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(IAR
Noticias)
04-Diciembre-2012
La Asamblea General de la ONU
concedió a Palestina «la condición de Estado observador no miembro» para
contribuir a «hacer realidad la visión de dos Estados, con un Estado de
Palestina independiente, soberano, democrático, viable y contiguo que coexista
junto con Israel en paz y con seguridad sobre la base de las fronteras
anteriores a 1967».
Por Thierry Meyssan / Red Voltaire
La
resolución fue adoptada con 138 votos a favor, 41 abstenciones y 6 votos
en contra, entre estos últimos los de Estados Unidos e Israel.
La votación, seguida de una larga salva de aplausos en el plenario de la
Asamblea General, fue celebrada con gran alegría en los territorios
ocupados, tanto en Cisjordania como en la franja de Gaza. Mientras tanto,
el primer ministro israelí y la secretaria de Estado estadounidense
deploraban la decisión. Así que todo parece muy claro y las agencias de
prensa pueden por lo tanto hablar de una «formidable victoria diplomática
de los palestinos».
Si se analiza de cerca, la situación tiene un cariz totalmente diferente.
El resultado de la votación demuestra que Estados Unidos e Israel
estuvieron muy lejos de realizar su mayor esfuerzo en el sentido inverso.
No movilizaron a fondo a sus aliados para impedir el resultado final sino
que, por el contrario, se aseguraron de que permitieran la adopción de la
resolución. Cierto es que la administración Obama dejó que el Congreso
estadounidense amenazara con cortar las subvenciones a la Autoridad
Palestina, pero eso no fue más que la gesticulación pública que había que
aparentar para garantizar el consenso popular entre los palestinos.
En la práctica, el asiento de observador que hasta ahora ocupaba la OLP
seguirá en manos de esa organización, sólo que ahora ostentará la
condición de «Estado no miembro». Pero, en el terreno, ¿qué logros
concretos se derivan de esta evolución semántica? ¡Ninguno!
Algunos editorialistas nos explican en tono doctoral que ahora Palestina
podrá acudir a la Corte Penal Internacional (CPI) para denunciar la
ocupación israelí sobre sus territorios, que de hecho constituye un
crimen de guerra a la luz de la IV Convención de Ginebra. La realidad es
que Palestina ya recurrió a la CPI, presentando una serie de denuncias en
2009, después de la «Operación Plomo Fundido», denuncias que desde
entonces duermen sobre el buró del fiscal. Lo más probable es que la
nueva categoría de Palestina desbloquee temporalmente la situación, que
luego acabará empantanándose nuevamente por causa de algún obstáculo
dilatorio hasta ahora no mencionado. Además, todos los procesos
emprendidos hasta ahora por la Corte Penal Internacional demuestran que
ese órgano no es más que una instancia colonial y que hay que ser muy
ingenuo para creer otra cosa.
Otros editorialistas nos explican que esta nueva categoría abrirá el
camino a la admisión de Palestina en los diferentes organismos de la ONU…
cuando Palestina ya es miembro de la UNESCO, de la Comisión Económica
para Asia Occidental y del Grupo de Estados Asia-Pacífico.
¿Cuál es entonces el objetivo de esta resolución? Simplemente, como se
expresa con todas sus letras en el propio texto, «hacer realidad la
visión de los dos Estados». La Asamblea General acaba de enterrar el Plan
de la ONU para la partición de Palestina adoptado el 29 de noviembre de
1947, o sea hace exactamente 65 años. Ya no se hablará más de la creación
de un Estado binacional, y mucho menos de la de un Estado uninacional. En
lo adelante se hablará única y exclusivamente de dos Estados diferentes.
La única consecuencia práctica de la resolución es que, en lo adelante,
los palestinos no podrán reclamar su derecho inalienable al regreso a las
tierras de las que fueron despojados.
El propio Mahmud Abbas había mencionado ya ese importante cambio de la
situación, en una entrevista concedida a la televisión israelí el 2 de
noviembre, al declarar que quería volver a ver su ciudad natal –la ciudad
de Safed, en Galilea– porque está en su derecho de hacerlo, «pero no para
vivir allí».
Lo más probable es que, luego de proferir ante las cámaras sus obligadas
vituperaciones públicas, a puertas cerradas Benjamin Netanyahu y Hillary
Clinton hayan festejado con champaña el voto de esta resolución. La OLP y
el Hamas, que hace sólo 3 semanas expresaban cólera ante las
declaraciones de Abbas, acaban de renunciar –sin obtener nada a cambio–
al derecho por el cual 3 generaciones de palestinos sufrieron incontables
privaciones y sacrificios.
Al día siguiente de ese «voto histórico», ya sin la presencia de los
corresponsales de prensa que se agolparon en la sala para asistir a la
votación del día anterior, la misma Asamblea General adoptó otras 6
resoluciones sobre el tema palestino. Su lectura permite llegar a la
conclusión de que detrás de todo lo sucedido se esconde un acuerdo entre
las grandes potencias y la clase dirigente palestina, acuerdo que –en
todo caso, esperemos que así sea– se basa en una serie de sólidos
compromisos, ya que sin ello no sería más que una farsa.
Nos dirigimos entonces hacia la continuación de la Conferencia de Madrid
de 1991. Por un lado, se reconoce ahora que el problema no es israelo-palestino,
sino israelo-árabe. Por otro lado, Estados Unidos no puede ser el único
padrino de la negociación, que debe incluir obligatoriamente a Rusia, y
probablemente a otros miembros del Consejo de Seguridad de la ONU y de la
Liga Árabe. Es por ello que la Asamblea General llamó a la realización de
una conferencia global de paz para el Medio Oriente en Moscú,
precisamente conforme a lo previsto hace 4 años –en la resolución 1850,
cuya aplicación siempre se pospuso.
Los elementos de consenso incluyen la restitución de la meseta del Golán
a Siria (aunque Israel conservaría las aguas del lago Tiberíades, también
conocido como Mar de Galilea) y la posible creación de una federación
jordano-palestina (con la monarquía hachemita o sin ella). Sin embargo,
una paz global sólo puede construirse con una Siria pacificada y capaz de
estabilizar las relaciones entre los muy numerosos grupos étnicos de la
región (lo cual implica… mantener en el poder a Bachar al-Assad durante
el periodo de transición).
Todo eso se parece a lo que trataron de lograr James Baker –en 1991– y
Bill Clinton –en 1999– y a lo que el propio Barack Obama estuvo planeando
al principio de su primer mandato –en 2009– cuando mencionó, en El Cairo,
el derecho de los palestinos a disponer de su propio Estado. Pero ese
proyecto es muy diferente del ideal por el que los palestinos han venido
luchando desde hace 64 años. Permite alcanzar la paz, pero no la
justicia. Y el problema fundamental, fuente primigenia de los múltiples
conflictos actuales, seguirá siendo el mismo: el carácter colonial del
Estado de Israel y el sistema de apartheid al que ha dado origen.
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