Los
que vivimos en los Estados Unidos la campaña electoral del 2008, jamás
olvidaremos el entusiasmo que provocó en la población y en especial entre los
inmigrantes, el carismático candidato afroamericano Barack Obama de ancestros
extranjeros quién prometió iniciar un profundo proceso de transformaciones
económicas, políticas e ideológicas para conducir a la nación a una nueva era de
prosperidad y paz. Creó la imagen de un reformador con un plan concreto para
producir cambios en el ya agotado patrón de acumulación y sus burbujas
financieras que estaban empujando al país a las garras de una severa crisis
económica. Un año después, al recibir el Premio Nobel de la Paz, ya el
presidente Obama declaró que no quería entrar en la historia como “un presidente
de poco significado” (“small President”).
Lamentablemente, pasados cuatro años de la inauguración de su primera
presidencia en 2009, podemos decir sin posibilidad de equivocación que su
espíritu o retórica reformista fue llevado por el viento y, Obama se convirtió
en un típico político norteamericano y en un fiel seguidor de los postulados de
George W. Bush. Siguió al pie de la letra, quizás para sobrevivir, la regla no
escrita de los círculos de poder: “un político que no sabe mentir jamás será
elegido”.
Al asumir la presidencia se olvidó de las ideas reformistas electorales y se
convirtió en un simple administrador neoliberal, pero el pueblo también tiene su
culpa al no hacerle acordar sus promesas. El problema consiste en que la
idiosincrasia de los norteamericanos está basada en el optimismo y en la fe
divina, en la democracia estadounidense que supuestamente tiene soluciones para
todos los problemas tanto nacionales como a nivel mundial. No les gusta escuchar
una verdad dura que podría alarmarlos y asustarlos. Prefieren una mentira dulce
que agrada el oído e infunde fe en sí mismos.
Por eso, aparentemente no se dan cuenta que el programa de austeridad económica
que impuso Barack Obama al país tiene poca diferencia con las recetas del
Consenso de Washington que llevó a la quiebra América Latina en los años 1980 y
1990 pero al mismo tiempo hizo enriquecer a la oligarquía nacional. Tampoco ven
que el endurecimiento del sistema de seguridad nacional, promovido primero por
George W. Bush y después reforzado por el actual presidente, hace peligrar los
cimientos de la democracia establecidos por los Padres Fundadores de esta
nación. Los temibles Drones ya están sobrevolando día a día, no solamente sobre
Paquistán, Yemen, Afganistán, Irak, México sino sobre el mismo territorio
norteamericano. En realidad la democracia ha dejado de ser “el gobierno del
pueblo por el pueblo y para el pueblo”, y se convirtió en el gobierno de Wall
Street, por el Wall Street y para el Wall Street.
Barack Obama se olvidó por completo de los 47 millones de sus ciudadanos (15 por
ciento de la población) mayoría de los cuales vive en la pobreza con 23.021
dólares al año para una familia de cuatro personas y de ellos seis millones
perciben un promedio de 6.300 dólares al año, dependiendo su supervivencia de
los cupones de comida que distribuye el gobierno federal, de acuerdo al
periodista Gareth Edmundson del “Huffington Post”. El problema de 23 millones de
desocupados también sigue sin solución. Y todo esto sucede cuando las ganancias
de las empresas aumentaron en estos pasados cuatro años del gobierno Obama de
10.2 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB) al 11.8 por ciento. A la vez,
el costo de la actual campaña electoral presidencial superó 2,6 mil millones de
dólares y el de la campaña electoral para el congreso, 3,4 mil millones de
dólares.
Atreverse a declarar en estas condiciones, que “lo mejor está por venir”, como
lo hizo Barack Obama peca de cinismo. Sin embargo, con esta consigna logró a ser
reelegido, no por ser mejor que el republicano Mitt Romney sino el menos dañino,
menos conservador y más predecible que su contrincante. El 55 por ciento de las
mujeres, el 75 por ciento de los hispanos, el 93 por ciento de los
afroamericanos y el 60 por ciento de los jóvenes entre 18 y 29 años dieron su
voto a Obama aunque con cierta resignación. El famoso cineasta Michael Moore un
día antes de las elecciones difundió una carta llamando a la gente votar por
Barack Obama pero haciendo una aclaración y alertando que la vida con el actual
presidente no va a ser más fácil, pero con Mitt Romney “no sólo no va a mejorar
sino que seguirá mucho, mucho peor”.
La advertencia de Moore a sus compatriotas indicando que también con el nuevo
gobierno de Barack Obama “tu hipoteca seguirá estando bajo el agua, todavía
deberás 50.000 dólares del préstamo estudiantil, tu hijo seguirá en Afganistán,
tu hija continuará con dos trabajos para llegar a fin de mes y la gasolina
seguirá costando cuatro dólares”, tiene toda la razón. En realidad ni Barack
Obama ni sus consejeros económicos tienen un programa bien definido para salir
de la crisis. Anunciar que “durante mi segundo mandato yo haré todo lo posible
para que se recupere la economía para que sea fuerte y segura” son puras
palabras que no dan ninguna clave para terminar con la crisis y evitar la nueva
recesión del comienzo de 2013 que están anunciando muchos economistas debido al
“precipicio fiscal” causado por los drásticos recortes en los gastos públicos,
principalmente en la asistencia por el desempleo, en el Medicare y en el Seguro
Social y, simultáneamente en el aumento de impuestos. Dicen que el
desmantelamiento continuo del Estado de Bienestar y del Seguro Social llevaría a
los Estados Unidos a una nueva ola de recesión que perjudicaría a los intereses
del pueblo.
El asesor, de prácticamente todos los presidentes norteamericanos desde 1977,
Zbigniew Brzezinski, definió en su reciente libro “Strategic Vision: America and
the Crisis of Global Power” (2012) seis problemas internos que no permiten al
país superar la crisis. Dice que con una deuda pública que está cercana al 60
por ciento del PBI, es decir 9,6 millones de millones de dólares, si no se
reducen los gastos e incrementan los ingresos, el país seguirá el mal ejemplo de
otros imperios que se quedaron en la memoria de la historia. El segundo problema
es inestabilidad de las instituciones financieras debido a un proceso de
especulación desenfrenada.
Le sigue la desigualdad social que está casi a la par con China y Rusia y sólo
superada por el Brasil. Si no se toman remedios esta condición afectará la
estabilidad democrática y haría grietas en el consenso social del país. La
cuarta debilidad norteamericana está relacionada con la decadente
infraestructura. Se calcula que uno de cada cuatro puentes necesita una urgente
reparación. Dice Brzezinski que “históricamente el éxito de los imperios ha sido
juzgado en parte por las condiciones y el ingenio demostrado en la
infraestructura nacional, desde las calzadas y acueductos romanos hasta los
ferrocarriles británicos”.
La quinta amenaza para los Estados Unidos constituye el estado de desinformación
que vive el pueblo norteamericano sobre lo que está sucediendo en el mundo. Los
estudiosos norteamericanos ya saben desde hace mucho tiempo que un 67 por ciento
de la población adulta norteamericana es definido como “técnicamente
ignorantes”, es decir saben leer y firmar pero pueden no entender el contenido
de lo leído. Un público ignorante es fácil de convertirse en una presa de
“hábiles demagogos” lo que podría poner en peligro la supervivencia de la
democracia en la única superpotencia en el mundo. Finalmente Brzezinski llama la
atención a una creciente polarización en los Estados Unidos lo que está
dificultando cada año más tener un sólido bipartidismo y el consenso entre los
demócratas y los republicanos en todos los aspectos relacionados con el
presupuesto, finanzas y el estado del Bienestar Social.
Nadie sabe cómo el reelegido presidente va a solucionar todos estos problemas
internos sin un sólido apoyo de su pueblo pues tiene miedo a acudir a ellos para
romper la resistencia de los republicanos, que en su mayoría son extremadamente
conservadores, y así hacer cumplir sus promesas muchas de las cuales, de acuerdo
a él mismo, eran meros sueños. Asumiendo el papel de un administrador del Estado
al servicio de los banqueros y de los oligarcas nacionales jamás se atreverá a
movilizar al pueblo como Franklin D. Roosevelt lo hizo en los años 1930 para
romper la resistencia legislativa republicana y convertir en realidad lo que se
transformó en los sueños.
Lo que sí está claro que su política exterior será la continuidad de lo mismo.
Los países como Irán, Irak, Afganistán, Paquistán, Yemen, Libia, Egipto, Siria,
Rusia y China ocuparán su atención y las “revoluciones” en el Medio Oriente
seguirán su curso trazado todavía en la época de Bill Clinton. Los cincuenta
misiles Stinger FIM-92 que ya poseen los supuestos “revolucionarios” sirios
demuestran la voluntad del imperio de proseguir con su agenda. Tampoco van a ser
muy armoniosas las relaciones con China especialmente después del anuncio de su
líder Hu Jintao en el XVIII Congreso del Partido Comunista que dijo que en 30
años la economía China alcanzará y superará a la norteamericana.
La “Peresagruska” (política de acercamiento) con Rusia será pura retórica porque
en realidad Estados Unidos no la necesita ya que sus expertos siguen trabajando
con el actual gobierno ruso desde tiempos de Yeltsin. El mismo candidato
perdedor republicano, Mitt Romney que señaló a Rusia como el “enemigo
geoestratégico número uno de Norteamérica” hizo su plata precisamente en Moscú
cuando su empresa Bain & Company guió al ex vice primer ministro Anatoli Chubais
entre 1993 a 1997 en la campaña de privatización que dio origen a los actuales
oligarcas rusos con un inmenso poder político en el país. En 2007 esta compañía
regresó a Rusia y actualmente está participando en la elaboración de la
estrategia de desarrollo de la OAO ROSNANO dirigida por el mismo Chubais.
Entonces de cuál Peresagruska hablan si Norteamérica está presente y activa en
la economía y la vida rusa.
Se dice que el gobierno de Barack Obama envuelto en sus problemas internos y en
dos guerras se olvidó de América Latina y que Washington seguirá el mismo curso
en los próximos cuatro años. Uno de los más prestigiosos columnistas de Nueva
York, Gerson Borrero citó a un interlocutor en Tweeter que escribió que
“solamente si Fidel se muere por 199 vez ahora mismo se hablará de América
Latina”. Es cierto que no se habla frecuentemente del Hemisferio Occidental pero
se hacen silenciosamente muchas cosas. Las bases militares norteamericanas en
América Latina han aumentado a 62, el Plan Colombia y el Plan México o Plan
Mérida han seguido y seguirán su curso. Durante el primer gobierno de Barack
Obama hubo dos intentos de golpe de Estado en Bolivia (2009) y Ecuador (2010) y
también otros dos golpes que lograron su objetivo en Honduras en 2009 y en el
Paraguay en 2012.
El reciente documento del Pentágono “Western Hemisphere Defense Policy Statement”
hace énfasis en la necesidad de incrementar los actuales programas del “Nuevo
Horizonte” y el “Más allá de Horizonte” en América Latina auspiciados por el
Departamento de Defensa para lograr mayor “integración e interoperatividad”
entre la Fuerzas Armadas estadounidenses y sus homólogas regionales y así
incrementar el rol de las “instituciones militares en solución de los peligros
latentes en el Siglo XXI”.
Esta es la realidad que nos espera en los próximos cuatro años. Serán otros
cuatro años complicados para los Estados Unidos y la humanidad donde la paz y
prosperidad para la mayoría de la población seguirá siendo un sueño porque como
dice un viejo refrán chino “el árbol sueña con un silencio pero el viento no lo
permite”.