Los
sondeos realizados fuera de EE.UU. poco antes del día de la elección
mostraron que Obama era el candidato preferido en todos los países excepto en
dos, Pakistán e Israel. Pero a diferencia de Pakistán, donde los dos candidatos
eran igualmente impopulares, en Israel Obama obtuvo solo un 22% en comparación
con un abrumador porcentaje del 55% para Mitt Romney.
A la vista de estas cifras, no es sorprendente que el primer ministro derechista
de Israel, Benjamin Netanyahu, haya hecho pocos esfuerzos para ocultar sus
simpatías políticas, como cuando dio una bienvenida de héroe a Romney en la
visita de este último a Jerusalén en el verano y apareció en varios anuncios de
su campaña en la televisión.
Ehud Olmert, exprimer ministro israelí, acusó a Netanyahu de “escupir” a la cara
del presidente y advirtió de que ahora Israel se verá expuesto a la ira de Obama
en su segundo período.
La idea generalizada es que el presidente, liberado ya de las preocupaciones de
la reelección, buscará venganza, tanto por la prolongada intransigencia de
Netanyahu en el proceso de paz como por su interferencia en la campaña electoral
de EE.UU.
Las caricaturas de los periódicos resumieron la atmósfera la semana pasada. El
liberal Haaretz mostró a un Netanyahu sudoroso metiendo cautelosamente la cabeza
en la boca de un león con cara de Obama, mientras el derechista Jerusalem Post
presentaba a Netanyahu exclamando “¡Oh, qué desastre!” mientras leía los
titulares.
La especulación entre los israelíes y numerosos observadores es que en este
segundo período Obama hará mucha más presión sobre Israel para que haga más
concesiones respecto al Estado palestino y para que termine con su actitud
agresiva hacia Irán por su supuesta ambición de construir una ojiva nuclear.
Semejantes ideas, sin embargo, son extravagantes. Es poco probable que la
actitud de la Casa Blanca hacia Netanyahu e Israel cambie significativamente.
El humor obstinado de Netanyahu fue obvio mientras se votaba en la elección en
EE.UU.: su gobierno anunció planes para construir más de 1.200 casas para
colonos judíos en Jerusalén Este, la supuesta capital de un futuro Estado
palestino.
La realidad, como sabe perfectamente Netanyahu, es que ahora las manos de Obama
en Medio Oriente están atadas con la misma firmeza que en su primer período.
Obama se quemó anteriormente cuando trató de imponer una congelación de los
asentamientos. No hay motivos para creer que los lobistas de extrema derecha de
Israel en Washington, dirigidos por el AIPAC, vayan a facilitar las cosas al
presidente en esta oportunidad.
Y como señaló Ron Ben Yishai, un veterano comentarista israelí, Obama se
enfrenta al mismo Congreso de EE.UU., que ha “sido tradicionalmente un bastión
del apoyo casi incondicional a Israel”.
Aunque Obama no tenga que preocuparse de la reelección, no querrá entregar un
legado ponzoñoso al próximo candidato presidencial demócrata ni querrá meter en
problemas su propio período final mediante dañinos enfrentamientos con Israel.
Todavía están vivos los recuerdos del juego fallido de Bill Clinton para imponer
un acuerdo de paz –que en realidad, era mucho más generoso con Israel que con
los palestinos– en Camp David en los últimos días de su segundo período.
Y a pesar de su antipatía personal hacia el primer ministro israelí, Obama
también sabe que, aparte del conflicto israelí-palestino, sus políticas en Medio
Oriente están alineadas con Israel o dependen de la cooperación de Netanyahu.
Ambos quieren que se mantenga el acuerdo de paz Israel-Egipto. Ambos tienen que
asegurar que la guerra civil en Siria no se dispare fuera de control, como han
indicado en los últimos días las salvas a través de la frontera en las Alturas
de Golán. Ambos prefieren dictadores amigos de Occidente en la región en lugar
de ventajas para los islamistas.
Y, por cierto, ambos quieren limitar las ambiciones nucleares de Irán. Hasta
ahora Netanyahu ha seguido renuentemente la línea estadounidense de “dar una
oportunidad a las sanciones”, limitando su retórica respecto al lanzamiento de
un ataque. Lo último que necesita la Casa Blanca es un malhumorado primer
ministro israelí que oriente a sus cohortes en Washington a debilitar la
política de EE.UU.
Un poco de esperanza para los oponentes de Netanyahu es que un presidente de
EE.UU. contrariado todavía podría tomar una venganza limitada y devolver la
pelota interfiriendo en las elecciones israelíes, que se celebrarán en enero.
Podría respaldar a candidatos más moderados, como Olmert o Tzipi Livni, si
decidieran presentarse como candidatos y hacerles parecr más creíbles.
Pero incluso eso sería arriesgado.
La evidencia demuestra que, sea cual sea la composición de la próxima coalición
gobernante en Israel apoyará políticas poco diferentes de la presente. Eso
refleja simplemente el bandazo hacia la derecha de los votantes israelíes, como
indica un sondeo de este mes que muestra que un 80% cree ahora que es imposible
llegar a la paz con los palestinos.
De hecho, en vista del ambiente en Israel, un intento evidente de Obama de
ponerse de parte de uno de los oponentes de Netanyahu podría dañar sus
posibilidades de éxito. Netanyahu ya ha demostrado a los israelíes que puede
derrotar al presidente de EE.UU. en una contienda de miradas. Es probable que
muchos israelíes concluyan que nadie está mejor colocado para controlar a un
poco comprensivo Obama en su segundo período.
Frente a un consenso popular en Israel y el respaldo político en el Congreso de
EE.UU. de una línea dura frente a los palestinos, Obama es un campeón poco
probable del proceso de paz e incluso para la actual modesta ambición palestina
de conseguir estatus de observador en las Naciones Unidas.
Actualmente está la amenaza de una votación sobre este asunto el 29 de noviembre
y el líder palestino Mahmud Abbas parece esperar que el aniversario del plan de
partición de la ONU de 1947 para Palestina suministre resonancia emocional.
Mientras tant los principales partidos de Israel compiten por el gran bloque de
votos derechistas. Shelley Yacimovich, líder del opositor partido laborista,
negó la semana pasada que su partido sea “de izquierdas”, dando una señal de
cuán desagradable resulta esa palabra en Israel. Evitó cuidadosamente toda
mención de los palestinos o de temas diplomáticos.
Y la gran nueva esperanza de la política israelí, la exestrella de la televisión
Yair Lapid, ha llegado a sonar rápidamente como un Netanyahu-light. La semana
pasada se opuso públicamente a renunciar incluso a las partes palestinas de
Jerusalén Este, argumentando que se podría intimidar a los palestinos para que
entreguen su presunta capital.
La realidad es que la Casa Blanca tiene que aguantar a un gobierno israelí, con
o sin Netanyahu, que rechaza un acuerdo con los palestinos. A medida que las
tensiones vuelven a hacer erupción en la frontera entre Israel y Gaza amenazando
con un ataque israelí, precisamente como ocurrió antes de la última elección
israelí, parece de modo inquietante que serán cuatro años más de lo mismo.
(*) Traducido del
inglés para Rebelión por Germán Leyens
Jonathan Cook ha ganado el Premio Especial al Periodismo Martha Gellhorn. Sus
últimos libros son: “ Israel and the Clash of Civilizations: Iraq , Iran and the
Plan to Remake the Middle East” (Pluto Press) y “Disappearing Palestine : Israel
’s Experiments in Human Despair” (Zed Books). Su nueva página en Internet es:
www.jonathan-cook.net
Una versión de este artículo apareció originalmente en The National (Abu Dhabi).