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(IAR
Noticias)
29-Noviembre-2012
Olvidad la incontrolada
islamofobia mundial y la satanización de los árabes. Haaretz, informa de que el
Buró de Democracia, Derechos Humanos y Trabajo del Departamento de Estado, ha
“institucionalizado la lucha contra el antisemitismo global”, incluso a pesar de
que los militares de EE.UU. y sus aliados han estado destruyendo países poblados
en su mayoría por musulmanes durante más de una década. ¿O tal vez sea
precisamente para apoyar la guerra contra el Islam y el mundo árabe –es decir,
una “guerra contra el terrorismo”– para lo que se está lanzando la “guerra
contra el antisemitismo global”? ( (Leaving post, U.S. official reflects on a
new definition of anti-Semitism, Haaretz, 17 de octubre de 2012.)
Por Julie Lévesque / Global Research (*)
El
Buró de Democracia, Derechos Humanos y Trabajo, que se presenta como
líder de “los esfuerzos de EE.UU. para promover la democracia, proteger
los derechos humanos y la libertad religiosa internacional y hacer
progresar globalmente los derechos sindicales” requiere actualmente que
los funcionarios del Departamento de Estado participen en un “curso de 90
minutos sobre antisemitismo en el Instituto del Foreign Service, la
escuela de capacitación para diplomáticos” ([Ibíd).
Por conveniencia, se redactó una “definición del antisemitismo en 341
palabras”, que “incluye no solo formas tradicionales –calumnia del crimen
ritual, estereotipos– sino formas más nuevas como negación del Holocausto
y relativismo del Holocausto”, explicó Hannah Rosenthal, exmonitora de
antisemitismo en el Departamento de Estado. (Ibíd).
Rosenthal, quien dirigió dos veces el Consejo Judío para Asuntos Públicos
y ahora es presidenta y directora ejecutiva de la Federación Judía de
Milwaukee, también indicó que su equipo “logró que se incluyeran en [la
definición] las ocasiones en las cuales la crítica legítima a Israel se
convierte en antisemitismo”. (Ibíd.)
Esta iniciativa es otra demostración del “monopolio de victimización”
judío. En el mundo posterior al 11-S, en el cual los musulmanes y árabes
son víctimas de caracterización religiosa y racial en los países
occidentales, una decisión semejante es lógicamente injustificable. La
caza de “islamistas radicales”, presentados como la máxima amenaza por
parte del Departamento de Estado de EE.UU., no importa cuál sea el
partido gobernante, ha convertido a todos los musulmanes y árabes en
sospechosos y potenciales enemigos. La “guerra contra el antisemitismo
global” no es otra cosa que un nuevo instrumento engañoso de la “guerra
contra el terror” de EE.UU., que indudablemente beneficia a Israel.
Este nuevo curso de antisemitismo para funcionarios estadounidenses
también es un pequeño pez en el océano de la “industria del Holocausto”.
Los lobbies pro israelíes/judíos se muestran resueltos en su misión de
erradicar toda crítica legítima a Israel. Sin embargo, Rosenthal trató de
aparecer reconfortante diciendo que “las críticas a Israel similares a
las acusaciones formuladas a cualquier otro país no pueden considerarse
antisemitas”.
A pesar de que esta declaración suena justa y equilibrada, no lo es, ni
es lógica. No solo es imposible equilibrar la crítica entre los países,
sino que además Israel y EE.UU. son los campeones de la crítica
desequilibrada. El mejor ejemplo es su crítica a Irán, que a diferencia
de EE.UU. e Israel, no ocupa ningún país, no utiliza su fuerza militar
contra otras naciones y no se ha demostrado que posea armas nucleares. A
pesar de esos hechos se le presenta como la amenaza más peligrosa del
planeta.
Acusar a Israel y normalizar la
islamofobia
Se utilice de manera intencionada o no, la expresión “acusaciones
formuladas a países” en lugar de “dirigidas” o “apuntadas a” traduce el
deseo de minimizar la crítica a Israel. El que se “formulen críticas”
sirve un propósito importante con respecto a su ocupación de Palestina:
justifica lo injustificable; da la impresión de que se protege de un
enemigo que lucha con los mismos medios y que pone en gran peligro su
supervivencia. Sirve para justificar las décadas de ocupación, el castigo
colectivo de los palestinos, un crimen de guerra según los Principios de
Núremberg, elaborados como consecuencia de los juicios contra los nazis.
Cuando se trata de Israel y Palestina, no se puede criticar lógicamente a
los dos países de la misma manera: ¿cómo se puede criticar a un país
ocupado, sin ejército, al que se niega la autodeterminación y los
derechos humanos básicos, de la misma manera que a su brutal ocupante
fuertemente armado?
Existeuna frase superficial estereotipada que utilizan con demasiada
frecuencia los comentaristas llamados neutrales para “formular
acusaciones”: “El conflicto israelí-palestino es complicado”. Ante todo
no es un conflicto, es una guerra. Una guerra librada con medios
desproporcionados donde se castiga a una población entera y el agresor se
presenta como víctima. En segundo lugar no es complicado, es muy simple.
Israel ocupa un territorio y comete regularmente crímenes de guerra,
mientras la “comunidad internacional” se queda sentada ociosamente, bien
porque Israel es un aliado o simplemente porque sus intereses no están en
juego.
Esta forma de “hacer acusaciones” forma parte de un proceso legendario de
legitimización de la injusticia y de los crímenes de guerra. En los años
noventa los Acuerdos de Oslo trivializaron la ocupación israelí de
Palestina. El futbolista palestino Mahmoud Sarsak se convirtió
recientemente en un ícono de la lucha contra la normalización. Fue
arrestado en un cruce fronterizo, encarcelado en Israel y liberado
después de 96 días de huelga de hambre. Adie Mormech escribe:
El doctor Haidar Eid ha denominado la lucha por la liberación de
Palestina contrariamente a la normalización con Israel como “la des-Osloización
de la mente palestina”. Describió la posición de Mahmoud Sarsak [el
jugador palestino de fútbol] contra la normalización al negarse a asistir
al partido del F.C. Barcelona junto al soldado israelí Gilad Shalit como
lucha contra “el Virus de Oslo”.
El “Virus de Oslo” se refiere a lo que estaba detrás de la serie de
iniciativas de normalización que comenzó en serio en 1993 después de los
Acuerdos de Oslo y el acuerdo entre la Organización por la Liberación de
Palestina (OLP) y el gobierno laborista israelí de entonces.
Edward Said, quien vio de inmediato los peligros de la normalización sin
justicia, escribió en 1995 sobre la decisión de la dirigencia palestina
de apoyar el acuerdo de Oslo: “Por primera vez en el Siglo XX un
movimiento de liberación anticolonial no solo ha descartado sus
considerables logros, sino que además ha hecho un acuerdo de cooperación
con una ocupación militar antes de que la ocupación haya terminado”. (Adie
Mormech, De-Osloization and the fight against Normalisation, Scoop, 25 de
octubre de 2012.)
Sarsak explicó su decisión como sigue:
“Hay una diferencia entre una persona arrestada con su arma, con uniforme
militar en el interior de su tanque… y arrestar en un cruce a un atleta
que iba de camino a un club deportivo profesional en Cisjordania. Anuncio
mi disposición a encontrarme con el Barcelona o cualquier otro club
español fuera del contexto de una invitación conjunta a Gilad Shalit,
invitándome como palestino que vivió… el sufrimiento de una huelga de
hambre por la libertad y la dignidad”. (Adie Mormech, Mahmoud Sarsak and
the end of Oslo-era normalization, Mondoweiss, 26 de octubre de 2012)
La narrativa según la cual el “conflicto” entre Palestina e Israel es
complicado forma parte de la trivialización de la brutal e ilegal
ocupación de Palestina por parte de Israel. Mediante una absurda y
macabra distorsión de la realidad somos llevados a creer que los
israelíes son las únicas víctimas de racismo y discriminación.
La injusticia ha sido estandarizada y minimizada en tal medida que, según
un sondeo reciente, una mayoría de los israelíes acepta y admite que hay
una forma de apartheid en su propio país, y cerca de un 50% de la
población apoya la segregación y la discriminación contra los árabes:
Un nuevo sondeo ha revelado que una mayoría de los judíos israelíes cree
que el Estado judío practica “apartheid” contra los palestinos, y que
muchos apoyan abiertamente políticas discriminatorias contra los
ciudadanos árabes del país.
Un tercio de los encuestados cree que se debería negar el derecho de voto
a los ciudadanos árabes de Israel, mientras casi la mitad –47%– quiere
que los despojen de sus derechos de ciudadanía y que fueran colocados
bajo el control de la Autoridad Palestina […]
El sondeo, realizado por el grupo encuestador Dialog de Israel,
estableció que un 59% de las 503 personas interrogadas quiere que se de
preferencia a los judíos para los empleos en el sector público, mientras
que la mitad quiere que se trate mejorar a los judíos que a los árabes.
Más de un 40% quiere que haya viviendas y aulas separadas para judíos y
árabes. (Catrina Stewart, The new Israeli apartheid: Poll reveals
widespread Jewish support for policy of discrimination against Arab
minority, The Independent 23 de octubre de 2012.)
Noam Sheizaf, un periodista israelí, escribió que “los resultados
reflejan la noción generalizada de que Israel, como Estado judío, debería
ser un Estado que favorece a los judíos. Son también el resultado de la
ocupación… Después de casi medio siglo de dominación de otro pueblo, no
es sorprendente que la mayoría de los israelíes piensen que los árabes no
merecen los mismos derechos.” [Ibíd.]
Esta dominación de los palestinos por los israelíes ha sido fomentada y
es mantenida por países que pretenden que defender la libertad, los
derechos humanos y la democracia.
La Autoridad Palestina se creó en 1994 en los Acuerdos de Oslo como un
organismo de gobierno palestino provisional, con poderes limitados y una
independencia geográfica de Israel aún más limitada, cuya duración
debería haber sido solo de cinco años de acuerdo con la línea de tiempo
estipulada según la cual se debería haber llegado a “acuerdos de estatus
final”.
La Autoridad Palestina (AP) recibió decenas de millones de dólares de
ardientes partidarios de Israel como EE.UU. y la Unión Europea y
siguieron inversiones semejantes en proyectos conjuntos
israelíes-palestinos más pequeños que tampoco hicieron ningún esfuerzo
para cambiar el estatu quo político y socioeconómico de la vida palestina
en el terreno.
El destacado discurso con respecto a los grupos formados recientemente
como One Voice y otras colaboraciones fue que el “conflicto”
israelí-palestino era un problema de ignorancia y prejuicio y no un tema
de injusticia, despojo y subyugación continua de un pueblo por otro. http://www.maan-ctr.org/pdfs/Boycott.pdf
)
La ola de colaboraciones que vino después de Oslo aumentó la legitimidad
global de Israel, de modo que se multiplicaron los acuerdos bilaterales
con la Unión Europea y otros países, así como otros acuerdos que incluyen
vínculos más estrechos con la OTAN y la OCDE. Entre 1994 y 2000 la
inversión extranjera directa en Israel aumentó seis veces, de 686
millones de dólares a aproximadamente 3.600 millones. (De-Osloization and
the fight against Normalisation, op. cit.)
De cierto modo, el “Virus de Oslo” ha normalizado el ostracismo de todos
los árabes y musulmanes y el maltrato de los palestinos fue un preludio
de la aceptación de las actuales islamofobia y arabofobia (Ya que los
árabes son también semitas, la arabofobia es también antisemitismo, pero
es virtualmente imposible utilizar este último en relación con el
sentimiento antiárabe debido a su fuerte connotación judía).
El mundo occidental acepta las ocupaciones de tierras árabes y musulmanas
por parte de EE.UU. e Israel para proteger intereses financieros y
geoestratégicos, y la “guerra global contra el antisemitismo” así como la
“guerra global contra el terror” son las excusas preferidas de las
invasiones militares cada vez que la “intervención humanitaria” no viene
al caso. A los que se resisten a la ocupación de Afganistán por EE.UU. y
a la ocupación israelí de Palestina los presentan como terroristas. A los
que matan a civiles y a funcionarios gubernamentales elegidos en Siria
los presentan como combatientes por la libertad. Si alguien se resiste a
la ocupación, lo bombardean, si lucha por ella le dan armas.
El antisemitismo y la islamofobia instrumentos de la propaganda de guerra
de EE.UU.
Algunos arguyen que Israel solo es un puesto avanzado imperial de EE.UU.:
“Estados Unidos está fundamentalmente alineado con Israel porque utiliza
a Israel para proteger su influencia imperial en esa región rica en
recursos”. (Michael Fiorentino Israel: An outpost of empire,
SocialistWorker.org, 16 de abril de 2010.) Teniendo esto presente, la
“guerra contra el antisemitismo global” puede verse como un instrumento
imperial estadounidense de propaganda de guerra.
En La industria del Holocausto, Norman Finkelstein escribe: “Del mismo
modo que las organizaciones judías dominantes de EE.UU. minimizaron el
Holocausto nazi en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial para
ajustarse a las prioridades de la Guerra Fría del gobierno de EE.UU., su
actitud hacia Israel en EE.UU. se adaptó a la política de ese país”. Con
la guerra árabe-israelí de 1967, “el Holocausto se convirtió en una punto
fijo de la vida judía estadounidense”. Finkelstein, Norman. The Holocaust
Industry. Nueva York: Verso, 2003, p. 16-17.)
No es un secreto para nadie que EE.UU. quiere expandir y mantener su
hegemonía y el infame Proyecto para un Nuevo Siglo Estadounidense señaló
claramente lo que hay que hacer para lograrlo:
La tarea de las fuerzas armadas en la Guerra Fría fue disuadir el
expansionismo soviético. Actualmente su tarea es asegurar y expandir las
“zonas de paz democrática”, disuadir el ascenso de una nueva gran
potencia competidora; defender regiones clave de Europa, Asia Oriental y
Medio Oriente; y preservar la preeminencia estadounidense mediante la
próxima transformación de la guerra posibilitada por nuevas tecnologías
[…]
El liderazgo global de EE.UU. […] se basa en la seguridad de la madre
patria estadounidense; la preservación de un equilibrio del poder
favorable en Europa, Medio Oriente y la región circundante productora de
energía, y Asia Oriental. (Rebuilding America’s Defenses, Project for a
New American Century, septiembre de 2000.)
Es muy notorio que la expansión de “zonas de paz democrática” es el único
objetivo entre corchetes, ya que usualmente indican sarcasmo e ironía.
Aparte de “paz democrática”, los objetivos hegemónicos están bastante
claros y la nueva “guerra contra el antisemitismo global” solo puede
ayudar a promover el propósito imperial de EE.UU., para el cual se
utiliza a Israel, que también se beneficia.
Fuertemente armado por EE.UU., la política exterior de Israel es una
extensión de la política exterior estadounidense. Desde la creación de
Israel nos hemos acostumbrado al maltrato de los palestinos: se ha
“normalizado”. El castigo colectivo infligido a los palestinos por
Israel, un crimen que los judíos sufrieron bajo los nazis, es aceptado y
perpetuado por EE.UU. Sin la ayuda y el permiso de EE.UU. y la aceptación
de la denominada comunidad internacional, no se perseguiría a los
palestinos.
Tal como Israel utiliza el Holocausto para justificar el castigo
colectivo de los palestinos y atacar a sus vecinos, EE.UU. utiliza el
11-S para justificar el castigo colectivo a los musulmanes en todo el
mundo y diversas invasiones militares. Mucho antes de que los Memorandos
de la Tortura del gobierno de Bush aprobaran la tortura, Israel autorizó
oficialmente la tortura en el Informe Landau en 1987. La islamofobia es
sin duda alguna la forma más aceptada de discriminación en la actualidad
y en este contexto la institucionalización de “la lucha contra el
antisemitismo global” es evidentemente otra expresión distorsionada de lo
mismo.
En The Islamophobia Industry: How the Right Manufactures Fear of Muslims
[La industria de la islamofobia: cómo fabrica la derecha el temor a los
musulmanes], Nathan Lean “traza el arco del sentimiento islamofóbico que
ha estallado en Occidente” y que está fuertemente relacionado con la
“Industria del Holocausto”:
“Pone al descubierto la multimillonaria industria de traficantes del
miedo y la red de financistas y organizaciones que apoyan y perpetúan el
fanatismo, la xenofobia y el racismo y crean un clima de miedo que
sustenta un amenazante cáncer social” […]
Es una relación de beneficio mutuo, en la que las ideologías y afinidades
políticas convergen para fomentar la misma agenda.” […]
Provienen, sobre todo, del sionismo derechista y del cristianismo
evangélico, reuniendo una especie de frente judeo-cristiano en su batalla
contra el Islam. Sus financistas, asimismo, provienen de esos mundos,
aunque el mundo sionista derechista ha dado alas a la mayoría de los
activistas antimusulmanes […]
Este sionismo cristiano une estrechamente a los evangélicos derechistas
con fuertes partidarios del Estado judío. Los sionistas que propagan el
fanatismo antimusulmán se pueden clasificar en tres campos según Lean:
sionismo religioso (judío), sionismo cristiano y sionismo político. “Para
los sionistas religiosos, la profecía es el principal impulso de su
fervor islamofóbico. Para ellos los palestinos no son solo habitantes
inesperados; no son solo árabes en tierras judías. Ni siquiera son solo
musulmanes. Son no judíos –extraños hechos de un material diferente– y
los mandamientos de Dios con respecto a ellos son bastante claros”,
escribe. Y existe el sionismo político que deja de lado el lenguaje
religioso pero sigue siendo hostil a los musulmanes. Como escribió Max
Blumenthal, esos personajes, algunos de los cuales son neoconservadores,
creen que “el Estado judío [es] un Fuerte Apache en Medio Oriente en las
primeras líneas de la Guerra Global contra el Terror”.
” (Alex Kane, Islamophobia: How Anti-Muslim bigotry was brought into the
American mainstream, Mondoweiss, 29 de octubre de 2012.)
EE.UU. está utilizando a Israel para sus guerras sucias y los israelíes,
por su parte, utilizan a EE.UU. para combatir a sus vecinos. Son aliados
inquebrantables; cada cual gana poder y expande su control sobre
territorios extranjeros y sus poblaciones y sus aliados se benefician de
ello. Sea cual sea el pretexto que se utiliza, los motivos para librar
guerras siguen siendo los mismos: poder y dinero. Y eso siempre se logra
satanizando a todo el que represente un obstáculo.
(*) Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens |