James Galbraith replica a la
crítica de Paul
Krugman.
Por James K. Galbraith (*) - Revista Sin Permiso
El argumento de Paul es que la inflación “infinita” es una posibilidad teórica.
Bueno; sí. Ocurrió en Alemania en 1923.
No hay razón para recortar ahora los gastos en seguridad social y asistencia
sanitaria, con efectos futuros, a fin de evitar la posibilidad teórica de que
alguna combinación de políticas pudiera llevar en un futuro a las condiciones
económicas de la Alemania posterior a la I Guerra Mundial.
Esas condiciones eran desesperadamente restrictivas en términos de recursos.
En el mundo actual en que vivimos, el gobierno no tiene que “convencer al sector
privado para que libere recursos”. En el mundo actual, el sector privado ya ha
liberado esos recursos, decenas de millones de personas lo han hecho.
Todo lo que el gobierno tiene que hacer, en el mundo actual, es movilizar esos
recursos, cosa que hace emitiendo cheques, sobre todo para pagar a la gente, a
fin de que ésta haga cosas útiles.
No hay razón para que eso sea considerado “costoso”. Si se hace bien, en
términos económicos significa simplemente la reducción del despilfarro que es el
desempleo.
Ni es necesario, cuando el gobierno emite un cheque, que emita también un bono
para “tomar prestado” el dinero que respalda al cheque. El cheque crea dinero en
primera instancia. (Sí, lo hace de la nada, cambiando las cifras en las cuentas
bancarias.)
Operacionalmente, eso es una reserva libre en el sistema bancario. La razón de
que el gobierno emita luego un bono de deuda pública es que los bancos quieren
tener una tasa de interés más alta de la que consiguen con las reservas, y al
gobierno le gusta tenerlos agradecidos.
Por eso no fracasan nunca las subastas del Tesoro: el gobierno ya ha creado la
demanda para los bonos, emitiendo cheques para el sistema bancario.
Si el gobierno gastara, pero se negara a “tomar prestado”, ¿qué ocurriría? Poca
cosa. Los bancos mantendrían sus reservas como efectivo más que como bonos, y
sus ingresos serían un poco menores. Por lo regular, no es verdad que las gentes
–o los bancos— se apresten a pasarse de los dólares a los sacos de carbón, a
menos que el nivel de precios ya se haya disparado al alza y esté fuera de
control.
¡Es muy difícil que los demás te acepten carbón en vez de dólares!
El error lógico de Paul consiste en aceptar el consecuente. Acepta la inflación,
que es la causa de que se huya del dinero. Pero si no se huye del dinero, no
habrá, por regla general, inflación.
Es verdad también que resulta técnicamente posible que los bancos y otros
pudieran empezar a deshacerse de los dólares y a comprar petróleo, trigo,
caucho, etc ( ¡y a alquilar almacenes!), lo que haría subir el nivel de precios.
Yo escribí –correcta y deliberadamente— que la quiebra, la insolvencia y unos
tipos elevados de interés real no constituían riesgo alguno. La inflación es un
riesgo.
Seamos claros: quiero decir con esto que el riesgo corrido es el de un
incremento común y corriente de la tasa de inflación, no el de un escenario de
“inflación infinita”.
La inflación, por poco atractiva que resulte, no es ni remotamente comparable a
la quiebra o la insolvencia, a menos que te metas en el escenario de “inflación
infinita” de Paul. Así pues, ¿qué hay de ese escenario?
En su modelo, ese escenario es originado por su monetarista (teoría
cuantitativa) simplificación, según la cual el incremento monetario va a parar
directamente a los precios. Pero eso es precisamente un error de modelación. En
el mundo real, especialmente en condiciones genéricamente deflacionarias, las
gentes –y los bancos— simplemente se aferran al efectivo. Hay un Paul Krugman
que entiende esto, tras haber estudiado durante muchos años el estancamiento
japonés.
Sin embargo, y una vez más, en el estado presente de la economía, y en un futuro
previsible –salvo para el sector energético—, no cabe duda de que un pequeño
aumento de la inflación es un riesgo de todo punto menor.
Mi posición es que el gobierno debería centrarse en los problemas reales:
desempleo, asistencia a las personas mayores, energía, cambio climático y el
desastre del Golfo de México.
El llamado déficit a largo plazo no es un problema real. Y los mercados de
capitales demuestran día tras día que coinciden con este juicio al comprar bonos
del Tesoro a largo plazo a tipos de interés históricamente bajos.
(*)
James K. Galbraith es profesor de economía en la Lyndon B. Johnson School of
Public Affairs, de la University of Texas-Austin. Hijo del llorado economista
canadiense John K. Galbraith, ocupó anteriormente varios puestos en el Congreso
de los Estados Unidos, incluida la dirección ejecutiva del Joint Economic
Committee.
Traducción para www.sinpermiso.info: Ricardo Timón