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(IAR
Noticias)
15-Octubre-2012
Mientras la OTAN no logra hacer la guerra, la OTSC prepara la paz. El secretario
general de esa organización, Nikolai Bordyuzha, está conformando una fuerza de
paz de 50 000 hombres que podría desplegarse en Siria. La situación militar ha
evolucionado en Siria en detrimento de quienes esperaban, en Washington y en
Bruselas, lograr un cambio de régimen mediante el uso de la fuerza. Han
fracasado los dos intentos sucesivos de apoderarse de la ciudad de Damasco y ya
es evidente la imposibilidad de alcanzar ese objetivo.
Por
Thierry Meyssan
- Red Voltaire
El
pasado 18 de julio una explosión decapitaba el Consejo de Seguridad Nacional y
daba a la vez la señal de inicio de una ofensiva de gran envergadura, con la
participación de miles de mercenarios provenientes de Jordania, Líbano, Turquía
e Irak que convergían sobre la capital siria. Al cabo de unos días de
encarnizados combates, Damasco estaba a salvo. En una evidente muestra de
patriotismo, en vez de acoger al Ejército “Sirio Libre” (ESL), la fracción de la
población hostil al gobierno había preferido ayudar al ejército nacional.
El 26 de septiembre, yihadistas de al-Qaeda provistos de documentos falsos y de
uniformes del ejército nacional penetraban en el perímetro del ministerio de
Defensa sirio. Su misión consistía en hacer estallar sus cinturones explosivos
dentro del edificio del Estado Mayor, al que no lograron acercarse lo suficiente
antes de ser abatidos. Otro grupo debía tomar el control de la sede de la
televisión nacional y lanzar un ultimátum al presidente. Pero no pudo acercarse
a esa instalación, cuyas vías de acceso habían sido bloqueadas en cuestión de
minutos desde los primeros instantes del ataque anterior. Un tercer grupo debía
atacar la sede del gobierno y otro más trataría tratar de tomar el aeropuerto.
Al igual que en julio, la OTAN –que coordinó esas operaciones desde su base de
Incirlik, en territorio turco– esperaba provocar una fractura en el seno del
Ejército Árabe Sirio y lograr así el respaldo de ciertos generales para lograr
el ansiado cambio de régimen. Pero los generales en cuestión ya habían sido
identificados desde hace tiempo como traidores y privados de toda autoridad
real. Así que los ataques no tuvieron mayores consecuencias y el poder sirio
salió fortalecido de las dos intentonas. Y encontró además la legitimidad
interna necesaria para pasar a la ofensiva y aplastar al ESL.
Estos fracasados han sido un serio golpe para quienes ya aseguraban que los días
de Bachar al-Assad estaban contados. Por lo tanto, en Washington, los
partidarios de la retirada están ganando la batalla. Ya la cuestión no es saber
por cuánto tiempo podrá mantenerse aún el “régimen de Bachar” sino determinar
cuál es la solución menos costosa: proseguir la guerra o detenerla. Continuarla
equivale a provocar el derrumbe económico de Jordania, sacrificar a los aliados
de Occidente en el Líbano, arriesgarse a una guerra civil en Turquía y tener que
proteger a Israel de todo ese caos. Detenerla es permitir el regreso de los
rusos al Medio Oriente y consentir el fortalecimiento del Eje de la Resistencia
(Hezbollah-Siria-Irán) ante los sueños expansionistas del Likud israelí.
Si bien la respuesta de Washington tiene en cuenta el factor israelí, es
evidente que se deja de lado la opinión del gobierno de Netanyahu, que ha
acabado incomodando a su poderoso aliado, tanto debido a sus rejuegos con el
asesinato del embajador Chris Stevens como por su pasmosa injerencia en la
campaña electoral estadounidense. En definitiva, si lo que interesa es
garantizar la protección de Israel a largo plazo, en vez satisfacer las
extravagantes exigencias de Netanyahu, la presencia rusa es la mejor solución.
Con un millón de israelíes ruso parlantes, es evidente que Moscú no permitirá
que se ponga en peligro la vida de esa comunidad.
En este punto se impone recordar que la guerra contra Siria se decidió en
tiempos de la administración Bush, el 15 de septiembre de 2001, durante una
reunión en Camp David, como atestiguó el general Wesley Clark. Después de varias
posposiciones, ya no quedó más remedio que cancelar la acción de la OTAN, por
causa de los vetos de Rusia y China. Al hacerse imposible el despliegue de
uniformados, se estableció un “plan B”: recurrir al uso de mercenarios y a la
acción secreta. Pero como el ESL no ha logrado ni una sola victoria frente al
Ejército Árabe Sirio, numerosos expertos pronosticaron que el conflicto se haría
interminable y que acabaría desgastando a los Estados de la región, incluyendo a
Israel. En ese contexto, Washington llegó a un acuerdo con Rusia, el 30 de junio
pasado, en Ginebra, bajo la supervisión de Kofi Annan.
Pero los partidarios de la guerra sabotearon el acuerdo mediante la organización
de “filtraciones” a la prensa sobre la participación secreta de Occidente en el
conflicto, filtraciones que obligaron a Kofi Annan a dimitir de inmediato.
Después de eso, los partidarios de la guerra jugaron sus dos cartas principales
el 18 de julio y el pasado 26 de septiembre… y perdieron. Como resultado de esa
derrota, se ha pedido ahora el sucesor de Annan, Lakhdar Brahimi, que resucite
el Acuerdo de Ginebra y lo ponga en aplicación.
Mientras tanto, Rusia había seguido trabajando. Obtuvo la creación de un
ministerio sirio de Reconciliación Nacional, supervisó y protegió la reunión de
los partidos de oposición nacional que se desarrolló en Damasco, organizó
contactos entre los Estados Mayores de Siria y de Estados Unidos y ha preparado
el despliegue de una fuerza de paz. Las dos primeras medidas han sido tomadas
muy a la ligera por la prensa occidental, que además ignoró por completo las
otras dos.
Sin embargo, como ha revelado el ministro ruso de Relaciones Exteriores Serguei
Lavrov, Rusia ha dado respuesta a los temores del Estado Mayor estadounidense
sobre las armas químicas sirias, verificando que esas armas se mantienen bajo
custodia en lugares lo suficientemente protegidos como para garantizar que no
caigan en manos del ESL, ni de los yihadistas, que podrían hacer de ellas un uso
indiscriminado. Pero esas garantías dejarían de existir si se produce un cambio
de régimen. Rusia ha podido hacer valer así el hecho que mantener en el poder a
un líder que ha dado ya fehacientes pruebas de sangre fría, como Bachar al-Assad,
constituye una situación mucho más aceptable, incluso para Israel, que ver a
Siria hundirse en el caos.
Lo más importante es que Vladimir Putin aceleró los proyectos de la Organización
del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC), la alianza defensiva anti-OTAN que
reagrupa a Armenia, Bielorrusia, Kazajstán, Kirguistán, Tayikistán y, por
supuesto, Rusia. Los ministros de Relaciones Exteriores de la OTSC adoptaron una
posición común sobre Siria, se hicieron los preparativos logísticos necesarios
para un eventual despliegue de 50 000 hombres y la OTSC firmó con el
departamento de la ONU a cargo de las operaciones de paz un acuerdo que permite
el despliegue de “chapkas azules” en las zonas de conflicto y por mandato del
Consejo de Seguridad. Y en octubre próximo se desarrollarán en Kazajstán las
primeras maniobras conjuntas ONU/OTSC, denominadas “Fraternidad inviolable”,
para garantizar la coordinación entre ambas organizaciones intergubernamentales.
Durante el desarrollo de su campaña electoral, Estados Unidos no estará en
condiciones de oficializar ningún tipo de decisión. Para cuando termine ese
proceso eleccionario, todo estará listo para emprender un proceso de paz.
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