Ya se anunció el verano pasado: se avecina la próxima crisis alimentaria para la
mayoría de la población mundial. Las Naciones Unidas alertaron a comienzos de
2011 de nuevas revueltas de pobreza. Se dice que la crisis alimentaria mundial
de 2008, que condujo a precios récord de los alimentos básicos y provocó
revueltas sociales desde México a Indonesia, podría repetirse. Ahora se ha
demostrado que los funcionarios de la ONU tenían razón. El 2008 la necesidad
condujo a sangrientos disturbios en los países pobres, no sólo en Haití, sino
también en Egipto.
El índice de precios de alimentos de la Organización para la Agricultura y la
Alimentación (FAO, por sus siglas inglesas) –un cesto de compra básico con
trigo, maíz, arroz, soja, azúcar, aceite y productos lácteos– llegó a su cota
más elevada desde 1990, el año de su introducción. Desde entonces se encuentra,
con 215 puntos, por encima del valor de 213'5 puntos de junio de 2008, cuando la
crisis de entonces alcanzó su punto culminante. En diciembre los índices para el
trigo, el aceite, el maíz, el arroz, la carne y la leche pulverizaron todos los
récords: el maíz registró una subida del 60%, el trigo del 43% y el azúcar del
77%. Incluso en la bienestante Europa aumentaron los precios de los alimentos
para los consumidores en un año que se despedía con inflación, mientras en otras
regiones del mundo se intentaba conjurar la malnutrición y la lucha diaria para
la supervivencia que acarrea el alza de precios.
La mayoría de los países africanos dependen hoy de la importación de alimentos,
mientras que los estados árabes, con Egipto a la cabeza, se han consolidado ya
como los mayores importadores de cereales del mundo. En Túnez, Argelia y Egipto
los hogares deben invertir de un 40 a un 50% de sus ingresos en la compra de
alimentos, de modo que el 'boom' de los precios del 20 hasta el 25% que se vivió
a partir de noviembre apenas pudo ser absorbido. Mucho menos por una población
abrumadora joven que padece un insoportable desempleo. Sin trabajo no hay
salario, poco pan y menos carne todavía. No es ninguna sorpresa que la gente
haya llevado su desesperación a las calles.
El gobierno de Mubarak ha subvencionado fuertemente la importación de alimentos,
a la que destina cerca del siete por ciento del Producto Interior Bruto (BIP)
del país con el objetivo de mantener mal que bien la estabilidad de los precios.
Sin embargo, es claro que esta medida no alcanza a atrapar a los precios al alza
del mercado mundial. Sólo la carne en Egipto valía un cuarto más que antes del
cambio de año, lo que condujo a que en los restaurantes cairotas no se
ofreciesen ya platos con carne. Al fin y al cabo, ¿quién podía costeárselos?
Demos gracias al dinero barato
La actual crisis alimentaria comprende varias regiones del planeta a pesar de la
en parte buena cosecha media del año 2010, comparable a la de 2007 y 2008. Por
vez primera los principales gobiernos de los países industriales han declarado
querer poner coto a la especulación en las bolsas a futuros. Naturalmente, el
aplauso no es unánime: los economistas vulgares están en contra, la especulación
no podría nunca influir en los precios de las mercancías porque éstos son
resultado de la oferta y la demanda. Por desgracia, las bolsas a futuro
funcionan de una manera muy diferente ya desde mediados del siglo XIX.
Aunque el volumen del mercado de materias primas, especialmente de los mercados
agrario y de alimentos, es pequeño comparado con los mercados de divisas o
acciones, en las últimas décadas creció de manera perceptible y ofreció a cada
vez más inversores un campo de acción lucrativo. Hace ya mucho tiempo que las
bolsas a futuros para alimentos han sido secuestradas por bancos, fondos de
inversión y hedge funds, que es tanto como decir: por los especuladores
profesionales mejor organizados. Goldman Sachs, JP Morgan, Barclays y el
Deutsche Bank manejan allí el dinero de inversores, a quienes a su vez venden
certificados de gran éxito en las bolsas a futuros que son sumamente atractivos
para los poseedores de grandes fortunas, porque muchos de estos fondos
especiales en pocos meses adquieren un 20% y más de su valor inicial. Como
consecuencia, el dinero fluye hacia el comercio con materias primas. Grandes
especuladores, fondos de inversión o de hedge funds individuales se encuentran
cómodos junto a la caja registradora donde pueden comprar un siete, un ocho o un
diez por ciento de la cosecha mundial de cacao, arroz o trigo. Los precios no
son imperturbables. La cantidad de contratos a futuros en alimentos que se
comercian en las bolsas de todo el mundo (sobre todo en Chicago) ha subido como
la espuma. Decenas de miles de estos contratos, con un volumen de miles de
millones, son exactamente iguales a la hora de las transacciones, donde los
grandes bancos y hedge funds controlan a gran escala las materias primas y los
alimentos y actúan inflando los precios.
La propuesta de la comisión reguladora estadounidense CFTC a comienzos la semana
anterior de limitar los ítem para la especulación en las bolsas a futuros que un
mismo vendedor puede tener al mismo tiempo a un 25% del volumen total, dice
mucho. En Europa todavía no hay ni una sola norma que obligue a informar sobre
los derivados de valores agrarios. Sin una política de dinero barato e
inundación de capital como la que la Reserva Federal estadounidense y otros
bancos centrales han propuesto no se dará este desarrollo. Los negocios
especulativos con alimentos se manejarán, como siempre, a crédito. Lo que valió
para el 2008 valdrá para el 2011.
Lo que pueden hacer los gobiernos en contra de la especulación –la compra de
stocks alimenticios, como en Arabia Saudí o Algeria, o la prohibición de
exportaciones, como en Rusia y Ucrania– podría generar en los precios del
mercado mundial un 'boom' adicional. No es ninguna sorpresa que incluso al Banco
Mundial le recorra un escalofrío la espalda y advierta a voz en grito de la
existencia de una guerra comercial en torno a los alimentos y a las materias
primas artificialmente encarecidas. Esta guerra hace tiempo que se libra, y lo
hace sin piedad y a pleno rendimiento.
(*)Michael R. Krätke, miembro del Consejo Editorial de SINPERMISO, es profesor de
política económica y derecho fiscal en la Universidad de Ámsterdam, investigador
asociado al Instituto Internacional de Historia Social de esa misma ciudad y
catedrático de economía política y director del Instituto de Estudios Superiores
de la Universidad de Lancaster en el Reino Unido.
Traducción para www.sinpermiso.info: Àngel Ferrero.