Hacer un balance económico
desde Australia es como mirar a través del espejo de Alicia en el país de las
maravillas.
Por David Wessel -
The Wall Street Journal
Al
contrario de lo que acontece en Estados Unidos y Europa, el desempleo en
Australia es de apenas 5,4% y su banco central empezó a elevar las tasas de
interés (actualmente en 4,5%) para enfriar la economía. Al igual que América
Latina, el país tiene recursos naturales, como mineral de hierro y carbón, de
los que China no se sacia. Sus bancos y agencias reguladoras temen que no haya
suficientes bonos gubernamentales disponibles para los bancos, que necesitan
cumplir con nuevas reglas de liquidez, y los déficits fiscales no han sido tan
altos como para producir mucha deuda gubernamental.
Entonces, ¿por qué se les ve tan preocupadas a las autoridades australianas?
Bueno, el dólar australiano ha caído 13% desde mediados de abril y la bolsa ha
perdido 15%.
Al parecer, lo que pasa en Europa, no se queda en Europa.
Cuando el banco central australiano se reunió el 4 de mayo, sus miembros
dedicaron "un tiempo considerable a evaluar los disturbios en los mercados
financieros provocados por temores sobre deuda soberana en partes de Europa, con
particular énfasis, pero no exclusivamente, en Grecia", revelan las minutas de
la reunión que fueron publicadas hace poco. "Por lo menos, hasta ahora no ha
habido un contagio significativo a los mercados de deuda fuera de Europa",
concluyó el documento.
Desde entonces, la reacción a los problemas de Europa en lugares tan lejanos
como Sydney, Beijing y Nueva York ha pasado desde contemplar con cierto placer
los problemas ajenos a la angustia por una posible recaída de la economía
mundial.
Parte de esto tiene una explicación simple: si las medidas de austeridad y los
problemas de crédito desaceleran el crecimiento europeo, el continente le
comprará menos al resto del mundo. Pero menos de 9% de las exportaciones
australianas va a Europa. El continente compra un 20% de las exportaciones
estadounidenses, pero éstas son una porción mucho más pequeña de la poderosa
economía de EE.UU.
No obstante, ese tipo de raciocinio fue el que condujo a la mayoría de los
analistas a pensar que el efecto de la debacle de las hipotecas de alto riesgo
sobre la economía estadounidense sería ínfimo.
La crisis financiera global ha dejado lecciones para el futuro: los mercados
financieros son muy eficientes a la hora de propagar la ansiedad de un
continente a otro. El ánimo del mercado puede pasar de un optimismo prudente al
pánico rápidamente. Cuando los bancos y los grandes inversionistas
institucionales se vuelven cautelosos al mismo tiempo, al resto nos cuesta
obtener crédito y la economía tiembla. El peor de los escenarios es más gris y
probable de lo que la mayoría imaginamos.
Las últimas semanas en Europa no han hecho mucho para inspirar confianza. Ver a
los líderes europeos responder a dudas sobre la capacidad de sus gobiernos para
pagar las cuentas, la salud de sus bancos y la viabilidad del euro, ha sido como
escuchar a un grupo de bomberos sostener una conferencia de prensa antes de
salir a apagar incendios. Las dudas sobre el estado de los principales bancos de
Europa siguen vigentes y Europa no ha hallado la manera de apuntalar la
confianza en ellos ni de impulsar su capital de la forma como lo hizo EE.UU. con
las pruebas de resistencia de 2009.
En cierta forma, la reacción global beneficia a EE.UU. Los inversionistas se
alejan de otros lugares, como Australia y Europa, y buscan la seguridad de EE.UU.,
lo que reduce el rendimiento de la deuda del país. Eso abarata el financiamiento
del déficit del gobierno.
Sin embargo, esos efectos podrían quedar en nada frente a uno mayor: la
renuencia de los inversionistas y acreedores a tomar riesgos.