¿Desembocará inevitablemente en
una conflagración mundial la intensificación del conflicto entre EE.UU. y China?
Si consideramos la historia reciente como un indicador fiable, entonces la
respuesta es un rotundo sí. Las guerras más destructivas del siglo XX fueron
consecuencia de los enfrentamientos entre las potencias imperiales establecidas
y las potencias imperiales emergentes. Las prácticas y las políticas de las
primeras sirven de guía para las segundas.
Por James Petras - Rebelión
La
explotación colonial que el Reino Unido infligió a la India, a sus mercados,
hacienda, materias primas y mano de obra sirvió de modelo para la guerra y
conquista que Alemania intentó en Rusia [1] . La enemistad entre Churchill y
Hitler tuvo tanto que ver con sus visiones imperiales comunes como con sus
puntos de vista contradictorios de la política. Del mismo modo el pillaje
colonial de Europa y EE.UU. realizado en el sudeste asiático y las ciudades
costeras de China sirvió de modelo para la ofensiva colonizadora y explotadora
de Japón en Manchuria, Corea y China continental.
En cada caso, el conflicto entre las potencias imperiales establecidas, pero
estancadas, y las nuevas potencias imperiales dinámicas de desarrollo tardío
condujo a guerras mundiales en las que sólo la intervención de otra potencia
imperial en ascenso, Estados Unidos (junto a la proeza militar imprevista de la
Unión Soviética), hizo posible la derrota de las anteriores potencias
dominantes. EE.UU., establecida después de la guerra como la potencia imperial
dominante, desplazó a las potencias europeas, subordinó a Alemania y Japón y se
enfrentó al bloque sino-soviético [2] . Con la desaparición de la URSS y la
transformación de China en un país capitalista dinámico, el escenario estaba
preparado para un nuevo enfrentamiento entre el poder imperial establecido –EE.UU.
y sus aliados europeos– y China, la potencia mundial emergente.
El imperio de EE.UU. cubre el mundo con cerca de 800 bases militares [3] ,
alianzas militares multilaterales (OTAN) y bilaterales, y una posición dominante
en las denominadas instituciones financieras internacionales (Banco Mundial,
Fondo Monetario Internacional) y los bancos transnacionales, firmas de inversión
e industrias de Asia, América Latina, Europa y otros lugares.
China no ha desafiado ni copiado el modelo de EE.UU. de construir el imperio
basándose en la capacidad militar. Y todavía menos el enfoque japonés o alemán
de cuestionamiento de los imperios establecidos. Su dinámico crecimiento está
impulsado por la competitividad económica, las relaciones de mercado guiadas por
un estado de vocación desarrollista y la voluntad de pedir prestado, aprender,
innovar y expandirse interna y externamente desplazando la supremacía
estadounidense en los mercados regionales y nacionales de América Latina,
Oriente Próximo y Asia, así como dentro de EE.UU. y la Unión Europea [4] .
Las potencias imperiales establecidas
Las guerras mundiales y regionales, en la medida en que participaron las
potencias dominantes (por mediación de los propios estados o a través de otros
subordinados), fueron resultado de los esfuerzos de éstas por mantener
posiciones privilegiadas en los mercados establecidos, el acceso a las materias
primas y la explotación del trabajo a través de acuerdos bilaterales y
multilaterales. Con frecuencia, unos acuerdos territoriales vinculaban al país
imperial con los estados y regiones dependientes, y excluían a los competidores
potenciales. Las bases militares eran una imposición añadida sobre las zonas
económicas imperiales controladas, mientras que redes de clientelismo político
favorecían a los países imperiales.
Dado el privilegiado y temprano establecimiento de sus dominios imperiales, las
potencias imperiales tradicionales presentaban a las nuevas potencias imperiales
como agresores que amenazaban la paz, es decir, su posición hegemónica. Al igual
que las primeras, las nuevas potencias seguían un mismo patrón de conquista
militar de estados satélites coloniales y no coloniales antes en manos de los
estados imperiales establecidos, seguida por su saqueo [5] . A falta de redes,
sátrapas y clientes, las nuevas potencias se apoyaban en el poder militar, los
movimientos separatistas y quintas columnas (movimientos locales leales a la
naciente potencia imperial). Los nuevos poderes alegaban que su “legítima”
aspiración a una parte del poder mundial se veía bloqueada por boicoteos
económicos ilegales en su acceso a las materias primas, y por sistemas
mercantiles de tipo colonial que les cerraban sus mercados potenciales. La
derrota de las nuevas potencias (Alemania y Japón) a manos de las anteriores
potencias coloniales [6] , con el apoyo esencial de la URSS y EE.UU., sentó las
bases de un nuevo conglomerado imperial que competía y entraba en conflicto,
sobre nuevas bases. La Unión Soviética creó un grupo de países satélites de
carácter militar-ideológico limitado a Europa oriental en el que el centro
imperial subvencionaba económicamente a sus clientes a cambio de su control
político. La potencia estadounidense sustituyó a las potencias coloniales
europeas a través de una red mundial de tratados militares y de la penetración
forzada en los antiguos estados coloniales mediante un sistema de dependencia
neocolonial [7] .
El colapso del imperio soviético y la implosión de la URSS abrió inmediatamente
nuevas perspectivas en Washington en favor de un imperio unipolar sin
competidores o rivales, una pax americana [8] . Esta visión, basada en un
superficial análisis unidimensional de la supremacía imperial militar
estadounidense ignoraba varias debilidades cruciales:
1.) la disminución relativa del poder económico de EE.UU. frente a la dura
competencia de la UE, Japón, los países de reciente industrialización y, desde
principios de los años noventa, de China;
2.) los frágiles cimientos del poder imperial estadounidense en el Tercer Mundo,
basado en gobiernos satélites colaboradores altamente vulnerables, cuyas
economías, objeto de pillaje, no eran sostenibles;
3.) la desindustrialización y la financiarización de la economía de EE.UU., que
provoca una disminución del comercio de mercancías y una creciente dependencia
de los ingresos por servicios financieros. El carácter especulativo casi total
del sector financiero llevó a una gran volatilidad y al saqueo de bienes
productivos como garantía de la deuda pendiente.
En otras palabras, la cara externa de un imperio unipolar oculta la podredumbre
interna y la profunda contradicción entre la mayor expansión exterior y el
creciente deterioro interno. La rápida expansión militar de EE.UU. en
sustitución del Pacto de Varsovia con la incorporación de los países de Europa
del Este a la OTAN creó la imagen de un imperio dinámico incontenible. El saqueo
y la transferencia de riqueza de Rusia, Europa Oriental y las ex repúblicas
soviéticas dieron la apariencia de un dinámico imperio económico.
Este punto de vista plantea varios problemas, en la medida en que el saqueo fue
un golpe de suerte que sólo sucede una vez. Éste enriqueció principalmente a
gángsters oligarcas rusos y las empresas públicas privatizadas en su mayoría
pasaron a manos de Alemania y otros países de la Unión Europea. El imperio
estadounidense cargó con el gasto de promover la caída de la URSS, sin por ello
ser el primer beneficiario económico; sus ganancias fueron, en su mayor parte,
militares, ideológicas y simbólicas.
Las fatídicas consecuencias a largo plazo de las victorias militares de EE.UU.
posteriores a la caída de la URSS se produjeron durante las presidencias de Bush
padre y Clinton, a principios y mediados de 1990. La invasión estadounidense de
Iraq y el aplastamiento a fuego rápido de Yugoslavia dieron un enorme impulso a
la construcción del imperio estadounidense basado en el poder militar. Las
rápidas victorias militares, la posterior colonización de facto de Iraq
septentrional y el control de su comercio y presupuesto revitalizó la idea de
que el dominio imperial a través de la colonización era un proyecto histórico
viable. Del mismo modo, el establecimiento de la entidad de Kosovo (tras el
bombardeo de Belgrado) y su conversión en una gran base militar de la OTAN
reforzó la idea de que la expansión militar global era la ola del futuro [9] .
En una consecuencia aún más desastrosa, la primacía militar sobre la economía
dio lugar al ascenso de los ideólogos militaristas de la línea dura,
profundamente embebidos de la metafísica militar israelí-sionista de
interminables guerras coloniales [10] . Como resultado de ello antes del
comienzo del nuevo milenio todos los elementos –político, militar e ideológico–
estaban listos para el lanzamiento de una serie de guerras impulsadas por el
militarismo y el sionismo, que contribuirían a minar aún más la economía de
EE.UU., profundizar su déficit presupuestario y comercial y abrir el camino al
surgimiento de nuevos imperios basados en unas economías dinámicas [11] .
A diferencia de anteriores potencias imperialistas, China se ha basado desde el
principio en el desarrollo de sus fuerzas productivas nacionales, sobre la base
de los logros fundamentales de su revolución social. La revolución social ha
creado un país unificado, libre de enclaves coloniales, y dotado de una fuerza
de trabajo educada y sana, y una infraestructura y una industria básicas. Los
nuevos dirigentes capitalistas dirigieron la economía hacia el exterior e
invitaron al capital extranjero a aportar tecnología, mercados exteriores
abiertos y capacidad de gestión capitalista, manteniendo el control sobre el
sistema financiero y las industrias estratégicas. Lo que es más importante, su
agricultura semiprivatizada creó una fuerza de trabajo de millones de
trabajadores de bajos salarios e intensa explotación en las plantas de montaje
de la costa. Los nuevos gobernantes capitalistas eliminaron la red de seguridad
social sanitaria y educativa básica y gratuita, obligando a utilizar el alto
nivel de ahorro para cubrir gastos médicos y de enseñanza y aumentando los
índices de inversión a niveles astronómicos. Al menos inicialmente, China, en
contraste con anteriores potencias imperiales, intensificó la explotación de su
propia fuerza de trabajo y sus recursos, en lugar de participar en conquistas
militares en el extranjero y practicar el saqueo de recursos y la explotación de
trabajo forzado.
La expansión exterior de China estuvo impulsada por el mercado sobre la base de
una triple alianza de capital estatal, extranjero y nacional, en que, con el
tiempo, el papel de cada uno de los tres ha variado según las circunstancias
políticas y económicas y el realineamiento de las fuerzas internas del
capitalismo.
Desde el principio, se sacrificó el mercado interior en la búsqueda de mercados
externos. El consumo masivo se pospuso en favor de las inversiones, beneficios y
riquezas de las élites estatales y privadas. La rápida y masiva acumulación
amplió las desigualdades y concentró el poder en la parte superior del nuevo
sistema de clases híbrido de capitalistas y Estado [12] .
En contraste con las potencias imperiales del pasado y de EE.UU. en la
actualidad, China, como nueva potencia imperialista, subordinó los bancos a la
financiación de la industria manufacturera, en particular los sectores de
exportación. A diferencia de aquéllas, China renunció a un gran gasto militar de
grandes bases en el extranjero, guerras coloniales y costosas ocupaciones
militares. En su lugar, sus productos penetraron los mercados, incluidos los de
las grandes potencias. Ha sido una evolución sui generis basada en tomar
prestadas la tecnología y la técnica de comercialización de las transnacionales
imperiales, y luego darles la vuelta y utilizar las competencias adquiridas para
elevar el ciclo productivo, de la planta de ensamblaje a la manufactura, luego
al diseño y por fin a la creación de productos de alto valor añadido [13] .
China aumentó sus exportaciones de mercancías mientras limitaba
considerablemente la penetración de los servicios financieros, la nueva fuerza
motriz de las potencias clásicas. El resultado, al cabo de un tiempo, fue un
ascenso rápido en el déficit comercial de mercancías, no sólo con China, sino
con casi 100 países de todo el mundo. La preeminencia de la élite imperial líder
en finanzas y fuerza militar inhibió el desarrollo de mercancías de alto nivel
tecnológico, capaces de penetrar en el mercado de las potencias emergentes y
reducir así el déficit comercial. En cambio, el retroceso en un sector
manufacturero subdesarrollado y poco competitivo impidió competir con los
productos chinos, de salarios más bajos, y condujo, junto con unos cuadros
sindicales sobrerremunerados y nostálgicos, a denuncias de competencia desleal y
de infravaloración de la moneda china. Se pasa por alto el hecho de que el
déficit de EE.UU. es resultado de la configuración económica nacional y de los
desequilibrios entre las finanzas, los fabricantes y los productores. Un
ejército de escritores de temas financieros, economistas, expertos, peritos y
otros especialistas ideológicos vinculados al capital financiero dominante han
proporcionado el barniz ideológico a la campaña ideológica contra China y su
potencia imperial de raíz económica [14] .
En el pasado, las potencias imperiales organizaron una determinada división del
trabajo. En el modelo colonial, se dependía de las materias primas de las
colonias y de los productos manufacturados importados terminados de la potencia
colonial. En el primer periodo postcolonial, la división del trabajo consistía
en la producción de bienes intensivos en mano de obra en los países de reciente
independencia a cambio de bienes tecnológicamente más avanzados de las potencias
tradicionales. Una tercera etapa en la división del trabajo fue propagada por
los ideólogos del capital financiero, en la que las potencias imperialistas
tradicionales exportarían servicios (financieros, tecnológicos, entretenimiento,
etc.) a cambio de bienes manufacturados de mano de obra intensiva y más
avanzados. Las ideologías de la división del trabajo en su tercera fase suponen
que los ingresos derivados de los ingresos invisibles repatriados del capital
financiero “equilibrarían” las cuentas externas de la balanza de mercancías. El
monopolio financiero de Wall Street y la City de Londres garantizaría unos
ingresos suficientes para mantener un superávit de la balanza de pagos. Esta
errónea suposición se basa en el modelo anterior colonial y postcolonial, en el
que los países de producción agro-minera y los países manufactureros no
controlaban su propia financiación, seguros y transportes de mercancías
nacionales e internacionales. Hoy no es así. Incapaz de dominar los mercados
financieros de países de fuerte comercialización de mercancías, como China, el
capital financiero especulativo ha intensificado su actividad especulativa
interna e intraimperial. Lo cual ha conducido a una espiral de crecimiento de la
economía ficticia, a su inevitable colapso y al crecimiento de la deuda externa
y los déficit comerciales.
En cambio China expande su sector industrial equilibrando las importaciones de
productos semiacabados para el montaje con la tecnología para configurar su
producción de fabricación propia; y el capital vinculado a empresas de propiedad
nacional con las ventas de productos terminados a EE.UU., la UE y el resto del
mundo. A través de los bancos estatales, China controla el sector financiero,
con lo que disminuye el flujo de salida de “ingresos invisibles” pagado a las
potencias tradicionales.
Éstas practican el gasto a gran escala, improductivo e ineficiente, (con miles
de millones de dólares de exceso de coste) de los gastos militares y las guerras
coloniales de alto costo sin “ventajas imperiales” [15] . En cambio una nueva
potencia como China vierte cientos de miles de millones en la construcción de su
economía interior, como trampolín para la conquista de los mercados exteriores.
Las brutales guerras imperial-coloniales de las potencias tradicionales arrancan
grandes sumas de los pueblos conquistados, pero a costa de la desacumulación de
capital. En cambio países como China explotan duramente a cientos de millones de
trabajadores migrantes, en el proceso de acumulación de capital para la
reproducción ampliada en los mercados nacionales e internacionales. A diferencia
del pasado, son las potencias tradicionales las que recurren a la agresión
militar para conservar los mercados, mientras que los nuevos países se expanden
en el extranjero por medio de la competitividad del mercado.
La “enfermedad económica” de las potencias establecidas es su tendencia a
excederse en su sector financiero y cambiar sus políticas de fomento de la
industria y el comercio por las actividades especulativas y otras igualmente
nefastas que se retroalimentan y autodestruyen. En cambio las nuevas potencias
trasladan su capital bancario de la financiación de manufacturas nacionales a
garantizar las materias primas exteriores para su industria.
Diferencias entre centros imperiales y diásporas
Hay diferencias importantes entre los países
imperiales pasados y presentes y sus diferentes diásporas. En el pasado, los
centros imperiales, en general, dictaban la política a sus dependencias de
ultramar, de las que reclutaban mercenarios, soldados y voluntarios para sus
guerras imperiales y obtenían altos rendimientos para sus inversiones y unas
relaciones comerciales favorables. En algunos casos, los asentamientos de
colonos, a través de sus representantes en los parlamentos, influían en la
política imperial, llegando a conseguir algún tipo de descentralización del
poder. Además, en algunos casos los colonos repatriados recibieron el apoyo
político del centro imperial y compensaciones financieras por las propiedades
expropiadas. Sin embargo, el centro imperial siempre hizo caso omiso de la
resistencia de sus colonos en el extranjero a la hora de configurar un pacto con
las ex colonias que preservase los grandes intereses económicos y políticos del
centro [16] .
En cambio, el estado imperial de EE.UU. paga un tributo de miles de millones de
dólares y se somete a las políticas de guerra dictadas por Israel –un país que
aparenta ser su “dependencia”– como resultado de la penetración de la
configuración del poder sionista en la formulación de políticas estratégicas.
Tenemos la extraordinaria circunstancia de que la “diáspora” de un Estado
extranjero (Israel) prevalece sobre los intereses económicos estratégicos
(industria petrolera), y sobre los altos mandos militares y las agencias de
inteligencia del centro imperial en el establecimiento de las políticas en
Oriente Próximo [17] . A diferencia de cualquier potencia anterior, en EE.UU.
todo el aparato de propaganda de los medios, la mayoría de los centros
académicos, la mayoría de los think tanks, ricamente subvencionados, producen
cada año miles de programas, publicaciones y documentos de política que reflejan
una visión israelí-sionista de Oriente Próximo, y que censuran, elaboran listas
negras y purgan a cualquier disidente, o lo obligan a retractarse sumisamente.
Las potencias imperiales emergentes, como China, no tienen este tipo de
dependencia “hegemónica”. En contraste con el desleal papel de la configuración
de poder sionista, que sirve como un instrumento político-militar de Israel, la
diáspora china es un aliado económico del Estado chino. Los chinos de ultramar
proporcionan oportunidades de mercado a los grupos empresariales del continente
y participan en empresas mixtas dentro y fuera de China, pero no definen la
política exterior del Estado en que residen. La diáspora china no actúa como una
quinta columna en contra de los intereses nacionales de sus países de
residencia, a diferencia de los sionistas estadounidenses, cuyas organizaciones
de masas colaboran con toda su fuerza en el único objetivo de subordinar la
política de EE.UU. para maximizar las políticas coloniales de Israel.
Las diferencias en las relaciones entre los centros imperiales pasados y
presentes y sus diásporas externas e internas tienen enormes y diversas
consecuencias en el contexto competitivo del poder global. Vamos a enumerarlos
someramente:
· Las potencias europeas sacrificaron las exigencias de sus diásporas coloniales
de continuar con la forma racial-colonial del imperialismo, en favor de una
transición negociada a la independencia, y del mantenimiento y ampliación de sus
lucrativas inversiones a largo plazo, de sus vínculos comerciales y financieros
y, en algunos casos, incluso de sus bases militares. Los colonos fueron
sacrificados para promover un nuevo tipo de imperialismo.
· En estos momentos China no está constreñida por unos colonos racistas, por lo
que puede promover sus intereses económicos en cualquier parte del mundo,
particularmente en las regiones y países y entre los pueblos amenazados por la
quinta columna sionista “incrustada” en su potencia rival, EE.UU [18] .
· China tiene colocados en Irán más de 24.000 millones de dólares en inversiones
lucrativas, y es su principal comprador de petróleo; EE.UU. tiene cero
inversiones y cero comercio. China ha desplazado a EE.UU. como principal
importador de petróleo saudí y es el principal socio comercial de Siria, Sudán y
otros países musulmanes donde las políticas sionistas de sanciones han
minimizado o eliminado la actividad económica estadounidense [19] . Mientras las
políticas chinas, movidas por sus intereses mercantiles nacionales, han sido la
fuerza motriz para mejorar su situación económica en el mundo, EE.UU., trabado
por las necesidades propias de una potencia colonial tributaria, es un claro
perdedor económico. Igualmente significativo, mientras que la diáspora china
está estrictamente interesada en ampliar los vínculos económicos, la diáspora
israelí –la configuración de poder sionista– está rigurosamente conectada con la
militarización de la política de EE.UU., participando en guerras prolongadas
extraordinariamente costosas, y enemistándose con casi todos los principales
países de población islámica con su retórica escandalosamente islamofóbica.
El giro hacia una política exterior militarizada y totalmente desequilibrada,
promovida en nombre de Israel, ha trastornado por completo la relación entre la
política militar de EE.UU. y sus intereses económicos ultramarinos.
Paradójicamente, la quinta columna israelí ha contribuido poderosamente a
facilitar la relegación de EE.UU. en beneficio de China en los principales
mercados mundiales. El que había sido históricamente definido como un pueblo sin
estado (formado por ciudadanos de estados seculares no judíos) y conocido
principalmente por su capacidad empresarial, ha sido redefinido por sus
principales líderes como el principal defensor de la doctrina de guerras
ofensivas (guerras llamadas preventivas) vinculadas a Israel, el país más
militarizado del mundo [20] . Como resultado de esta influencia, y en alianza
con la extrema derecha, Washington ha abandonado importantes oportunidades
económicas en favor del uso de la fuerza militar.
Reacción de los imperios ante la decadencia: pasado y
presente
Al igual que EE.UU. hoy, en su decadencia los
imperios del pasado adoptaron diversas estrategias para minimizar las pérdidas,
unos con más éxito que otros. En general las políticas menos exitosas y más
costosas fueron los intentos de hacer retroceder los movimientos
antiimperialistas de masas e intentar restaurar la dominación colonial. En un
período de declive del poder económico mundial, las políticas coloniales
restauracionistas siempre han fracasado. La estrategia no militar fue la menos
costosa y la de mayor éxito, al menos a la hora de permitir una cierta
apariencia de presencia imperial. El éxito se basó en las transiciones a la
independencia negociadas, en la que la supremacía económica permitió continuar
la hegemonía imperial en alianza con una burguesía colonial emergente.
Históricamente, las potencias imperiales decadentes recurrieron a cinco
estrategias, o alguna combinación de ellas:
1) Intentar recuperar colonias o neocolonias mediante ofensivas militares.
Después de la Segunda Guerra Mundial, Francia en Indochina y Argelia, o el Reino
Unido en Kenia pagaron un alto precio económico y político al tratar de
restaurar el régimen colonial, y, en última instancia, fracasaron.
2) Negociar un acuerdo neocolonial. El Reino Unido, gravemente debilitado por
las pérdidas durante la Segunda Guerra Mundial, y frente a un movimiento de
independencia de millones de personas, asumió que lo más razonable sería
negociar y conceder la independencia a la India con el fin de mantener una
apariencia de comercio imperial y vínculos de inversión, así como una influencia
política indirecta por mediación de los funcionarios civiles y militares del
país, de formación británica.
3) Ceder la posición de liderazgo a un poder imperial emergente superior. Al
convertirse en socio menor, este planteamiento pretende al menos obtener una
pequeña parte de los beneficios económicos y la influencia política. Ante el
movimiento de resistencia griego, masivo y antifascista, liderado por los
comunistas, el Reino Unido dio un paso atrás y desempeñó un papel secundario
dejando que EE.UU. asumiera el papel de gendarme político y potencia dominante
en una Grecia satélite. El Reino Unido mantiene una esfera de influencia
reducida en los Balcanes y el Mediterráneo. Del mismo modo Bélgica intentó
derribar al gobierno nacionalista del Congo, dirigido por el presidente Patrice
Lumumba, para luego ceder el lugar de honor al régimen títere de Mobutu,
respaldado por EE.UU.
4) Ceder el dominio político a gobernantes indígenas dispuestos a preservar los
mecanismos económicos y financieros de la época colonial. La retirada del
régimen colonial británico del Caribe disminuyó de hecho los gastos
administrativos y policiales destinados a proteger y promover la privilegiada
posición comercial y las inversiones en el período post colonial. La
“preferencia imperial” fue defendida por medio de una red amiguista de “viejos
camaradas” locales, educados y adoctrinados por El Reino Unido, y siempre
impresionados por la pompa y el ceremonial de una sociedad elitista. Sin
embargo, con el tiempo la dominación del mercado por medio de las “doctrinas de
libre comercio” sustituyó a estas redes clientelares del pasado y abrió la
puerta a la hegemonía de EE.UU.
El rápido colapso de un imperio competidor puede dar nueva vida a un imperio que
experimenta un declive más lento y prolongado. El colapso repentino y total del
sistema de países satélites comunistas y la desintegración de la URSS supusieron
una oportunidad excepcional para EE.UU. de extender su imperio de bases
militares y de reclutar a mercenarios para pelear sus guerras imperiales. Las
principales potencias europeas sintieron revivir sus momentos imperiales al
apoderarse de los sectores industrial, de servicios, transportes, bienes raíces
y finanzas de Europa oriental, los países bálticos y los Balcanes, en una
sustitución del dominio ruso “directo” por la dominación del mercado y de la
ideología.
Las experiencias recientes de cómo las clases dirigentes imperiales manejaron su
decadencia son de interés en relación con las respuestas de los gobernantes
imperiales estadounidenses.
Las respuestas de EE.UU. a la decadencia imperial: sacrificar el país para
salvar el imperio
Washington ha dado al menos seis respuestas a su decadencia:
1) La respuesta a largo plazo y gran escala a su posición de decadencia dentro
de la economía mundial y a su decreciente influencia política en varias regiones
ha consistido en ampliar y reforzar su red de bases militares mundiales [21] . A
partir de la década de 1990, convirtió a los antiguos países del Pacto de
Varsovia –Polonia, Hungría, República Checa, etc.– en miembros de la OTAN, bajo
el liderazgo de EE.UU. Más tarde, amplió su alcance militar con la incorporación
de Ucrania y Georgia como miembros “asociados” de la OTAN. Y a esto siguió el
establecimiento de bases militares en Kirguistán, Kosovo y otros pequeños
estados de la ex república yugoslava. El nuevo milenio ha sido ya testigo de una
serie de prolongadas guerras e invasiones militares, en Iraq y Afganistán, que
culminaron en la construcción de enormes bases militares y el reclutamiento de
ejércitos mercenarios y policía locales. Además, la Casa Blanca consiguió siete
bases militares en Colombia, amplió su presencia militar en Paraguay y Honduras,
y firmó tratados militares bilaterales con Perú, Chile y Brasil, aun cuando
EE.UU. fue expulsado de su base militar en Manta [22] (Ecuador). Mientras
ampliaba su presencia militar global en Asia y América Latina, China tomó su
lugar como principal socio comercial de Brasil, Argentina, Perú y Chile [23] .
Mientras EE.UU. financiaba un enorme ejército mercenario en Iraq, China se
convertía en el principal mercado de exportación del petróleo de Arabia Saudí.
La expansión militar global estadounidense no se ha traducido en un aumento
paralelo proporcional de su poder económico global; por el contrario, con la
expansión de lo militar, la economía ha seguido decayendo.
2) La segunda respuesta de la Casa Blanca a su declive económico mundial ha sido
una campaña muy activa y bien financiada de creación de regímenes satélites. La
mayor parte de este esfuerzo consiste en financiar a élites locales, ONG,
políticos de oposición maleables y ex patriotas residentes en Estados Unidos, y
con conexiones en Washington y sus agencias de inteligencia. Las llamadas
revoluciones de colores en Ucrania y Georgia; la rebelión de los tulipanes en
Kirguistán; la desintegración étnica de Yugoslavia; la partición de facto de
Iraq y el establecimiento de una república kurda; la promoción de los
separatistas tibetanos y uigures en China, y de oligarcas en el oriente de
Bolivia; y el refuerzo militar gradual de Taiwán pueden considerarse parte de
este esfuerzo por extender el dominio político frente a la crisis económica
mundial. Sin embargo, la construcción global de espacios clientelares ha sido un
fracaso por dos razones. Por una parte, los gobiernos satélites han saqueado la
economía y el erario público y han empobrecido a la población, lo que en algunos
casos ha llevado a su derrocamiento por la fuerza o por las papeletas de votos
[24] . En segundo lugar, los gobiernos satélites suponen un costo de préstamos y
donaciones del Tesoro de EE.UU., en lugar de contribuir a las aspiraciones
económicas globales de este país. La construcción de costosas clientelas y el
apoyo a sátrapas locales socava la construcción del imperio económico. Mientras
tanto las inversiones chinas en la industria y su demanda resultante de nuevos
materiales y productos alimentarios han llevado a una mayor y más rentable
presencia, incluso en estados satélites de EE.UU. Mientras los estados satélites
estadounidenses surgen y desaparecen en rápida sucesión, la presencia china, de
tipo económico, experimenta un crecimiento constante.
3) Bajo la dirección de una elite altamente militarizada, entre la que se
cuentan influyentes políticos sionistas, Washington se ha empantanado en
múltiples guerras de ocupación, a un costo de muchos billones de dólares, en
Oriente Próximo y Asia Meridional, en la suposición errónea de que estas
demostraciones de fuerza intimidarían a los países nacionalistas e
independientes y reforzarían la presencia económica de EE.UU. En cambio las
guerras han disminuido la influencia de EE.UU. y han incrementado el
nacionalismo local y el rechazo panislámico, a la luz del respaldo incondicional
de Washington al colonialismo israelí. Más que cualquier otro movimiento
destinado a reforzar el imperio, las guerras coloniales prolongadas han asignado
erróneamente enormes recursos económicos a gastos militares no productivos.
Estos recursos, en teoría, podrían haber revitalizado la presencia económica
global de EE.UU., y han potenciado la posición competitiva global de China.
4) Las guerras coloniales de restauración del poder imperial fueron, como hemos
señalado, una opción fallida de las potencias europeas al finalizar la Segunda
Guerra Mundial. Del mismo modo EE.UU., debilitado internamente por el saqueo
perpetrado por Wall Street de la economía productiva, por las transferencias al
extranjero de un gran volumen de capital y por la deslocalización de la
producción –principalmente a China e India– está en peor situación para
restaurar y sacar provecho de la construcción imperial. La ironía es que hace
medio siglo EE.UU. optó por el dominio del mercado frente al modelo colonial
europeo de construcción imperial. Ahora es al revés: europeos y chinos persiguen
la hegemonía por la via del mercado, mientras que EE.UU. adopta el modelo
militar colonial en su construcción del imperio.
5) Las operaciones clandestinas, es decir, el fomento de los golpes de Estado,
se ha convertido en un método preferente para revertir los regímenes
nacionalistas populistas en América Latina, Irán, Líbano y otros lugares. En
todos los casos, Washington no consiguió restaurar sus regímenes satélites, y en
cambio provocó un efecto boomerang: los gobiernos afectados han radicalizado su
política, han aumentado su apoyo y se han arraigado con más fuerza. Por ejemplo,
un golpe de Estado con el apoyo estadounidense en Venezuela fracasó, el
presidente Chávez fue repuesto, y luego procedió a nacionalizar las grandes
transnacionales y a estimular la oposición de América Latina a los acuerdos de
libre comercio y las bases militares [25] . Del mismo modo el respaldo de EE.UU.
a la invasión israelí de Líbano y la efectiva defensa posterior de Hizbulá
reforzó la presencia de este partido en el gobierno pro estadounidense de Hariri.
6) El apoyo incondicional de EE.UU. al Estado colonial militarista y racista de
Israel como su principal aliado y acompañante en las guerras coloniales de
Oriente Próximo, ha tenido, de hecho, el efecto contrario y ha conseguido
alienar a 1.500 millones de ciudadanos islámicos, erosionando el apoyo de
antiguos aliados (Turquía y Líbano) y fortaleciendo a los promotores de la
política sionista de abrir un “tercer frente militar”: una guerra contra Irán,
país que cuenta con dos millones de personas en sus fuerzas armadas.
Las estrategias para socavar, debilitar y excluir a China como potencia imperial
emergente
Ante los primeros signos del potencial de China como competidor global,
Washington promovió una estrategia económica liberal con la esperanza de crear
una relación de dependencia. Posteriormente, cuando se vio que la liberalización
no conducía a la dependencia, sino que más bien favorecía un crecimiento
acelerado de China, Washington recurrió a políticas más punitivas.
Durante los años ochenta y noventa, Washington alentó a China a ejercer una
política de puertas abiertas a las corporaciones transnacionales de EE.UU. y a
proporcionar los incentivos fiscales que alentasen a éstas a “colonizar”
sectores estratégicos de crecimiento de China. Washington promovió con éxito la
entrada de China en la Organización Mundial del Comercio (OMC), con la idea de
que el libre comercio jugaría a favor de sus transnacionales en la captura de
los mercados chinos. La estrategia fracasó: China sujetó las transnacionales a
su propia estrategia exportadora y se hizo con los mercados de EE.UU.; obligó a
las transnacionales a integrarse en empresas mixtas, que aceleraron la
transferencia de tecnología y propiciaron el aprendizaje industrial de China de
desarrollo de su propia capacidad productiva. El acuerdo de la OMC minó las
barreras estadounidense al comercio y facilitó el flujo de capitales
estadounidenses a los sectores productivos chinos, al tiempo que erosionaba la
base productiva de EE.UU. y socavaba su competitividad. Con el tiempo las
empresas chinas, estatales y privadas, superaron en parte su dependencia, y
asumieron un mayor control de las empresas mixtas, a la vez que desarrollaban
sus propios centros de innovación, marketing y finanzas [26] .
La estrategia liberal de crear una relación de dependencia fracasó; fue China
quien acumuló un superávit comercial y, posteriormente, asumió el papel de
acreedor, a la vez que EE.UU. se convertía en un estado deudor. La
liberalización puede haber sido efectiva para EE.UU. en América Latina y África,
en situaciones de Estados débiles dirigidos por gobernantes corruptos
supervisores del saqueo de sus propios países (materias primas, privatizaciones
y desnacionalizaciones ruinosas de las empresas estratégicas, salida masiva de
beneficios). Pero en China, sus gobernantes amarraron las transnacionales a sus
propios proyectos, garantizándose el control sobre el proceso dinámico de
acumulación de capital. Sacrificaron unos beneficios extraordinarios a corto
plazo para conseguir el objetivo a largo plazo de ganar mercados, conseguir
know-how y proceder a la ampliación y profundización de nuevas líneas
productivas a través de “normas sobre contenidos” y transferencias de
tecnología. La liberalización favoreció el auge de las exportaciones chinas de
mercancías, mientras que la economía ganó en autonomía, con la mejora del ciclo
del producto.
China ha mantenido las riendas del sector financiero, bloqueando la toma de
control por parte de los sectores estadounidenses líderes en finanzas, medios de
comunicación, bienes raíces y seguros [27] . Al limitar la penetración, la
especulación y la volatilidad, China ha evitado las crisis periódicas que
afectaron a EE.UU. en 1990-1991, 2000-2002 y 2008-2010. La versión china de la
puerta abierta no fue una repetición de la primera versión, que llevó a la
dominación extranjera de los enclaves costeros. Más bien, las propias
transnacionales extranjeras se convirtieron en islas de crecimiento vinculadas
al fomento de la expansión exterior, controlada por el Estado chino.
En los primeros años del nuevo milenio, Washington se dio cuenta de que la
estrategia liberal no había conseguido bloquear el ascenso de China a potencia
mundial, y cada vez más se inclinó hacia una estrategia punitiva.
Las estrategias para socavar y debilitar a China como potencia mundial emergente
EE.UU. ha desarrollado una estrategia detallada, compleja y multifacética para
socavar el ascenso de China al primer plano mundial. La estrategia implica
medidas económicas, políticas y militares destinadas a debilitar el crecimiento
dinámico de China y contener su expansión hacia el exterior.
Estrategias económicas
Washington, con el respaldo de la principal prensa financiera, y la mayoría de
los economistas y “expertos”, fomenta la intervención en la política económica
interna de China en busca de medidas destinadas a desarticular su modelo de
crecimiento dinámico. La exigencia más generalizada es que China revalúe su
moneda, a fin de erosionar su ventaja competitiva y debilitar sus dinámicas
industrias exportadoras [28] .
En el pasado, entre 2000 y 2008, China revalorizó su moneda en un 20% y aun así
duplicó su excedente de exportación con EE.UU [29] . Lo consiguió mediante
aumentos de la productividad, reducción de las tasas de ganancia y mejora del
control de calidad. Cabe decir también que el problema de los saldos comerciales
negativos estadounidenses es crónico y mundial: EE.UU. tiene saldos negativos
con más de 90 países, entre otros Japón y la UE [30] .
La coalición anti China, encabezada por el complejo Washington-Wall Street, ha
seguido presionando insistentemente a Pekín para que liberalice su sector
financiero, a fin de facilitar la toma de control de los mercados financieros de
China, basándose para ello en “infracciones comerciales y de inversión”. La Casa
Blanca considera que el poderoso sector financiero es el único medio efectivo
para conseguir una situación dominante en la economía de China, mediante
fusiones y adquisiciones. Esta campaña perdió fuerza frente a la crisis
financiera de 2008-2010, inducida por la actividad especulativa de Wall Street.
El sistema financiero chino apenas se vio afectado gracias a su estructura
reguladora pública y a los obstáculos a la entrada de los bancos
estadounidenses.
Washington ha impuesto medidas proteccionistas, contrarias a las directrices de
la OMC, en forma de aranceles a las exportaciones chinas de acero y neumáticos,
y el Congreso estadounidense ha amenazado con imponer un arancel general del 40%
a todas las exportaciones chinas a EE.UU., lo que constituye una llamada a la
guerra comercial.
Estados Unidos ha bloqueado varias grandes inversiones chinas y también algunas
adquisiciones de compañías petroleras, empresas tecnológicas y otras. En cambio,
China ha permitido que las transnacionales estadounidenses invirtieran decenas
de miles de millones y que subcontrataran en los más diversos sectores de la
economía china. Como potencia mundial en ascenso, confía en que su dinámica
economía vincule las transnacionales a su continuo crecimiento. Por contra EE.UU.,
ante una posición constantemente deteriorada, teme cualquier aceleración de las
adquisiciones chinas, un temor nacido de la debilidad económica, que tipifica y
disfraza con la retórica de que constituye una amenaza a su seguridad.
Washington alentó a los fondos de inversión soberanos y los inversores
exteriores chinos a que se vincularan a las empresas estadounidenses dedicadas a
actividades especulativas, con la esperanza de fortalecer las salidas de
capitales hacia EE.UU. y crear una cultura de la especulación en China para
debilitar la fuerza del capital productivo en la planificación estatal.
Washington ha aumentado sus amenazas de ejercer represalias económicas a fin de
socavar y excluir el dinámico sector exportador de China, y lograr concesiones
que comprometan la situación política interna de sus gobernantes, tan pronto
adopten los dictados de Washington. Los líderes políticos chinos que permitan
que Washington determine sus políticas económicas provocarán la oposición
interna de las empresas y los trabajadores perjudicados por esas políticas. Una
vez comprometidos y debilitados, y frente a una opinión pública nacional
inflamada, los líderes chinos se enfrentarían a presiones internas y externas,
amenazando la estabilidad del país.
Washington ha puesto en marcha una campaña concertada en los medios de
comunicación internacionales, el FMI y la UE con el objetivo de debilitar el
modelo industrial nacional chino, culpando a la potencia emergente de su propia
decadencia. Desde las columnas principales de la prensa financiera “seria” hasta
la prensa amarilla de gran circulación, desde los líderes políticos en el
Congreso hasta los altos funcionarios ejecutivos, los líderes de industrias no
competitivas y los burócratas sindicales de un movimiento obrero moribundo, se
ha orquestado una campaña destinada a “plantar cara” a China ante una larga
serie de delitos y pecados que van desde la competencia desleal, los bajos
salarios y los subsidios estatales, hasta la mala calidad y poca seguridad de
sus productos.
Académicos, economistas, expertos en inversiones y expertos incrustados de
Estados Unidos y El Reino Unido alientan a sus homólogos chinos, así como a los
inversores y los responsables políticos extranjeros a que propaguen políticas en
consonancia con las exigencias de Washington de un cambio de política. El
objetivo es facilitar una mayor penetración de EE.UU. y limitar la expansión
dinámica de China en ultramar.
Día tras día, “expertos” y economistas estadounidenses descubren nuevas razones
para anticipar una crisis inminente en China: la economía se está desacelerando
o crece demasiado rápido; una burbuja en el sector inmobiliario está a punto de
estallar [31] ; los bancos están sobrecargados de deudas de dudosa recuperación,
poniendo el sistema financiero en peligro de colapso; la inflación está
creciendo fuera de control; las inversiones en el extranjero siguen los
habituales patrones coloniales; la economía está desequilibrada, demasiado
dependiente de las exportaciones y no del consumo interno; su competitividad
exportadora es un factor clave de desequilibrio del comercio mundial; sus
crecientes lazos económicos con otros países de Asia ponen en peligro su
seguridad nacional, etc. Estos y otros numerosos artículos propagandísticos
envasados y presentados como serios análisis de graves problemas económicos en
el Financial Times, The Wall Street Journal y The New York Times están diseñados
para responsabilizar a China de las debilidades y decadencia de la
competitividad económica de EE.UU. en el mundo. El objetivo es influir y
presionar a funcionarios chinos potencialmente maleables o acomodaticios para
que modifiquen sus políticas. Igualmente importante, estas críticas están
diseñados para unificar las élites de los negocios, la banca, políticos y
militares, y justificar acciones agresivas contra China. El problema básico con
estos expertos diagnósticos es que han sido repetidamente refutados por la
realidad del continuo crecimiento dinámico chino. La capacidad de este país de
gestionar y regular los préstamos financieros para evitar burbujas financieras;
la creciente acogida positiva por sus anfitriones africanos de nuevas
inversiones, debido a unos préstamos relativamente generosos y unos proyectos de
infraestructura que acompañan a las inversiones en sectores extractivos [32] .
Más recientemente Washington ha presionado a India y Brasil para que se unan al
coro contra China por sus desequilibrios comerciales, una alianza muy peligrosa.
Ofensiva política
Los imperios establecidos y en decadencia, como EE.UU. hoy, tienen un repertorio
de recursos diseñado para desacreditar, seducir, aislar y contener las potencias
mundiales emergentes, como China, y ponerlas a la defensiva.
Una de las estratagemas políticas clásicas de Washington son las campañas de
propaganda de los derechos humanos, que destacan las violaciones que tienen
lugar en China a la vez que ignoran sus propias reiteradas violaciones y
disculpa las de sus aliados, como por ejemplo el Estado judío de Israel. Al
desacreditar la política interna de China, el Departamento de Estado espera
amplificar la autoridad moral de EE.UU., desviar la atención de sus propias
violaciones de los derechos humanos, en todo el mundo y a gran escala, que
acompañan a su construcción del imperio mundial y a la formación de una
coalición anti China.
Si bien la propaganda de los derechos humanos sirve de vara para golpear y hacer
retroceder el avance económico de China, Washington intenta también inducir la
cooperación de este país para desacelerar su propia decadencia. Los diplomáticos
estadounidenses destacan este enfoque, haciendo hincapié en “tratar a China como
a un igual”, reconocerla como una “potencia mundial” que tiene que “compartir
responsabilidades” [33] . Detrás de esta retórica diplomática hay un esfuerzo
por forzar a China a seguir una política de colaboración y de aceptación de las
estrategias estadounidenses como socio menor, a expensas de los propios
intereses económicos de China. Por ejemplo, mientras que China ha invertido
miles de millones en empresas mixtas con Irán y ha desarrollado una creciente y
lucrativa relación de comercio, Washington le exige que apoye su política de
sanciones para debilitar y degradar a Irán e incrementar el poder militar de
EE.UU. en el Golfo [34] . En otras palabras, China debería renunciar a su
expansión económica impulsada por el mercado para compartir la “responsabilidad”
de ser la policía del mundo de la que EE.UU. es el jefe superior. Del mismo
modo, si traducimos el significado de la exigencia de la Casa Blanca de que
China “asuma la responsabilidad de reequilibrar la economía mundial”, éste se
reduce a decir a Pekín que reduzca su dinámico crecimiento, a fin de permitir
que EE.UU. obtenga ventajas comerciales que le permitan reducir –“reequilibrar”–
su déficit comercial.
Alternando con positivos gestos simbólicos, como las referencias a EE.UU. y
China como el G-2, es decir, las dos potencias determinantes en el mundo, la
Casa Blanca ha promovido un “frente unido” con la UE contra supuestas prácticas
desleales de China, como su “proteccionismo”, “manipulación monetaria”, etc.
[35]
En las reuniones internacionales como la reciente Cumbre sobre el Cambio
Climático de Copenhague, la reunión de la OMC sobre la liberalización del
comercio, o la reunión de la ONU sobre Irán, Washington trata de satanizar a
China como el principal obstáculo para llegar a acuerdos globales, desviando la
atención de hechos como el cumplimiento chino de normas superiores a EE.UU. [36]
en materia de clima, su oposición al proteccionismo y la búsqueda de una
solución negociada con Irán.
Con el tiempo esta ofensiva imperial destinada a desacelerar su decadencia ha
provocado una respuesta cada vez más agresiva, a medida que China gana confianza
en su capacidad de proyectar su poder.
Estrategias para hacer frente a las potencias imperiales establecidas
La respuesta más formidable y efectiva que puede dar una potencia económica
emergente ante los esfuerzos de los poderes establecidos por bloquear su avance
es seguir creciendo a un ritmo que duplique o triplique el de su adversario en
declive. Nada desafía tanto la propaganda lanzada por los expertos incrustados
como por ejemplo el dato de que en 2010 China crecerá un 12%, seis veces el
crecimiento previsto de EE.UU [37] . La política de China ante los ataques y
amenazas estadounidenses fue reactiva y defensiva, en lugar de proactiva y
ofensiva, sobre todo durante la primera década de su avance hacia el estatus de
potencia mundial.
China afirmó que sus tipos de cambio son un asunto interno, pero accedió a las
demandas de EE.UU. y revalorizó su moneda (2006-2008) en un 20%. Después China
respondió señalando que todo el guirigay en torno a su moneda tenía poco que ver
con el déficit comercial de EE.UU., que indica debilidades estructurales en la
economía de este país: a saber, su bajo nivel de ahorro, la formación de capital
y la pérdida de competitividad.
Inicialmente, China se limitó a protestar por los ataques de EE.UU. en materia
de derechos humanos, ya sea negando las acusaciones o alegando que eran asuntos
internos. En 2010, sin embargo, China pasó a la ofensiva con la publicación de
su propio inventario documentado de las violaciones de derechos humanos en
Estados Unidos [38] . Cuando Washington protestó por la violación de China de
los derechos humanos de los tibetanos y separatistas uigures, China rechazó la
interferencia de Washington en los asuntos internos de China y amenazó con tomar
represalias, lo que condujo a Washington a abandonar su cruzada.
Pekín ha animado a las transnacionales estadounidenses a que inviertan en China
y exporten su producción a EE.UU. Dado el crecimiento general de China, la
penetración de estas empresas no potencia el poder de EE.UU. sino que ofrece a
China un lobby en Washington contra las medidas proteccionistas.
China hace poco para restringir directamente la expansión imperial de EE.UU.
–dado que Washington hace un buen trabajo de autodestrucción– sino que se centra
en mejorar su propia estrategia económica basada en el aumento de sus
inversiones en el extranjero, los préstamos de tecnología y la actualización de
sus industrias de alta tecnología. China, a pesar de la presión de Washington,
se niega a unirse a su campaña de sanciones contra Irán y desarrolla sus
vínculos inversionistas con Afganistán al tiempo que la ocupación militar cuesta
miles de millones de dólares, y aleja de EE.UU. a la mayoría de los afganos,
incluido su gobierno satélite [39] . China se niega a prestar apoyo a los
militares de Obama, cuya estrategia está orientada a reforzar el imperio. Aunque
asiste a cumbres y conferencias bilaterales, se niega a hacer concesiones que
perjudiquen sus mercados exteriores, sin por ello enfrentarse directamente a la
misión militar promovida por Obama.
Lo que resulta más sorprendente en Asia es que los países más dinámicos han
ignorado las advertencias de Washington respecto a China acusándola de ser “una
amenaza a la seguridad”, y han ampliado sus relaciones comerciales y económicas
con su vecino. Con el paso del tiempo, Asia está reemplazando a EE.UU. como
socio comercial cada vez más importante de Pekín. Más recientemente, en abril de
2010, India expresó su preocupación por los desequilibrios comerciales con
China, e inició negociaciones para aumentar sus exportaciones.
En general, la estrategia imperial de EE.UU. para frenar su declive y bloquear
el crecimiento de China como potencia mundial ha fracasado. Los responsables de
las políticas de la Casa Blanca y los detractores financieros de Pekín han
ignorado los formidables fundamentos de la construcción del imperio chino y su
capacidad para rectificar los desequilibrios internos y sostener una expansión
dinámica.
Los pilares del poder global
Como la mayoría de las anteriores potencias
mundiales, China ha buscado –en su caso con éxito y sin recurrir a la fuerza y
la conquista– sentar las bases de un imperio económico sostenible. La estrategia
incluye una compleja mezcla de elementos internos y externos:
1. inversiones extranjeras para garantizar los recursos estratégicos,
especialmente energía, metales y alimentos [40] ;
2. alto nivel de inversión nacional en el desarrollo de la capacidad industrial,
con la introducción de tecnologías avanzadas para mejorar el valor añadido y
reducir la dependencia de las importaciones de piezas fabricadas; niveles altos
y sostenidos de inversión necesarios para mantener la competitividad de las
exportaciones;
3. gran impulso para mejorar la educación de la fuerza de trabajo y lograr la
supremacía industrial, en particular ingenieros, científicos y gerentes
industriales en lugar de especuladores en bolsa, bancos de inversión y abogados;
sin embargo, los esfuerzos de China por modernizar su fuerza de trabajo no
tendrán éxito a menos que reconozca e integre los 200 ó 300 millones de
trabajadores migrantes, cuyos hijos están actualmente excluidos de la educación
superior pública en las grandes metrópolis [41] ;
4. inversiones multimillonarias en infraestructuras: docenas de nuevos
aeropuertos, ferrocarriles de alta velocidad y vías fluviales mejoradas que unan
las regiones costeras con el interior, potenciando el crecimiento dinámico de la
industria, con el resultado de una menor migración a los centros fabriles
establecidos en la costa, que en algunos casos provoca escasez de mano de obra,
lo que a su vez ha dado lugar a un aumento significativo de los niveles
salariales y menores desequilibrios geográficos entre los antiguos polos de
desarrollo y los nuevos;
5. a medida que la mano de obra cualificada comienza a sustituir la mano de obra
no cualificada y que un crecimiento dinámico avanza la escala de producción
hacia productos de mayor valor añadido, también lo hacen los niveles salariales
y la conciencia social, lo que lleva a la presión por disminuir las abiertas
desigualdades de clase;
6. como resultado de las presiones de clase por la base, con más de 100.000
protestas, huelgas y manifestaciones anuales, el Gobierno ha procedido
lentamente a reducir las tensiones de clase, en parte, con inversiones en
bienestar social y un mayor gasto social. China está pasando de comprar bonos
del Tesoro de EE.UU. a invertir en subvenciones a la salud pública y la
educación en las zonas rurales; al volver a prestar atención al desarrollo
social, en lugar de confiar en un mercado que ha demostrado ser muy ineficiente,
el Estado chino está mejorando la mano de obra rural con vistas a prepararla
para procesos de producción modernos.
En resumen, los pilares del dinámico impulso de China como potencia mundial
descansan en el reequilibrio de la economía, la modernización de su base
productiva, la expansión de su mercado interno, la búsqueda de crecimiento con
estabilidad social y el aumento máximo de su acceso a materiales estratégicos
esenciales para la producción.
La versión china del reequilibrio económico: las nuevas
contradicciones
El reequilibrio que está realizando China de su economía interna se acompaña de
un cambio relativo en sus relaciones económicas con EE.UU. Teniendo en cuenta la
postura abiertamente hostil adoptada por los líderes del Congreso, y el
estancamiento del mercado estadounidense, China ha incrementado su comercio y
sus inversiones en Asia por el alto crecimiento de la región y para disminuir su
dependencia del mercado de EE.UU. y reducir el riesgo de enfrentar una
restricción proteccionista [42] . China, que sigue siendo un acreedor de EE.UU.,
está desplazando el uso de sus excedentes comerciales hacia inversiones más
productivas y lucrativas. No todas las nuevas iniciativas chinas en el
extranjero han tenido éxito, y algunos de sus gestores de inversiones educados
en las prácticas occidentales han perdido varios miles de millones de dólares en
inversiones en Blackstone y otras firmas de inversión.
El dinámico reajuste de crecimiento de China basado en consolidar las bases para
una nueva fase de expansión exterior se enfrenta a mayores peligros en el
interior que fuera de sus fronteras. Dentro de China algunos cambios en la
estructura de clases interna pueden poner en peligro la estabilidad del sistema,
como ha sido el caso en otros imperios establecidos. El gran impulso expansivo
en el extranjero ha creado un poderoso y nuevo segmento de nueva clase social
dominante pública-privada, que ignora la necesidad de desarrollar el mercado
interior, especialmente de invertir en desarrollo social. En segundo lugar, toda
la clase política y la élite gobernante, a la vez que afirma de boquilla la
necesidad de mejorar la cualificación del trabajo, mediante la creación de una
red de seguridad social en las zonas rurales y la extensión de los derechos
sociales a la salud y la educación para los trabajadores migrantes, se niega a
aumentar los impuestos a pagar por ello, ofrece resistencia a las políticas
redistributivas y defiende sus privilegios familiares, creando las condiciones
para mayores tensiones y conflictos.
Igualmente perjudicial para las bases de la futura expansión exterior de China
es el surgimiento de una poderosa clase especuladora, especialmente en el sector
inmobiliario, la banca y las élites políticas locales, que tiende a practicar la
burbuja económica, poniendo en peligro el sistema financiero [43] . Mientras que
el Gobierno, por medio de su control sobre la política monetaria y el sistema
financiero, adopta políticas destinadas a desinflar la burbuja, no hace nada que
pudiera afectar estructuralmente este sector de la clase dominante. Por otra
parte, la especulación en bienes raíces aumenta el costo de la vivienda,
poniéndola más allá del alcance de la mayoría de los trabajadores, mientras que
el precio del suelo, inflado, conduce al despojo arbitrario de los propietarios
de viviendas por parte de funcionarios locales y regionales vinculados a los
especuladores de bienes raíces, alimentando desórdenes populares y en algunos
casos violentas protestas.
El crecimiento del poder de los importadores, los especuladores financieros y
los multimillonarios de bienes raíces podría proporcionar una oportunidad para
el sector más importante del imperialismo estadounidense: las clases dirigentes
ligadas a las finanzas, los bienes raíces y los seguros. Hasta ahora, la
inestabilidad y las crisis repetidas inducidas por estos sectores en 1990-1991,
2000-2002, y 2007-2010, han socavado su capacidad de penetrar en la economía
china.
Dado el continuo crecimiento de China, especialmente evidente en la actualidad
con un 9% en 2009 y un 12% previsto para 2010, mientras que EE.UU. chapotea
alrededor de crecimiento cero, ¿quién tiene más que perder en caso de que
Washington decida recurrir a la guerra comercial?
La confrontación externa o la reestructuración interna
de EE.UU.
Estados Unidos tiene déficit comercial con al menos 91 países además de China,
lo que demuestra que es un problema estructural de su economía. Cualquier medida
punitiva para restringir las importaciones de China sólo incrementaría el
déficit de Washington con otros exportadores de la competencia. Una disminución
de las importaciones de China no produciría un aumento de los fabricantes
estadounidenses debido a la situación de subcapitalización de éstos,
directamente relacionada con la posición preeminente del capital financiero en
la captación y asignación del ahorro. Por otra parte, terceros países podrían
reexportar los productos elaborados en China, colocando a EE.UU. en la poco
envidiable posición de tener que elegir entre iniciar una guerra comercial
generalizada o aceptar el hecho de que una economía financiera-comercial no es
competitiva en la economía mundial actual.
La decisión de China de desviar de forma creciente su superávit comercial de la
compra de bonos del Tesoro de EE.UU. hacia inversiones más productivas de
desarrollo de su hinterland y de creación de empresas ultramarinas en los
sectores de las materias primas y la energía obligará eventualmente al Tesoro
estadounidense a elevar las tasas de interés para evitar la salida en gran
escala de dólares. El aumento de las tasas de interés puede beneficiar a los
operadores de divisas, pero podría debilitar la recuperación o hundir al país de
nuevo en una depresión. Nada debilita más un imperio global que tener que
repatriar sus inversiones en el extranjero y limitar los préstamos en el
extranjero para impulsar una economía nacional en decadencia.
La aplicación de políticas proteccionistas tendrá un gran impacto negativo en
las transnacionales estadounidenses que operan en China, ya que la mayor parte
de sus productos se exportan al mercado de Estados Unidos. El remedio sería tan
malo como la enfermedad. Por otra parte, una guerra comercial podría extenderse
y afectar negativamente a los grandes fabricantes de automóviles que producen
para el mercado chino. General Motors y Ford obtienen altos beneficios en China,
pero no en EE.UU., donde registran números rojos [44] . Una guerra comercial
tendría en un primer momento un impacto negativo en China, hasta tanto el país
aprovechase su potencial mercado interno de 400 millones de consumidores.
Además, los responsables de las políticas chinas están diversificando
rápidamente sus mercados hacia Asia, América Latina, África, Oriente Próximo,
Rusia e incluso la UE. El proteccionismo comercial puede crear unos cuantos
empleos en determinados sectores manufactureros poco competitivos, pero puede
costar muchos más en el sector comercial, como Wal-Mart, que depende de la venta
de artículos de bajo precio a los consumidores de bajos ingresos.
La belicosa retórica comercial del Congreso estadounidense y las políticas
agresivas adoptadas por la Casa Blanca son posturas peligrosas, destinadas a
desviar la atención de las marcadas debilidades estructurales de los fundamentos
del imperio. El sector financiero, tan firmemente implantado, y la metafísica
militar, también dominante que dirige la política exterior han llevado al país
cuesta abajo hacia crisis económicas crónicas, interminables guerras,
profundización de las desigualdades de clase y raciales, y empeoramiento del
nivel de vida.
En un orden mundial nuevo, multipolar y competitivo, Estados Unidos no puede
seguir sus políticas anteriores de bloqueo del acceso de una nueva potencia
imperial a los recursos estratégicos mediante el boicot colonial. Ni siquiera en
países bajo ocupación estadounidense, como Iraq y Afganistán, puede impedir que
China firme lucrativos acuerdos de inversión y comercio. Y respecto a países de
la esfera de influencia estadounidense, como Taiwán, Corea del Sur o Japón, la
tasa de crecimiento del comercio y de inversión con China es muy superior a la
de EE.UU. Salvo llevando a cabo un bloqueo militar unilateral, EE.UU. es incapaz
de contener el ascenso de China como actor económico mundial, un poder imperial
de reciente aparición.
La principal debilidad en China es interna, de divisiones y de explotación de
clase, que la elite política actualmente en el poder, con profundos vínculos
familiares y económicos, podría mejorar, pero que no puede eliminar [45] . Hasta
ahora China ha sido capaz de proyectarse en el ámbito internacional a través de
una forma de “imperialismo social”, con la distribución de una parte de la
riqueza generada en el extranjero entre una creciente clase media urbana y los
emergentes gestores, profesionales, especuladores de bienes raíces y cuadros
regionales del partido.
Por su parte, las políticas militares de Estados Unidos han resultado altamente
costosas y no han aportado beneficios económicos, antes bien han causado daños
de largo alcance a la economía civil, tanto en su aspecto interno como externo.
Iraq y Afganistán no compensan al tesoro imperial de manera comparable a lo
obtenido por El Reino Unido en su saqueo de India, Sudáfrica y Rhodesia
(Zimbabwe). En un mundo cada vez más basado en las relaciones de mercado, las
guerras de estilo colonial no tienen futuro económico. Grandes presupuestos
militares y cientos de bases militares y alianzas militares con estados
neocoloniales son el medio menos eficiente para competir con éxito en un mercado
globalizado. Esa es la razón por la cual Estados Unidos es un imperio en
decadencia y China es un imperio de reciente aparición de un nuevo tipo.
La transición de imperio a república
Frente a la demostrable decadencia económica de Estados Unidos, ¿puede la clase
gobernante reconocer que su imperio no es sostenible, por no hablar de deseable?
EE.UU. puede aumentar sus exportaciones a China y su participación en el
comercio mundial, y equilibrar sus cuentas sólo si lleva a cabo profundos
cambios políticos y económicos.
Solamente una revolución política y económica puede revertir la decadencia de
EE.UU. La clave está en equilibrar su economía transformándola de una economía
financiera en una economía industrial, pero cualquier cambio de este tipo
requiere la lucha de clases contra el poder arraigado en Wall Street y
Washington [46] . Lo que pasa por ser el sector privado fabricante actual de
EE.UU. no muestra tendencia un cambio histórico. Hasta ahora los fabricantes se
han convertido o ha sido adquiridos por las instituciones financieras, perdiendo
con ello su carácter distintivo como sector productivo.
Aun suponiendo que haya un cambio político en favor de la reindustrialización,
la industria estadounidense tendría que reducir sus beneficios, aumentar sus
inversiones en I+D y mejorar enormemente la calidad de sus productos para ser
competitiva en los mercados nacionales y extranjeros. Deberían asignarse sumas
enormes, actualmente destinadas a las guerras, el marketing y la especulación, a
servicios sociales como los planes nacionales de salud y la formación y el
perfeccionamiento laboral industrial para aumentar la eficiencia y la
competitividad en el mercado interno.
La transferencia de un billón de dólares de los gastos militares fruto de las
guerras coloniales podría fácilmente financiar la reconversión de una economía
civil que produjera bienes de calidad para el consumo local y la exportación,
entre otros, mercancías y productos que redujeran las fuentes de energía y los
productos químicos tóxicos que perjudican el medio ambiente.
Sustituir las bases militares por misiones comerciales podría aumentar los
ingresos de EE.UU. y reducir sus pagos en el extranjero. Poner fin a los
vínculos políticos y a los subsidios de miles de millones de dólares a estados
militarizados como Israel, y levantar las sanciones en mercados económicos de
primer orden como Irán disminuiría los desembolsos del Tesoro y mejoraría los
flujos económicos y las oportunidades de sectores productivos en todo el mundo
musulmán, poblado por 1.500 millones de personas.
Dirigir las inversiones hacia el creciente mercado, interno y externo, de la
energía y la tecnología limpias crearía nuevos puestos de trabajo y reduciría el
costo de la vida, al tiempo que mejoraría los niveles de vida. Una política
fiscal fuertemente gravosa para los multimillonarios, en especial para toda la
élite rectora de Wall Street, y un tope máximo para todos los ingresos
superiores a un millón de dólares pueden financiar la seguridad social y el
sistema integral de salud pública nacional, lo que reduciría los gastos que
soportan la industria y el Estado. La transición de imperio a república requiere
un profundo reajuste del poder social y una decidida reestructuración de la
economía de EE.UU. Sólo entonces será capaz de competir económicamente con China
en la economía mundial.
La transición de potencia imperialista militarista, corroída por una élite
política corrupta en deuda con una élite económica especuladora y parasitaria, a
república con una economía productiva equilibrada y competitiva exige decisivas
transformaciones políticas y una profunda revolución ideológica. Para llevar a
cabo esta revolución política y económica es necesaria una nueva configuración
del Estado, que persiga la creación de inversiones públicas industrias
competitivas, profundice el mercado nacional y amplíe los servicios sociales.
Para ampliar los mercados de ultramar, Washington debe poner fin a los boicots y
la sumisión militar a Israel y a la quinta columna israelí incrustada en las
principales instituciones políticas y financieras que controlan el poder
legislativo [47] .
Poner fin a la construcción del imperio de base militar abriría el flujo de
financiación pública hacia las innovaciones tecnológicas de uso civil; levantar
las restricciones a la venta de tecnología en el extranjero podría reducir aún
más el déficit comercial y mejoraría la producción local a niveles competitivos.
El avance hace necesario un choque frontal con los ideólogos del capital
financiero y el rechazo de sus esfuerzos por desviar la atención de su papel en
la destrucción de América. En lugar de echar la culpa a China por lo que en
realidad son desequilibrios estructurales de origen interno, es preciso
enfrentar éstos antes de que nos conduzcan a nuevas guerras comerciales costosas
y autodestructivas, si no a algo peor.
Los desequilibrios internos de China son profundos y penetrantes, y con el
tiempo pueden debilitar los pilares de su expansión externa. En China, las
desigualdades de clase, el desarrollo regional desigual, la riqueza privada y la
corrupción pública, y el trato discriminatorio de los inmigrantes como
ciudadanos de segunda categoría (un sistema de doble ciudadanía) se resolverá
internamente a medida que las divisiones socioeconómicas se traduzcan en la
lucha de clases. Los cambios fundamentales en el sistema de salud privatizado
hacia un sistema nacional integral de salud pública son esenciales, pero estos
cambios requieren un renacimiento de la lucha de clases contra el Estado y los
intereses creados de particulares [48] .
Conclusión
Al igual que en el pasado, una potencia imperial
en decadencia que se halle frente a profundos desequilibrios internos, pérdida
de competitividad en el comercio de mercancías y dependencia excesiva de las
actividades financieras, recurrirá a la revancha política, las alianzas
militares y las restricciones comerciales para frenar su desaparición [49] . La
propaganda, que azuza las emociones chovinistas contra China y presenta a éste
país como el nuevo chivo expiatorio, y la forja de alianzas militares para
rodear a este país no tienen absolutamente ningún efecto, y no han impedido que
todos sus vecinos ampliasen los lazos económicos con China. Por otra parte, no
hay perspectivas de que esto cambie en un futuro próximo, y China va a seguir
obteniendo tasas de crecimiento de dos dígitos. El imperio estadounidense
seguirá enfangado en el estancamiento crónico, las guerras sin fin y una
creciente dependencia de la subversión política, la promoción de regímenes
separatistas que, previsiblemente, acaban derrumbándose o siendo derrocados. A
diferencia de otras potencias coloniales anteriores, EE.UU. no puede negar el
acceso de China a las materias primas estratégicas, como hizo en su día con
Japón. Vivimos en un mundo postcolonial en el que la gran mayoría de países
comercian e invierten con quienquiera que pague el precio de mercado. China, a
diferencia de Japón, depende de una seguridad de los mercados conseguida por
medio de la competitividad económica –el poder del mercado– no la conquista
militar. Y también a diferencia de Japón cuenta con una multitud de
trabajadores, por lo que no le es necesario conquistar y explotar el trabajo
extranjero mediante colonización.
La construcción del imperio de China está en sintonía con los tiempos modernos,
y viene impulsada por una élite libre de hacer frente al mundo en sus propios
términos, a diferencia de unos EE.UU. plagados de especuladores financieros que
se comen la economía y la erosionan causando estragos en los centros
industriales y convirtiendo las casas abandonadas en estacionamientos de
automóviles.
Mientras la actual élite imperial de EE.UU. se encuentra perpleja sopesando la
forma en que puede contener el ascenso de China a potencia mundial, la masa de
la clase obrera estadounidense no encuentra el modo de pasar de un imperio
militar a una república productiva. La decadencia económica y las élites
políticas y sociales establecidas han conseguido despolitizar el descontento;
las crisis económicas sistémicas han sido convertidas por ellos en enfermedades
privadas individuales. A más largo plazo, algo se tiene que romper. El
militarismo y el poder sionista desangrarán a Estados Unidos, y lo aislarán de
tal modo que la necesidad inducirá una respuesta contundente. Cuanto más tiempo
tome, más violento será el renacimiento de la república.
Los imperios no mueren en paz, y las élites económicas instaladas en su
extraordinaria riqueza y poder no renuncian pacíficamente a sus posiciones
privilegiadas. Sólo el tiempo dirá cuánto tiempo el pueblo de Estados Unidos es
capaz de soportar la expropiación de sus viviendas, la servidumbre a sus
empresarios, la colonización de la quinta columna y el imperio basado en el
poder militar que llevan a la descomposición interna.
Traducido para Rebelión por S. Seguí
[1] Ian Kershaw, Hitler:
1936-1945, vol.2, Londres 2008. Según el eminente estudioso Frederick Clairmont:
“Para Hitler, India era el modelo de imperio colonial depredador, y afirmaba
jubilosamente que la Unión Soviética sería su India.” “Operation Sea Lion:
Looking Back”, carta a un colega de la Sorbona, abril 2010.
[2] Gabriel Kolko, Políticas de guerra, Grijalbo 1974
[3] Chalmers Johnson, Nemesis: The Last Days of the American Republic,
Metropolitan Books 2007
[4] James Petras, The US and China: One Side is Losing, the Other is Winning y
The US and China: Provoking the Creditor, Hugging the Holyman, en
petras.lahaine.org
[5] Herbert Bix, Hirohito and the Making of Modern Japan, Harper-Collins 2000
[6] Edward Miller, Bankrupting the Enemy: The US Financial Siege of Japan before
Pearl Harbor, US Naval Institute Press 2007
[7] James Petras y Morris Morley, “The Imperial State”, en James Petras et al.
Class, State and Power in the Third World, Allenheld and Osmund 1981
[8] Defense Strategy for the 1990’s, publicado más tarde como Defense Planning
Guidance, borrador 1992
[9] Diana Johnstone, Fools Crusade: Yugoslavia, NATO and Western Delusions,
Monthly Review 2002
[10] Los manifiestos neoconservadores son emblemáticos de esta nueva élite de
poder. Véase The Project for the New American Century, Information Clearance
House, 2000
[11] En relación con los altos cargos estadounidenses que han promovido la
guerra con Iraq véase James Petras, The Power of Israel in the United States,
Clarity Press 2006
[12] La clase gobernante china ha producido varios centenares de
multimillonarios y probablemente las peores desigualdades de Asia. Véase The
Financial Times (FT) 30.3.2010
[13] La promoción y el crecimiento de nuevas industrias chinas de alto nivel
tecnológico han conducido a controles más estrictos de las transnacionales
tecnológicas extranjeras (FT 22.2.2010). China sustituye a EE.UU. como mayor
fabricante de turbinas de viento y mayor productor de “carbón limpio” (FT
29.3.2010). Sobre el creciente control chino de su economía véase FT 8.4.2010.
[14] En casi cada número del Financial Times hay al menos un artículo en el que
se responsabiliza a China de los “desequilibrios globales”. Véase FT 31.3.2010,
6.4.2010, etc.
[15] El presupuesto militar estadounidense se ha más que duplicado en los
últimos diez años, alcanzándose la cifra de un billón de dólares, del que el 70%
corresponde a los gastos de las actuales guerras y la preparación de otras
nuevas, y el resto para el pago de pensiones y otros.
[16] En los casos de Kenia y Zimbabue (antes Rhodesia), la potencia imperial
británica accedió a conceder la independencia ante la prolongada resistencia, a
cambio de generosas compensaciones a los propietarios europeos por las
propiedades perdidas.
[17] James Petras, The Power of Israel in the United States y Zionism,
Militarism and the Decline of US Power, Clarity Press 2008
[18] Esto es especialmente el caso de las sanciones del gobierno estadounidense
contra Irán, Siria y antes Iraq, promovidas por la configuración de poder
sionista. China ha realizado recientemente, entre otras, una inversión de 5.000
millones de dólares en los yacimientos gasíferos iraníes, Global Research
8.3.2010
[19] En 2010, China y en menor medida India han sustituido a Estados Unidos como
principales importadores de petróleo saudí, FT 22.2.2010.
[20] En un cálculo per cápita, Israel tiene las mayores fuerzas armadas, el
mayor número de aviones de combate y de bombas nucleares del mundo. Con el
respaldo de Estados Unidos ha invadido más países que el resto de países de
Oriente Próximo juntos.
[21] Chalmers Johnson, The Sorrows of Empire, Owl Books 2005
[22] Desde 2000, Estados Unidos ha entregado 6.000 millones de dólares a
Colombia como respaldo al ejército, la policía secreta y los escuadrones de la
muerte, y tiene más de mil consejeros militares y mercenarios operando en
Colombia. Los acuerdos militares con Brasil y el resto de América Latina tienen
un carácter mucho menos intrusivo.
[23] El desplazamiento de EE.UU. como socio comercial dominante en América
Latina, en beneficio de China, recibió una atención ínfima comparado con la que
recibe la visita de cualquier dirigente israelí.
[24] Por ejemplo, el gobierno satélite de Kirguistán ha sido derrocado en 2010,
el de Ucrania derrotado electoralmente en 2009, y el de Georgia se enfrenta a
una oposición popular masiva a raíz de su desastrosa aventura militar.
[25] James Petras, US-Venezuela Relations: Imperialism and Revolution,
petras.lahaine.org 5.1.2010
[26] Véase “China Mobile Group axes Google”, Financial Times, 25.3.2010 y
22.2.2010
[27] Congressional Research Services, “China’s Holdings of US Securities:
Implications for the US Economy”, 30.7.2009
[28] Véase el informe sobre las acusaciones del Congreso de EE.UU. a China de
manipulación monetaria, Financial Times, 6.4.2010
[29] Yang Yao, “Renmibi Adjusted will not Cure Trade Imbalances”, FT 12.2.2010
[30] Stephan Roach, “Blaming China will not Solve America’s Problems”, FT
30.3.2010
[31] Véase FT del 22.2.2010, sobre los temores a una burbuja. Dos meses más
tarde, China había “deshinchado” la burbuja, al forzar a los bancos a reducir
sus préstamos en un 43% en el primer trimestre, Al Jazira, 15.4.2010
[32] En contra de las acusaciones de descuidar su mercado interior, éste creció
en un 15% el pasado año. Las importaciones chinas están creciendo a un ritmo
mayor que sus exportaciones. Véase Jim O’Neill “Tough Talk on China Ignore
Economic Reality”, FT, 1.4.2010
[33] Financial Times, 12.4.2010
[34] “Obama to press Hu on Teheran Sanctions”, FT 13.4.2010
[35] En una reunión del G20, EE.UU. hizo circular una carta de condena a China,
pero sólo cinco países la firmaron. “G20 attack China on exchange rate”, FT
31.3.2010
[36] China marcha en primer lugar, destacado, en energías limpias. Sus
inversiones sobrepasaron las de EE.UU. en 2009, y es el primer inversor en
tecnologías de energías renovables, con un incremento de la capacidad instalada
del 79% en 5 años. BBC News, 26.3.2010
[37] Financial Times, 12.4.2010. Proyección de crecimiento basada en el primer
trimestre de 2010.
[38] Al Jazira, 12.3.2010
[39] Cf. China Daily, 24.3.2010 sobre los diferentes enfoques relativos a
Afganistán.
[40] La dinámica política china para asegurarse el suministro de materias primas
queda ilustrada por sus masivas inversiones en minas de hierro en Rusia y
África, FT 13.4.2010
[41] Al Jazira, 5.3.2010
[42] El comercio entre China y EE.UU. representa hoy únicamente el 12% del
comercio total chino. FT, 30.3.2010
[43] “Shangai plans to equal New York as a global financial centre by 2020”, FT
24/25.4.2010
[44] Financial Times, 13.4.2010
[45] “China vows to tackle the social divide”, Al Jazira 5.3.2010
[46] En relación con una recomendación similar de “reequilibrar” el peso en la
economía británica del sector financiero y el sector I ndustrial, véase Ken
Coults y Robert Rowthorne "UK: Either a Large Trade Surplus or Grim Prospects
for Profits and the Fiscal Deficit", citado en FT 14.4.2010
[47] Tras una votación que arrojó 300 votos a favor y 10 en contra, el Congreso
firmó una carta elaborada por el lobby israelí AIPAC de respaldo a Israel y
exigencia a Obama de que se retracte de sus “presiones” sobre Israel para que
deje de apropiarse de tierras palestinas. Véase FT 24/25.4.2010
[48] Waikeung Tam, “Privatizing Health Care in China: Problems and Reforms”,
Journal of Contemporary Asia, vol. 40(1), feb. 2010, p. 63-81
[49] “US tightens missile-shield encirclement of China and Russia”, Global
Research, 4.3.2010