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(IAR
Noticias)
23-Octubre-2012
El Cairo - La muerte del general al Hassan desató una ola de violencia en El
Líbano, cuyo superobjetivo fue la caída del gobierno del primer ministro Nayib
Miqati y la formación de un gabinete de unidad nacional, en el cual recuperaría
espacios perdidos la Alianza 14 de Marzo (A14M), encabezada por el exprimer
ministro Saad Hariri.
Por
Moisés Saab -
Prensa Latina
A
sus 47 años el general Wissam al Hassan, muerto en Beirut, la capital
libanesa el viernes pasado en un atentado sin escape, había tenido tiempo
de aprender que en su país las precauciones nunca sobran.
La muerte del general al Hassan desató una ola de violencia en El Líbano,
cuyo superobjetivo fue la caída del gobierno del primer ministro Nayib
Miqati y la formación de un gabinete de unidad nacional, en el cual
recuperaría espacios perdidos la Alianza 14 de Marzo (A14M), encabezada
por el exprimer ministro Saad Hariri.
Pobre poder de convocatoria de la A14M, el despliegue del Ejército y una
decisión firme de las actuales autoridades libanesas de enfrentar
cualquier golpe de mano, impidieron que los propósitos llegaran a puerto.
Si fuera cierto que en el último instante de la existencia toda la vida
pasa por delante de los ojos de uno, quizás el general se detuvo una
millonésima de segundo en febrero de 2005, cuando su mentor, el exprimer
ministro Rafiq Hariri, voló en pedazos por un atentado improbable dadas
las medidas de protección que rodeaban sus movimientos.
Y es que, tras despejarse la humareda de las escaramuzas callejeras y el
eco de las consignas llamando a la renuncia del gobierno, emergen
precisiones las cuales llevan a pensar que el atentado contra el general
al Hassan tuvo componentes cuando menos sospechosos.
Considerado un genio de las labores de inteligencia, el oficial acudía a
toda una serie de ardides para despistar a eventuales interesados en
terminar con su existencia.
El día de su muerte sin anuncio, salió de su residencia en un pequeño y
anodino automóvil, diferente por completo a los vehículos todoterreno y
las limosinas blindadas que utilizan los principales políticos libaneses,
por seguridad, y, justo es decirlo, por un amor desmedido al boato.
Era un hombre que no confiaba en nadie, y hacía bien porque tenía
enemigos poderosos en todos los campos: pocos meses atrás desbarató una
red de un centenar de espías al servicio de Israel y, antes, ordenó la
detención del exministro cristiano Michel Samaha, sindicado de organizar
atentados contra figuras políticas libanesas.
En fecha más reciente se le consideraba el contacto supremo para el
contrabando de armas y de hombres para engrosar las bandas que combaten
al presidente sirio, Bachar al Assad.
Pero el punto más oscuro en su currículo fue el atentado contra Hariri,
de cuya seguridad personal estaba encargado, justo el día que estaba
ausente de la caravana a causa de unos exámenes universitarios, según
explicaría después.
Que un general de inteligencia de 40 años supedite sus obligaciones a un
humilde examen universitario suena poco creíble en un país como El
Líbano, donde la muerte acecha en cada recodo del camino tanto a los
poderosos, como a los humildes.
Y por supuesto la justificación hizo fruncir más de un ceño en los medios
políticos del pequeño país árabe, donde todos son sospechosos de algo en
un momento u otro.
Hariri, también, tenía muchos enemigos: dueño de una fortuna estimada en
25 mil millones de dólares a fines del siglo pasado, retornó a El Líbano
por esas fechas y compró a precios deprimidos propiedades en todo el
país, lo que lo hizo objeto de críticas por aprovechar la crisis para
crear un imperio.
El general al Hassan había llamado pronto la atención de Hariri, quien lo
convirtió en su hombre de confianza para asuntos de seguridad, servicios
que pagó de manera generosa.
Esa relación no terminó con la muerte de Hariri, pues su hijo, Saad,
mantuvo los servicios de al Hassan y desmintió a capa y espada las
sospechas expresadas por diversos medios sobre la ausencia del general
justo el día que su patrón fue blanco de un atentado del que ni siquiera
pudo salvarlo el grueso blindaje de su Mercedes Benz.
Quizás con demasiado énfasis, dadas las circunstancias.
En los siete años transcurridos, al Hassan incrementó su influencia en el
paisaje político libanés y se mudó al distrito de clase alta de
Achrafiyeh, en el este de Beirut, donde los únicos musulmanes bien
recibidos son aquellos que tienen mucho dinero, como parece ser el caso
del oficial muerto, que junto a su familia llevaba una vida holgada.
Hasta el pasado 19 de octubre, cuando un auto cargado con 50 kilos de
explosivos, lo mandó al otro mundo, apenas una semana después de su
llegada de Europa y justo en el momento en que era necesaria una muerte
importante para complicar la siempre explosiva situación libanesa.
Y ahí estaba al Hassan para llenar ese cometido.
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