|
(IAR
Noticias)
03-Noviembre-2012
Jerusalén oriental - Ali Shuruf prende las luces e ilumina una colorida sala de
estar que contrasta con la vista exterior, todo gris. Su casa da literalmente a
un muro, pero no a cualquiera sino a la barrera de hormigón de ocho metros de
alto que separa a palestinos de israelíes.
Por
Pierre Klochendler / IPS
"Desde
la sala se ve el muro. De la cocina, de la terraza, siempre el muro que
nos encierra por el este, el oeste y el sur", dijo Shuruf, un constructor
palestino, señalando una jaula con un perico australiano que da saltos.
"Somos como pájaros enjaulados", apuntó. "La libertad termina aquí",
añadió.
Desde el techo de la casona, Shuruf muestra el resplandor de las luces
detrás del lado este del muro. "Esta es la separación entre árabes y
judíos" en Jerusalén oriental.
Shuruf construyó la vivienda de tres pisos con sus hermanos, y cada uno
ocupa uno de ellos con su familia.
El barrio judío adyacente, Neve Ya’akov, está ubicado dentro de los
límites del municipio de Jerusalén, al igual que Ar-Ram. Pero el primero
está dentro del perímetro del muro, y el segundo, afuera.
Tras la ocupación israelí de Jerusalén oriental en 1967, la planificación
urbana incluyó la construcción de centros comunitarios, comerciales,
médicos y deportivos, así como escuelas, plazas y sinagogas para la
población judía.
Debido a que barrios como Neve Ya’akov quedaron en la parte ocupada de la
ciudad, también consideraron necesario un muro de protección.
"Jugábamos al fútbol juntos. Ahora estamos desconectados", se lamentó
Fadhi Hijazi, amigo de uno de los hijos de Shuruf.
El muro de separación fue construido tras la segunda Intifada
(levantamiento palestino de 2000 a 2005) para protegerse de posibles
atacantes suicidas.
Diez años después, una barrera de 142 kilómetros de largo rodea la mayor
parte de Jerusalén oriental, y solo cuatro kilómetros de su extensión
total fueron construidos sobre la línea divisoria fijada antes de 1967.
Soldados israelíes ocupan puestos de control a ambos lados del muro, y
ninguno sobre esa línea.
La "frontera" de concreto no solo separa los barrios judíos de pueblos y
ciudades de Cisjordania, sino que deja afuera a los barrios palestinos de
Jerusalén. Muchos de sus residentes, como Shuruf, con tarjeta de
residencia azul, quedan fuera de la ciudad.
"Visitar a mi vecino de puerta me lleva una hora", contó Shuruf.
El muro no es solo una cuestión de seguridad, no solo impide la libertad
de movimiento, sino que forma parte de la política para mantener una
mayoría judía en Jerusalén.
"El muro es una cosa racista que fomenta el odio", intervino Mohammad
Turman, cuñado de Shuruf. "El problema no son los israelíes en sí,
podemos vivir en paz. No, el problema es quien controla la ciudad",
añadió.
La batalla por Jerusalén es por quien controla el factor demográfico. En
la parte oriental viven unos 200.000 israelíes y unos 300.000 palestinos.
Pero barrios árabes enteros quedaron excluidos, de hecho, de la ciudad
por el muro de separación.
Ubicado en la ruta a la ciudad cisjordana de Ramalah, Ar-Ram con sus
10.000 habitantes es uno de esos barrios. Llegar hasta donde vive Shuruf
en automóvil desde intramuros es un trayecto agotador.
Es necesario atravesar el barrio judío Pisgat Ze’ev a través del puesto
de control de Hizme, o conducir unos 10 kilómetros a lo largo del muro
hasta la entrada de Kalandia yendo hacia Ramalah, y luego dar la vuelta
en u y regresar del otro lado del muro.
"No tenemos los servicios municipales que nos corresponden, salud,
educación", se lamentó Shuruf. Explicó que tuvo que inscribir a sus hijos
en una "escuela local pobre debido al muro".
"¿Qué le dice a sus hijos?", preguntó Hijazi. "Al Yahud, los judíos", río
a pesar de todo Shuruf.
Los barrios palestinos sufren un abandono crónico, pero el muro no hizo
más que exacerbar la deprimente realidad socioeconómica.
Según datos de la Asociación para los Derechos Civiles en Israel, la
pobreza alcanza a 78 por ciento de los residentes palestinos de Jerusalén
oriental, 84 por ciento de los cuales son niños y niñas. Además, 40 por
ciento de los hombres y 85 por ciento de las mujeres no tienen trabajo.
Cuando Shuruf sufrió un derrame cerebral hace dos años, "la ambulancia
israelí no quiso venir por cuestiones de seguridad ni tampoco la Media
Luna Roja, porque es un área controlada por Israel", recordó Hijazi.
Al final, él pudo contar con su familia para trasladarlo hasta el
hospital más cercano.
En la década del 90, el acuerdo de paz de Oslo dividió a Cisjordania en
tres zonas: Área A, bajo la Autoridad Nacional Palestina; Área B,
seguridad bajo control de Israel y autoridad municipal palestina, y Área
C, bajo total control israelí.
Al estar anexado de hecho por Israel, Jerusalén oriental quedó fuera de
la división de Oslo.
Los palestinos encerrados en barrios como Ar-Ram quedaron en el limbo.
El muro cercena más las relaciones vitales entre Jerusalén oriental y los
centros económicos palestinos cisjordanos, como Belén, en el sur, y
Ramalah, en el norte.
Jerusalén oriental solía prestar servicios a Cisjordania, pero ahora es
inaccesible para los palestinos sin un permiso expedido por Israel.
"Nuestra vida estaba en Jerusalén, no en la parte palestina", indicó
Hijazi.
Si el objetivo del muro fue romper los lazos de la población palestina
con Jerusalén, se logró exactamente lo contrario, empujarlos de vuelta
hacia Israel. Los palestinos no quieren estar haciendo cola en los
puestos de control. Quieren trabajar, aprovechar los servicios
municipales y comprar del lado israelí de la ciudad.
Shuruf alquila una casa del otro lado del muro solo para tener su carné
de identidad de Jerusalén y recibir atención médica, ahora un privilegio,
pero que le correspondía como jerosolimitano antes de la imposición del
muro.
"Para nosotros lo que está en juego no es ser absorbidos por Israel, sino
sobrevivir, aguantar bajo la ocupación israelí", resumió Shuruf.
|