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(IAR
Noticias)
25-Octubre-2012
El mundo ha asistido en los últimos años a una larga serie de actos de
terrorismo, unos más publicitados que otros y algunos condenados por el Consejo
de Seguridad de la ONU, que sin embargo prefiere ignorar otros. A su regreso de
una estancia en Siria, el escritor y periodista chileno Juan Francisco Coloane
reflexiona sobre el doble rasero que sin dudas rige actualmente en las Naciones
Unidas a la hora de pronunciarse sobre los crímenes del terrorismo.
Por
Juan Francisco Coloane -
Red Voltaire (*)
En
Siria, la llamada oposición al gobierno ha recurrido a procedimientos
terroristas de todo tipo que hasta el momento no han sido condenados en
forma explícita por las Naciones Unidas en ninguna declaración del
Consejo de Seguridad.
El reclamo del delegado del gobierno Sirio ante la ONU respecto a esta
situación ha sido justo y el puñado de países que acompaña a la nación
árabe en su denuncia refleja la severidad de la crisis existente en el
seno de la comunidad internacional que subscribe los principios de la
Carta de la ONU.
La prensa ha comenzado a informar (como el Washington Post) que los
gobiernos europeos, especialmente los de Francia y el Reino Unido, que
apoyan a los grupos armados en Siria –curiosamente se excluye a Estados
Unidos– sienten el temor de que la amenaza terrorista se les vuelva en
contra como un boomerang. El Frente al-Nusra es una de sus mayores
preocupaciones dada su estrecha colaboración con al-Qaeda.
Si la ONU no se posiciona como la primera voz que denuncia el terrorismo
que está gravitando desmedidamente en Siria, su abstención contribuirá
significativamente a la consolidación del terrorismo como un expediente
válido para derrocar gobiernos y desestabilizar países.
La tolerancia de la ONU con el terrorismo que ha sido infiltrado en
Siria, con apoyo logístico de países interesados en derrocar al gobierno,
ha ido más allá de lo sucedido en Afganistán e Irak, que técnicamente son
ocupaciones producto de una invasión.
Todo tipo de terrorismo es cuestionable. Sin embargo, el terrorismo que
ha sido introducido en Siria para derrocar su gobierno, de ser exitoso en
la misión, se convierte en un instrumento que va a significar el golpe
más duro al internacionalismo y al multilateralismo representado por la
ONU. Esto es extremadamente grave y lo que resulta más grave aún es que
una parte considerable de la prensa internacional más visible no lo
denuncia. No denuncia ni el hecho terrorista, ni la pasividad de la ONU
que no lo condena.
Siria es el nuevo paradigma para derrocar gobiernos y alterar el orden
internacional. Cualquier método utilizado para ello está siendo validado
por el silencio de los organismos internacionales encargados de hacer
cumplir las mínimas normas de derecho internacional existentes.
Son métodos de terrorismo usados en Vietnam por la administración Nixon.
Utilizados también en Chile por la dictadura de Pinochet, igualmente
durante la era Nixon, y que resultaron entonces en los
detenidos-desaparecidos. Es la utilización del terrorismo suicida durante
la ocupación soviética en Afganistán. Es el terror subterráneo usado en
Bangladesh por el general Ziaur Rahman, en la década de 1970, para
liquidar a los partidarios de Mujibur Rahman después de haberlo derrocado
en el golpe de Estado.
Lo que hoy enfrenta Siria no es solamente la desestabilización de un
Estado que ha costado una enormidad formarlo, ni la desintegración
territorial con los graves costos humanos que ello implica, que sería aún
algo peor.
Lo que también está en juego es la crisis internacional que se respira a
través del incremento de las acciones terroristas contra Siria y a través
también de la incapacidad o de la falta de voluntad política de la ONU
para impedirlo. Parece como que esta ONU, estuviese validando la
utilización del terrorismo, en conexión con una revuelta legítima o no,
como medio de derrocar un gobierno. Esto es gravísimo y es mucho más
grave aún que no sea tema de debate en la ONU, que el organismo no lo
denuncie y que no haga algo específico para remediarlo.
Voy a señalar algo que parecerá quizás desmedido. La expresión que
proyecta la ONU que veo en Siria, es la de una entidad implicada en la
acción del derrocamiento. El sesgo al detectar este encierro y el cerco a
la información es evidente. El desdén con que se refieren a los
organismos del Estado sirio es un indicador de la pérdida de neutralidad.
Como si los funcionarios de la ONU fueran más un equipo encargado hacer
cumplir las sanciones y el bloqueo a Siria que un organismo con
obligaciones humanitarias. Al decir esto, sé que arriesgo mi continuidad
de reportar desde Siria. La ONU tiene su peso y esta crisis lo ha
demostrado, claro que en el sentido errado de la historia desde mi punto
de vista.
He sido testigo en Siria de esta situación y la he comprobado. Con los
funcionarios que he podido contactar, se exhibe un cuerpo de oficiales
con excesivo celo para manifestar una opinión propia, como que estuvieran
bajo una dictadura. Con la prensa que no es contraria al gobierno, son
prácticamente herméticos. Me tocó entrevistar al encargado de un
organismo del sistema de Naciones Unidas y hasta ahora no entiendo por
qué me dio el tiempo para la entrevista cuando todo el diálogo se redujo
a que: “La información está en Internet, o la tiene el gobierno, y para
comentarios generales hay que remitirse al enviado especial de la ONU”.
Con Irak fue distinto y con Afganistán también. Personalmente tuve que
atender prensa en cinco países con guerras en Asia y en África. No
funcionaba entonces la ONU como lo está haciendo en Siria, al menos en el
rubro de la información. En Siria, la ONU es un organismo que se ha
encerrado tras cuatro paredes y que parece asustado y vulnerable. La
explicación de lo subyacente puede ser muy compleja, sin embargo el
resplandor esta vez es claro.
La ONU de hoy no es la ONU a la que nos hemos habituado en el manejo de
otras crisis, como la de Irak en 2003, que aún con la debilidad observada
por un Consejo de Seguridad dividido, intentó mitigar el impacto político
de una invasión ilegal y justificada con información fraudulenta. O, como
la ONU que pudo mediar políticamente durante la partición de Yugoslavia,
para que el conflicto en los Balcanes no se redujera exclusivamente a
demostrar el músculo militar de la OTAN y a la repartición del botín
económico tras de la intervención extranjera. No es la ONU a la que le
entregué 16 años de servicio en países con guerras y conflictos, como
Bangladesh, Sudán, Mozambique, Guinea Bissau, la India y Afganistán.
Esta ONU que media en el conflicto sirio se acopla cada vez más a la
estrategia de desgastar al ejército sirio y de reforzar las posibilidades
de derrocamiento del gobierno. Esto hay que decirlo y denunciarlo sin
ambages ni eufemismos. La reacción esencial debe venir de los países con
sus ciudadanos empeñados en formar una nueva ética en el
internacionalismo. Lo que una legión de países está haciendo con Siria y
con la gente de ese país es un crimen y en ese crimen la ONU, por su
actitud benevolente con el terrorismo que se está introduciendo en Siria,
se convierte lamentablemente en cómplice.
Sin embargo la complicidad se origina en el plan de derrocar al actual
gobierno. La ONU cayó en una trampa al dejarse manipular por las tres
potencias que cometieron el error de creer que se podía derrocar un
gobierno con los métodos que hemos observado hasta ahora.
Ahora entiendo mejor el silencio de un centenar de sirios desplazados
internamente y alojados en el mismo hotel céntrico donde me alojé los
primeros días. Ubicado a una cuadra del Banco Central, en el centro de
Damasco. Muchos de los contactados para una entrevista se mostraron muy
herméticos, como si estuvieran atemorizados.
“Si se mueven mátenlos, si nos denuncian también”. Esta es la consigna
que se aplica a los que no se suman a la oposición. No es un movimiento
por la democracia, es un movimiento por el terrorismo para derrocar un
gobierno, que es quizás el más democrático que tiene la región y eso, las
potencias occidentales que aspiran a derrocarlo lo saben perfectamente
bien.
(*)Estudiante
Investigador: Sean Lawrence (Sonoma State University)
Evaluador Académico: Peter Phillips (Sonoma State University)
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