El crecimiento no encuentra sus orígenes en una patología cultural, una
manía, un fetiche o una moda loca. El crecimiento es la consecuencia directa de
la operación de las economías capitalistas. Y esta afirmación se aplica al
capitalismo tal y como existía en Génova en el siglo XVI, o al mundo de las
mega-corporaciones que imponen sus reglas en los mercados globales. También vale
para describir lo que pasa en el capitalismo industrial o en el financiero.
Alejandro Nadal (*) - La Jornada
El paquete
La destrucción del medio ambiente y el crecimiento parece que van de la mano.
Por esa razón hoy existe un movimiento importante que propone un crecimiento
cero o hasta un de-crecimiento en las economías del planeta como una forma de
frenar el deterioro del medio ambiente.
El decrecimiento es definido como una reducción en términos físicos en la
producción y consumo a través de una contracción en la escala de actividad y no
sólo por incrementos en la eficiencia. En un trabajo reciente Kallis-Schneider-Martínez
Alier (www.esee2009.si) explican que el decrecimiento puede ser visto como una
reducción voluntaria, equitativa y gradual en la producción y consumo de tal
modo que se garantice el bienestar humano y la sustentabilidad ambiental a nivel
local y global, tanto en el corto como en el largo plazo.
Para alcanzar el decrecimiento se han propuesto muchas medidas relacionadas con
tecnología, trabajo, educación y crédito. Algunas de estas medidas están
relacionadas con políticas macroeconómicas. Por ejemplo, se propone una reforma
monetaria en la que desaparece la moneda fiduciaria, considerando que así se
corta de tajo la propensión al crecimiento desenfrenado. La moneda fiduciaria no
está respaldada por reservas de oro o algún otro metal, o valores y divisas, de
tal modo que su valor intrínseco es nulo. Su función de medio de pago es posible
porque ha sido designada oficialmente como el instrumento monetario por
excelencia. La confianza derivada de esta declaratoria permite que un simple
pedazo de papel pueda desempeñarse como instrumento monetario. Parece que los
seguidores del decrecimiento siempre han visto un enemigo en este mecanismo
porque les parece que permite el crecimiento sin fin por carecer de referencia
tangible. Esta es una visión equivocada: la prueba es que aún cuando la moneda
no era fiduciaria había crecimiento.
El crecimiento tampoco encuentra sus orígenes en una patología cultural, una
manía, un fetiche o una moda loca. El crecimiento es la consecuencia directa de
la operación de las economías capitalistas. Y esta afirmación se aplica al
capitalismo tal y como existía en Génova en el siglo XVI, o al mundo de las
mega-corporaciones que imponen sus reglas en los mercados globales. También vale
para describir lo que pasa en el capitalismo industrial o en el financiero.
En pocas palabras, el crecimiento está generado por factores endógenos del
capitalismo porque el objetivo del capital es producir ganancias sin un fin
determinado. Ese es el sentido de la particular forma de circulación monetaria
que define al capital. Por la ley de la mercancía su propósito no es producir
cosas más o menos útiles (o decididamente inútiles), sino producir ganancias y
reproducirse a sí mismo. Por eso el capital es un motor de acumulación
interminable, independientemente de si existe o no una moneda fiduciaria, o de
si hay tal o cual mentalidad. La competencia intercapitalista es la
manifestación de esta característica del capital.
En los Grundrisse, Marx señala que “conceptualmente, la competencia no es otra
cosa que la naturaleza interna del capital, su carácter esencial, que surge y se
realiza en la interacción de muchos capitales, una tendencia interna que se
presenta como necesidad externa. El capital existe y sólo puede existir como
muchos capitales y su determinación aparece como la interacción recíproca de
unos con otros. Por las fuerzas de la competencia, el capital está siendo
continuamente acosado ‘¡marcha, marcha!”
Cada componente de estos capitales es un centro privado de acumulación y sabe
que de no actuar como tal, la competencia lo aniquilará. Por eso el capital
siempre está estrenando espacios de rentabilidad: nuevos productos, procesos y
mercados. Cada intersticio y cada oquedad es un territorio en espera de ser
conquistado para la rentabilidad del capital. Para sus ojos inquietos, todo es
un espacio de rentabilidad, desde los alimentos y el agua, los recursos
genéticos, los yacimientos de petróleo o las píldoras tranquilizantes para
olvidar el estrés cotidiano.
¿Podríamos tener un sistema tecnológico tan eficiente que redujera la huella
ecológica aún con crecimiento? Eso está por verse, pero por el momento las
ganancias de eficiencia han sido contrarrestadas por el efecto escala y por el
efecto boomerang (al incrementar la eficiencia, los costos unitarios disminuyen,
los precios bajan y aumenta el consumo).
Debe quedar claro que el crecimiento capitalista es una especie de enfermedad
que todo destruye, comenzando con el ser humano. El corolario de todo esto es
que la única forma de abandonar la manía del crecimiento es deshaciéndonos del
capital. Por supuesto, esto abre otra discusión interesante. Mientras tanto, la
teoría macroeconómica lo único que ha podido hacer es darse cuenta de las
consecuencias terribles del estancamiento en las economías capitalistas:
desempleo, inventarios no vendidos, crisis. ¿Capitalismo sin crecimiento? No va
a ser fácil.
(*)
Alejandro Nadal es miembro del Consejo Editorial de SINPERMISO