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(IAR
Noticias)
19-Octubre-2012
Cosas diré también harto notables / de gente que a ningún rey obedecen, /
temerarias empresas memorables / que celebrarse con razón merecen (Alonso de
Ercilla y Zuñiga, “La Araucana”, canto I)
Por
Vicky Peláez - RIA
Novosti
S e
podría decir que América Latina y el mundo entero estaban esperando como
nunca antes los resultados de las elecciones en Venezuela. El presidente
Lukashenko de la lejana Bielorrusia, ubicada en el otro extremo del
mundo, confesó que no durmió toda la noche pendiente del voto del pueblo
venezolano. Y no era para menos, pues se trataba del enfrentamiento de
dos modelos de desarrollo.
Uno neoliberal representado por Henrique Capriles Radonski y respaldado
por el inmenso y avasallador poder de las transnacionales y de sus
mercenarios de los medios de comunicación globalizados, y el otro
nacional progresista liderado por Hugo Chávez basado solamente en el
apoyo popular y la simpatía internacional de los que creen en otros
caminos de desarrollo.
En realidad, las elecciones en Venezuela han marcado el inicio de un
duelo internacional entre el neoliberalismo en decadencia pero
conservando la supremacía militar y financiera a base del artificialmente
creado y ya ficticio poder del dólar y de otro lado unos tímidos, no
claramente definidos y al mismo tiempo pujantes proyectos de desarrollo
basados en la justicia social, solidaridad e integración de los pueblos,
como es el modelo venezolano “Socialismo al Siglo XXI”. Las diarias y
multitudinarias protestas y huelgas en Europa también están señalando que
las estructuras y los pilares del sistema neoliberal han agotado sus
posibilidades sin que surja aún una sólida alternativa para desprenderse
del pasado.
Venezuela en este aspecto se ha convertido en un pionero en este Siglo
XXI. En las condiciones de una sofisticada, bien remunerada y cínica
guerra mediática internacional que sin tapujos los llamaban “dictador” ,
“aliado incondicional de los enemigos de Estados Unidos”, el pueblo
bolivariano mostró su voluntad eligiendo a Hugo Chávez para el tercer
mandato presidencial 2013-2019 con el 55,26% de votos frente al 44,13% de
Henrique Capriles Radonski.
Ni las suculentas remesas del Norte a la oposición, ni el diario
bombardeo de la opinión pública con la propaganda contra el que definían
“autoritario presidente que está despilfarrando los recursos naturales
del país”, ni los informes de los “especialistas” nacionales y
extranjeros que advertían sobre una “galopante inflación en el país que
está por hundir la economía nacional”, pudieron cambiar la decisión
popular de reelegir a Chávez.
Se equivocaron todos los “iluminados” globalizadores quienes, como el
Premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa, daban por descontado que
ya llegó “la hora de Capriles” para poner punto final al “delirio
mesiánico del “dictador de construir un socialismo utópico”. Tampoco le
ayudaron a Capriles las 500.000 llamadas a su favor que hacían cada noche
desde Miami unos robots a los usuarios venezolanos.
A la vez la declaración del ex presidente de los Estados Unidos, Jimmy
Carter asegurando que el sistema electoral venezolano era uno de los
mejores en el mundo y mucho mejor que el de Norteamérica, neutralizó a
los que trataban de insinuar la posibilidad del manipuleo del voto por
los chavistas. Realmente da pena el rol de Mario Vargas Llosa en ese
intento.
Los globalizadores desestimaron la capacidad del pueblo que percibió que
detrás de la candidatura de Henrique Capriles no sólo estaba la derecha
internacional sino todo un proyecto colonial. No en vano el candidato de
oposición prometió que al llegar al poder reduciría el Estado,
privatizaría el petróleo, disminuiría drásticamente los programas
sociales, mandaría a los médicos cubanos a su tierra y se mandaría al
trasto el armamento ruso.
No cabe duda que al escuchar estas promesas, el pueblo se acordó que
desde 1920 cuando Estados Unidos desalojó a los británicos de Venezuela y
hasta la llegada al poder de Hugo Chávez en 1999, este país se había
convertido en su segundo proveedor de petróleo después de Canadá,
recibiendo por un millón 700,000 barriles diarios, solamente el 1 por
ciento de regalías, es decir el oro negro prácticamente no había estado
aportando ganancia al Estado nacional.
Todo esto cambió en los años 2000, y es la verdadera razón del odio a
Chávez. Con las nuevas leyes bolivarianas se elevaron las regalías al 33
por ciento lo que ayudó a disminuir la pobreza del 70 por ciento en 1999
al 22 por ciento en 2012 y la extrema pobreza del 35 al 7 por ciento.
Hugo Chávez en realidad ha sido un precursor del Siglo XXI que percibió y
puso en práctica la idea de un filósofo de la Universidad de Harvard,
Roberto Magabeira Unger sobre la necesidad de rebeldía para cambiar la
sociedad.
En una de sus intervenciones en 2001, este profesor declaró que “es falso
de que un país puede prosperar por una política de buen comportamiento,
ninguna nación prosperó así en el mundo, mucho menos Estados Unidos que
fue el más rebelde de todos. Latinoamérica debe abandonar la fantasía de
salvarse por obediencia y comprender la necesidad de salvarse por
rebeldía”.
El programa bolivariano es en realidad una muestra de esta rebeldía que
reivindica el rol del Estado en el desarrollo socioeconómico del país
apoyando en la elevación del rol creativo del hombre en la sociedad con
la ayuda de la riqueza energética venezolana para sustentar amplias
reformas sociales para el beneficio de la mayoría del pueblo.
Precisamente, a la incorporación popular al poder no gustaba a la
oposición que defiende los intereses de la minoría compuesta por los
empresarios tanto nacionales como extranjeros.
El verdadero rostro de esta oposición y sus propósitos se perciben
claramente al revisar en YouTube el golpe de Estado de 2002 donde se ve a
Henrique Capriles Radonski formando parte de una turba y atacando con un
palo, junto con un grupo de sus partidarios y destruyendo un carro de la
misión diplomática cubana.
Ahora todo esto quedó atrás, Venezuela inicia la profundización de las
reformas bolivarianas bajo la consigna: “Chávez al gobierno y el pueblo
al poder”. Es un camino difícil pues requiere el desarrollo y
profundización de nuevas formas de la propiedad social en condiciones
cuando según el economista venezolano Hugo Álvarez, el sector privado
ocupa el rol predominante en la economía nacional – 70 por ciento frente
al 30 por ciento del sector estatal.
El futuro de una nueva Venezuela con el más alto grado de inclusión
social, redistribución de la renta y desmercantilización de las
necesidades sociales va a depender mucho de la capacidad de la economía
social para ganar espacios a la economía de la propiedad privada. El rol
del Estado atento permanentemente a la crítica del pueblo y el aumento
del rol popular en las decisiones del gobierno son vitales para dar un
paso adelante hacia una sociedad más equitativa, justa y cada vez más
desburocratizada.
Por supuesto, es una tarea harto difícil, precisamente cuando la
oposición se está reagrupando con el apoyo externo y preparándose para
nuevas batallas contra el proyecto bolivariano. Europa también está
clamando que en una democracia nadie puede estar tantos años en el poder
como lo está haciendo Hugo Chávez. Paradójicamente los europeos no se dan
cuenta que en uno de sus países, llamado Islandia, su político Olafur
Ragnar Grimsson está presidiendo el país desde 1994, es decir ya está 18
años dirigiendo el país y nadie le incrimina por esto.
En esta lucha contra el proyecto bolivariano, los que menos duermen son
los norteamericanos. Justamente coincidiendo con las elecciones
venezolanas, el Departamento de Defensa lanzó el “Western Hemisphere
Defense Policy Statement” orientado hacia la mayor integración de las
fuerzas armadas del Hemisferio Occidental, dicen que es para ser más
inter operativos y lograr mayor participación en el desarrollo de la
economía y la democracia en el continente, haciendo énfasis especial en
la promoción de los programas: “Nuevo Horizonte” y “Más Allá del Nuevo
Horizonte”. Para esto Leon Panetta, Secretario de Defensa visitó varios
países latinoamericanos, firmó tratados y asistió a la Décima Conferencia
de los Ministros de Guerra de la Américas que se llevó a efecto en Punta
del Este, Uruguay. Pero esto ya es tema de otra columna.
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