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(IAR
Noticias)
10-Febrero-2011
"La política en tiempos de crisis es distinta de la política normal; es más
fluida y está más determinada por la volatilidad de los vínculos de clase,
políticos o intelectuales. Deberíamos recordar que la política es el arte de
crear y mantener un movimiento político compuesto por distintas fuerzas sociales
y de clase, y de hacerlo con un programa flexible pero anclado en ciertos
principios, adaptable a circunstancias cambiantes."
Por Walden Bello (*) - Revista Sin Permiso
El problema con nosotros, los progresistas, en estos momentos de crisis no es
que nos falte un paradigma alternativo que enfrentar al desacreditado paradigma
neoliberal. No, los componentes de una alternativa basada en los valores
democráticos, de justicia, equidad y sostenibilidad ambiental están ahí, y lo
han estado ya durante bastante tiempo como producto del trabajo colectivo de
naturaleza intelectual y activista realizado durante las últimas décadas.
El problema clave es en realidad la incapacidad de los progresistas de traducir
su visión y sus valores en un programa político que sea convincente, y que
conecte con la gente atrapada en las terribles condiciones de existencia que ha
provocado la crisis financiera global. Este proceso de comunicación fluida debe
ser prominentemente político. Requiere traducir una perspectiva estratégica en
un programa táctico que aproveche las oportunidades, ambigüedades y
contradicciones del momento presente para generar una masa crítica, que impulse
un cambio progresista apoyado en distintas fuerzas y clases sociales.
Debemos fijarnos en la experiencia política del movimiento progresista global
para poder entender porqué nuestras posiciones se han desencaminado y cómo
podemos recuperar la relevancia política. En este sentido la experiencia de la
actual presidencia de Obama es un magnífico ejemplo. En el contexto político de
los EEUU Obama es un socialdemócrata, y la gran mayoría de la izquierda apoyó su
candidatura. A pesar de que él nunca se declaró anti-capitalista, sí esperábamos
que iniciase un programa de recuperación económica y reforma del sistema similar
en ambición al New Deal de Roosevelt. Las bases electorales que lo llevaron al
poder, que se conforman de gente de diversa clase, color, sexo o generación,
representaba un enorme potencial democrático. La habilidad de Obama para aunar
toda esta base electoral bajo un mensaje de cambio logró lo que en esos momentos
parecía imposible −la elección de un afroamericano como presidente de los EEUU–
y demostró cómo un liderazgo político acertado puede transformar las estructuras
sociales y políticas existentes.
Dos años después de su espectacular victoria política, el Presidente Obama y los
Demócratas enfrentan según las últimas encuestas un vuelco muy desfavorable en
las elecciones de noviembre. De hecho Obama y su partido son como un conejo
paralizado en medio de las vías del tren que ha quedado hipnotizado por los
faros del mismo. Y es que si pareció que Obama hacía todas las cosas bien en su
carrera a la presidencia, luego resultó que empezó a hacerlas todas mal una vez
la hubo alcanzado.
La absoluta prioridad que dio a la reforma del sistema sanitario, una tarea de
una complejidad y dificultad enormes, ha sido considerado como uno de los
principales obstáculos para el resto de su presidencia. Esa decisión contribuyó
sin duda a la debacle. Pero otros importantes factores relacionados
especialmente con su gestión de la crisis económica, una de las principales
preocupaciones del electorado, fueron tal vez mucho más determinantes.
Seis causas de la debacle
El primer error de Obama fue asumir la responsabilidad por la crisis económica.
En su quijotesca cruzada para lograr una solución bipartidista, hizo del
problema de George W. Bush el suyo. Margaret Thatcher y Ronald Reagan nunca
cometieron ese error. No asumieron responsabilidad alguna sobre los problemas
económicos de los años 70, achacándolos enteramente a sus predecesores liberales
y prescindiendo de cualquier tipo de alianza bipartidista con aquellos que
consideraban sus enemigos ideológicos. Al igual que Roosevelt, quién golpeó sin
complejos –y golpeó fuerte– a sus adversarios ideológicos, aquellos que él
llamaba "economic royalists" ("aristócratas de la economía". N.delT.).
Si Obama y sus lugartenientes llegaron a identificar a algún tipo de enemigo,
éste fue Wall Street. Pero decir que la élite financiera fue la responsable de
desencadenar esta crisis, mientras se rescataba a la mayoría de las
instituciones financieras clave de Wall Street como Citigroup y AIG con el
argumento de que son "demasiado grandes para caer", metió a Obama en una
terrible contradicción. Lo mínimo que podría haber hecho hubiese sido exigir la
renovación entera de las directivas y los gestores de esas instituciones como
precondición para recibir fondos estatales. Sin embargo, y al contrario de lo
que pasó con General Motors, las principales sabandijas permanecieron al mando y
siguieron haciéndose con todos los astronómicos pluses salariales que pudieron.
El fuerte sentimiento de desconexión entre lo que se decía y lo que se hacía fue
aún más exacerbado en lugar de mitigado cuando los Demócratas aprobaron la
reforma del sistema financiero. La propuesta no cumplía ni los mínimos preceptos
para poder ser considerada una reforma de verdad: la prohibición de los
derivados, recuperando una disposición de la antigua ley Glass-Steagall que
impedía que los bancos comerciales operaran simultáneamente como bancos de
inversión; la imposición de una tasa a las transacciones financieras, una tasa
Tobin; y que se limitasen seriamente los salarios de los altos ejecutivos, sus
pluses y el pago mediante stock options.
Tercero, Obama tuvo una grandísima oportunidad para educar y movilizar a la
gente en contra de las ideas neoliberales y de fundamentalismo de mercado que
llevaron a la desregulación del sector financiero y en última instancia
desencadenaron la crisis. Aunque Obama sí aludió durante la campaña a la
desregulación de los mercados financieros como el principal problema, luego se
abstuvo de demonizar al neoliberalismo una vez obtuvo la presidencia, dejando un
vacío ideológico que los resurgentes neoliberales no dudaron ni un segundo en
llenar. Y no hay duda que fracasó en lanzar una ofensiva ideológica a gran
escala porqué sus principales asesores en materia de política económica, el
presidente del Consejo Económico Nacional Larry Summers y el Secretario del
Tesoro Tim Geithner, en realidad no habían roto con el proyecto neoliberal.
Cuarto, el paquete de estímulo de 787.000 millones de dólares fue simplemente
demasiado pequeño para reducir o tan siquiera frenar el crecimiento del
desempleo. En esto, Obama no puede decir que no estuvo bien informado. Paul
Krugman, premio Nobel de economía, junto a una multitud de otros economistas
keynesianos se lo estuvieron advirtiendo desde el principio. En comparación, el
paquete de estímulo chino de 580.000 millones era mucho mayor respecto al tamaño
de su economía de lo que lo fue el de Obama. Que la Casa Blanca diga ahora que
el paro habría crecido mucho más de no haber sido por el paquete de estímulo es
ser, por lo pronto, un iluso en términos políticos. La gente de a pie no piensa
en base a escenarios contrafactuales por muy deseables que éstos sean, sino que
sufre la realidad diaria y el hecho de que hasta el momento el desempleo no ha
parado de crecer y no parece haber ninguna mejora a la vista.
La política en tiempos de crisis no es para pusilánimes. La opción por un
término medio que representaba el tamaño del paquete de estímulo fue la
respuesta equivocada ante una crisis que requería una decisión política
arriesgada: desplegar masivamente la enorme potencia fiscal del país y enfrentar
los previsibles aullidos de rabia de la derecha.
Quinto, Obama y el presidente de la Reserva Federal Ben Bernanke pusieron en
marcha sólo las típicas herramientas keynesianas –aumento del gasto público y
política monetaria expansiva– para afrontar las consecuencias de la gran fallida
del fundamentalismo de mercado. En una recesión normal estos mecanismos
contracíclicos puede que sirvan para revertirla. Pero el keynesianismo estándar
pudo corregir sólo hasta cierto límite un colapso económico de la magnitud del
actual. Y además la gente no estaba solamente buscando un alivio para las
dificultades económicas inmediatas, sino también un cambio de rumbo a largo
plazo que les permitiese aplacar sus miedos e inseguridades y recuperar la
esperanza en el futuro.
En otras palabras, Obama no fue capaz de ubicar sus iniciativas de keynesianismo
tecnocrático dentro de una agenda política y económica más ambiciosa que podría
haber movilizado una gran parte de la sociedad estadounidense. Un programa de
esas dimensiones podría haber tenido 3 pilares: la democratización del proceso
de toma de decisiones económicas, desde el nivel de las mismas empresas hasta
los altares de la política macroeconómica; una estrategia de redistribución de
la renta y la riqueza que fuese más allá de la simple subida de impuestos al 2%
más rico de la población; y la promoción de un enfoque más cooperativo y menos
competitivo para abordar la producción, la distribución y la gestión de los
recursos. Una agenda como esta para avanzar en una transformación social, que
por otra parte no es excesivamente de izquierdas, podría haberse acomodado
fácilmente en un clásico discurso socialdemócrata. La gente estaba simplemente
esperando una alternativa al "nuevo y salvaje mundo donde uno se come al otro"
que el neoliberalismo les había dejado. Pero en lugar de ello Obama les ofreció
un gélido enfoque tecnocrático para remediar lo que en realidad era una debacle
política e ideológica.
Y relacionada con esta ausencia de un programa de transformación social está la
sexta razón que explica los actuales apuros de Obama: su incapacidad para
movilizar las bases electorales que le llevaron al poder. Estas bases eran muy
heterogéneas en términos de clase, generación o grupo étnico. Pero estaban
unidas por un palpable entusiasmo que se hizo evidente en Washington D.C. y en
el resto del país el día de la toma de posesión en 2009. Con su predilección por
un enfoque tecnocrático y una solución pactada de la crisis, Obama dejó que esas
bases se dispersaran en lugar de aprovechar el explosivo momentum de que
disfrutó justo después de las elecciones.
Ahora, a las puertas del desastre, Obama y los Demócratas hablan de activar y
resucitar sus bases. Pero esas escépticas y desilusionadas tropas que han estado
tanto tiempo desmovilizadas y dejadas a un lado ahora preguntan con razón:
movilizarse de nuevo, ¿alrededor de qué?
La derecha hace las buenas jugadas
En contraste con Obama, la derecha entendió las demandas y la dinámica de la
política en tiempos de crisis, en contraposición a la política en épocas más
calmadas. Mientras Obama insistía en su aproximación bipartidista, los
Republicanos adoptaron un papel de dura oposición a prácticamente todas sus
iniciativas.
Al contrario que Obama y los Demócratas, la derecha dibujó el conflicto en
claros y transparentes términos ideológicos: entre la izquierda y la derecha,
entre "socialismo" y "libertad", entre el estado opresor y el libre mercado. La
oposición de los Republicanos usó todas las consignas y mantras que pudo
aprovechar de la ideología burguesa estadounidense.
Además, en contraste con el desprecio de Obama por sus bases demócratas, la
derecha ignoró la tradicional política de los Republicanos basada en grupos de
interés. La Fox News, Sarah Palin y el movimiento del Tea Party agitaron las
bases de extrema derecha para amenazar a la elite del Partido Republicano y
dirigirla hacia una política sin acuerdos y de "no hagamos prisioneros". Para
entender lo que le ha sucedido al Partido Republicano en las últimas semanas con
las amplias victorias del movimiento Tea Party en las primarias, la distinción
hecha por el historiador Arno Mayer entre conservadores, reaccionarios y
contrarrevolucionarios resulta útil. En la terminología de Mayer los
contrarrevolucionarios, con su política populista, contraria a los cargos del
partido y asentada en los movimientos de base, están desplazando a las élites
conservadoras que durante mucho tiempo han dirigido el rumbo del Partido
Republicano.
Con sus planteamientos anti-gasto, los Republicanos y la gente del Tea Party que
puede que se hagan con el Congreso y el Senado en noviembre van a generar una
situación posiblemente mucho peor que la actual. En principio, Obama y los
Demócratas puede que de hecho repitan la trayectoria política de Bill Clinton,
que salió victorioso en las elecciones de 1996 en parte porque los Republicanos
liderados por Newt Gingrich sobrereaccionaron políticamente tras su triunfo en
las elecciones a las cámaras de 1994. Pero eso es una ilusión desesperada. Los
actuales contrarrevolucionarios y sus voceros son muy hábiles en su política de
la descalificación, y es muy posible que consigan convencer al electorado de que
el empeoramiento de la situación es debido a las "políticas socialistas" de
Obama, y no a su recorte drástico del gasto público.
Lecciones para la izquierda
El problema no radica tanto en que nos falte una estrategia alternativa, sino
más bien en que no hayamos sabido transformar esa visión estratégica o nuevo
paradigma en un programa político creíble y viable. La política en tiempos de
crisis es distinta a la política normal, siendo más fluida y determinada por la
volatilidad de los vínculos de clase, políticos o intelectuales. Deberíamos
recordar que la política es el arte de crear y mantener un movimiento político
compuesto por distintas fuerzas sociales y de clase, haciéndolo mediante un
programa flexible pero anclado en ciertos principios, que pueda adaptarse a
circunstancias cambiantes.
Por último, en la realidad no existe nunca nada que deba considerarse una
situación objetivamente determinada. El arte de la política consiste en usar las
contradicciones, espacios y ambigüedades del momento presente para modelar las
instituciones y las estructuras y crear una masa crítica que permita el cambio.
La clase social y las estructuras políticas y económicas pueden condicionar los
resultados políticos; pero no los determinan. Quien vaya a salir finalmente
victorioso de este prolongado periodo de crisis capitalista dependerá en última
instancia de ejercer un liderazgo político inteligente y hábil.
(*)Walden Bello es miembro del Parlamento Filipino, presidente de la Freedom from
Debt Coalition y analista veterano en el Focus on the Global South, radicado en
Bangkok. Es autor de The Food Wars.
Traducción para www.sinpermiso.info: Xavier Fontcuberta i Estrada
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