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(IAR
Noticias)
15-Junio-2011
La historia económica está
llena de borracheras de euforia financiera seguidas luego de penosas resacas
mañaneras. Cuando las naciones se despiertan achacosas por deudas contraídas en
guerras financieras, fallidos episodios de especulación o faraónicos proyectos
que revelados inútiles, tienen dos opciones. O bien prevalece la clase de los
acreedores, a expensas de todos los demás; o bien los Estados encuentran la
manera de reducir la carga de la deuda, de manera que la capacidad productiva de
la economía consiga recobrarse.
Por Robert Kuttner (*) - Revista Sin Permiso
L os acreedores –la clase rentista, en el léxico clásico— son normalmente los
ricos y los poderosos. Los deudores, casi por definición, disponen de pocos
recursos y de escaso poder. La “cuestión monetaria” en los EEUU del siglo XIX
–la cuestión de si el crédito debía ser caro o barato— fue también una batalla
entre el crecimiento y la austeridad.
La clase acreedora ve las cosas así: cualquier cosa que no pase por la plena
reintegración de lo debido lleva inexorablemente al colapso de la civilización
económica. Lo cierto, sin embargo, es que, a menudo, las deudas no son
plenamente satisfechas. En el siglo XX, los especuladores perdieron fortunas a
causa de que decenas de naciones dejaron de honrar sus deudas. En el siglo XIX,
muchos estados federados y muchos municipios norteamericanos quebraron. Los
perdedores de guerras y de revoluciones raramente pagan sus deudas. (Los
viejos bonos zaristas carecen de valor, salvo en las subastas de
antigüedades.) El Plan Brady de fines de los 80 del siglo pasado pagó a los
tenedores de bonos de los deudores quebrados del Tercer Mundo 70 centavos por
dólar, a fin de que el crecimiento económico pudiera reemprender su curso.
A veces, simplemente, las deudas no pueden ser pagadas. Por eso era ruinosa la
idea de la cárcel por deuda (salvo disuasoriamente). La cuestión real es cómo
reestructurar la deuda cuando es imposible devolverla. No se trata sólo de una
pugna entre quienes tienen y quienes no tienen, sino entre los derechos del
pasado y el potencial del futuro.
La deuda puede reducirse o aun anularse de maneras constructivas. O puede
sumarse al caos. La inflación, por ejemplo, es una forma de erosionar la
deuda, una forma arriesgada. Puede haber una quiebra calamitosamente súbita (Lehman
Brothers), o una reestructuración cuidadosa y benéfica (General Motors).
La bancarrota suministra de modo ingenioso un alivio ordenado de la deuda
pasada, de modo que la empresa productiva no necesariamente resulta destruida.
Un juez valora los activos, los pasivos y la viabilidad de un negocio
insolvente. Si se considera viable, no se permite a los acreedores vender la
maquinaria, pero se les paga varios centavos por dólar, y la empresa termina
siendo recuperada para usos constructivos.
El mundo de los negocios valora en EEUU el sistema de bancarrota conforme a
sus propios objetivos, aunque los inversores sufran con él, de vez en cuando,
más de un revolcón. Pero esa misma elite empresarial ve con recelo el que
otros –propietarios de viviendas, pequeñas naciones, el entero sistema
económico— busquen alivio al castigo económico que representa una deuda
perversa. No por casualidad, uno de los más sagaces críticos del modo en que
el colapso financiero ha terminado por privilegiar a los acreedores a expensas
de todos los demás es también uno de los mayores expertos en procesos
concursales y de bancarrota: la profesora Elisabeth Warren.
Los dos mayores ejemplos históricos sobre el modo de lidiar con deudas
insostenibles se dieron tras las dos guerras mundiales: uno, extremadamente
negativo; muy positivo, el otro. En la Conferencia de Versalles celebrada en
1919, prevaleció la mentalidad acreedora, y la recuperación europea de
postguerra se abortó. Gran Bretaña y Francia imaginaron que podían sangrar a
la derrotada Alemania, a fin de pagar sus propias deudas de guerras, inmensas
(contraídas, sobre todo, con los EEUU). Gran Bretaña practicó también una
política de rigor monetario para mantener el valor de su propia moneda en
niveles de preguerra, a fin de proteger a su propia clase acreedora. Esa
política destruyó a la economía alemana y mantuvo el desempleo británico en
tasas del 10% durante dos décadas. El gran crítico de la locura británica fue
John Maynard Keynes, entonces consejero del Tesoro británico. El libro
publicado por Keynes en 1919, Las consecuencias económicas de la paz, alertó
proféticamente de que la política de estrujar a Alemania hasta que “crujan las
pepitas” causaría la depresión y una segunda guerra mundial.
Tras la II Guerra Mundial, la historia ofreció a Keynes la ocasión para hacer
las cosas correctamente. Su sistema de Bretton Woods puso el énfasis en la
recuperación interna, tanto de las potencias perdedoras como de las
vencedoras, y creó un sistema monetario global en el que se negaba a los
especuladores financieros privados toda capacidad para forzar a las naciones a
emprender cursos deflacionarios. Nuestra propia Reserva Federal combinaba
entonces políticas monetarias laxas con una regulación estricta, de modo que
los bajos tipos de interés pudieran financiar la colosal deuda bélica sin
invitar a una especulación destructiva. Dinero barato e inversión expansiva
previnieron la recaída de Norteamérica en la depresión.
Hoy, esa lógica expansiva ha sido vuelta del revés, y los acreedores vuelven a
ser hegemónicos de nuevo. Los bancos quieren dinero barato para sí mismos, y
términos draconianos para los demás. Una Unión Europea afligida por los
banqueros está castigando a Grecia, en vez de buscar un camino para que el
país heleno crezca. En los EEUU, se niega todo alivio a los propietarios de
vivienda con el agua al cuello, porque los contratos de deuda son sagrados,
aunque esa política prolongue la agonía. Por doquiera se publicita la
austeridad presupuestaria como la vía al crecimiento, siendo, en cambio, de
toda evidencia que esa política niega a la economía su potencial productivo.
Y se habla de esas cuestiones como si fueran o inaccesiblemente técnicas o
simplemente indiscutibles. Ni una cosa ni otra. Necesitamos democratizar, una
vez más, la cuestión del dinero.
(*)
Robert Kuttner es un economista norteamericano, cofundador y actual editor de
la revista The American Prospect, creada en 1990. Fue durante 20 años
columnista de Business Week, y es uno de los 5 cofundadores del Economic
Policy Institute, un think tank de izquierda que cuenta, entre otros
prestigiosos investigadores, con el economista Dean Baker, bien conocido por
los lectores de SinPermiso.
Traducción para www.sinpermiso.info: Leonor Març |