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(IAR
Noticias)
26-Octubre-2012
En su estudio, Peter Dale Scott demuestra que varias administraciones
estadounidenses participaron en la preparación de la versión oficial del 11 de
septiembre, ya sea mediante la fabricación de los indicios o reteniendo datos de
inteligencia. El ex diplomático canadiense pone así al desnudo la actuación de
las instituciones profundas que actúan en Estados Unidos a espaldas de la
opinión pública.
Por
Peter Dale Scott -
Red Voltaire (*)
¿P erseguía
Richard Blee algún objetivo desconocido con la retención de información?
Kevin Fenton menciona la posibilidad de que Richard Blee fuese uno de los
individuos que buscaban un pretexto para intensificar la guerra contra
al-Qaeda. Ya hemos visto que, junto a Cofer Black, Richard Blee negoció
con Uzbekistán un acuerdo de enlace para establecer un intercambio de
datos de inteligencia. En el año 2000, el SOCOM comenzó a implicarse en
aquella región y «las fuerzas especiales estadounidenses iniciaron una
colaboración más visible con el ejército uzbeko, en el marco de misiones
de entrenamiento» [1]. Como hemos podido comprobar, el acuerdo de enlace
uzbeko se convirtió poco a poco en un enlace secundario con la Alianza
del Norte en Afganistán. En un encuentro con el comandante Massud, en
octubre de 1999, Richard Blee aceptó presionar a Washington a favor de un
apoyo más activo a la Alianza del Norte [2].
Después del atentado contra el USS Cole, realizado en Adén en octubre del
2000, Blee trató de ampliar la misión militar con Uzbekistán apoyando la
creación de una fuerza ofensiva común, que se habría coordinado con las
tropas de la Alianza del Norte del comandante Massud. Aquel proyecto
enfrentó importantes objeciones en momentos en que Bill Clinton todavía
ocupaba la presidencia, esencialmente porque Massud luchaba –con apoyo de
Rusia e Irán– contra los talibanes, que a su vez contaban con el respaldo
de Pakistán, y porque se sabía que Massud financiaba su lucha con el
tráfico de heroína [3]. Pero en la primavera de 2001, una reunión de los
funcionarios adjuntos de los ministros de la nueva administración Bush
reactivó los planes de Richard Blee y Cofer Black, para organizar una
importante ayuda secreta destinada al comandante Massud –proyectos
respaldados por Richard Clarke, el director de contraterrorismo de la
Casa Blanca [4]. El 4 de septiembre de 2001, una semana antes del 11 de
septiembre, el equipo del presidente George W. Bush autorizó la redacción
de una nueva directiva presidencial, la NSPD-9, que autorizaba un plan de
acciones secretas a realizarse en coordinación con Massud. Aquel plan se
basaba en el proyecto de Richard Blee y Cofer Black [5].
Con la llegada de la administración Bush al poder, Richard Blee dejaba de
estar en minoría. Seis semanas después del 11 de septiembre, Blee fue
nombrado jefe de la estación CIA de Kabul [6], obteniendo así un
importante puesto. Kevin Fenton informa que, debido a su nueva categoría,
Blee estuvo implicado en el programa de traslados ilegales de prisioneros
de al-Qaeda («extraordinary renditions»). Esos hechos sugieren que Blee
pudo haber tenido como objetivo obtener de Ibn Cheikk al-Libi, a través
de la tortura, falsas confesiones que demostrasen una complicidad iraquí
con al-Qaeda. Esas confesiones falsas fueron utilizadas de inmediato para
«manipular» los datos de inteligencia y «constituyeron una parte
determinante de la embarazosa presentación del secretario de Estado Colin
Powell ante [el Consejo de Seguridad de] la ONU [,] tendiente a apoyar la
invasión de Irak» [7].
¿Perseguía el SOCOM algún objetivo desconocido al detener el programa
Able Danger?
Las operaciones emprendidas después del 11 de septiembre fueron mucho más
lejos que el programa de Richard Blee a favor de una implicación
paramilitar de la CIA con la Alianza del Norte. El contingente de la CIA
en Afganistán se convirtió rápidamente en algo insignificante al lado de
las fuerzas del SOCOM. En efecto, George Tenet informó que, a finales del
año 2001, Estados Unidos tenía alrededor de 500 combatientes en
Afganistán, lo cual incluía «110 oficiales de la CIA, 316 miembros de las
Fuerzas Especiales y un gran número de comandos del Mando Mixto de
Operaciones Especiales [, el JSOC,] sembrando el caos tras las líneas
enemigas» [8].
En el seno de la administración Bush, Stephen Cambone había colaborado
con Dick Cheney y con Donald Rumsfeld, firmando junto a ellos el programa
del PNAC titulado Reconstruir las defensas de América y participando en
su elaboración. Después del 11 de septiembre, Cambone se convirtió en uno
de las más activos partidarios del uso de las fuerzas especiales del
SOCOM en la realización de las operaciones secretas contra al-Qaeda –no
sólo en Afganistán sino «en cualquier lugar del mundo» [9].
Es posible que todo lo que hizo Richard Blee en Alec Station para
preparar el terreno para el 11 de septiembre formara parte de una
operación inter-agencias mucho más amplia, en la que el SOCOM desempeñó
un papel similar cuando puso fin al proyecto Able Danger. Lo anterior
explicaría una nota manuscrita de Stephen Cambone, redactada hacia las 10
de la mañana del 11 de septiembre, después de recibir una llamada de
George Tenet, el director de la CIA. En aquella época, Cambone era uno de
los miembros del PNAC que Dick Cheney había metido en el Pentágono –por
entonces bajo la dirección de Donald Rumsfeld. Veamos el contenido de
aquella nota:
[Vuelo] AA 77 - 3 indiv[iduos] estuvieron bajo seguimiento desde [los
proyectos de atentados de al-Qaeda en ocasión de las festividades del
Milenio y [del atentado del 12 de octubre contra el USS] Cole
1 tipo rel[acionado] con el terrorista [que actuó contra el USS] Cole
2 entraron en US a principios del mes de julio
(2 de 3 arrestados e interrogados?) [10]
El «tipo» que se menciona en la nota es probablemente Khaled al-Mihdar, y
el «terrorista [que actuó contra el USS] Cole» podría ser Wallid [o Tufik]
ben Attach, un importante miembro de al-Qaeda vinculado no sólo al
atentado suicida contra el USS Cole sino además con los ataques de 1998
contra las embajadas estadounidenses. Sería útil saber por qué George
Tenet transmitió a un halcón del Pentágono datos de inteligencia que,
visiblemente, nunca habían sido dados a conocer a nadie fuera de la CIA.
Por otro lado, ¿puede ser casualidad que Cambone, al igual que Blee en la
CIA, haya supervisado un programa durante el cual miembros de las fuerzas
especiales del SOCOM utilizaron la tortura para interrogar personas
detenidas en Afganistán? [11]
De la misma manera que Richard Blee puede haber sido un protegido de
George Tenet en el seno de la CIA, Stephen Cambone era conocido por su
lealtad a toda prueba primero hacia Dick Cheney y más tarde, después de
su nominación en el Pentágono, hacia Donald Rumsfeld. No sabemos si
Cambone tuvo que ver con el proyecto de planificación de la Continuidad
del Gobierno (COG), en cuyo marco Rumsfeld y Cheney –entre otros–
prepararon la vigilancia sin mandato y las medidas de detención
arbitraria aplicadas por vez primera en la mañana del 11 de septiembre (y
que aún siguen en vigor, como ya lo demostré anteriormente) [12]. Tampoco
sabemos si durante la primavera de 2001 estuvo vinculado, de una u otra
forma, al grupo de trabajo de Dick Cheney sobre el contraterrorismo
(conocido como Office of National Preparedness, o Buró de Preparación
Nacional). Ese grupo fue al parecer una fuente de los ejercicios
militares del 11 de septiembre –que incluían simulacros de ataques con
aviones secuestrados–, ejercicios que acentuaron la confusión en la
respuesta de la defensa estadounidense en el momento de los atentados
[13].
Los acontecimientos profundos como hechos recurrentes en la implicación
de Estados Unidos en la guerra
Me gustaría concluir este ensayo situando en una corta perspectiva
histórica las fallas de funcionamiento que acabamos de observar. En
cierta medida, el 11 de septiembre fue un hecho sin precedentes –el mayor
homicidio que se haya perpetrado en un solo día en el territorio de
Estados Unidos. Pero es también un ejemplo emblemático del tipo de
acontecimientos misteriosos que por desgracia se han vuelto frecuentes
desde el asesinato de Kennedy. Yo los llamo «acontecimientos profundos»
en la medida en que tienen profundas raíces en las actividades ilegales y
secretas de las diferentes ramas de las agencias de inteligencia
estadounidenses. Por otra parte, después de esos acontecimientos se
produce un proceso de flagrantes disimulaciones oficiales, respaldadas
por increíbles problemas de mal funcionamiento de los medios de prensa y
por exitosos libros que contienen mentiras. Algunos de esos
acontecimientos profundos, como el asesinato de Kennedy, los incidentes
del Golfo de Tonkín y el 11 de septiembre, deberían ser considerados
acontecimientos profundos estructurales debido a su permanente impacto
sobre la historia.
Resulta impresionante comprobar que los acontecimientos profundos
estructurales, de los que apenas se habla, estaban todos destinados a
provocar una rápida implicación de las fuerzas estadounidenses en guerras
inoportunas. Desde una perspectiva inversa, todas las intervenciones
militares importantes de Estados Unidos –desde la intervención en Corea,
en los años 1950– han estado precedidas de acontecimientos profundos
estructurales: Laos, Vietnam, Afganistán (por dos veces, primeramente en
secreto y después abiertamente) e Irak. Como ya escribí en La Machine de
guerre américaine, un informe de 1963, redactado por la Dirección de
Planificaciones y Políticas (J-5) del Comité de Jefes de los Estados
Mayores Interarmas (JCS), hizo saber a sus generales que «[l]a
fabricación de una serie de provocaciones destinadas a justificar una
intervención militar [era] realizable y [podía] concretarse con la ayuda
de los recursos disponibles» [14]. Los incidentes del Golfo de Tonkín, el
11 de septiembre e incluso el asesinato de Kennedy pueden ser vistos como
acontecimientos que en realidad fueron «fabricados» siguiendo el modelo
expuesto en 1962 en el Proyecto Northwoods (el conjunto de proposiciones
emitidas por el JCS para justificar una invasión contra Cuba mediante la
organización de ataques bajo bandera falsa [15].
Por otro lado, a pesar de mi escepticismo inicial, dos libros recientes
me convencieron poco a poco de confeccionar una lista de más de una
docena de paralelos importantes entre el asesinato de Kennedy y el 11 de
septiembre. Gracias a las brillantes investigaciones de Kevin Fenton, hoy
puedo agregar otro paralelo más a esa lista. En efecto, los expedientes
de la CIA sobre Lee Harvey Oswald, que habían estado más o menos
inactivos durante 2 años, mostraron una súbita hiperactividad durante las
6 semanas anteriores al asesinato de Kennedy. Fenton demostró que el
mismo incremento de actividad se produjo en los expedientes del FBI sobre
Khaled al-Mihdhar y Nawaf al-Hazmi durante las semanas anteriores al 11
de septiembre. Ese brusco aumento de actividad lo inició Tom Wilshire en
un momento extrañamente cercano al instante en que los presuntos piratas
aéreos fijaron una fecha final para su ataque. En ambos casos es posible
comprobar además la existencia de extraños retrasos que justifican su
estudio cuando se producen acontecimientos profundos [16].
El
impacto del 11 de septiembre sobre el Derecho Internacional y el derecho
estadounidense
A través de este ensayo, hemos analizado dos niveles diferentes de
funcionamiento de la política exterior de Estados Unidos, que en realidad
se contradicen. Al nivel visible de la diplomacia pública podemos
observar un compromiso a favor del Derecho internacional y de la solución
pacífica de los diferendos. A un nivel más profundo, representado por una
conexión saudita de larga data y por arreglos secretos tendientes a
controlar el petróleo mundial, observamos que se tolera –e incluso se
protege– a grupos terroristas en el cumplimiento de los objetivos
secretos de Estados Unidos y de Arabia Saudita. Así vemos que, en 2000 y
en 2001, la actuación del «grupo Alec Station» alrededor de los dos
presuntos piratas aéreos Khaled al-Mihdhar y Nawaf al-Hazmi debe situarse
en el contexto de la vieja conexión con Arabia Saudita. Y también se
inscribe en el consenso secreto de 2001 que, al igual que en 1964, se
centraba en la idea de que las necesidades de Estados Unidos en materia
de petróleo y de seguridad exigían, al igual que las de Israel, una nueva
movilización estadounidense hacia la guerra.
Por muy horrible que sea, el asesinato de más de 2 000 civiles durante
los hechos del 11 de septiembre no ha sido el más importante de los
crímenes perpetrados aquel día. Aquellos ataques desencadenaron una serie
de agresiones contra el Derecho Internacional y contra el derecho
estadounidense. Existe un vínculo indisoluble entre el estado de derecho
y la libertad, que fueron considerablemente extendidos en el siglo XVIII
por los documentos fundadores de los Estados Unidos. De ello se benefició
el mundo entero. Rápidamente aparecieron constituciones escritas en cada
continente y los movimientos Joven Europa, inspirados en el ejemplo
americano, iniciaron el difícil proceso hacia la actual Unión Europea.
Desde el año 2001, el estado de derecho, al igual que la libertad, han
sufrido un proceso de progresiva erosión. La cortesía internacional,
basada en el hecho de que un Estado no debe hacer a otros Estados lo que
no quisiera que los demás le hiciesen a él –al menos así fue por un
tiempo–, ha sido suplantada por la implicación militar unilateral de
Estados Unidos (que actúa sin temor a la desaprobación o a las
sanciones). Los asesinatos que cometen los drones en alejados lugares del
planeta se han convertido en simple rutina. Han matado a más de 2 000
pakistaníes (en su gran mayoría civiles) y más de 3 cuartas partes de
esos ataques se han realizado bajo la presidencia de Barack Obama [17].
La guerra preventiva contra Irak, a pesar de haber resultado
injustificada y contraproducente, fue seguida por el bombardeo preventivo
contra Libia y por la perspectiva de nuevas campañas militares contra
Siria e Irán.
Como canadiense, permítanme subrayar que yo creo en el excepcionalismo
americano, y creo que hubo una época en la que Estados Unidos se
distinguía por haber reemplazado un régimen autoritario por un gobierno
enmarcado en una Constitución –lo cual no tenía precedente histórico. Hoy
en día, Estados Unidos sigue siendo una excepción… por su porciento de
ciudadanos encarcelados, por las desigualdades en materia de riquezas y
de ingresos (en proporciones que, entre las grandes naciones, solamente
son superiores en China) y, para terminar, por su uso desmedido del la
fuerza letal en el extranjero. Sólo la última de esas tendencias comenzó
con el 11 de septiembre. Pero ese acontecimiento debería percibirse en sí
mismo como el lógico resultado de la expansión imperial de Estados Unidos
y de su simultanea decadencia –proceso que afecta de forma inevitable a
los súper Estados que acumulan y conservan más poderes de los que
requiere la gestión ordenada de sus propios asuntos.
(*)Texto
original publicado en el sitio web Asia-Pacific Journal: Japan Focus el
19 de marzo de 2012 bajo el título «Launching the U.S. Terror War: the
CIA, 9/11, Afghanistan, and Central Asia».
Traducido al español por la Red Voltaire a partir de la traducción al
francés de Maxime Chaix
[1] Thomas E. Ricks y Susan B. Glasser, Washington Post, 14 de octubre de
2001. Muy significativamente, la proposición de crear una fuerza ofensiva
mixta con la Alianza del Norte encontraba la oposición del propio
comandante Massud (Peter Tomsen, The Wars of Afghanistan, pp.597-98,
p.796n25). El problema de la reticencia de Massud ante una posible
presencia de tropas estadounidenses en Afganistán se resolvió cuando el
propio Massud fue asesinado, el 9 de septiembre de 2001, o sea 2 días
antes del 11 de septiembre.
[2] Coll, Ghost Wars, pp.467-69.
[3] Ibidem, p.513, pp.534-36, p.553.
[4] Ibidem, p.558.
[5] Ibidem, pp.573-74.
[6] Fenton, Disconnecting the Dots, p.108.
[7] Ibidem, pp.110-14.
[8] George Tenet, At the Center of the Storm: my years at the CIA (HarperCollins,
New York, 2007), p.255.
[9] Jeremy Scahill, «Shhhhhh! JSOC is Hiring Interrogators and Covert
Operatives for ’Special Access Programs’», The Nation, 25 de agosto de
2010.
[10] Fenton, Disconnecting the Dots, pp.127-30 ; Summers, Eleventh Day,
pp.387-88.
[11] Jason Vest, «Implausible Denial II», The Nation, 31 de mayo de 2004.
[12] Peter Dale Scott, «La continuité du gouvernement étasunien: L’état
d’urgence supplante-t-il la Constitution?», Mondialisation.ca, 6 de
diciembre de 2010.
[13] Scott, La Route vers le Nouveau Désordre Mondial, pp.298-301.
[14] Comité de Jefes de los Estados Mayores Interarmas (JCS), «Courses of
Action Related to Cuba (Case II)», Informe del J-5 para el Comité de
Jefes de los Estados Mayores Interarmas, 1º de mayo de 1963, NARA
#202-10002-10018, p.21; Scott, American War Machine, p.193, p.196.
[15] Scott, American War Machine, pp.195-205; documento Northwoods,
expedientes centrales del Comité de Jefes de los Estados Mayores
Interarmas (JCS) 1962-63, p.178, NARA Record # 202-10002-10104; «Opération
Northwoods: Quand l’état-major américain planifiait des attentats
terroristes contre sa population», por Thierry Meyssan, Réseau Voltaire,
5 de noviembre de 2001.
[16] Fenton, Disconnecting the Dots, pp.283-355; Scott, War Conspiracy,
pp.341-96.
[17] Jason Ditz, «Report: CIA Drones Killed Over 2,000, Mostly Civilians
in Pakistan Since 2006», AntiWar.com, 2 de enero de 2011. Cf. Karen
DeYoung, «Secrecy defines Obama’s drone war», Washington Post, 19 de
diciembre de 2011 («cientos de ataques realizados en 3 años– causando
entre 1 350 et 2 250 muertes en [Pakistán]»). |