Informe especial
IAR Noticias
La candidata de Lula, Dilma Rousseff,
venció el domingo en la elección nacional por la presidencia del Brasil, pero
no le alcanzó para imponerse con la mayoría absoluta y tendrá que disputar
un balotaje el 31 de octubre con el opositor, José Serra.
Rousseff era considerada hasta
comienzos de esta semana como clara favorita a conquistar la presidencia en
la primera vuelta, tras haber montado su campaña en el índice inédito de 80%
de aprobación popular que disfruta el presidente Lula, su gran mentor político,
y bajo cuya gestión desempeñó el estratégico cargo de responsable de la Casa
Civil, una especie de jefa de ministros o jefa de Gabinete.
Dilma Roussef -la posible
sucesora de Lula- militó en Vanguardia Armada Revolucionaria Palmares, uno de
los principales grupos guerrilleros brasileños y sucedió en el cargo de
Jefa de Gabinete a otro ex militante armado: José Dirceu.
Cuando apenas tenía 16 años, Dilma
entró en el movimiento estudiantil.
Fue el año del golpe de Estado que
derribó a Joao Goulart (1964). Entre 1967 y 1968 los estudiantes de la izquierda
brasileña, en un proceso con semejanzas con la Argentina y otros países
latinoamericanos, comenzaron a migrar hacia organizaciones que proclamaban la
lucha armada revolucionaria como instrumento para combatir las dictaduras.
Dilma militó primero en el
grupo Política Operaria (Polop), que luego habría de ingresar en Vanguardia
Armada Revolucionaria para dar origen a las fuerzas clandestinas de VAR
Palmares.
En enero del 2003, el presidente
brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva, nombró a Rousseff Ministra de Energía,
cargo de gran importancia que ocupó durante dos años hasta el 21 de junio del
2005, día en que fue nombrada Ministra de la Casa Civil (un cargo
equivalente a Jefa de Gabinete), después de que su antecesor José Dirceu
renunciara ante los medios de comunicación por acusaciones de corrupción.
Rousseff es también presidenta del Consejo de Directores de la empresa
estatal petrolera brasileña Petrobras, y fue la elegida de Lula para ser su
sucesora como candidata presidencial por el PT en las elecciones del domingo,
donde se impuso en la primera vuelta, pero tendrá que ir a una segunda ronda
para consagrarse como presidenta del Brasil.
La democracia de mercado
"De la revolución armada a la
democracia de mercado", podría ser el titulo que sintetice la
metamorfosis de los viejos ex guerrilleros, como Dilma
Rousseff,
convertidos en funcionarios o
estadistas del sistema que combatieron en el pasado.
Pero, más allá de las posturas
filosóficas para justificar su adscripción al sistema, los viejos ex
guerrilleros forman parte de una estrategia imperial que sustituyó el
dominio militar (las dictaduras) por el dominio civil (los gobiernos
de "izquierda" o de "derecha") dentro de una estrategia de "poder blando"
vigilado por el "poder duro".
La función más elemental y clave que
cumplieron en América Latina ambas estrategias --la "militar" (dura) y la
"democrática" (blanda)-- consistió en eliminar los dos factores que impedían la
"gobernabilidad en paz" del sistema capitalista en la región: la
lucha armada, primero, y la resistencia social y sindical, después.
Después de treinta años,
Washington ya no controla ni domina regionalmente con la doctrina de seguridad
militar sino que lo hace con el "proyecto democracia" made in USA que
sustituyó a las dictaduras por los "gobiernos civiles" elegidos en las urnas.
La condición esencial para el
funcionamiento del nuevo Estado capitalista "democrático" (tanto en América
Latina como en el resto del mundo) se resume en tres factores: Estabilidad
económica, gobernabilidad política y "paz social".
Esas tres condiciones son básicas para que el "sistema" (la estructura
funcional) de los negocios y la rentabilidad capitalista funcionen sin
interferencia y no se alteren las líneas matrices de la propiedad privada y
concentración de riqueza en pocas manos.
En ese nuevo escenario de poder
geopolítico-estratégico, legitimado por gobiernos satélites elegidos en
elecciones populares, Washington consolidó su dominio regional en un teatro
latinoamericano sin lucha armada, sin estallidos revolucionarios, sin huelgas y
con las organizaciones populares y de izquierda participando como "opción de
gobierno" en los países dependientes.
En este contexto, ya no importa
mucho la "ideología" discursiva (de "derecha" o de "izquierda") proclamada por
los gerentes políticos latinoamericanos, sino lo que importa es que
mantengan sus países dentro de la estructura del sistema capitalista y de la
sociedad de consumo y no alteren la "gobernabilidad", la "estabilidad
económica" y la "paz social" que los bancos y trasnacionales necesitan para
hacer negocios y depredar la región.
Desde hace más de 20 años, en
América Latina la "democracia de mercado" (el "poder blando") convive con la
cadena de bases y el Comando Sur cuya misión es preservar la hegemonía militar
norteamericana en la región (el "poder duro"). Se trata de una estrategia de
"dos caras" orientada a preservar el dominio geopolítico y militar del
imperio norteamericano (sin que se note) en su histórico Patio Trasero.
Debajo de ese paraguas, se preserva
la "gobernabilidad", la "paz social" y la "estabilidad económica" del sistema
capitalista en América Latina por la ausencia de conflictos sindicales y
sociales.
La "democracia de mercado" cobija
bajo sus alas tanto a gobiernos de "derecha" como de "izquierda" que ejecutan
los mismos programas (capitalistas imperiales) que antes se ejecutaban con
golpes militares y represión.
En este marco, y al abandonar sus
postulados setentistas de "toma del poder" y adoptar los esquemas de la
democracia burguesa y el parlamentarismo como única opción para acceder a
posiciones de gobierno, la "izquierda" (vieja y nueva) se convirtió en una
opción válida para gerenciar el "Estado trasnacional" del capitalismo en
cualquier país de América Latina y del mundo.
El salvajismo impune del capitalismo
trasnacionalizado unido a la corrupción entreguista de las clases políticas
latinoamericanas (tanto "izquierdistas" como "derechistas") dio como resultante
la implementación del "asistencialismo" como política de Estado, cuya
existencia se hace más visible en períodos electorales.
El "asistencialismo" consiste en repartir partidas oficiales (mendrugos
del presupuesto) orientadas a paliar algunas necesidades básicas imperiosas,
como un "plato de comida" precario, sin atender a las necesidades estructurales
de la pobreza como el trabajo, la vivienda, la salud, la escolaridad, la
seguridad social, etc.
El "asistencialismo", del cual el
gobierno brasileño de Lula es la máxima expresión en el continente, es
algo así como el equivalente de la limosna que le da el "buen cristiano" al
mendigo que pide a las puertas de una iglesia.
En términos prácticos y estadísticos, la política "asistencialista" de Estado
constituye una "institucionalización de la pobreza" al subordinar los
derechos y reinvidicaciones sociales a una "limosna" que le arroja el
capitalismo a los pobres, mientras depreda los recursos naturales de sus pueblos
y somete sus estructuras económico-productivas con la complicidad de los
políticos.
Son precisamente el empleo en negro
(contratos "basura") y el asistencialismo los instrumentos de que se valen los
gobiernos de la región (por derecha y por izquierda) para bajar falsamente
los indicadores oficiales de la pobreza y la desocupación en América Latina.
En este escenario de "democracia
de mercado" los viejos revolucionarios, hoy jubilados y asimilados,
encuentran su lugarcito bajo el sol del Estado capitalista. Como lo encontró,
sin ninguna duda, Dilma
Roussef.