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(IAR
Noticias)
25-Octubre-2012
Cada 4 años, la elección del presidente de los Estados Unidos da lugar a un show
de proporciones planetarias con el que la prensa dominante busca convencer a la
opinión pública internacional de que el pueblo estadounidense elige
democráticamente al hombre que va a dirigir el mundo.
Por
Thierry Meyssan -
Red Voltaire (*)
En
ciertos países, especialmente en Europa, la cobertura mediática de ese
acontecimiento alcanza proporciones similares, o incluso mayores, a las
de la elección del jefe de Estado local. La prensa insinúa que aunque
esos países son democracias, sus ciudadanos no deciden su propio destino,
que en realidad depende de la buena voluntad del inquilino de la Casa
Blanca. En ese caso, ¿son esos países democracias verdaderas?
Lo que sucede es que se confunde el escrutinio electoral con la
democracia. Esta observación es también perfectamente aplicable a Estados
Unidos. Supuestamente, el gran show electoral estadounidense nos
demuestra que Estados Unidos es la representación misma de la democracia.
La realidad es muy diferente.
Contrariamente a la idea generalizada, no es el pueblo estadounidense
quien elige a su presidente, ni directamente ni de ninguna otra forma. El
pueblo estadounidense no es soberano y los ciudadanos no son electores.
El presidente de Estados Unidos es designado por un colegio compuesto de
538 personas –los verdaderos electores– designados a su vez por los
Estados que componen la Unión, que son los únicos soberanos. Con el paso
del tiempo, los Estados se acostumbraron a consultar a sus ciudadanos
antes de designar el colegio de electores. Pero el litigio de Gore contra
Bush (en el año 2000) sirvió para recordar que la opinión de los
ciudadanos tiene un carácter exclusivamente consultativo. La Corte
Suprema consideró que no tenía por qué esperar que se volvieran a contar
los votos en la Florida para proclamar el ganador. Para la Corte Suprema
lo importante no era conocer la opinión de los habitantes del Estado de
la Florida sino que el Estado designara a sus electores.
Pero la ilusión no se termina ahí. Durante la estancia de George W. Bush
en la Casa Blanca, nadie podía creer que un individuo tan inculto e
incompetente fuese quien ejerciera realmente el poder. Todos pensaban que
un discreto equipo lo haría en su lugar. Sin embargo, cuando Barack Obama
se convirtió en su sucesor, muchos dedujeron que siendo Obama más
inteligente que Bush sería él mismo quien ejerciera el poder. Pero, ¿cómo
creer que el equipo que ejercía el poder en lugar de Bush renunciaría
espontáneamente a hacerlo con la llegada de Obama?
Echemos una ojeada a la agenda del presidente de los Estados Unidos. Está
llena de un sinfín de audiencias, discursos e inauguraciones. ¿Quién
tendría tiempo de informarse sobre todos los temas que se tratan en los
discursos que lee el presidente? El presidente de los Estados Unidos
tiene de presidente lo mismo que los presentadores de noticieros de
televisión tienen de periodistas. Su trabajo es esencialmente el mismo:
leer guiones escritos por otras personas. En otras palabras, es un lector
de telepromter.
Sin embargo, percibimos confusamente que el show Obama-Romney no es un
simple espectáculo, que algo más se está decidiendo. En efecto, en el
sistema constitucional estadounidense la primera función del presidente
es la de nombrar a las personas que ocuparán más de 6 000 puestos. La
alternancia política es por ello como una amplia migración de las élites.
Miles de altos funcionarios y decenas de miles de asistentes y de
consejeros pueden verse privados de sus cargos y reemplazados por otros
individuos, que en su mayoría serían antiguos empleados de la
administración Bush. La elección presidencial estadounidense es decisiva
para las carreras individuales de toda esa gente, lo cual viene
acompañado de una larga cadena de corrupción a favor de tales o más
cuales transnacionales. Hay por lo tanto muchas razones para invertir
dinero, mucho dinero, en ese duelo.
¿Y la política internacional? En los últimos años, los cambios no han
provenido del resultado de las elecciones presidenciales sino que se han
producido durante el transcurso de los mandatos presidenciales. Bill
Clinton (presidente de 1993 al 2000) supuestamente debía continuar la
reducción de los presupuestos militares posterior a la desaparición de la
URSS y aportar la prosperidad económica. Pero en 1995 emprendió el rearme
de Estados Unidos. George W. Bush (presidente de 2001 a 2008) debía
racionalizar el Pentágono y librar una «guerra sin fin», pero a finales
de 2006 detuvo el proceso de privatización del Pentágono y comenzó a
preparar la retirada de las tropas desplegadas en Afganistán e Irak.
Barack Obama (presidente de 2009 a 2012) debía proseguir la retirada y
retomar desde cero las relaciones con Rusia y con el mundo musulmán. Y lo
que hizo fue construir el escudo antimisiles y apoyar la «revolución de
color» en Egipto, así como las guerras contra Libia y en Siria. En cada
una de esas ocasiones los lectores de telepromter no tuvieron el menor
escrúpulo en dar un viraje de 180 grados, traicionando así las promesas
que habían hecho a su pueblo.
El verdadero problema de la clase dirigente estadounidense es encontrar
el lector de telepromter más apropiado para justificar los virajes
políticos. En ese aspecto, Romney representa una retórica nueva. No deja
de proclamar que Estados Unidos está hecho para dirigir el mundo,
mientras que Obama admite que el mundo puede guiarse por el derecho
internacional. El actual presidente trata de resolver los problemas
económicos mediante una importante reducción de los gastos militares y
haciendo recaer el peso de la guerra en los hombros de sus aliados. Por
ejemplo, subcontrató a franceses y británicos para que garantizaran la
destrucción de Libia. Romney, por el contrario, afirma que, para
garantizar el funcionamiento de la economía estadounidense, las fuerzas
armadas de Estados Unidos tienen que estar presentes en los cielos y en
las aguas internacionales del mundo entero. Y por lo tanto, pretende
mantener el nivel de los gastos militares, a pesar de la crisis y como
medio de resolverla.
Sea quien sea el candidato ganador, el fondo seguirá siendo el mismo.
Estados Unidos quiere desligarse del Medio Oriente, del que ya no depende
tanto en el plano energético. Y sólo logrará hacerlo compartiendo esa
región con Rusia. Si se mantiene en la Casa Blanca, Obama presentará esa
jugada como un progreso del multilateralismo. Si Romney logra
desplazarlo, el nuevo presidente afirmará que está aplicando una
estrategia similar a la de la época de Reagan al propiciar el oso ruso se
vea enredado en una interminable serie de conflictos. En definitiva, en
ese tema como en todos los demás, la única consecuencia de la elección
presidencial estadounidense será la selección de los argumentos a
utilizar para convencernos de que Estados Unidos es una democracia
poderosa y justa. Así que… ¿de qué nos quejamos?
(*)Intelectual
francés, presidente-fundador de la Red Voltaire y de la conferencia Axis
for Peace. Sus análisis sobre política exterior se publican en la prensa
árabe, latinoamericana y rusa. |