Niall Ferguson ha acuñado el concepto de “mundo apolar” en el cual Estados
Unidos va retirándose de su rol hegemónico mundial pero es reemplazado por.....
nadie. China, en esta visión, está demasiado ocupado en mantener su estabilidad
mientras se moderniza como para tomar compromisos globales más amplios. Europa
está acosada por su declinación demográfica de largo plazo. En la ausencia de un
sostenedor global de las reglas, las querellas religiosas, los conflictos
interétnicos locales y los grupos no estatales como Al Qaeda ganarán espacio
mundial (...).
Por Henry Kinssinger (*) - Clarín, Argentina
Hace treinta y cuatro años tuve el honor de dictar la primera Conferencia Alastair Buchan en el IISS. Alastair había sido un amigo, un ocasional crítico y
una constante fuente de inspiración. En 1976 elegí como tema la siguiente cita
de Alastair: “Hay cambios estructurales”, escribió Alastair, “en la influencia y
el poder relativos de los grandes estados; hay un cambio cuantitativo de
proporciones colosales en la interdependencia de las sociedades occidentales y
en las exigencias que planteamos a los recursos naturales; y hay cambios
cualitativos en las preocupaciones de nuestras sociedades.” Luego planteaba la
pregunta: “¿Los estados muy industrializados pueden sostener o recuperar una
calidad de su vida nacional que no sólo satisfaga a la nueva generación, sino
que también pueda actuar como ejemplo o fuerza de atracción para otras
sociedades?” En 1976, contesté esa pregunta con un categórico “sí”. Hoy sería
más ambivalente. Los cambios que Alastair consideraba fundamentales en aquel
momento eran las primeras etapas relativamente menores hacia la economía mundial
globalizada y el mundo de la proliferación de armas nucleares. En ese momento,
la línea divisoria estratégica o geopolítica atravesaba el centro del continente
europeo. En la actualidad, sería imposible trazar una sola línea divisoria,
hallar un común denominador a todas las líneas de falla que dividen el mundo
contemporáneo.
Hoy, el centro de gravedad de los asuntos internacionales ha abandonado el
Atlántico y se ha trasladado a los océanos Pacífico e Indico. La unidad europea
ha avanzado de manera sustancial. La Unión Europea ha reducido la importancia
del estado soberano, pero aún no se ha hecho carne en su población. Con la
disminución de la centralidad del estado soberano, se ha vuelto más difícil
inscribir las políticas en el marco del interés nacional y usar la fuerza con
objetivos estratégicos específicos. Los objetivos militares se limitan a la
conservación de la paz o se los sobredimensiona hasta que alcanzan magnitud de
empresas universales, tales como la promoción de los derechos humanos, la
protección del medio ambiente o la lucha contra el terrorismo global. Las
guerras en las que han participado los países del Atlántico en las dos últimas
décadas han pasado a ser en extremo polémicas y dan por tierra con el consenso
interno.
En el panorama estratégico actual se han abierto asimetrías fundamentales.
Si bien un ministro de Relaciones Exteriores europeo calificó a los Estados
Unidos de hiperpotencia, surgió un nuevo reto al orden internacional que desafió
el concepto del acuerdo westfaliano basado en estados soberanos, pero que al
sistema westfaliano del estado le ha resultado difícil de manejar: la emergencia
del islamismo radicalizado, que tiene un carácter transnacional y rechaza la
idea establecida de soberanía en busca de un sistema universal que abarque a
todo el mundo musulmán (...).
En estas circunstancias, el concepto clásico de seguridad colectiva resulta
difícil de aplicar . La proposición de que todos los países comparten el interés
por la conservación de la paz y de que, a través de sus instituciones, un
sistema internacional bien concebido puede movilizar a la comunidad
internacional en su defensa es algo que la experiencia desmiente. Los
participantes actuales en el sistema internacional son demasiado difusos como
para permitir convicciones idénticas –ni siquiera simétricas– suficientes para
organizar un sistema de seguridad global.
Un buen ejemplo es la cuestión de la proliferación nuclear. Los Estados Unidos y
algunos de sus aliados tratan esos temas como un problema técnico. Proponen
medios para evitarla y ofrecen sanciones internacionales como remedio.
Los vecinos de Corea e Irán tienen una perspectiva diferente, más política o
geoestratégica . Casi con seguridad comparten nuestro punto de vista sobre la
importancia de evitar una proliferación nuclear a su alrededor. China no puede
querer una Corea –ni un Vietnam– nuclear en sus fronteras, así como tampoco un
Japón nuclear, ni Rusia estados fronterizos con armas nucleares, consecuencias
probables del fracaso de la política de no proliferación. Pero China también
siente una profunda preocupación por la evolución política de Corea del Norte,
así como Rusia por las consecuencias internas de una confrontación con el Islam.
De esta manera, la seguridad colectiva comienza a destruirse a sí misma (...).
Algunos observadores han pronosticado la existencia de un mundo multipolar con
pesos regionales como Rusia, China, India, Brasil o Turquía, agrupando a sus
vecinos más pequeños y construyendo bloques de poder que puedan crear
potencialmente un equilibrio global entre ellos. No creo que sea posible
compartamentalizar el orden internacional en un sistema de hegemones regionales.
Estados Unidos es un país del Pacífico. No puede ser excluido de Asia Oriental,
ni China o India del Oriente Medio y otras regiones ricas en recursos. Los
asuntos como energía y proliferación o medio ambiente no pueden ser
regionalizados. Requieren políticas globales.
Niall Ferguson ha acuñado el concepto de “mundo apolar” en el cual Estados
Unidos va retirándose de su rol hegemónico mundial pero es reemplazado por.....
nadie. China, en esta visión, está demasiado ocupado en mantener su estabilidad
mientras se moderniza como para tomar compromisos globales más amplios. Europa
está acosada por su declinación demográfica de largo plazo. En la ausencia de un
sostenedor global de las reglas, las querellas religiosas, los conflictos
interétnicos locales y los grupos no estatales como Al Qaeda ganarán espacio
mundial (...).
La relación entre EE.UU y China es un elemento esencial de tal enfoque y del
orden internacional. Las perspectivas de paz y orden globales bien podrían
depender de ella. Muchos han trazado una analogía entre la emergencia china como
gran poder y rival actual de EE.UU y la emergencia alemana en Europa hace cien
años, cuando Gran Bretaña era el poder dominante a escala mundial pero fue
incapaz de integrar a Alemania. El caso chino es aún más complicado. No es el
caso de integrar una nación de estilo europeo sino un completo poder
continental. El ascenso chino está acompañado de cambios socioeconómicos
masivos. La habilidad china para continuar manejando su emergencia como gran
poder de la mano de una gran transformación es una de las cuestiones clave de
nuestro tiempo.
Me gustaría concluir con un punto general. Ambos países son menos naciones en el
sentido europeo que expresiones continentales de una identidad cultural. Ninguna
tiene mucha práctica en relaciones de cooperación con sus pares. Pero sus
líderes no tienen tarea más importante que implementar la certeza de que ningún
país nunca podrá dominar al otro.
Tal convicción es la máxima forma de realismo . Requiere un patrón de
cooperación contínua sobre temas clave, no constantes debates sobre crisis de
corto plazo.
(*)Henry Kinssinger, ex secretario de Estado norteamericano