La
estatua viviente
(pesadillas reencarnatorias)
Sucedió mucho antes del reciclaje. Antes que Papito se la llevara
una noche por el ciberespacio.
Antes que el gato tarotista la iniciara en la cultura del transformismo. Antes
que la nueva aristocracia política con raíces doctrinarias en Miami, le aplicara
los diez años de grandes transformaciones. Antes que la estética kitchs, el
yacuzzi, la falopa y el volteo económico se instalaran como estilo de vida.
Se cansó de estar inmortalizada y convertida en un símbolo.
De las palomas irrespetuosas de su investidura, que la cagaban sin piedad
durante las veinticuatro horas. De las ceremonias oficiales. De la carta magna y
de la independencia trucha de poderes. De los discursos demagogos en el balcón.
De los simulacros electorales periódicos. De los desfiles militares chocolateros
en su homenaje. De las manifestaciones políticas. De los turistas cholulos que
la usaban para fotografiarse...
En otras palabras, estaba podrida de laburar de estatua. Y de
patria.
Quiso ser ella misma. Probar la condición humana. Sentirse como cualquier mortal
del pueblo. Experimentar la vida.
–¡Patria, las pelotas! ¡Me gusta ser mujer!– dijo una noche y se bajó de la
pirámide.
Usó sus poderes y se reencarnó en el cuerpo de Lorena. Una potra escultural de
20 años. Morocha, 1,75 de estatura, cabello largo y brillante.
Una especie de top matadora de un comercial publicitario de onda. Todo músculo,
sangre y belleza. Con la calidez y sensualidad que emanan de una mina nacida
bajo el signo de cáncer.
Solo había un problema.
Pese a vivir dentro del cuerpo escultural y avasallante de sexo de Lorena, la
Patria no había podido superar sus prejuicios y sus formas antiguas de
comunicarse.
La transferencia reencarnatoria fue incompleta. Sentía, pensaba y hablaba con la
psicología de una solterona católica del siglo XIX.
Algo había fallado durante el proceso de la transmutación.
Le faltaban soportes, puntos de apoyo y de adaptación a la nueva realidad. Había
una marcada disociación entre su conversión física y su campo psicológico.
Demasiadas contradicciones.
Una dama de abolengo de la aristocracia vacuna del siglo pasado, metida en el
cuerpo avasallante y sensual de una potra juvenil de fin de milenio.
Era como si Claudia Schieffer viviera metida en la psicología de la Reina
Isabel de Inglaterra.
Cada vez que un macho se la quería levantar, ella le espetaba ¡no me atosiguéis!
Los tipos se rajaban creyendo que habían sufrido una alucinación.
Como era de esperar, los primeros problemas surgieron en el plano
sexual.
Cada vez que se cruzaba con algún potro que le gustaba, se ruborizaba por todo
el cuerpo. Experimentaba calores permanentes como las minas en estado
menopaúsico.
Vivía con el abanico puesto.
Sentía que sus padres, los Padres de la Patria, la recriminaban desde sus
estatuas. Había sido educada en un colegio de monjas y en la doble moral
burguesa.
Era tremendamente racista y puritana.
Había sido formada desde chica en la teoría de la civilización o la barbarie.
Igual que Sarmiento y los maestros que recitan a Sarmiento.
Le atraían la cultura y las modas importadas.
Siempre tenía problemas. La echaban de todos los shoppings y las boutiques de
onda. Cada vez que ingresaba a un negocio preguntaba cuándo llegaría la última
colección de corsés y miriñaques de Europa.
Las empleadas la sacaban a patadas en el culo. Mal pagas, y encima tener que
bancarse a una pendeja sobradora.
Al igual que sus padres, odiaba a los morochos de origen criollo
y sentía desprecio por todo lo popular. Sólo la calentaban los rubios de ojos
azules y de 1,90 de estatura para arriba. En lo posible de origen anglosajón.
Sentía desprecio por su piel morena producto de la falla en la programación
reencarnatoria.
Como era tradicionalista, nunca se despojó del vestido blanco y
del gorro frigio.
La gente se sorprendía al ver a semejante pedazo de mina vestida de esa manera
por la calle. La tomaban por una de esas pendejas raras que estudian arte
dramático y se hacen las exóticas.
Los viejos la miraban y decían que la juventud está cada día más loca. Nadie, ni
por puta, sospechaba que era la mismísima patria humanizada.
Tenía muchísima dificultad para comunicarse con los jóvenes de su generación.
Las pibas y los pibes se creían que estaba rayada. No entendían como semejante
pedazo de hembra podía hablar y pensar de esa manera. Parecía un libro de
lectura escolar antiguo.
Cuando alguno se la quería transar le decía ¡ay, caballero! ¿Cómo se atreve
usted? Los guachos la mandaban a cagar a los yuyos.
Algunos intentaban violarla.
Huían despavoridos cuándo ella les decía que estaban cometiendo un ultraje
contra la carta magna.
Terminaba llorando y escuchando boleros del trío Los Panchos en su departamento.
Sus represiones sexuales le jugaban una mala pasada. Cuándo más se excitaba, más
se hacía la ofendida. Todo producto de la doble moral burguesa en estado
decimonónico.
Se calentaba hasta con el órgano de la iglesia. Si no fuera por las palomas,
hubiera vuelto a la estatua.
A enfriarse un poco.
Todas estas dificultades de adaptación a la modernidad, la fueron
aislando de la vida social.
Su ambivalencia emocional estaba marcadamente disociada de las pautas del
entorno. Sufría de histeria compulsiva y de angustia al vínculo. Su cuerpo
descomunal irradiaba sexo con la fuerza de un volcán, y su psicología rechazaba
cualquier intento de concreción del mismo. Vivía acuciada por la angustia del
deseo y la negación.
Suerte que no se le cruzó ningún psicoanalista por el camino. Podía haber
terminado en un manicomio o manteniéndolo por el resto de su vida. No enganchan
nunca un cliente. Pero cuándo lo enganchan, son fieles de verdad.
No cogía, no tomaba alcohol, no se drogaba, no era fan de ningún conjunto
rockero de onda. Se emocionaba con Pavarotti. Hablaba como las abuelas de
principio de siglo. Y encima, era racista y antiecologista, como la Chancha. La
hija del Chancho. El verdadero hacedor del modelo económico.
Vivía a contramano de cualquier movida de onda.
Terminó sola y recluida en un lujoso departamento mantenida por las arcas del
tesoro nacional. Estaba aquejada de melancolía y padecía un cuadro depresivo
severo. Y sucedió lo que tenía que suceder. Cayó en las garras del más cruel
onanismo.
Se volvió fatalmente pajera... Y empezó a soñar con la globalización...
El canal Afrodita
(O el ideario manoseado)
Se hizo adicta al canal Afrodita. Miraba la programación completa
y no paraba en ningún momento con los dedos. Parecían las aspas de un turbo
ventilador funcionando en la quinta velocidad. Cuándo fantaseaba con algún rubio
bien armado y alto, ingresaba en el delirio del goce.
Profería unos gritos descomunales.
Se retorcía y gemía en una especie de alucinación fantástica del orgasmo. Los
vecinos creían que se la estaba volteando un batallón completo. En el barrio
se creó una fama de puta desaforada.
Por el exceso estimulatorio terminaba con las zonas erógenas todas irritadas.
Vivía comprando cremas suavizantes. Como no podía parar con el vicio compulsivo,
terminó agotando todo el stock de cremas de las farmacias céntricas. Los
farmacéuticos la tomaban por una prostituta fiestera del rubro 59.
Un día uno le preguntó cuánto cobraba por un servicio completo, y lo mandó en
cana por acoso sexual. Como era la patria, el gobierno, los jueces y la corte
adicta actuaron con suma celeridad. El pobre boticario perdió la farmacia, los
amigos y la familia. Y como no se cansaba de repetir que fue denunciado por la
Patria, lo internaron en un manicomio oficial.
Murió de un síncope cardíaco. Después de orinar varias veces sobre la bandera
nacional que flameaba en el frente del establecimiento.
Como no podía parar con la promiscuidad masturbatoria, la patria
consultó con los teorizadores y clínicos de la ciencia psicoanalítica. Fue
objeto de diversos estudios interdisciplinarios. La exploraron desde distintos
encuadres histórico-evolutivos. Endógenos o exógenos. Constitucionales o
adquiridos. Nunca dieron en la tecla. Mejor dicho, nunca dieron con la
causalidad vibratoria de su clítoris inflamado. En realidad nunca dieron con el
clítoris, porque solo le examinaban la cabeza. Un vicio insalvable de la
profesión.
Nadie podía ingresar en su campo intrapsíquico. Los diagnósticos
variaban según la escuela de pertenencia. Algunos hablaban de una alteración
sexual en el proceso de introyección y proyección identificatorias. Otros de
una disociación irreversible en los ámbitos psicosocial, sociodinámico e
institucional. Hubo quienes propusieron organizar una nueva gestalt, a fin de
reconstruir el objeto bueno destruido por el cuadro de auto mutilación
castradora. A uno que le diagnosticó fiebre uterina le sacaron la matrícula
para siempre. Ahora trabaja de adivino.
Agotadas las instancias de la ciencia psicológica, cayó en manos
de los brujos. Los síquicos y manochantas le decían cualquier boludez para
conservarla como cliente. La tomaban por una mitómana. No podían creer que esa
potra escultural tuviera problemas masturbatorios. Muchos le pedían que se
desvistiera para revisarla.
Algunos organizaban rituales macumberos en grupo durante los
trances de manipulación clitoriana de la pendeja. En el momento que lanzaba sus
infernales alaridos orgásmicos, terminaban todos en un goce colectivo con el Paí
y la Maí copulando desnudos en el piso. Los brujos no tienen límites.
Cuando se enteraban que era la patria, decían que padecía de un
fenómeno sexual extraño al ser nacional. Cobraban rápido y se mandaban a mudar.
Temían que los mandaran en cana por ejercicio ilegal de la medicina, o por
violación de la carta orgánica. Algunos zafaron del calabozo escudados en la
libertad de cultos.
Finalmente fue rescatada de la brujería pagana. El operativo se
concretó mediante una acción combinada de la inteligencia de Estado con los
síquicos del entorno presidencial. La patria fue sometida a un proceso de
reconversión al catolicismo por los mentalistas ateos del oficialismo. Por guita
hacen cualquier cosa.
El exorcismo trucho no dio ningún resultado. La patria volvió a
la alucinación fantástica del goce masturbatorio. Todavía le aguardaban algunas
desafortunadas experiencias. Antes de entregarse a los poderes superiores del
gato tarotista. Y de su encuentro histórico con Papito.
El que la inició para siempre en la Papitomanía...
Pajas bravas
(al borde de un ataque de nervios)
Después cayó en manos de los pastores evangélicos brasileños. La
trataban de exorcizar gritando ¡gloria!, ¡gloria! Pero como la gloria de los
pastores es más trucha que la estabilidad económica, tampoco anduvo. La patria
continuó en sus delirios onanísticos. Que ya rayaban en la perversión más atroz.
Finalmente la derivaron a los curas. La patria volvió a sus
orígenes. Rezaba y comulgaba todo el día. Como andaba vestida de patria la pendeja despertó sospechas. Algunos sacerdotes sobrevivientes de la Doctrina de
Seguridad Nacional, dudaban. La tomaban por la hija de algún subversivo ateo.
Sospechaban que la pendeja se quería vengar de los sacramentos. Y de los
milicos que reventaron a una generación completa por orden de los yanquis.
En la iglesia la perdieron el tamaño de las velas del altar.
Se robó una, la más grande, y volvió a la promiscuidad masturbatoria. Esta vez
con la vela como objeto fálico sublimado. Los orgasmos de la potra llegaban a un
clímax descomunal.
Su formación religiosa, la combinación morbosa del vicio con el pecado, la
hacían volar de fiebre y de placer. Sus convulsiones eran tan fuertes que empezó
a romper camas, colchones mesas de luz, floreros, todo lo que se le ponía al
paso.
Cuanto ingresaba al orgasmo alucinatorio se retorcía, gritaba y echaba espuma
por la boca. Parecía la pendeja endemoniada de la película El Exorcista. Estaba
totalmente poseída.
El asunto terminó cuando los vecinos la denunciaron a la policía
por escándalos sexuales reiterados.
En realidad esa fue la excusa esgrimida. La verdad fue que todas las mujeres y
los hombres del edificio, incluidos sus hijos e hijas adolescentes, se volvieron
irremediablemente pajeros. La perversión masturbatoria y los alaridos sexuales
de esa hembra descomunal, se les contagió fatalmente.
Nadie dormía. Se destrozaban las manos y los dedos gozando con los gemidos de la
patria. Se levantaban ojerosos y sin energía. Muchos ya no trabajaban ni
estudiaban. La mayoría empezó a perder la memoria. Las farmacias agotaban su
existencia de cremas suavizantes.
Muchos ya organizaban orgías de onanismo en grupo. El edificio parecía Sodoma y
Gomorra. Ni el portero ni su mujer se salvaron del vicio colectivo. La onda
transferencial se expandía. Corría peligro todo el barrio.
El asunto terminó cuándo tres hombres araña vaciaron todos los departamentos,
aprovechando el descuido producido por las sesiones masturbatorias de sus
moradores.
En reunión de consorcio se decidió la expulsión de la patria. Hoy están todos en
manos de psicólogos, de cuyos honorarios se hizo cargo el tesoro nacional. Guita
tirada al pedo.
La patria y la vela fueron trasladadas a una residencia de las
afueras de la ciudad. El gobierno le asignó custodios con los oídos previamente
taponados con cera. La operación de inteligencia estaba destinada a prevenir el
efecto contagio producida entre los vecinos del edificio anterior.
Un día la potra viciosa cometió un desliz propio de los mortales. Deprimida, se
tomó entera una botella de vodka rusa auténtica. Se le cruzaron todos los
cables. La bebida preferida de Yeltsin terminó mágicamente con todos sus
prejuicios y sus represiones. Se olvidó del onanismo. Pedía un hombre de carne y
hueso. Un macho rubio de 1,90 de estatura y bien dotado. Igual que el inglés que
le cagó la vida.
Quería sentir el placer de la carne. Entregarse como cualquier mujer común al
placer de ser penetrada por un miembro viril. Enamorarse. Tener una familia.
Divorciarse. Elaborar el duelo con un psicólogo, y luego litigar por los
alimentos de los chicos y cogerse al abogado. Lo que hacen todas las minas
superadas.
Resolvió una estrategia. Se pintaría la cara de blanco y posaría
como una estatua de la patria en la calle de las flores. Como ahí varias minas
laburaban de eso, nadie sospecharía. Por otra parte, esa es la calle común de
tránsito de los rubios altos de origen anglosajón. Al primero que le gustara se
lo levantaría.
Utilizó sus poderes para escaparse convertida en una abeja de
jardín. Como los custodios eran sordos, ni los zumbidos escucharon. La potra
posó de estatua. Ante la vista de semejante hembra escultural producida como la
patria, una multitud de machos se arremolinó para mirarla. Algunos viciosos
hasta se tocaban la bragueta. El vouyerismo es un deporte nacional
La patria ni mus. Como si nada. Estática. Fría como una estatua. Todos eran
morochos y ninguno pasaba del metro setenta. Un asco. Hasta que entre la
multitud de machos petisos sobresalió la figura de un gigante rubio tostado.
Era como si los duplicara en estatura. El clítoris de la patria comenzó a girar
a la velocidad de un fórmula uno. ¡Que pedazo de macho anglosajón, por Dios!,
dijo y resolvió levantarlo en el acto.
Él la miró y ella lo miró. El flechazo fue mutuo. Y podría haber resultado una
catástrofe psicológica, higiénica y sexual para la patria, de no mediar la
aparición en escena del gato tarotista.
Mediante un mensaje telepático el felino le advirtió del peligro.
El que te estás queriendo levantar no es un rubio tostado
anglosajón, boluda –le dijo–. Es un basquebolista negro brasileño teñido de
rubio. Mide 2,10 de estatura, y tiene tres toneladas de catinga acumulada en el
cuerpo. Si te voltea te revienta con el olor...
Del susto y el asco racista, a la Patria se le fue el efecto del
vodka. Y el clítoris se le puso al nivel de temperatura del glaciar Perito
Moreno. Se lo llevó al felino a vivir con ella.
Los custodios del edificio miraban una película de espías sin entender lo que
decían. Por la cera en sus oídos estaban más sordos que una tapia. Veían, pero
no entendían ni escuchaban.
Se habían convertido en homo videns.
El gato tarotista
(El estratega del tiempo)
Antes
de conocer a la patria el gato
tarotista manejaba los tiempos.
Sabía de contradicciones históricas y de leyes de acción -reacción. Que todos
los procesos suceden por acumulación y por saltos transformacionales. Que los
ajustes y sus consecuencias sociales establecen la dinámica del cambio.
Que estos políticos decadentes y sin ideas, son una raza en extinción a corto
plazo. Como los avisos publicitarios que ya no venden: llegaron a la saturación.
Están quemados. Clonados y viejos. Ya no le sirven al capitalismo central.
El gato tarotista traspolaba los planos del relato. Se deslizaba por el tiempo.
Huía de un posible atentado de la CIA. Los yanquis lo mejicanearon con la idea
de la globalización de la patria. Había sido el arquitecto original del
proyecto. Y fue el estratega del encuentro de la patria con Papito. El testigo
privilegiado de las fantásticas aventuras sexuales de ambos en la meca del
imperio. Trató –a través de su influencia sobre ella– de convertirse en el
presidente nuevo, del país nuevo. Sus planes de infiltración en el poder fueron
abortados por los bribones del yacuzzi. El presidente Jailander, un inmortal
trucho, fue ungido como el estadista de los diez años de grandes
transformaciones.
–La banca de Wall Street siempre contrata a los más inútiles como sus empleados–
decía refiriéndose a las dotes intelectuales del ex Tigre de los Llanos como
primer mandatario.
Y ahora andaba por la periferia del escenario. Transitaba por el presente.
Destilaba rencor y tercer mundo en desuso. Simulaba creer en su monólogo sobre
el ocaso de las ideologías. Jodía un rato. Boludeaba a tiempo completo. Se
rascaba las bolas. Como cualquier ciudadano desocupado. Andaba a la espera de
una señal positiva de los mercados. Buscaba una profecía del porvenir. Tal vez
los negros hambrientos que comen gatos en el conurbano, se consolaba..
–Hay que tener cuidado– advertía. El tercer milenio viene con sorpresas. Estamos
en un punto de inflexión. Cuando la gente no cree en nada puede creer en
cualquier cosa. Puede ser un nuevo Jesucristo. O el Anticristo. O el huevo de la
serpiente. Tal vez un nuevo enviado de los bárbaros. Un líder carismático que
conduzca a los hambrientos del mundo a una nueva toma de la bastilla. Nunca se
sabe...
Jugaba con las ideas. Se vendía ideología disfrazada de contra ideología. Era un
inmortal metido en la psicología de un mortal. Tenía sentimientos
contradictorios. Cuándo mentía decía la verdad, y cuándo decía la verdad mentía.
Quería estar prendido en el nuevo orden de los yanquis, pero no se le ocurría
ninguna idea para zafar de la persecución de la CIA.
Quería armar una revolución en el patio trasero, pero no tenía un proyecto claro
ni nadie que lo siguiera. Quería iniciar un combate terrorista contra el
sistema, pero no tenía explosivos ni logística militar. Quería comunicarse con
el universo pero no tenía aire ni pantalla. Quería escribir un libro, pero no
tenía resuelto el principio ni el final. Quería contactarse, pero no sabía con
quién. Hablaba y escribía para nadie.
Había acumulado sabiduría desde tiempos remotos de la antigüedad. Era un gran
manipulador de almas.
Combinaba el poder de los inmortales con la astucia de un felino. Manejaba
técnicas mentales, esotéricas y psicológicas. En sus orígenes fue un gato
siamés. Reencarnado en la corte de varios faraones egipcios.
Fue un líder de los gatos sagrados.
Salvó a su especie de la extinción. Como se sabe, los faraones y la realeza
egipcia cada vez que pedían un deseo a su gato y éste no se realizaba, los
arrojaban a los cocodrilos del Nilo. El tarotista, mediante una comunicación
telepática, hizo un trato con los cocodrilos.
–Cada uno de nosotros representa cuatro kilos de carne para ustedes– les dijo.
Si ustedes no nos devoran, les prometo que tendrán ochenta kilos de carne por
cada uno de los míos que salven.
Los cocodrilos aceptaron el trato.
El tarotista y sus compañeros comenzaron a urdir estrategias de influencia sobre
la cúpula del poder. Mediante sucesivas acciones de inteligencia les
convencieron de arrojar a los cocodrilos a todos los intrigantes de la corte.
Comenzaron a denunciar conspiraciones y redes de fragotes falsos contra el
faraón.
Fueron los precursores de las primicias del periodismo bien informado.
La operación psicológica fue un éxito. Los cocodrilos se cansaron de comer carne
humana. Se pusieron gordos y pipones. Se parecían a esos sindicalistas ortodoxos
que llevan más de treinta años atornillados en el sillón.
Cada vez que un gato siamés era arrojado a las aguas, lo rescataban y lo
secaban para que no se resfriara.
El acuerdo político funcionó hasta que un cocodrilo opositor denunció la
maniobra (la oposición siempre botonea al oficialismo para tomar su lugar y
hacer lo mismo).
Los siameses tuvieron que huir en masa de Egipto y se esparcieron por el mundo.
No hay un brujo que no tenga uno a su lado..
Y el curro tiene que continuar, filosofaba el gato.
Hay que generar otras expectativas. Se necesitan ideas nuevas. Fresquitas como
una lechuga.
Y él quería estar ahí. En el centro operativo y estratégico de la nueva
ingeniería del dominio imperial. Era un inmortal. Estaba preparado para
cualquier oficio.
Hasta para laburar de gerente cipayo.
–Los yanquis manejan el Palacio Rosa 50– reflexionaba. Manejan el
poder real. El verdadero gobierno tiene su sede en Washington D.C y en Wall
Street.
Los que se sientan en el sillón del Palacio Rosa 50, solo están para firmar
decretos y legalizar decisiones tomadas por el Departamento de Estado y la banca
de Nueva York.
Su poder es tan trucho como la leyenda de los Padres Fundadores.
Nunca existieron como nación soberana. Sus símbolos y su cultura fueron
copiados de Europa. Su carta orgánica y sus bases organizacionales fueron
copiadas de los Estados Unidos. Hasta sus estatuas fueron copiadas. No copiaron
la naturaleza, porque la encontraron hecha. Viejos ladrones. contrabandistas de
cuarta, devenidos en aristocracia vacuna. Hasta importaron la teoría de
civilización o barbarie, para justificar el asesinato en masa de indios. Los
verdaderos dueños de la tierra, exterminados en nombre del progreso y la
civilización.
Armaron una revolución de escarapela para cambiar un imperio por otro. Dejaron
al español y se regalaron al inglés. Edificaron un país de blancos inmigrantes
en un país robado a los morenos.
Y crearon la estética cultural y social del cocoliche.
¡Má que crisol de razas! ¡Trucho! País trucho. Palacio Rosa 50
trucho. Elecciones truchas. Tecnocracia trucha. Políticos truchos. Discursos
truchos. Alternativas truchas. Encuestas electorales truchas. Marketing
telepolítico trucho. Sonrisas truchas. Dientes truchos. Esperanzas truchas.
Analistas truchos. Solidaridad trucha.
Doble moral trucha, y doble discurso trucho, bien organizaditos en la pirámide
del poder blanco. Manejado desde el Norte, por los inventores de los derechos
humanos con misiles.
Que te hacen el agujero, o te levantan un manolito, sentenciaba el felino.
–Este discurso de fuerte carga nacionalista y popular, puede
andar en el futuro– razonaba el tarotista.
En los ocasos de los turnos de explotación capitalista, siempre hay demanda
social de nacionalismo. Vende. Hay mercado. Lo importante es hablar y tratar con
los dueños del circo.
Perforar la joda de los buzones quemados. Y sentarse en el trono trucho del
Palacio Rosa 50. Con banda y bastón de mando. También truchos, como corresponde.
–Así que, si querés ser el presidente de este circo rabioso, tenés que hablar
con los yanquis– se decía el gato ambicioso y sin escrúpulos.
Venderles una nueva mercadería. Un nuevo sistema de control social. Legitimar
una nueva lógica de dominio dentro de los cánones civilizados de las urnas. Está
todo muy quemado.
Hay que revitalizar la confianza para seguir con el curro. ¿Me entiende, Mister?
Se pasaba de rosca el gato hijo de puta.
El vodka Yeltsin le removía su rencor histórico contra Maquiavelo. Nunca le
pagó los derechos de autor por el axioma "el fin justifica los medios" que le
robó al tarotista.
La Patria lo miraba embelesada. Con su psicología disociada, no sabía para que
punto cardinal apuntaba el felino. El clítoris de Lorena la empezaba a tironear.
Los prejuicios del siglo XIX, resistían.
El tarotista entendió. Había llegado la hora de la transferencia placentera.
Programó el punto G, y ¡zas! derechito a una isla desierta. Pero esta vez sin el
león británico.
La esperaba un japonés. Con el chizito del nipón esa noche no hizo falta la
lengüita con dulce de leche. Con una plumita de colibrí bastó. Quería vengarse
de esa Patria boluda...
El Palacio Rosa 50
(El templo de los simulacros)
El gato tarotista tenía sus propios planes con la patria. Era un estratega nato.
Quería infiltrarse por medio de ella en la ingeniería del poder manejado por los
yanquis. Quería ser el presidente nuevo, del país nuevo. Una réplica aggiornada
del hombre nuevo del Che, pero en versión capitalista.
O sea, una flor de cagada.
Quería presentarla como la política con sentido estratégico. Más allá del
cálculo táctico y la coyuntura. Capaz de construir una amplia coalición social
que sostuviera la viabilidad de un proyecto alternativo.
Un movimiento transformador con profunda inserción social. Destinado a enfrentar
los desafíos y el nuevo escenario de la globalización de fin de milenio. ¿Me
entiende, Mister?
Se mataba de risa el gato.
Gozaba armando discursos vaciados de contenido. Los versos que vota la gente.
Y después en las encuestas dicen que los políticos son todos chorros.
Pero los votan. Saben que son la alternativa de lo mismo. Pero los votan. Saben
que son decadentes y mentirosos. Pero los votan. Saben que venden el país. Pero
los votan.
Es una sociedad fronteriza. Conocen la naturaleza corrupta de la política
tradicional, pero le piden alternativas (también odian a la policía, pero le
piden seguridad).
Masoquistas o boludos. Los extremos no se tocan. Pero dan los mismos
resultados. Siempre legalizan el robo de cosa pública con el voto. Si no
conceden diplomas constitucionales para el choreo, no son felices. Les encanta
tener la poronga en el culo. Y las vacaciones con los chicos asegurada.
El gato armaba su propia plataforma con la patria como rehén.
La invasión inglesa
(con el inglés incorporado)
La relación con el gato tarotista marcaría un giro histórico en
la existencia mortal de la patria.
El estratega del tiempo tenía poderes superiores. Una noche los utilizó para
explorarla dentro de un encuadre histórico-evolutivo de mente, cuerpo y
espíritu. Y pudo develar el secreto de su ansiedad masturbatoria compulsiva.
Quedó revelado el origen del trauma.
Sucedió una noche. Durante la visita de un oficial inglés, amigo y socio de sus
padres. Era un soldado de caballería, rubio, de ojos azules, y de 1,95 de
estatura. Se habían mirado, y la química surgió de inmediato. Hubo una atracción
casi salvaje. Un feeling descomunal. Parecían Madonna y su secretaria.
El cerdo imperialista era extremadamente operativo. Actuó con celeridad luego
de la cena a la luz de las velas. Los viejos contrabandistas dormían como
troncos. Hasta roncaban y todo. El inglés los había fusilado con el whisky
escocés de regalo.
La llevó hasta el patio y la sentó sobre el aljibe. No perdió ni un segundo de
tiempo. Venía de una campaña militar de dos años sin ver una mujer. Y ella no
deseaba otra cosa que eso.
Le tapó la cara con el gorro frigio para que no gritara, y la ensartó con el
sable de combate sin ningún tipo de protocolo. A puro instinto animal. A lo
bruto.
Sin decirle te amo, o el año que viene nos casamos.
Lamentablemente, la relación carnal no pudo ser consumada
totalmente. El orgasmo fue interrumpido a medio camino. Fueron sorprendidos por
los esclavos negros, quienes echaron al inglés con aceite hirviendo y al grito
de ¡inglés, good home!
Los historiadores confundieron este hecho íntimo con la Reconquista. Siempre
investigan los libros equivocados. Relatan la historia contada por el enemigo.
El valiente oficial fue llevado al hospital del quemado, con lesiones
irreversibles en su miembro viril.
Posteriormente abandonó el ejército e instaló una casa de moda en Londres. Se le
había afinado la voz y se expresaba con la manito quebrada. No le quedaba otra.
El imperio perdió un gran soldado.
El tarotista describió el cuadro traducido a un lenguaje popular
de fácil acceso.
–La patria quedó fijada intrapsíquicamente en esa primera experiencia
traumática– dictaminó. El acto sexual inconcluso la marcó dentro de una histeria
de conversión regresiva inconsciente.
Ingresó dentro de un campo de conducta narcisista, agravado por un fenómeno de
compulsión a la repetición de la experiencia frustrante. Finalmente, y por
desplazamiento inconsciente, sublimó la conducta sexual regresiva por una
peligrosa fantasía autista.
Reconstruía patológicamente el vínculo frustrante a través del delirio
masturbatorio. Padecía una disfunción disociativa entre el adentro y el afuera.
Tenía los campos de proyección e introyección alterados.
–En otras palabras– remató el tarotista. Hace como doscientos años que tiene al
inglés dentro de la vagina, y no se lo puede sacar. Lo lleva incorporado al
cerdo imperialista hijo de puta.
Ni siquiera se da cuenta que ahora el mundo es del imperialismo yanqui.
Difícilmente los clínicos y teorizadores del psicoanálisis puedan
refutar es diagnóstico esclarecedor del tarotista con la estatua viviente.
Al menos que la encuentren a la patria y arreglen una entrevista personalizada
en el diván. Lo que resulta altamente improbable, dado que son
internacionalistas y ateos. No creen en nada. Ni siquiera pueden comprar alguna
indulgencia papal que los salve temporalmente del infierno.
El felino utilizó sus poderes inmortales. Terminó con la
alucinación masturbatoria de la Patria. Canalizó sus sensaciones carnales por
otras vías sublimatorias. Mediante técnicas de hipnosis transferencial cambió
sus hábitos onanísticos.
Los convirtió en realidad virtual.
La potra elegía hombres altos y rubios de las revistas del jet internacional. El
felino los convertía en realidad, y la transportaba donde ella quisiera. Todos
eran réplicas del inglés. Se vengaba de la frustración inicial. Vibraba en unos
orgasmos alucinantes con el guerrero. Los vivía como si fueran de verdad.
El gato hacia lo suyo. Cuando la potra descomunal estaba en el
fragor del combate con el león británico, el hijo de puta le pasaba la lengüita
untada con dulce de leche por el clítoris. La guacha pedía más, y más, hasta que
estallaba como una caldera de edificio.
Un día de las sacudidas que pegaba, el felino terminó colgado del una palmera
gigante a diez cuadras de distancia. Ni sus poderes lo salvaron.
Había despertado un terremoto incontrolable. La patria saciaba como loca sus
apetitos reprimidos con el inglés.
Que estaba más muerto que las estatuas de los Padres Fundadores. Un milagro del
mundo virtual.
Fueron felices. Hasta que llegó el asunto de la carrera de modelo, y la firma
del contrato globalizador con don José And Company... Más conocido como el
Viejo de la Bolsa.
Continuará
(*) Manuel
Freytas es periodista, investigador, analista de estructuras del poder,
especialista en inteligencia y comunicación estratégica. Es uno de los autores
más difundidos y referenciados en la Web.
Ver sus trabajos en
Google y en
IAR Noticias