, lo cual se complementa con la crisis de los proyectos
emancipatorios; el culto a los artefactos tecnológicos como sustitutos de
las relaciones con otros seres humanos; el éxito del capital en imponer
su ideología individualista en la que se atenúa y se reducen, y en
algunos sectores, desaparecen, las luchas colectivas y se enfatiza la
cuestión del triunfo individual, que en forma supuesta se alcanzaría
subordinándose por completo a los intereses del capital. En resumen,
el efecto que se produjo en la vida cotidiana durante las últimas
décadas es el de una des-solidarización generalizada. El imperativo de la
competencia se volvió dominante en el trabajo, en la comunicación, en la
cultura, a través de una sistemática transformación del otro en un
competidor e incluso en un enemigo. Una máquina de guerra se esconde en
todo nicho de la vida cotidiana (ibíd.: 87).
Como se ha impuesto la lógica de la mercantilización absoluta y del
consumo como sinónimo de felicidad humana, se concibe que se debe
trabajar y endeudarse, es decir, dedicar mayor tiempo al trabajo, con la
expectativa ingenua de obtener más dinero para comprar más mercancías,
que permitirán el disfrute del tiempo libre, el cual cada vez es más
lejano, precisamente porque la vida no alcanza para trabajar tanto y
conseguir dinero para pagar las deudas que se han adquirido en la
perspectiva de tener algún día tiempo libre. Así,
Cuanto más tiempo dedicamos a la adquisición de medios para poder
consumir, tanto menos nos queda para poder disfrutar el mundo disponible.
Cuanto más invirtamos nuestras energías nerviosas en la adquisición de
dinero, tanto menos podemos invertir en el goce [...] Para tener más
poder económico (más dinero, más crédito) es necesario prestar más tiempo
al trabajo socialmente homologado. Pero esto supone reducir el tiempo de
goce, de experimentación, de vida.
La riqueza entendida como goce disminuye proporcionalmente al aumento
de la riqueza como valor económico, por la simple razón de que el tiempo
mental está destinado a acumular más que a gozar (íd).
La utilización de los artefactos microelectrónicos y digitales en el
trabajo además de hacer que desaparezca el tiempo libre, fragmentan y
precarizan aún más la actividad laboral. Esa precarización no es
solamente una cuestión jurídica, en la cual los individuos no tienen
derechos, sino que además supone “la disolución de la persona como agente
de la acción productiva y la fragmentación del tiempo vivido” (ibíd.:
91). Esto quiere decir que en el plano de la organización del trabajo se
generaliza la individualización de las tareas, hasta el punto que el
colectivo trabajador puede ser disuelto, como ocurre en el llamado
trabajo en red, donde ciertos individuos se conectan durante un tiempo
para realizar un determinado proyecto, luego se desconectan y se vuelven
a conectar en el momento en que tienen un nuevo proyecto. De esta forma,
se pone en marcha la “dinámica de la descolectivización”, un logro muy
importante para el capitalismo de nuestra época, porque
el trabajo se organiza en pequeñas unidades que auto administran su
producción, las empresas apelan más ampliamente a los temporarios y a los
contratados, y practican la terciarización en una gran escala. Los
antiguos colectivos no funcionan y los trabajadores compiten unos con
otros, con efectos profundamente desestructurantes sobre las
solidaridades obreras (Castel, 2010: 24s.).
Por ello, el capital reclama su derecho de moverse libremente por el
mundo para “encontrar el fragmento de tiempo humano en disposición de ser
explotado por el salario más miserable” y luego de usarlo lo tira a la
basura. Esto es posible porque el tiempo de trabajo ha sido fractalizado,
es decir, se ha reducido a fragmentos mínimos que luego se pueden
recomponer y por eso el capital busca el lugar donde impera el salario
más miserable. Aunque la persona que trabaja es jurídicamente libre, el
control de su tiempo por un poder extraño, el del capital, lo hace
esclavo; sencillamente, “su tiempo no le pertenece, porque está a
disposición del ciberespacio productivo recombinante” (Berardi Bifo,
2010: 92). A esta nueva forma se le puede denominar el esclavismo
celular, lo cual se evidencia de manera contundente en el BlackBerry, un
aparato que reproduce el nombre de un instrumento usado en la época de la
esclavitud en los Estados Unidos, que se ataba en los tobillos de los
esclavos para que no huyeran, para que su tiempo siguiera perteneciendo,
por la fuerza bruta, a los esclavistas. Algo similar sucede hoy, cuando
el BlackBerrymantiene a la gente esclava de otros, principalmente de los
patronos y empresarios, siempre atados de manos y cerebro a ese aparatejo
insoportable.
El tiempo laboral de los trabajadores cognitivos se ha celularizado
porque se divide en fragmentos, en células, que de manera
despersonalizada el capital hace circular por la red, y se mantiene una
conectividad perpetúa, a través del teléfono celular, que obliga a que
los trabajadores precarizados estén disponibles como esclavos
posmodernos, cuando el capital los requiera. Esto es posible porque ahora
“la persona no es más que el residuo irrelevante, intercambiable,
precario del proceso de producción de valor. En consecuencia, no puede
reivindicar derecho alguno ni puede identificarse como singularidad”, por
ende es un esclavo celular y del celular (íd.). El trabajador se
convierte así en un código de barras, que no importa como ser humano, por
su subjetividad, sino sólo porque es una pieza más de un engranaje
conectado en red, a través de la computadora, Internet y, en la forma más
íntima, a través del teléfono celular.
Y, entre paréntesis, si el objetivo es convertir a los seres humanos que
trabajan en un simple código de barras, como el de cualquier objeto
mercantil que se vende en un supermercado, también se transforma la
escuela y la universidad para hacerlas funcionales a este propósito. No
otra cosa es lo que está sucediendo en nuestros días con las
transformaciones educativas cuya finalidad es producir terminales humanos
que sean compatibles con un circuito productivo, porque ya el objetivo
explícito del capital es transformar a los seres humanos en engranajes de
la producción de valor en el capitalismo y para lograrlo, o sea,
convertirlos en códigos de barras, hay que eliminar las diferencias
culturales e históricas en los procesos de enseñanza. Eso se expresa, por
ejemplo, en la nueva lengua de la escuela, con sus estándares universales
de créditos, competencias, movilidad internacional, saberes comunes y
homogéneos, acreditación externa, todo lo cual no es sino la legalización
administrativa y pretendidamente pedagógica de nuestra conversión en
códigos de barras.
Y esto tiene que ver con los saberes de forma directa. En efecto,
La producción del espacio productivo del saber se articula en estrecha
relación con la construcción de la tecnosfera digital de red. La dinámica
de la red muestra una fundamental duplicidad: por un lado, su expansión
requiere un potenciamiento de los agentes sociales del saber. Pero, por
otro lado, y al mismo tiempo, somete la transmisión de saber a
automatismos tecno-linguisticos modelados según el paradigma de la
competencia económica.
Todo agente de sentido, si quiere volverse productivo, operativo, debe
ser compatible con el formato que regula los intercambios y vuelve
posible la interoperabilidad generalizada en el sistema (ibíd.: 98).
En tales circunstancias, la potencia del Internet no es otra cosa que una
potencia de despersonalización a vasta escala, de liquidación de la
singularidad y de la individualidad. Se han creado “las condiciones para
la reproducción ampliada de un saber sin pensamiento, de un saber
permanente funcional, operacional, desprovisto de cualquier dispositivo
de auto-dirección (ibíd.: 98s.)”.
Por supuesto, esto genera patologías entre la población en general y
entre los trabajadores en particular, porque la comunicación obligatoria
se ha convertido en una epidemia. Su lógica es simple pero destructiva de
la psiquis individual: si quieres sobrevivir en el capitalismo actual
tienes que ser competitivo y para serlo requieres estar conectado todo el
tiempo, recibir y enviar información sin pausa, manejar una masa
creciente de datos, suministrar tu tiempo, siempre, a quien lo requiera.
Ya no eres dueño de tu tiempo nunca, ni de día, ni de noche, ni los fines
de semana, siempre debes estar dispuesto a dar tu tiempo a quien te lo
compre a bajo precio. Esto genera un estrés permanente, porque debe
estarse atento a la información que recibes y la que se te solicita, a la
par que tu tiempo disponible para la afectividad y las relaciones
personales prácticamente se reduce a cero. Con estas dos tendencias se
devasta el psiquismo individual. En estas condiciones, se presenta un
cambio trascendental:
Mientras el capital necesitó extraer energías físicas de sus
explotados y esclavos, la enfermedad mental podía ser relativamente
marginalizada. Poco le importaba al capital tu sufrimiento psíquico
mientras pudieras apretar tuercas y manejar un torno. Aunque estuvieras
tan triste como una mosca sola en una botella, tu productividad se
resentía poco, porque tus músculos funcionaban. Hoy el capitalismo
necesita energías mentales, energías psíquicas. Y son precisamente ésas
las que se están destruyendo. Por eso las enfermedades mentales están
estallando en el centro de la escena social (ibíd.: 179).
Todo esto lo ha hecho posible el capital, porque desde el momento en que
surge la medición del tiempo, en horas, minutos y segundos, se puede
comprar y vender, es decir, el tiempo se convierte en una mercancía.
Hasta no hace mucho tiempo esto aparecía como algo etéreo, pero hoy se
hace evidente de una manera gráfica. En Colombia, y suponemos que eso se
reproduce en otros países del mundo, las personas que alquilan celulares
tienen unas avisos en papel en los que se puede leer: “Se venden
minutos”, lema comercial que también agitan a viva voz, diciendo “minutos
a 100 pesos”. Incluso, las empresas comercializadoras de los teléfonos
celulares no les importa tanto, o por lo menos de manera exclusiva, que
la gente tenga un Móvil, sino que lo use sin pausa, que hable no ya
minutos sino horas o días, lo que ha logrado plenamente. Por eso, esas
empresas ofrecen tarjetas que cada vez tienen más minutos. Así, se venden
tarjetas con las que se puede hablar durante 2.000 o 3.000 o 5.000
minutos. La gente las compra y se ve obligada a consumirlas en un tiempo
determinado. Es decir, que de manera forzada tiene que hablar durante 50
o más horas en un corto lapso de tiempo, unos dos o tres meses. Esto,
aparte de generar una verdadera neurosis individual y colectiva y un
chismorroteo insustancial para comunicarse cosas triviales que no
requieren de ninguna conexión telefónica, es un espectacular negocio para
las empresas de telefonía celular, a costa del tiempo de la gente.
Todo lo señalado constituye una verdadera expropiación del tiempo
personal y produce una neurosis colectiva, que todos los días soportamos
en el bus, en la universidad, en los teatros, en donde sea, porque tarde
o temprano el insoportable sonido del celular interrumpe cualquier
actividad, por sublime que fuese, como el hacer el amor. Al respecto, en
España se dice que un 40 por ciento de las personas interrumpen
relaciones sexuales para contestar el celular. Aparte de la expropiación
del tiempo personal hay otra expropiación igualmente grave, la de la
dignidad individual, la de la autoestima, porque hasta se ha perdido la
pena y la vergüenza: antes una conversación telefónica era algo privado,
de la que no tenía por qué enterarse nadie que estuviera cerca. Hoy, eso
es cosa del pasado, ya que la gente habla y cuenta sus cosas personales
delante de cualquiera. Esta expropiación de la dignidad es como un
esnobismo público permanente, como se evidencia con las mal llamadas
redes sociales (Facebook y similares), en las que se socializan por la
red, y en forma visual, hasta las relaciones íntimas.
La generalización de la conectividad perpetua tiene como consecuencia que
la gente sienta la necesidad imperiosa de estarse comunicándose todo el
tiempo, enviando mensajes, averiguando o que le averigüen dónde está y
qué está haciendo. Si no se puede comunicar o no le contestan cunde el
pánico, se siente abandonado. Lo paradójico radica en que la gente se
comunica todo el tiempo, pero eso no es un resultado del enriquecimiento
de las relaciones sociales, sino todo lo contrario, de la muerte de
cualquier relación social. Esto indica que estamos viviendo una
catástrofe temporal, porque en la comunicación virtual y digital
la presencia del cuerpo del otro se vuelve superflua, cuando no
incomoda y molesta. No queda tiempo para ocuparse de la presencia del
otro. Desde el punto de vista económico, el otro debe aparecer como
información, como virtualidad y, por tanto, debe ser elaborado con
rapidez y evacuado en su materialidad (ibíd.: 184).
En conclusión,
acabamos por amar lo lejano y por odiar lo cercano porque este último
está presente, porque huele, porque hace ruido, porque molesta, a
diferencia de lo lejano que se puede hacer desaparecer con el zapping…
Estar más cerca de quien está lejos que de quien está a nuestro lado es
un fenómeno de disolución política de la especie humana. La pérdida del
propio cuerpo comporta la pérdida del cuerpo de los demás en beneficio de
una especie de espectralidad de lo lejano (Virilio/Petit, 1996: 42, 46).
En consonancia con el tiempo virtual, instantáneo e inmediato, se impone
la velocidad, esa cierta forma de fascismo que tanto denunció en su
momento Pierre Paolo Pasolini, al señalar el impacto de la tecnología en
la vida de la gente en su Italia de las décadas de 1960 y 1970. Y el
culto a la velocidad está en la base de las diversas formas de
expropiación del tiempo en el mundo contemporáneo, las cuales ameritan un
breve análisis.
a) Expropiación del tiempo en el centro comercial y en los
supermercados
Un espacio que rompe brutalmente el tiempo son los centros comerciales y
los hipermercados, que establecen una jornada interrumpida de quince o
más horas y todos los días de la semana. Los dueños de estos
supermercados determinan que no se cierre al mediodía, pauta que siguen
otros almacenes y establecimientos. Así se fractura el horario de la
siesta y se quiebra a los pequeños comerciantes y artesanos. Esto tiene
también consecuencias sobre el tiempo libre y el tiempo urbano, porque
“cualquier instante de nuestro tiempo libre se rellena por algún tipo de
conexión comercial, convirtiendo así al tiempo en el más escaso de todos
los recursos” (cit. en Angulo/Unzueta). Entre esos efectos se encuentran
que la gente que trabaja durante un horario prolongado y/o los fines de
semana descuida a sus hijos y familiares, se incrementa el uso del
automóvil privado y, por ende, los embotellamientos y la contaminación.
En algunos supermercados de los Estados Unidos se registra una de las más
aberrantes formas de expropiación del tiempo de los trabajadores, cuando
de manera casi inverosímil, ni siquiera se les permite que vayan al
sanitario, en razón de lo cual esos trabajadores se ven obligados a usar
pañales en el sitio de trabajo, dada la amplitud de la jornada laboral[3]
(cit. en Carr, 2011).
Debe agregarse a tan degradante expropiación del tiempo de la gente y de
expropiación de su dignidad personal, la generalización del control y la
vigilancia sobre los trabajadores, situación que justifican los
empresarios con el argumento que deben protegerse contra el robo de
tiempo por parte de los empleados. Se ha vuelto algo normal, y no lo es
de ningún modo, que los empresarios vigilen a sus trabajadores de día y
de noche, en el puesto de trabajo y fuera de él, que husmeen en sus
correos electrónicos si usan Internet, graben y registren sus
movimientos, controlen sus actividades personales mediante el celular y
los mantengan en contacto permanente, incluso en los instantes en que los
trabajadores están en sus casas o en sus “momentos de ocio”.
En el centro comercial el logos cartesiano ha desaparecido para dar paso
a la implacable lógica mercantil, que se resume en la frase “Consumo,
luego existo” y ese es, desde luego, no sólo un consumo de mercancías
sino de tiempo, medido cuantitativamente en dinero, que expresa una
auténtica colonización del tiempo personal. El supermercado y el centro
comercial expropian tiempo a la gente de múltiples maneras, porque se
convierten en el principal lugar de “sociabilidad”, ante la clausura de
los espacios públicos (parques, bibliotecas, teatros), y la sensación de
inseguridad que se pregona por doquier, pero de una sociabilidad reducida
al puro ámbito del consumo mercantil, del desfile de modas, del mundo sin
contradicciones, en donde todo es limpio e iluminado, y no hay ni pobres
ni ricos, porque están unificados por el deseo hedonista de consumir.
b) Expropiación del tiempo de la comida
La expropiación del tiempo de la gente barre todas aquellas costumbres y
tradiciones, inscritas en un tiempo lento, de la modorra, de la quietud,
todas las cuales son despreciadas por el capitalismo como expresión de
atraso, de pereza, de falta de competitividad, de ineficiencia, de
improductividad y de mil calificativos por el estilo. Tal cosa sucede con
el acortamiento, desaparición o transformación de cosas tan humanas como
comer con tranquilidad o hacer la siesta.
Fast Food no sólo es un tipo de comida sino un estilo de vida, con
una temporalidad acelerada, en la que se pierden los nexos sociales que
históricamente se han creado alrededor de la mesa. No vamos a referirnos
a sus consecuencias sobre la salud de la gente, sino a los efectos que
tiene en términos de expropiación del tiempo. La comida es una de las
formas culturales más importantes para cualquier sociedad, porque en
torno a ella se tejen relaciones humanas, en la medida en que se
preparan, se consumen y se degustan los alimentos, los cuales a lo largo
del tiempo gestan tradiciones y costumbres que dan identidad a los
pueblos, porque “comer no es una mera actividad biológica sino también
una actividad vibrantemente cultural” (Mintz, 2003: 78). El comer en
términos culturales se ha basado hasta no hace muchos años en el sentido
de la lentitud, uno de los lujos más preciosos que existen, porque una
buena comida requiere y necesita tiempo, en su preparación y en su
degustación.
Esto queda hecho añicos con la imposición de la comida rápida, cuyo
símbolo principal esta constituido por los restaurantes McDonald’s, los
cuales constituyen un modelo a pequeña escala de lo que es el capitalismo
realmente existente. Primero, en términos laborales, la fuerza de trabajo
empleada en esos restaurantes es una de las peores expresiones de la
flexibilización y la precarización laboral, tanto por los bajos salarios,
como por las mismas condiciones de trabajo en la que no existe la
posibilidad de protestar y de organizarse sindicalmente. Aunque a primera
vista parezca que el trabajador de McDonald’s es polivalente, porque
realiza una serie de faenas en la venta de hamburguesas, en realidad esa
labor es profundamente monótona y rutinaria, típica del fordismo, en la
que se le prohíbe que tome cualquier iniciativa y no puede ni hablar con
los clientes. Segundo, en términos de los consumidores, el objetivo de
los McDonald’s es llenar de comida a los comensales para que estos
devoren rápido y sin pestañear. Que coman lo más posible en el menor
tiempo, y desocupen el restaurante, el cual es diseñado sin ningún
atractivo interesante y obliga a la gente a comer e irse de inmediato.
Como de lo que se trata es de promover la rapidez, los platos que ofrecen
los restaurantes de Fast Food son pocos, estandarizados y producidos en
serie. De esta forma, no sólo se come rápido sino siempre lo mismo, con
el pretexto de que así se gana tiempo.
El argumento dominante para justificar la generalización del McDonald’s
es que el capitalismo actual es profundamente vertiginoso y la forma de
comer también lo debe ser. Se supone que así se está beneficiando al
consumidor, lo que en el caso de la comida chatarra es completamente
falso, y no sólo por los problemas nutricionales y de salud que origina,
sino porque altera aspectos fundamentales de las relaciones sociales de
las personas que, cuando comen, cada vez son más solitarios y acelerados,
porque necesitan tiempo para el trabajo, al cual se le deben dedicar la
mayor parte de las energías individuales. El Fast Food no deja tiempo ni
para la compañía, ni la solidaridad, ni la hospitalidad.
Habría que preguntarse, además, cuál es el costo humano y ambiental de la
comida rápida, es decir, en que medida la temporalidad acelerada de los
McDonald’s destruye la temporalidad pausada de la naturaleza y de las
sociedades campesinas. ¿En cuantos días o semanas se destruyen los
bosques del mundo, resultado de lentos procesos de evolución natural, en
los cuales se va a producir el pasto que alimenta a las vacas, que van a
ser factorías de carne de las que sale la materia prima de las
hamburguesas?
En este caso, la rapidez que se le imprime al comer suprime la
importancia de los saberes locales, sacrificados a nombre de un universal
superior, la hamburguesa made in USA, y donde se aplican unas mismas
formulas química y recetas que uniformizan y degradan el gusto y
empobrecen los saberes del mundo. En contraposición, debe reivindicarse
la alimentación lenta, en la cual se respeten las tradiciones
alimenticias locales, y la alimentación refleje valores humanos de buen
vivir y compartir, más allá de la eficiencia y la predictibilidad de lo
que se va a consumir, que recupere los saberes artesanales que se
transmiten de generación en generación y respete lo autóctono y lo
natural de un territorio determinado y se constituya en un espacio para
compartir con familiares y amigos. No por azar, los partidarios de la
Slow food (comida lenta) tienen como símbolo al caracol, tal como lo
explica Carlo Petrini: “Emblema de la lentitud, este animal cosmopolita y
prudente es un amuleto contra la velocidad, la exasperación, la
distracción del hombre demasiado impaciente para sentir y gustar, ávido
para recordar lo que recién ha terminado de devorar” (Petrini, 2006).
c) Expropiación de la siesta
En cuanto a la siesta se refiere, se ha hecho dominante su desprecio por
considerarla como el mejor ejemplo de lo que genera el atraso y el
subdesarrollo, porque quienes practican y reivindican la siesta son
vistos como perezosos e improductivos. La siesta en esa perspectiva es
una tradición de holgazanes, que pierden el tiempo y no les gusta
trabajar y quien la hace derrocha el dinero y el tiempo de otros, porque
mientras duerme plácidamente los demás trabajan como bestias, como quien
dice la persona que hace la siesta es vista como un parasito. En contra
de tan discutibles opiniones, propias del tiempo capitalista que sólo
mide la importancia de las cosas y de las prácticas humanas por su
carácter mercantilista y productor de ganancia, la siesta puede
considerarse como un derecho humano fundamental, porque desde el punto de
vista biológico el organismo necesita descansar no sólo durante la noche
sino una vez al día, además que ese breve lapso de tiempo después del
almuerzo en que se puede dormir resulta trascendental para desarrollar
todas las actividades individuales. La siesta ayuda en el rendimiento
individual, incrementa la capacidad de atender y concentrarse en
determinada labor, contribuye a mejorar la vida sexual, la memoria y el
genio, retrasa el envejecimiento, reduce el estrés y la ansiedad. Según
Sara C. Mednick, psicóloga y experta en el sueño humano, la siesta es tan
importante que “hace que el cerebro opere con la máxima eficiencia, que
el cuerpo sea más ágil y sano y, por encima de todo, no tiene efectos
colaterales”[4].
Si todo esto es cierto, la expropiación de la siesta se constituye en un
atentado contra la salud de los seres humanos y por eso hoy adquiere
mucho sentido plantearse una revolución de la siesta, que la reivindique
como un derecho humano fundamental, en estos tiempos vertiginosos en que
no queda tiempo para aquello que no esté regido por la lógica de la
ganancia y de la acumulación.
d) La expropiación del tiempo de la noche
Hasta no hace muchas décadas la noche estaba consagrada al descanso y al
reposo, salvo en las fábricas donde desde finales del siglo XIX, tras la
invención de la luz eléctrica, el capitalismo había implantado la jornada
perpetua de 24 horas de trabajo, en unidades productivas que nunca
cerraban y en las cuales las máquinas no se detenían jamás. A ese ritmo
febril se tuvieron que acoplar a la fuerza los obreros, que debieron
repartirse los turnos y laborar en la noche. Esa fue la primera
expropiación del tiempo nocturno, un momento en el cual nuestro reloj
biológico, por disposición genética, nos dice que debemos dedicarnos a
descansar, porque nuestro organismo está adecuado para eso y no para
estar despierto y menos trabajando.
Después, cuando la luz salió de las fábricas y se extendió por las
ciudades, en el siglo XX, se alargó el tiempo cotidiano de la gente, que
podía salir y deambular en la noche. En el último medio siglo en casi
todo el mundo se presentó otro cambio drástico que se proyecta hasta el
día de hoy, consistente en que la televisión se fue convirtiendo en un
instrumento permanente en los hogares y cada vez se fue ampliando más el
tiempo de transmisión televisiva, hasta durar hoy las 24 horas del día.
En este caso, se asiste a la expropiación del tiempo personal de las
familias que empezaron a dedicarle una parte sustancial de sus vidas a
ver televisión, que en algunos casos, como en los Estados Unidos, supone
que cada persona vea en promedio siete horas diarias de televisión, en
razón de lo cual ese aparato se ha convertido en uno de los principales
medios de educación de nuestra época.
Esta expropiación de la noche que acompaña la desbocada urbanización en
el mundo produce cambios significativos en el comportamiento de los seres
humanos y una modificación brusca del entorno natural y de los
ecosistemas, así como de las costumbres y hábitos temporales de las
personas, que pierden todo vínculo evidente y directo con la naturaleza y
sólo se relacionan con el medio artificial, principalmente con la luz
eléctrica. Ya lo decía Pasolini en uno de sus últimos escritos que se
habían acabado las luciérnagas en la Italia de comienzos de la década de
1960 y que las nuevas generaciones no tenían ni idea que aquéllas habían
existido y, por lo tanto, no podían quejarse por su desaparición. En
donde habían luciérnagas ahora aparecían centros comerciales, propiedad
de capital transnacional, y en contra de esa presunta modernización en la
que se adora el cemento, la luz de neón y el fulgor y sonido de los
artefactos electrónicos, Pasolini declara: “Yo, por más multinacional que
sea, daría toda la Montedison (un centro comercial) por una luciérnaga” (Passolini,
1983).
Así como han desaparecido las luciérnagas, también han desaparecido las
estrellas en la noche, o mejor, nunca las vemos porque no tenemos ni
tiempo ni espacio para mirar hacia arriba. La luz artificial nos ciega o
estamos resguardados, los que podemos, en nuestras cuatro paredes ante la
luz espectral del televisor.
e) La expropiación de la memoria y del pasado
Haremos mención al aspecto crucial de la expropiación de la memoria y del
pasado de las sociedades, las culturas y los seres humanos. Para
comenzar, un punto de partida crítico está referido a la manera como el
abuso de los artefactos electrónicos, de manera principal Internet y el
Celular, están alterando el funcionamiento del cerebro en general y de la
memoria en particular. Al respecto valga señalar que las denominadas
tecnologías intelectuales tienen un impacto directo sobre el
funcionamiento del cerebro, hasta tal punto que, según estudios
neurológicos, lo que se está alterando es nuestro propio cerebro y no
solamente la forma en que nos comunicamos. Esto lo han confirmado
estudios en los que se señala el impacto contundente sobre la memoria a
largo plazo, la más importante que tenemos, y la memoria a corto plazo.
La primera memoria guarda recuerdos que duran mucho tiempo, incluso de
por vida. La segunda aloja recuerdos que duran muy poco, en muchos casos
sólo unos cuantos segundos. La memoria a largo plazo es la sede del
entendimiento, porque no sólo almacena datos y hechos sino, lo más
importante, conceptos y esquemas, los cuales permiten organizar datos
dispersos. Como lo dice John Swellwr, un estudioso del asunto: “Nuestra
capacidad intelectual proviene en gran medida de los esquemas que hemos
adquirido durante largos períodos de tiempo. Entendemos conceptos de
nuestras áreas de pericia porque tenemos esquemas asociados a dichos
conceptos” (cit. en Carr, 2011: 153).
Ahora resulta que con la sobrecarga de información a que estamos
expuestos todos los días por los sistemas microelectrónicos nos saturamos
de datos que asume la memoria de corto plazo, sin poderla conectar con la
información almacenada en la memoria de largo plazo. En tal caso, no
estamos en capacidad de distinguir lo relevante de lo irrelevante, o en
otras palabras, estamos perdiendo la memoria y “nos convertimos en
descerebrados consumidores de datos” (ibíd.: 153).
Lo que resulta sintomático de la presión a que está siendo sometido
nuestro cerebro y nuestra memoria de largo plazo se muestra con el hecho
que, en gran medida, los cultores de la inteligencia artificial están
adecuando la memoria de corto plazo a la lógica de funcionamiento de los
ordenadores, lo que quiere decir que “entrenamos nuestros cerebros para
que presten atención a tonterías”, algo que tiene funestas consecuencias
sobre nuestra vida intelectual. En resumen:
Las funciones mentales que están perdiendo la “batalla neuronal por la
supervivencia de las más ocupadas” son aquellas que fomentan el
pensamiento tranquilo, lineal, las que utilizamos al atravesar una
narración extensa o un argumento elaborado, aquellas a las que recurrimos
cuando reflexionamos sobre nuestras experiencias o contemplamos un
fenómeno externo o interno. Las ganadoras son aquellas funciones que nos
ayudan a localizar, clasificar y evaluar rápidamente fragmentos de
información dispares en forma y contenido, los que nos permiten mantener
nuestra orientación mental mientras nos bombardean los estímulos. Estas
funciones son, no por casualidad, muy similares a las realizadas por los
ordenadores, que están programados para la transferencia a alta velocidad
de datos dentro y fuera de la memoria. Una vez más, parece que estamos
adoptando en nosotros mismos las características de una tecnología
intelectual novedosa y popular (cf. ibíd: 174s.).
Para los apologistas de las Nuevas Tecnologías de la Información esto
significa que el cerebro se reduce a un instrumento que procesa datos y,
en tal caso, la inteligencia humana ya no se diferencia de la llamada
inteligencia artificial. Esta concepción taylorista aplicada al cerebro,
la reproduce muy bien Google, cuyos gestores conciben a la inteligencia
como un proceso mecánico, constituido por una serie de pasos que se
pueden aislar, medir y optimizar, como el taylorismo ha hecho con la
división de tiempos y tareas para producir tornillos o automóviles.
En esta perspectiva, no resulta sorprendente que se confundan la memoria
de los seres humanos con los espacios en que se almacena información de
los computadores y a eso se le llame memoria, sin rubor alguno. La
confusión resulta crítica porque de allí se desprende que el computador
puede remplazar a nuestra memoria biológica. No por azar, ciertos
apologistas de la tecnología lo dicen sin titubear: “Con un clic en
Google, memorizar largos pasajes o hechos históricos” ya es algo obsoleto
y en tal caso memorizar se considera una “pérdida de tiempo” (Don
Tapscotott, cit. en Carr, 2011: 220). Desde luego, si reducimos la
memoria humana a una simple caja que almacena información de corto plazo,
eso puede ser asumido por los computadores, pero si concebimos a la
memoria como una característica exclusivamente humana y que no se reduce
a recordar información desechable sino que es esencial para nuestra vida,
porque no sólo nos permite recordar sino sentir, pensar y sobrevivir,
tener emociones y empatía, las cosas cambian sustancialmente porque la
memoria está viva, y la que se llama memoria informática no.
Las transformaciones que están generando las Nuevas Tecnologías de la
Información sobre nuestro cerebro y memoria se relacionan con la lógica
del capitalismo actual de inscribir a los seres humanos en el corto
plazo, o más exactamente, en el carácter instantáneo del tiempo
comercial, un perpetuo presente, sin pasado ni futuro. El ritmo
vertiginoso y acelerado del capitalismo sólo deja tiempo para consumir y
tirar a la basura, con lo cual se anulan las diferencias temporales.
Ahora, “el proceso productivo se presenta objetivamente como un gran
flujo informático que atraviesa los espacios tradicionales destruyéndolas
y que anula las distancias temporales con una inaudita aceleración del
tiempo (casi hasta la desaparición de las temporalidades tradicionales:
noche, día, laborable, festivo, etcétera)” (Barcellona, 1992: 23). De
esta forma se nos ha robado el tiempo y el espacio, y por tanto no hay
lugar para la memoria, salvo que esta se puede convertir también en una
mercancía, en un bien de consumo, lo cual la transforma y la aplasta,
porque deja de ser un patrimonio crítico del individuo y de la sociedad y
deviene en un artefacto insustancial que se reduce a la memoria
informática, como indicamos más arriba.
En esas condiciones desaparece el ser humano como un sujeto histórico,
con vínculos profundos con su pasado personal y social, para quedar
reducido a un mero consumidor, que vive en un presente eterno, sin antes
ni después. De ahí que, entre otras cosas, en las reformas educativas
implementados en los últimos años en diversos países del mundo se
proponga de manera clara el abandono a las nociones temporales, para que
los estudiantes se doten de competencias laborales y empresariales,
atadas a la producción y al consumo inmediatos, como cosas que son
presentadas como las únicas útiles que existen. Esto no es otra cosa sino
hundirnos en la barbarie, que, según Philip Rieff, es “la ausencia de
memoria histórica. Y esto es precisamente lo que caracteriza la
mentalidad mecanicista del tecnólogo” (cit. en Riechmann, 2006: 231).
Desde otro punto de vista, la expropiación de la memoria fortalece al
capitalismo, si la ubicamos en la perspectiva que su expansión mundial
aniquila otros espacios y otras temporalidades. En ese sentido,
El tiempo real corre el riego de hacernos perder el pasado y el futuro a
favor de una “presentificación” que supone una amputación del volumen del
tiempo. El tiempo es volumen. No es sólo un espacio tiempo en el sentido
de la relatividad. El volumen y profundidad del sentido, y el
advenimiento de un tiempo mundial único que liquide la multiplicidad de
tiempos locales es una perdida considerable de la geografía y de la
historia (Virilio/Petit, 1996: 79).
Debe enfatizarse que existe otro elemento adicional, la expropiación de
la memoria de las luchas de los oprimidos, cuyas gestas y logros, que se
han materializado en importantes rebeliones y revoluciones a lo largo de
los últimos siglos, han desaparecido del imaginario de las generaciones
contemporáneas que han sido “educadas” en la lógica capitalista y
neoliberal del fin de la historia y en la ideología TINA (There is no
alternative) que los obliga a pensar que este es el único mundo posible,
y tolerable y, además de todo, es insuperable.
Por todo ello, y para terminar, un proceso revolucionario en el mundo de
hoy debe recuperar otra visión del tiempo, en el que se reivindique la
lentitud, la quietud, el goce por disfrutar cosas fundamentales de la
vida que necesitan de tiempo, la recuperación de la memoria de los
vencidos y de sus luchas, para iluminar el tenebroso presente
capitalista, porque, como decía Oscar Wilde, el socialismo necesita
muchas tardes libres. O, para decirlo con Pier Paolo Passolini, hay que
reivindicar los tiempos lentos del ser, en los cuales se pueda contemplar
un mundo agrícola con bosques y leñadores, la comida “sencilla”, la
interpretación estética clásica [...], las costumbres repetidas hasta el
infinito, las relaciones duraderas y absolutas, las despedidas
desgarradoras, los pasmosos regresos a un mundo que no ha cambiado (Pasolini,
1981: 149).
Este trabajo también se puede ver en la sección Videos del V Coloquio
Internacional. http://www.herramienta.com.ar/content/videos-del-v-coloquio-internacional-teoria-critica-y-marxismo-occidental-alienacion-y-extran
)
(*)Vega Cantor, Renán. Historiador. Profesor titular de la Universidad
Pedagógica Nacional de Bogotá, Colombia. Doctor de la Universidad de
París VIII. Diplomado de la Universidad de París I, en Historia de
América Latina. Autor y compilador de los libros Marx y el siglo XXI (2
volúmenes), Editorial Pensamiento Crítico, Bogotá, 1998-1999; El Caos
Planetario, Ediciones Herramienta, 1999; Gente muy Rebelde (4 volúmenes),
Editorial Pensamiento Crítico, Bogotá, 2002; Neoliberalismo: mito y
realidad; Entre sus últimos trabajos podemos mencionar: Los economistas
neoliberales, nuevos criminales de guerra: El genocidio económico y
social del capitalismo contemporáneo (2010). La República Bolivariana de
Venezuela le entregó en 2008 el Premio Libertador por su obra Un mundo
incierto, un mundo para aprender y enseñar. Dirige la revista CEPA
(Centro Estratégico de Pensamiento Alternativo). Es integrante del
Consejo Asesor de la Revista Herramienta, en la que ha publicado varios
de sus trabajos..
Bibliografía
Altvater Elmar / MahnkopfBirgit, La globalización de la inseguridad.
Trabajo en negro, dinero sucio y política informal. Ediciones Paidós:
Buenos Aires, 2008.
Angulo Pablo / Unzueta, Iñaki, Tiempo de trabajo y tiempo de vida. En:
convalor.blogia.com/…/121201-tiempo-de-trabajo-y-tiemp
Anisi, David, Creadores de escasez. Del bienestar al miedo. Alianza
Editorial: Madrid, 1995.
Barcellona, Pietro,Posmodernidad y comunidad. El regreso de la
vinculación social. Trotta: Madrid, 1992
BerardiBifo, Franco, El sabio, el mercader y el guerrero. Del rechazo al
trabajo al surgimiento del cognitariado. Acuarela Libros: Madrid, 2007.
–, Generación post-Alfa. Patologías e imaginarios en el semiocapitalismo.
Tinta Limón Ediciones: Buenos Aires, 2010.
Carr, Nicholas,Superficiales. ¿Qué está haciendo Internet con nuestras
mentes? Editorial Taurus: Bogotá, 2011.
Castel, Robert, El ascenso de las incertidumbres. Trabajo, protecciones,
estatuto del individuo. Fondo de Cultura Económica: Buenos Aires, 2010,
Chesneaux, Jean, Habiter le temps. Présent, passé, futur: esquisse d’un
dialogue politique. Bayard Éditions: París, 1996.
Lewin, Moshe, El siglo soviético, ¿Qué sucedió realmente en la Unión
Soviética? Editorial Crítica: Barcelona, 2006,
Mintz, Sydney W. Sabor a comida, sabor a libertad, Incursiones en la
comida, la cultura y el pasado. CONACULTA: México, 2003
Pasolini, Pier Paolo, El caos. Contra el terror. Editorial Crítica:
Barcelona, 1981.
–, Escritos corsarios. Editorial Planeta: Barcelona, 1983.
–, Cartas luteranas. Trotta: Madrid, 1997.
Petrini, Carlo, “Slow food contra la comida chatarra”. En: http://cafemassimiliano.blogia.com/2006/081602-slow-food-contra-la-comida-chatarra.php.
Riechmann, 2006
Sennett, Richard, La corrosión del carácter. Las consecuencias personales
del trabajo en el nuevo capitalismo. Editorial Anagrama: Madrid, 2006.
Sepúlveda, Luis, Mundo del fin del mundo. Tusquets Editores: Buenos
Aires, 2010.
Virilio Paul / Petit, Philippe, La politique du pire. Textuel: París,
1996.
[1] Cf. Riechmann, 2006: 199ss. y Lewin, 2006: 478ss.
[2] Cf. Berardi Bifo, 2007: 160.
[3] Cf. Altvater/Mahnkopf, 2008, p. 112, nota 1.
[4] La siesta tiene ventajas como el mejoramiento de la vida sexual y el
retraso del envejecimiento, en http://www.eltiempo.com/archivo/documento/CMS-5790444
|