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(IAR
Noticias)
04-Diciembre-2012
Dentro de la oligarquía
norteamerica acostumbrada a dirigir y repartirse el poder político en Washington
se ha desatado una confrontación inédita en donde todos los golpes bajos están
permitidos, sean estos escándalos sexuales de famosos generales, misteriosos
fallecimientos, atentados con bombas en el extranjero contra poderosos aliados
árabes e incluso contra los mismos embajadores estadounidenses. Todo esto son
los signos que atestiguan de una encarnizada lucha dentro de las diferentes
facciones y tendencias que componen la esencia del poder dentro del aparato
político de los Estados Unidos. (*)
Por Thierry Meyssan / Red Voltaire
Ya fortalecido en su legitimidad por la reciente reelección, el
presidente Barack Obama se prepara para iniciar una nueva política
exterior.
Después de sacar las conclusiones que le impone el relativo
debilitamiento económico de Estados Unidos, Obama renuncia a gobernar el
mundo él solo.
Sus fuerzas armadas prosiguen su salida de Europa y su retirada parcial
del Medio Oriente para posicionarse alrededor de China.
En función de esa perspectiva, el presidente estadounidense quiere al
mismo tiempo debilitar la naciente alianza ruso-china y compartir con
Rusia el peso que representa el Medio Oriente. Está por lo tanto
dispuesto a poner en aplicación el acuerdo sobre Siria, concluido en
Ginebra el 30 de junio –que implica el despliegue de una fuerza de paz de
la ONU conformada principalmente con tropas de los países de la
Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC) y aceptar que
Bachar al-Assad se mantenga en el poder si su pueblo lo plebiscita.
Esta nueva política exterior enfrenta una fuerte resistencia en
Washington.
En julio pasado, la filtración organizada de ciertas informaciones a la
prensa saboteó el acuerdo de Ginebra y provocó la renuncia de Kofi Annan
como enviado especial de la ONU y la Liga Árabe. Aquel sabotaje parece
haber sido obra de un grupo de oficiales superiores estadounidenses que
no admiten el fin de su sueño de instaurar un imperio global.
Esa problemática nunca se mencionó durante la campaña electoral
presidencial, ya que los dos principales candidatos estaban de acuerdo en
la implementación del mismo viraje político y se diferenciaban únicamente
en la manera de presentarlo.
Barack Obama esperó además hasta la noche de su victoria electoral para
emprender una purga discretamente preparada desde hace meses. Ampliamente
reflejada por los medios, la renuncia del general David Petraeus a sus
funciones como director general de la CIA no pasaba de ser un aperitivo y
no tardarán en rodar las cabezas de otros oficiales superiores.
La purga afecta, en primer lugar, al almirante James G. Stravidis,
Comandante Supremo de la OTAN y comandante del EuCom [United States
European Command] quien llega al fin de sus funciones y al general John
R. Allen, quien debía reemplazarlo. Vienen después el general William E.
Ward, ex comandante del AfriCom [United States Africa Command], el
general Carter F. Ham que lo reemplazó en ese cargo hace un año, así como
otros oficiales superiores que ocupan cargos menos importantes.
En cada caso, los oficiales superiores incluidos en la purga son acusados
de dudosa moralidad o de malversación de fondos. Actualmente, la prensa
estadounidense, extasiada con los detalles más sórdidos del triángulo
amoroso entre Petraeus, Allen y Paula Broadwell, la biógrafa de Petraeus,
ni siquiera menciona sin embargo que esa señora es teniente coronel de la
inteligencia militar. Todo parece indicar que en realidad fue infiltrada
en el entorno de los dos generales para hacerlos caer en una trampa.
Antes de la purga que actualmente se desarrolla en Washington, ya se
había producido en julio la eliminación física de varios responsables
extranjeros que se oponían a la nueva política y que habían estado
implicados en la batalla de Damasco. Todo sucedió como si Obama hubiese
decidido permitir una “limpieza de verano”. Así se produjeron la muerte
prematura del general egipcio Omar Suleiman, mientras se hallaba en
Estados Unidos para someterse a una serie de exámenes médicos, y –7 días
después– el atentado contra el príncipe Bandar ben Sultán de Arabia
Saudita.
Lo que ahora le queda por hacer a Barack Obama es conformar su nuevo
gabinete con hombres y mujeres capaces de lograr la aceptación de su
nueva política. Para ello cuenta sobre todo con el ex candidato demócrata
a la elección presidencial y actual presidente de la Comisión de
Relaciones Exteriores del Senado John Kerry. Moscú ya hizo saber que la
nominación de Kerry sería bienvenida. El senador es conocido por ser «un
admirador de Bachar al-Assad» (The Washington Post) con quien ha
sostenido incluso frecuentes desde hace años [1].
Queda por saber si los demócratas pueden darse el lujo de perder un
asiento en el Senado y si Kerry estaría a la cabeza del Departamento de
Estado y del Departamento de Defensa.
De asumir Kerry la dirección del Departamento de Estado, el Departamento
de Defensa quedaría bajo la dirección de Michele Flournoy o de Ashton
Carter, cuya misión sería proseguir las restricciones presupuestarias ya
emprendidas en ese sector.
Si Kerry tomara la dirección del Departamento de Defensa, el Departamento
de Estado quedaría entonces en manos de Susan Rice, lo cual puede
plantear ciertos problemas en la medida en que Rice no se ha mostrado
precisamente cortés ante los últimos vetos rusos y chinos en el Consejo
de Seguridad de la ONU y parece carecer de la sangre fría que exigiría el
puesto. En todo caso, los republicanos ya están movilizándose para
cerrarle el camino.
John Brennan, célebre por sus métodos particularmente sucios y brutales,
podría convertirse en el próximo director de la CIA. Su misión
consistiría en pasar la página de la era Bush liquidando a los yihadistas
que anteriormente trabajaron para la Agencia y desmantelando Arabia
Saudita, que ha perdido toda utilidad. Otro candidato para esa misión
pudiera ser Michael Vickers.
Pero tampoco hay que olvidar a Michael Morell, el hombre de la sombra que
estuvo junto a George W. Bush un cierto 11 de septiembre para decirle lo
que tenía que hacer.
El muy sionista, pero también muy realista, Anthony Blinken podría, por
su parte, convertirse en consejero de Seguridad Nacional, lo que
permitiría retomar el plan que el propio Blinken había elaborado en 1999,
en Shepherdstown, para el entonces presidente Bill Clinton, plan que
consistía en implementar la paz en el Medio Oriente apoyándose en… la
familia Assad.
Incluso antes de la nominación del nuevo gabinete, el viraje político ya
empezó a concretarse con la reanudación de las negociaciones secretas con
Teherán. En efecto, el nuevo contexto impone a Washington el abandono de
la política de aislamiento aplicada contra Irán y reconocer finalmente
que la República Islámica es una potencia regional. Primera consecuencia:
ya se reanudó la construcción del gasoducto que conectará South Pars –el
mayor campo gasífero del mundo– con Damasco, y posteriormente con el
Mediterráneo, para extenderse finalmente hasta Europa; una inversión de
10,000 millones de dólares cuya rentabilización exige una paz duradera en
la región.
La nueva política exterior de Obama II modificará el Medio Oriente en
2013, pero será en el sentido opuesto a lo que habían anunciado los
medios de prensa occidentales y los del Golfo.
(*) En la imagen ,
el señor John Kerry y su esposa en un almuerzo privado con el señor y la
señora al-Assad en un restaurante damasceno, en 2009.
[1] «For besieged Syrian
dictator Assad, only exit may be body bag», por Joby Warrick y Anne
Gearan, The Washington Post, 1º de agosto de 2012. Léase además la poco
convincente precisión de Jodi B. Seth, portavoz del senador Kerry: «Why
John Kerry tested engagement with Syria», The Washington Post, 5 de
agosto de 2012.
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