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(IAR
Noticias)
10-Noviembre-2012
Uno de los eventos que, simbólicamente, marcó el inicio del periodo de nuevas
relaciones entre EEUU y Rusia aconteció hace 20 años, el 6 de noviembre de 1992.
Por
Fiodor Lukiánov / RIA Novosti (*)
Fue
la conversación telefónica de 20 minutos de duración entre el recién
electo presidente estadounidense Bill Clinton y el primer presidente de
la Federación de Rusia, Boris Yeltsin. Entonces el líder ruso expresó la
esperanza de que “las muy buenas relaciones con George H. W. Bush no
impidan que las relaciones entre los dos países se hagan aun mejor”.
Aseguró a su interlocutor de que la “firme negativa a los viejos dogmas y
estereotipos” de Clinton encajaban en su visión de las nuevas relaciones
ruso-estadounidenses.
Lo de las “muy buenas relaciones” con el antecesor de Clinton fue una
exageración. En realidad, durante la mayor parte de la oposición entre
Yeltsin y el presidente de la URSS Mijaíl Gorbachov, George H. W. Bush
simpatizó con éste último. La Casa Blanca no pensaba en apoyar a Yeltsin
hasta que se hiciera evidente que Gorbachov perdería el poder
inminentemente.
En Moscú ponían grandes esperanzas en Clinton: en el curso de su campaña
electoral criticó a Bush por no prestar a Rusia ayuda en gran escala y
prometió que su enfoque sería totalmente diferente. No es asombroso
entonces que cuando pasadas las elecciones visitó Rusia uno de los
allegados de Clinton en una visita no formal, le pusieran ultimátum: si
no nos ayudan ahora mismo, las viejas fuerzas de aquí tomarán la revancha
y el EEUU de hoy se verá perjudicado también.
Ya en diciembre, el periódico Philadelphia Inquirer comentó en un tono
sarcástico: “Se nota una simetría atemorizante en los procesos del
montaje de la administración de Bill Clinton y desmontaje de la
administración de Boris Yeltsin…”. Sin embargo, Clinton apostaba a Rusia,
esperando convertir su transformación democrática en una de las “perlas”
de su presidencia. Pero fracasó. Quedó desilusionado por su amistad con
Yeltsin, y al final de su presidencia tuvo que cooperar con Vladimir
Putin, quien para Clinton, representó el símbolo de que Rusia había
proseguido en dirección incorrecta.
Más tarde, las relaciones personales entre el nuevo presidente de EEUU,
George W. Bush, y Vladimir Putin fueron muy positivas, basándose primero
en el deseo de abrir un nuevo capítulo en la historia
ruso-estadounidense. Pero a nivel intergubernamental, todo se vio
estancado en una vía muerta. Obama volvió a entablar diálogos, pero la
limitada agenda del reinicio se cumplió bastante rápido, sin que se
notara progreso considerable.
En los 20 años, las relaciones entre los dos Estados completaron un
ciclo. En el curso de la campaña electoral de 2012 el comentario sobre
Rusia más resonante fue la frase de Mitt Romney de que Rusia es el
enemigo geopolítico de EEUU número uno. Y aunque hasta sus partidarios lo
tomaron con ironía, no hubo ningún otro comentario esencial sobre Rusia.
Paralelamente, Moscú decidió acabar de una vez para todas con la herencia
de los noventa.
El 1 de octubre terminó su trabajo en Moscú la Agencia Estadounidense
para el desarrollo Internacional (USAID), el acuerdo con la cual había
sido firmado precisamente en 1992. Asimismo, la parte rusa cierra el
denominado programa Nann-Lugar, en el marco del cual Washington financió
la eliminación de armas nucleares, químicas y biológicas rusas. Los dos
pasos se deben a la misma lógica: la época en la que Rusia se veía
obligada a pactar con acuerdos a título de socio inferior y a aceptar la
participación exterior en sus procesos internos ha terminado. Esto quiere
decir que podemos con nuestros problemas por nuestras propias fuerzas, y
los demás tendrán que tomar a Rusia como a un socio igual, porque lo es
en realidad.
No obstante, EEUU no tiene tradición de cooperación entre socios de
iguales derechos. A excepción del ejemplo específico de la guerra fría,
cuando la paridad nuclear significaba no cooperación sino prevención de
enfrentamiento, asegurando la igualdad.
En lo demás EEUU construye relaciones según el modelo
‘dirigente-dirigido’. Además, su socio debe atenerse a su idea de su
estructura sociopolítica o, al menos, reconocerla como correcta y
esforzarse por su implementación. La Rusia actual no se propone
corresponder a ninguna de las dos condiciones.
Los contactos ruso-estadounidenses están abocados a una reconstrucción
fundamental. Rusia no es tan agresiva como para convertirse en un objeto
de contención, como la ve Romney. Rusia no volverá a esperar ayuda de
EEUU, no va a intentar satisfacer los criterios democráticos establecidos
por Washington. Sigue siendo una potencia mundial de peso a la que no se
puede ignorar (aunque lo intentó, en esencia, George W. Bush).
Pero la posición de Rusia en el escenario internacional por ahora es
amorfa y, ante todo, dirigida a mantener libertad de actuación, lo que no
permite crear con el país relaciones sistémicas. Moscú no es lo bastante
fuerte como para aspirar a igualdad de derechos en pleno valor. Son
parámetros objetivos, independientemente de quién ocupe la Casa Blanca y
el Kremlin.
Los dos países deben entender que sus relaciones nunca serán lineales: no
pueden ser ni enemigos intransigentes, ni aliados en pleno valor, ni
correligionarios, ni antípodas ideológicos. Y cualquier intento de
alcanzar una claridad mutua en cualquier esfera echa a rodar los intentos
de formar una base sólida de relaciones.
Al mismo tiempo, la disposición a tratar problemas existentes con
flexibilidad permite obtener resultados concretos. Rusia, ante todo,
debería percibir ya con mayor facilidad las humillaciones del pasado
reciente, mientras que EEUU debe entender que el predominio de valores
estadounidenses no puede servir en el siglo XXI de premisa para la
cooperación.
De momento, no existe agenda perspectiva que parta de los posibles
cambios fundamentales en el escenario internacional en el futuro. Para
que obtenga un contenido nuevo debe incluir otras cuestiones: situación
en Asia, perspectivas de ejecución comercial del Ártico, reforma del
sistema de no proliferación nuclear, etc.
Todos estos asuntos requieren una discusión profunda, pero por ahora
nadie está dispuesto a llevarla. Como dijo hace 20 años Yeltsin, hace
falta una “firme negativa a los viejos dogmas y estereotipos”. Si
persisten, las relaciones continuarán en un círculo cerrado de
enfriamientos y reinicios, sea quien sea el nuevo presidente de EEUU.
(*)Fiodor Lukiánov, es director de la revista Rusia en la política
global, una prestigiosa publicación rusa que difunde opiniones de
expertos sobre la política exterior de Rusia y el desarrollo global. Es
autor de comentarios sobre temas internacionales de actualidad y colabora
con varios medios noticiosos de Estados Unidos, Europa y China. Es
miembro del Consejo de Política Exterior y Defensa y del Consejo
Presidencial de Derechos Humanos y Sociedad Civil de Rusia. Lukiánov se
graduó en la Universidad Estatal de Moscú.
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