El rescate de los bancos por
parte de los Estados desató la fase siguiente de la crisis mundial, que
incorpora crisis fiscales gigantescas y aún mayores crisis monetarias.
Por Jorge Altamira - Prensa Obrera, Argentina
Nadie
descorchó champagne para celebrar ni tampoco ofreció una corona de flores en
señal de duelo, de tal manera que el tercer aniversario del comienzo del
derrumbe económico mundial, a mediados de 2007, pasó sin la gratificación de un
recuerdo. Los apologistas del capital han preferido el olvido para esquivar el
desafío de explicar lo sucedido y el fracaso de los recursos, que habían
pretendido infalibles, para conjurar la crisis o contenerla. Sin embargo, una
crisis de conjunto, que atraviesa su tercer año sin el menor signo de reversión
a la vista, tiene un alcance histórico. En especial, cuando ocurre después de
haber proclamado una gran victoria: el desmantelamiento de los sistemas de
protección social en la mayor parte del mundo, e impuesto nada menos que una
extensión colosal del mercado mundial mediante la restauración capitalista en
dos grandes bloques territoriales, como China y Rusia y su periferia.
Ahora, los pronósticos más autorizados señalan una recaída de la producción
industrial y nuevas quiebras de bancos. Los detonantes de lo que se ha dado en
llamar la “doble zambullida” son la crisis fiscales de los estados de la Unión
Europea; la deuda federal, estadual y municipal de los Estados Unidos, y el
derrumbe del consumo como consecuencia de una desocupación mayor; y la deuda
creciente de Japón (200% del PBI), pero, por sobre todo, el persistente derrumbe
del mercado hipotecario norteamericano. Este mercado es el principal mercado
mundial de deuda, con obligaciones por 9 billones de dólares – el 65% del PBI de
los Estados Unidos.
Una columnista del Financial Times (12/7) observa que “la capacidad de la
construcción de viviendas para motorizar un crecimiento económico de Estados
Unidos se ha disipado, al menos por el momento”, pero esto no tiene en cuenta la
creciente desvalorización del stock de viviendas existentes, o sea el default de
sus propietarios y la incapacidad para hacer frente a las cuotas de las
hipotecas. “La industria de la construcción –prosigue la columnista citando al
Barclay’s Bank– descuenta una doble zambullida, o por lo menos una reducción
significativa del crecimiento económico”. El economista Nouriel Roubini (Project
Syndicate, 16/7), luego de señalar que una caída industrial es inevitable
después del cese de las medidas de estímulo, observa lo que nosotros mismos
hemos señalado repetidamente: que “los excesos fundamentales que le metieron gas
a la crisis no han sido encarados”. Se refiere “al excesivo endeudamiento de
hogares, bancos y otras instituciones financieras, así como a la mayor parte del
sector de corporaciones”.
O sea que estaríamos en el punto de partida, aunque con el agravante de que, en
el camino, los Estados y bancos centrales inyectaron billones de dólares en
operaciones de rescate, que no fueron usados para reducir el excesivo
endeudamiento sino para hacerlo mayor.
De infartos y colapsos
El manto de silencio que cubrió el aniversario sirvió para escamotear otro hecho
más: el colapso de la zona euro en mayo, similar al que produjo la quiebra del
banco de inversión Lehman Brothers y el default de la aseguradora AIG en
septiembre/octubre de 2008. El infarto se manifestó en la paralización del
funcionamiento del capitalismo e incluso del sistema político norteamericano;
los bancos dejaron de prestarse entre ellos, las operaciones de rescate se
dilataban por divergencias políticas. Ahora, el columnista Siaba Sarrate (Ambito,
16/7), en referencia a la crisis de Grecia y del euro de mayo pasado, dice
(retrospectivamente, claro) que “la corrida sin contención pudo (sic) ser
terminal”, y que, además, “se alimentó más de la parálisis de las autoridades –y
de su asombrosa impericia”. O sea, un derrumbe político combinado con el
económico. “Europa pasó de Dunkerque a Normandía”, rememora el columnista.
En Dunkerque, en 1940, las tropas alemanas infligieron una dura derrota a las
británicas, que tuvieron que retirarse de Europa, y abrieron el camino para la
ocupación nazi de la Europa continental. En Normandía, en julio de 1944, se
produjo la invasión aliada que inició la liberación de Francia. Se trata, por
cierto, de una comparación muy fuerte. Pero, invasiones aparte, la crisis
reciente en Europa puso de manifiesto, por segunda vez, que el derrumbe mundial
no se compone solamente de recesiones, despidos y quiebras, sino también de
colapsos cuando el mecanismo interior del sistema capitalista se paraliza, pero
en este caso no a partir de un banco de inversión y una compañía de seguros sino
de Estados y uniones políticas y monetarias estatales.
No hay tampoco que asustarse, nos dice Siaba, porque el plan de salida de Europa
funcionó muy rápido. Vano consuelo: de un colapso se sale rápido o no se sale.
Más allá de esto, deja una secuela permanente. Es lo que ocurrió con la quiebra
de Lehman Brothers y el rescate de AIG: el rescate de la economía por parte de
los Estados y los bancos centrales desató la fase siguiente de la crisis
mundial, que incorpora crisis fiscales gigantescas y aún mayores crisis
monetarias. Las deudas públicas principales superan el 100% del PBI; y las
emisiones de moneda, con respaldo en activos sin valor, han crecido en torno al
150%; la base monetaria en Estados Unidos subió de 1,3 billones de dólares a 3,5
billones entre abril de 2007 y marzo de 2010, en tanto el PBI caía en precios
constantes. Ahora, los especuladores internacionales apuestan a un derrumbe del
dólar.
Más que una gambeta
De todos modos, la afirmación de que el plan de rescate salvó el día en Europa
es menos que media verdad. En un artículo anterior (“Gambeta china”, http://www.lahaine.org/index.php?p=46511
) se nos escapó un eslabón de ese rescate. Es cierto que al no ceder a las
presiones para revaluar su moneda -el yuan- respecto del dólar, China protegió
al euro de un derrumbe, ya que esa revaluación hubiera amplificado la
devaluación que estaba sufriendo el euro. Pero ante el anuncio del plan de
rescate, China hizo algo más: salió a comprar deuda de los bancos españoles y
griegos, y a transformar una parte de su reserva de dólares en euros. Las
autoridades chinas habían pregonado, precisamente, que tenían la intención de
atar su moneda a una canasta de monedas –lo cual supone una diversificación de
sus reservas.
“El mercado europeo, le acaba de decir Wen Jiabao, primer ministro de China, a
su homóloga de Alemania, Angela Merkel, de visita en China, es y será una de las
principales plazas de inversión para las reservas chinas de divisas
extranjeras”. Este señalamiento llevó al corresponsal de El País (17/7) en Pekín
al comentario siguiente: “suficiente para que el euro superara la barrera de los
1,30 dólares por primera vez en dos meses”. Voilà. Europa solamente salió de
terapia intensiva, por un lado por la gambeta china con relación con el dólar,
que fue acompañada por una fuerte intervención de socorro de bancos europeos y
del euro.
Es cierto que al detener la devaluación del euro, China actuó en defensa de sus
propios intereses comerciales, como es frenar el encarecimiento de sus
exportaciones y el abaratamiento de las de la competencia. Pero el problema
comercial es de mediano y largo plazo, y está condicionado por diferentes
variables, en tanto que el hundimiento del euro era un problema financiero
inminente, pues hubiera podido acelerar las quiebras bancarias en Europa y
provocar una cadena de devaluaciones de otras monedas.
La intervención de China en el rescate del euro la eleva a una posición de
arbitraje en la crisis monetaria, que hasta ahora había estado reservada a
Estados Unidos. Después del shock de 2008 y más tarde, cuando la crisis de
Grecia sacudió a Europa, la Reserva Federal [Banco Central de EE.UU.] había
realizado operaciones de canje del dólar con monedas locales (real, peso
mexicano, euro) para cubrir las necesidades de dólares de los países que
enfrentaban fugas de sus divisas. Ahora ese rol fue pactado por la Unión Europea
con China.
Hay una lógica en esto, porque China tiene reservas superiores a los dos
billones y medio de dólares. China se ve obligada a arbitrar para preservar el
valor de estas reservas. En varias ocasiones, advirtió al gobierno de Obama
contra la tentación de desvalorizar el dólar. Pero bien mirado, este arbitraje
pone de manifiesto la dependencia monetaria de China. Después de todo, conservar
un porcentaje desproporcionado de la riqueza creada y comercializada (en sus
gigantescas reservas, 31% de las mundiales cuando su población es el 22% del
total) constituye un despilfarro descomunal, pues la función del dinero, más
allá de un nivel de atesoramiento y de reserva para transacciones, debe ser la
inversión en nuevas capacidades productivas.
Las reservas de China financian la emisión desmesurada de dólares sin respaldo
(por eso el elogio de los Kirchner al monto alcanzado por las reservas de
Argentina constituye un despropósito: son el vaciadero de basura de la Reserva
Federal, su emisión de dólares, y tienen el único propósito de operar como
garantía para un ulterior endeudamiento internacional). El salvataje del euro
por parte de China es un nuevo estadio de la crisis monetaria internacional y
una forma todavía ‘pacífica’ de dirimir los conflictos comerciales. La
protección del valor de las reservas internacionales, por parte de los países
con excedentes, y el privilegio emisor del dólar por parte de la Reserva
Federal, constituyen los ‘casus belli’ de la presente crisis mundial.
(Los países emergentes, se informa, han recibido capitales especulativos en el
último año por el monto de 700 mil millones de dólares. Ante la incapacidad de
esas economías de absorber esa suma sin provocar un colapso interno, sus bancos
centrales compraron 600 mil millones de aquellos, con lo cual evitaron una
revaluación de sus monedas. Para esterilizar las monedas locales con las que
compraron esos dólares, han tenido que pagar tasas de interés muy superiores a
las que cobran cuando invierten esas reservas, por ejemplo en bonos de la deuda
pública norteamericana. Esta operación de desangre financiero de las economías
emergentes es saludada, naturalmente, por los países centrales y menos
naturalmente por los cipayos que gobiernan en estos países, que adoran la
acumulación de reservas como un éxito nacional y popular).
La zona euro sigue en terapia
El rescate del euro ‘a la china’ forma parte de una disputa que supera el marco
del comercio entre naciones. Después de todo, las medidas proteccionistas de
Estados Unidos contra las exportaciones chinas apenas involucran al 3% del
comercio bilateral. La pelea principal es por el acceso de los capitales
internacionales que operan en China al mercado de compras estatales de China,
cuyo presupuesto anual es de dos billones de dólares. Las restricciones al
acceso de este mercado ya han desatado un enfrentamiento, en especial de
capitales alemanes y norteamericanos, con el gobierno de Beijing,
particularmente porque China pone la condición de que las empresas extranjeras
se asocien a las chinas y le transfieran tecnología sensible.
Se trata de una exigencia imposible de satisfacer, porque el diferencial
tecnológico es la fibra decisiva de la competencia mundial, en especial cuando
la crisis ha horadado el diferencial de financiamiento. En forma simultánea, sin
embargo, existe una restricción generalizada a permitir inversiones chinas en
los países centrales, o sea a transformar sus reservas en dinero en inversiones
productivas. China ha logrado, a cambio de su socorro al euro, que se le permita
comprar empresas en Grecia y en otros países de la periferia de Europa.
Sea como fuere, el salvataje por parte de China no ha resuelto la crisis del
euro. Es cierto que obligó a desarmar posiciones a los fondos que habían
especulado a la baja (recompraron euros) y que esto provocó un giro hacia arriba
en su cotización. Pero en este viraje intervino también una depreciación del
dólar, determinada por la evidencia de que Estados Unidos vuelve a la recesión y
de que no tiene el mismo margen que en los años recientes para ejecutar rescates
o estímulos económicos.
La situación fiscal y bancaria de Europa es más grave que nunca. La zona euro
tiene una deuda pública combinada de casi 8 billones de euros, que se eleva a 12
billones para toda la UE. Gran Bretaña acaba de confesar que su deuda pública
fue dibujada por el gobierno precedente (¡ya es un deporte mundial!) y que es,
en realidad, medio billón de dólares superior a la informada. En Clarín del
domingo 18, Rodolfo Terragno adjudicó los males de Europa a la convertibilidad
de las viejas monedas europeas con el marco alemán, que quedó fijada en el valor
del euro. Pero olvida que la crisis europea envuelve en especial a la misma
Alemania, cuyos bancos tienen activos incobrables por 300 mil millones de
dólares.
Una salida del euro y una devaluación sumiría a los países que lo hicieran en
una crisis económica mucho peor que la actual. Grecia tiene una deuda pública
tres veces mayor a la de Argentina en 2001 y los bancos españoles han contraído
una deuda récord para ser rescatados por el Banco Central Europeo. Una parte de
la banca griega ya ha sido calificada de zombi: es que cotiza sus activos
incobrables, que carecen de valor, a la par, y reemplazan esta falta de recursos
con inyecciones del Banco Central Europeo (esto mismo ocurre con las Cajas
españolas, los Landesbank germanos y los bancos locales o cooperativos de
Italia).
La semana que viene se conocerán los resultados de las pruebas de resistencia a
situaciones de crisis, a la que han sido sometidos los bancos europeos. Todo el
mundo anticipa que las pruebas han sido fraguadas, e incluso que son de
imposible verificación, como ya se demostró en Estados Unidos. Aun así le
bajarán el pulgar a una decena de entidades de importancia relativa, que
seguramente serán absorbidas por otras… con el apoyo de un financiamiento de la
Comisión Europea y los diversos Estados. En definitiva, los analistas
internacionales más destacados siguen pontificando sobre la necesidad de un
default “ordenado” de Grecia y las probabilidades crecientes de una
desintegración de la zona euro.
Estados Unidos, siempre
El torbellino de la crisis ha regresado, a partir de este desarrollo, a Estados
Unidos; los pronósticos optimistas de la Reserva Federal, en febrero, se han
tornado agoreros. Se prevé recesión o menor cifra de crecimiento del PBI (1,5%),
agravamiento de la crisis hipotecaria, cese de la reposición de inventarios. El
quebradero de los quebraderos está representado por las agencias estatales
hipotecarias Freddie Mac y Fannie Mae, cuyo valor de capital en Bolsa ha caído a
casi cero (la sacaron de las pizarras), pero que solventa bonos garantizados por
hipotecas en el orden de los 5 billones de dólares (la mitad del mercado
hipotecario), que no puede pagar. De ese monto, la Reserva Federal se ha hecho
cargo de 1,3 billones, o sea que la circulación del dólar no tiene respaldo.
Una comisión investigadora ha determinado que el déficit fiscal ya tiene el
carácter de “un cáncer”, que hará metástasis fiscal en regla en unos pocos años.
Asimismo, además de la posibilidad de default de numerosos estados de la Unión,
los fondos de pensiones, que pagan jubilaciones predeterminadas, ya están más
allá de la bancarrota: es que con la baja de las tasas de interés por las
contribuciones que manejan necesitarían aumentar sus fondos de sustentabilidad
en varias veces para poder pagar los retiros establecidos.
Para resumir, la carga fiscal potencial del Estado norteamericano no tiene
soporte. No porque el fondo de capital en los Estados Unidos para solventar la
deuda del Estado no sea suficiente –por el contrario, la crisis ha creado una
abundancia de capital en forma de liquidez–, sino porque ese capital no
soportaría asumir el riesgo que conlleva la deuda pública. Hoy mismo, la deuda
americana se solventa solamente en un 53% con capital interno – el 47% es
exterior y saldría por la puerta de emergencia ante el primer síntoma de
colapso. A esto se refieren los economistas que aseguran que cualquier despiste
de ruta podría transformar a las nuevas manifestaciones de recesión en una
depresión.
Los llamados países emergentes no pueden contrarrestar esta tendencia a partir
solamente del comercio de materias primas que motoriza la demanda de China,
porque esta misma demanda está siendo afectada por el nuevo retroceso de los
países centrales. Otra cosa sería si la demanda de China estuviera sustentada en
un vigoroso desarrollo de su mercado interior, con independencia del capital
internacional. Pero lo que ocurre es que el capital internacional quiere colocar
su excedente de producción y de capitales en China. Sería una tercerización de
su actividad en los países centrales, con la consecuencia de un violento
crecimiento de la desocupación en ellos. Por otro lado, la demanda de China y
del resto de los emergentes se encuentra en gran parte fogoneada por los
capitales especulativos y la acumulación de reservas de moneda extranjera, que
se extinguirían como consecuencia de otro derrumbe financiero en los países
centrales. La salida a este derrumbe plantea una reorganización social en gran
escala; entrañará un gigantesco retroceso social si se produce en los marcos
capitalistas.