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(IAR
Noticias)
15-Octubre-2012
El 31 de mayo de 2010, el
gobierno derechista de Israel envió fuerzas militares para abordar en aguas
internacionales los barcos de ayuda a Gaza de la Flotilla Libertad organizada
por el Movimiento Libre Gaza y la Fundación Turca por los Derechos y Libertades
Humanas y Ayuda Humanitaria. Los israelíes asesinaron a sangre fría a 8
ciudadanos turcos y a un ciudadano estadounidense. Muchos más fueron heridos por
las fuerzas de “la única democracia de Medio Oriente”.
Por
Craig Roberts
- Information Clearing House /Rebelión (*)
A
pesar del asesinato de su ciudadano, Washington se puso inmediatamente de parte
del demencial gobierno israelí. Los turcos reaccionaron de otra manera. El
primer ministro de Turquía, Erdogan, dijo que los siguientes barcos de ayuda
serían protegidos por la marina turca. Pero Washington retuvo a su títere y le
pagó para que se callara. En otros tiempos, los turcos eran un pueblo bravío.
Hoy son marionetas de Washington.
Lo presenciamos durante la semana pasada. El gobierno turco permite que unos
islamistas de fuera de Siria, organizados por la CIA e Israel, ataquen ese país
desde territorio turco. En varias ocasiones un proyectil de mortero ha caído,
según informes noticiosos, si los creéis, justo dentro de la frontera de
Turquía. Los militares turcos han utilizado la excusa para lanzar descargas de
artillería hacia Siria.
Los que con buen motivo ya no creen a los medios estadounidenses y occidentales
o a los gobiernos de EE.UU. y Occidente, piensan que los obuses de mortero
fueron disparados por agentes estadounidenses o israelíes, o por los “rebeldes”
que apoyan, a fin de proporcionar a Turquía la excusa para comenzar una guerra
de la OTAN contra Siria. Una invasión o ataques aéreos de la OTAN aprobados por
la ONU, como en Libia, han sido bloqueados por rusos y chinos. Pero si Siria y
Turquía van a la guerra, la OTAN debe ayudar a su miembro, Turquía.
Una vez más vemos que los países occidentales dominan y masacran fácilmente a
los países musulmanes porque éstos no se apoyan entre ellos. En lugar de
apoyarse mutuamente, los gobiernos musulmanes aceptan sobornos para que apoyen a
las fuerzas cristianas/sionistas del bloque occidental.
Washington lo sabe, por lo cual Washington inició la reivindicación de su
hegemonía mundial en Medio Oriente musulmán.
En Occidente, el ministerio de Propaganda sigue hablando de la “revuelta siria”.
No hay revuelta alguna. Lo que ha pasado es que EE.UU. e Israel han equipado con
armas y han enviado a Siria a islamistas que quieren derrocar el gobierno
secular sirio.
Washington sabe que si consigue destruir al gobierno sirio el país se disolverá
en facciones en conflicto como Irak y Libia.
Los Estados títeres de Europa y el de Japón forman, por supuesto, parte de la
operación de Washington. No habrá quejas por su parte. ¿Pero por qué el resto
del mundo acepta que Washington interfiera en los asuntos soberanos de otras
naciones hasta el punto de invadirlas, enviar drones y equipos de asesinato y de
masacrar a vastas cantidades de ciudadanos en siete países?
¿Significa esta aquiescencia que el mundo ha aceptado la afirmación de
Washington de que es el país indispensable con derecho a gobernar el mundo?
¿Por qué, por ejemplo, permiten Rusia y Venezuela que el gobierno de EE.UU.
financie su oposición política?
El Estado monopartidista estadounidense no tiene oposición política. Pero
imaginad que la tuviera. ¿Toleraría Washington el financiamiento de su oposición
por Rusia o Venezuela? Obviamente no. Los que se oponen a EE.UU. con dinero
extranjero serían arrestados y encarcelados, pero no en Venezuela o Rusia,
países donde, al parecer, la traición es legal.
El 8 de octubre, Hugo Chávez derrotó a su oponente financiado por EE.UU.,
Henrique Capriles, por 54% contra 44%.
Sería un margen de victoria sorprendente en una elección presidencial en EE.UU.
Sin embargo, en su reelección anterior, Chávez ganó por un 63%. Obviamente, el
dinero de Washington y las actividades de propaganda de las Organizaciones No
Gubernamentales financiadas por EE.UU. lograron influenciar a los venezolanos y
reducir el margen de victoria de Chávez en un 9%. La interferencia de Washington
es una barrera masiva para la dirigencia de otros países. Un 44% del pueblo
venezolano sufrió un lavado de cerebro o fue demasiado estúpido para votar por
el candidato de su propio país y votó por el candidato de Washington.
Es extraordinario que un 44% de los votantes venezolanos haya votado por
convertirse en un Estado títere de EE.UU., como Turquía, Inglaterra, Francia,
Alemania, Italia, España, Irlanda, Portugal, Eslovaquia, la República Checa,
Polonia, los países bálticos, Escandinavia, Canadá, Japón, Corea del Sur,
Australia, México, Bélgica, Taiwán, Colombia, Pakistán, Yemen. Probablemente he
olvidado unos pocos.
Como me dijo una vez un alto funcionario del gobierno: “El Imperio nos cuesta
mucho dinero”. Washington tiene que pagar a sus títeres para que representen a
Washington en lugar de sus propios pueblos.
Washington, en su arrogancia extrema, olvida que su control es comprado, no
querido. Los títeres de Washington han vendido su integridad y la de sus países
por un lucro asqueroso. Cuando se acabe el dinero, se acabará el imperio.
Para entonces el pueblo estadounidense estará tan corrompido como los
“dirigentes” extranjeros. En su reseña de The United States And Torture, editado
por Marjorie Cohn (New York University Press, 2011) en Independent Review de
otoño de 2012, Anthony Gregory escribe:
“En el EE.UU. de Reagan, un tema común en la retórica de la Guerra Fría era que
los soviéticos torturaban a la gente y la detenía sin causa, obtenía confesiones
falsas mediante una violencia cruel, y hacía lo indecible a detenidos que eran
impotentes contra todo el peso despiadado del Estado comunista. Como en el caso
de cualquier otro mal, la tortura diferenciaba a los malos, los rojos, de los
buenos, el pueblo estadounidense y su gobierno. Sin embargo, por imperfecto que
sea el sistema de EE.UU., tenía estándares civilizados que el enemigo
rechazaba”.
En 2005, un año después que se filtraran las fotos de las torturas de Abu Ghraib,
sondeos estadounidenses mostraron que un 38% había sucumbido ante la propaganda
de que la tortura se justificaba en algunos casos. Después de cuatro años más de
propugnación neoconservadora de la tortura, un sondeo de Associated Press,
informó en 2009 de que un 52% de los estadounidenses apoyaba la tortura.
Al parecer la tortura fue un instrumento de la política de guerra fría de EE.UU.
En la Escuela de las Américas, que operó en Panamá y después en Fort Benning,
Georgia, entrenaron en la tortura a mlos ilitares latinoamericanos. Sin embargo,
fue una operación clandestina. Hubo que esperar hasta el régimen neoconservador
Bush para que algunos abogados del Departamento de Justicia (sic) de EE.UU.,
graduados de las mejores escuelas de derecho, escribieran memorandos legales
justificando la tortura a pesar de leyes estatutarias de EE.UU. e
internacionales que prohíben la tortura, y para que el presidente y el
vicepresidente de EE.UU. reconocieran abiertamente y justificaran la tortura.
Algunos de los criminales que escribieron esos memorandos enseñan ahora en
prestigiosas escuelas de derecho. Uno fue nombrado al aparato judicial federal y
ahora es un juez que sentencia a otros por sus ofensas.
Podemos concluir con Anthony Gregory que no solo los regímenes políticos
extranjeros son corrompidos por el mal de Washington, sino también los propios
estadounidenses. “Nada demuestra mejor la degeneración moral de la cultura
política estadounidense que el asunto de la tortura de EE.UU.”
Washington todavía se disfraza y se pone el sombrero blanco de la ética y la
mayor parte del resto del mundo cobra por participar en la mascarada.
(*)Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens
Paul Craig Roberts fue
editor de The Wall Street Journal y secretario asistente del Secretario del
Tesoro estadounidense. Es autor de HOW THE ECONOMY WAS LOST , publicado por
CounterPunch/AK Press. Su último libro publicado es Economies in Collapse: The
Failure of Globalism, publicado en Europa en junio de 2012.
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