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(IAR
Noticias)
14-Noviembre-2012
En
torno a los suministros de armas rusas a Irak se está desarrollando una
auténtica trama detectivesca. Un portavoz del primer ministro iraquí declaró el
sábado pasado 10 de noviembre que el jefe del Gobierno había decidido cancelar
el paquete de contratos por valor de 4.200 millones de dólares para la compra de
armas rusas.
Por Fiodor Lukiánov
/ RIA Novosti (*)
S egún informó el funcionario, el primer ministro decidió revisar el
paquete entero porque tenía ciertas sospechas de corrupción cuando
regresó de su viaje a Rusia. “Hay una investigación en marcha sobre el
asunto”, dijo el portavoz.
Sin embargo, el ministro interino de Defensa de Irak, Sadoun al Dulaimi,
desmintió, por la tarde del mismo día esta información. "El acuerdo sigue
adelante", aseguró el titular en una rueda de prensa celebrada en Bagdad,
según ha informado la cadena panárabe Al Yazira. Seguramente en los
próximos días la situación se aclarará pero ya se pueden analizar las
causas que dieron lugar a esta confusión.
Los medios informaron que durante la visita de Nuri Maliki a Moscú en
octubre pasado las partes habían acordado el suministro a Irak de 30
helicópteros de asalto Mi-28 y de 42 sistemas antiaéreos de cañón-misil
Pantsir. De realizarse este acuerdo, el primero desde la caída del
régimen de Saddam Hussein, Rusia se convertiría en el principal
suministrador de armas a Irak, sólo por detrás de Estados Unidos. El
régimen anterior gastó más de 30.000 millones de dólares en comprar
armamento a la URSS.
Los resultados de las negociaciones ruso-iraquíes produjeron una gran
resonancia. En un contexto de enfriamiento de las relaciones entre Moscú
y la mayoría de los países árabes a causa del conflicto en Siria, la
cooperación con Irak representa una oportunidad para Rusia de demostrar
que es capaz de mantener su presencia en la región. Además, confirmaría
una vez más el fracaso de la política estadounidense en este país de
Oriente Próximo.
Tras perder millones de dólares y varios miles de soldados (aunque las
víctimas entre la población de Irak ascienden a centenares de miles), los
Estados Unidos se enfrentaron a un gobierno que estableció un estrecho
contacto con el enemigo número uno de Washington, Teherán, y pretende
mantener una postura independiente en todos los asuntos internacionales.
En la Casa Blanca fingen desconocer los contactos entre Bagdad y Teherán,
aunque el Congreso de EEUU plantea preguntas sobre los resultados de la
guerra en Irak, que costó tan cara, también en el sentido figurado, para
la reputación de Washington.
Las noticias desde Moscú hace un mes dieron lugar a muchas preguntas por
parte de los periodistas estadounidenses a la portavoz del Departamento
de Estado de EEUU, Victoria Nuland: ¿Qué conseguimos luchando en Irak si
ahora compra armas al competidor? La funcionaria mencionó que EEUU tenía
contratos con Bagdad por valor tres veces mayor y no pudo decir más
porque criticar a un estado soberano y prohibirle firmar contratos con
otro estado soberano significa provocar un gran escándalo.
Sin embargo, a juzgar por las últimas informaciones desde Bagdad, en
realidad Estados Unidos está muy preocupado por los tratos que mantiene
el gobierno iraquí. Está claro que el voluntarioso Nuri Maliki fue
sometido a una fuerte presión por parte del “principal amigo de Irak”.
Los siete años de ocupación estadounidense pusieron de manifiesto que
EEUU no conseguiría mantener a Bagdad bajo su protectorado, aunque hay
que reconocer que los estrategas del Pentágono pudieron frenar la
violencia en Irak a mediados de la década de 2000 y pusieron los
cimientos para una nueva concepción de la política en el país. Las
elecciones en Irak, a pesar de todas las complicaciones, fueron unas
elecciones democráticas porque sus resultados reflejaron el equilibrio de
fuerzas y preferencias dentro del país. Y resultó que si a los habitantes
de Oriente Próximo se les ofrece la posibilidad de votar libremente, lo
hacen a su manera sin contar con las preferencias de Washington.
La mayoría chií de Irak, reprimida por el régimen de Saddam, ahora busca
apoyo entre sus correligionarios en Irán. Sería incorrecto calificar al
gobierno actual iraquí de “marioneta”, pero está claro que Maliki y sus
partidarios tienen muy en cuenta la opinión de esta comunidad. El
conflicto en Siria cristalizó definitivamente la particular situación de
Irak entre los países árabes. No es casual que Vladimir Putin dijese tras
la reunión con Nuri Maliki que Rusia e Irak mantienen posturas idénticas
o afines con respecto a numerosas cuestiones de la crisis siria.
La necesidad de Bagdad de establecer unas relaciones más estrechas con
Moscú se debe precisamente a esta situación intermedia entre distintos
bloques regionales. EEUU espera que Bagdad muestre lealtad y mira con
creciente descontento la realidad iraquí.
Los países líderes del mundo árabe empiezan a ver en el gobierno de
Maliki una versión renovada de la “quinta columna” iraní. Al mismo tiempo
el acercamiento excesivo a Irán es peligroso para Bagdad. En primer
lugar, porque supone la pérdida parcial de independencia a favor del
socio. Y en segundo, porque los chiítas iraquíes no representan mayoría
absoluta de la población y el gobierno tiene que tener en cuenta los
intereses del resto para mantener el equilibrio.
Dadas las circunstancias, la cooperación con Rusia es una salida
perfecta. Moscú no tiene claras ambiciones políticas con respecto a Irak
sino está interesada en ampliar los mercados a cambio de su apoyo
político.
La 'primavera árabe' demostró que Rusia no es un jugador clave en Oriente
Próximo pero al mismo tiempo evidenció que sin el apoyo del Kremlin
tampoco se puede dar un paso decisivo. De ahí que Rusia, en una situación
en la que se busca a alguien que sea capaz de equilibrar el juego sin
cambiar las reglas, es un socio ideal.
Pero Estados Unidos no puede permitirse volver a perder Irak, que está
recuperando su liderazgo en el sector petrolero a nivel mundial. Es
inadmisible desde el punto de vista político e inútil desde el punto de
vista económico teniendo en cuenta que el futuro de las demás potencias
petroleras de la región es mucho más confuso que hace un par de años.
Washington está utilizando todos los recursos para convencer a Bagdad que
sólo Estados Unidos puede ser su socio principal.
Un factor aparte que tiene que ver con las perspectivas ruso-iraquíes es
el problema kurdo. El Kurdistán iraquí formalmente acata las órdenes de
Bagdad pero de hecho allí manda el Gobierno Regional de Kurdistán (GRK).
La administración central reacciona con mucho nerviosismo ante cualquier
acuerdo que pueda haber entre el GRK y las empresas extranjeras, sea la
rusa Gazprom o la estadounidense ExxonMobil. Precisamente uno de estos
días Bagdad exigió que la división petrolera del grupo ruso Gazprom
cancele sus contratos con el Gobierno Regional de Kurdistán o abandone la
explotación del campo petrolero de Badra.
Mientras, en Moscú esperan al líder de Kurdistán iraquí, Masud Bazrani.
Se podría suponer que la decisión de Nuri Maliki con respecto al acuerdo
de armas tiene por objetivo demostrar el descontento de Bagdad por los
contactos rusos con los kurdos. En cualquier caso es improbable que este
motivo sea el decisivo: es un paso demasiado brusco con consecuencias
imprevisibles.
Moscú lo tomaría como una ofensa y, a modo de respuesta, intensificaría
su relación con Erbil (centro de Kurdistán iraquí). Los kurdos ocupan un
lugar cada vez más importante en el mundo árabe.
Por lo visto Irak vuelve a convertirse en el cúmulo de contradicciones
que parecía haber solucionado la invasión estadounidense en 2003. Y Rusia
vuelve a participar como un jugador clave.
(*) Fiodor Lukiánov es director de la revista “Rusia en la política global”
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