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(IAR
Noticias)
31-Octubre-2012
La concentración de poder se ha convertido en la tendencia global más importante
en los recientes 50 o 100 años. En este proceso, el poder militar juega un papel
decisivo, aunque el pensamiento crítico se ha concentrado, quizá excesivamente,
en el poder económico, sin visualizar que es el poder duro el que asegura la
continuidad de la acumulación de capital.
Por
Raúl Zibechi / La
Jornada, México
H ace
siglo y medio Karl Marx destacó en una carta a Federico Engels (25 de
septiembre de 1857) la importancia del ejército en el desarrollo
económico, en las innovaciones técnicas y como precursor de la división
del trabajo en la industria, concluyendo que "la historia del ejército
muestra (…) la conexión entre las fuerzas productivas y las relaciones
sociales".
El historiador William McNeill, en su magnífica obra La búsqueda del
poder, nos advierte que para estudiar el macroparasitismo entre las
poblaciones humanas (que podría ser asimilado al imperialismo), deben
estudiarse en especial los cambios en los tipos de equipamiento empleados
por los guerreros.
Fiel a su más conocido trabajo, Plagas y pueblos, sostiene: Las
alteraciones en el armamento se parecen a mutaciones genéticas de
microrganismos en el sentido de que pueden, cada tanto, abrir nuevas
zonas geográficas de explotación, o destruir antiguos límites mediante el
ejercicio de la fuerza dentro de la propia sociedad que los cobija. Nada
más parecido a una historia de la conquista de América.
La carrera de armamentos ultra sofisticados que lleva adelante Estados
Unidos, seguido de lejos por un puñado de emergentes, parece estar
buscando esas mutaciones a las que alude McNeill, para asegurar y
ensanchar la brecha de poder de los más poderosos respecto del resto de
la humanidad. La ciberguerra en curso y algunas armas especiales, como el
avión supersónico capaz de volar a 20 veces la velocidad del sonido que
está desarrollando la estadunidense DARPA (Agencia de Investigación de
Proyectos Avanzados de Defensa), forman parte de esa ambición de poder.
El reciente discurso de Leon Panetta, secretario de Defensa de Estados
Unidos, pronunciado el 11 de octubre en el portaviones Intrepid,
convertido en museo anclado en Nueva York, estuvo íntegramente dedicado a
la ciberguerra. Anunció que su país está viviendo un momento pre 11 de
septiembre ya que los atacantes están tramando un ataque. Acusó
directamente a China, Rusia e Irán.
Esta vez Panetta no mencionó el terrorismo como fuente de posibles
agresiones, sino un probable ataque cibernético perpetrado por
Estados-nación que perpetrarían un ciber Pearl Harbor. Exigió que se
apruebe pronto la Ley de Seguridad Cibernética que otorga al Pentágono
poderes extraordinarios en relación a la ciberseguridad. Omitió decir, y
este es el punto clave, que su departamento está preparado para lanzar el
primer golpe (contra Irán o Venezuela), algo difícil de demostrar en una
guerra inmaterial, pero con cuantiosos daños materiales.
Panetta también habló de ciberguerra el 8 de octubre en Punta del Este,
en la décima Conferencia de Ministros de Defensa de las Américas. Llegó
con un documento de 12 páginas titulado La política de defensa para el
hemisferio Occidental, con el que pretendió delinear la estrategia
militar del Pentágono con base en enfoques innovadores, económicos y con
una mínima huella.
Se enfrentó con varios ministros de Defensa de la Unasur, aunque contó
con el apoyo entusiasta de Chile –que se encargó de elevar las propuestas
previamente negociadas con el Pentágono– y de Colombia, sus aliados
sudamericanos. No pudo impedir que Argentina, Brasil, Bolivia, Ecuador,
Nicaragua, Surinam y Venezuela se negaran a aceptar un sistema de
asistencia humanitaria coordinado por militares, mientras que Guyana y
Uruguay se abstuvieron. Tuvo que tragar el apoyo mayoritario a la
soberanía argentina de las islas Malvinas (sólo Estados Unidos y Canadá
votaron en contra).
Los países de la región aún no están en condiciones para poner en pie un
sistema de defensa colectivo y autónomo, pero avanzan en la
desarticulación de las iniciativas del Pentágono. Días antes de la
conferencia, el Ministerio de Defensa de Uruguay desarticuló lo que
hubiera sido una nueva base dormida en el centro del país, junto al único
aeropuerto internacional fuera de la franja costera.
El proyecto consistía en la construcción de apenas un barracón, pero el
modo de operar es significativo. Fue elaborado por el Comando Sur y
propuesto directamente a las fuerzas armadas uruguayas, con
financiamiento estadunidense y con la excusa de capacitar frente a
desastres naturales, pero sin consultar al Ministerio de Defensa. De
haberse concretado, supondría otorgarle la llave del país a Estados
Unidos con la excusa de la capacitación humanitaria (Brecha, 12 de
octubre de 2012).
Días atrás, militares uruguayos participaron en ejercicios en Florida,
sede del Comando Sur, pasando por encima de las autoridades civiles, que
suelen enterarse cuando los militares ya están volando. Situaciones muy
similares suceden en Argentina, no así en Brasil y Venezuela. El
Pentágono negocia directamente con los militares, como si se tratara de
TLC entre las fuerzas armadas. La desarticulación de este modo subversivo
de operar generó malestar diplomático en Montevideo y en Buenos Aires,
donde también cortaron las alas del grupo militar de Estados Unidos en
Argentina.
El Consejo de Defensa Sudamericano de la Unasur aún no pudo concretar su
doctrina para una defensa regional coordinada. Cada paso adelante cuesta
meses y arduas negociaciones, mientras la potencia que nos considera su
patio trasero sigue desarrollando la capacidad para proyectar poder y
fuerza, como dijo Panetta.
Sin embargo, la ofensiva lanzada en Punta del Este chocó con la oposición
de un grupo de países que no están dispuestos a dejarse imponer las
políticas que Washington ensaya desde hace medio siglo, como le dijo el
ministro brasileño Celso Amorim al jefe del Pentágono. |