Mientras
yo escribía mi último libro, Caída libre, el presidente Barack Obama asumía un
gran riesgo al inicio de su administración. En lugar del cambio que había
prometido su campaña, conservó a muchos de los funcionarios de antes y mantuvo
la misma estrategia de "goteo de la riqueza hacia abajo" para enfrentar la
crisis financiera. Sus colaboradores creían que ofrecerles suficiente dinero a
los bancos era la mejor manera de ayudar a propietarios y trabajadores.
Si el intento de Obama de ingeniárselas para hacer algo hubiera funcionado, se
habrían evitado algunas grandes batallas filosóficas. Pero no funcionó, y hacía
mucho tiempo que la antipatía popular contra los bancos no era tan grande.
Los intentos de Obama por complacer a todos, tan evidentes en las últimas
semanas, probablemente no atemperen a nadie. Los pregoneros del déficit
-especialmente entre los banqueros que se qquedaron paralizados durante el
rescate gubernamental de sus instituciones, pero que ahora han regresado para
vengarse- utilizan la preocupación por el creciente déficit para justificar
recortes en el gasto. Pero estas opiniones sobre cómo administrar la economía no
son mejores que la estrategia de los banqueros para administrar sus propias
instituciones. Reducir el gasto ahora debilitará la economía.
En un intento por "hallar la cuadratura del círculo" entre la necesidad de
estimular la economía y complacer a los pregoneros del déficit, Obama propuso
reducciones del déficit que, al tiempo que alienaron a los demócratas liberales,
resultaron demasiado pequeñas como para satisfacer a los halcones. Otros gestos
para ayudar a la agobiada clase media norteamericana pueden demostrar una
profunda sensibilidad, pero son demasiado pequeños como para marcar una
diferencia significativa.
Hay tres cosas que sí pueden marcar una diferencia: un segundo estímulo,
contener la ola de embargos de casas encontrándole una solución a
aproximadamente el 25% de las hipotecas cuyo valor supera el de la vivienda y
reformular nuestro sistema financiero para poner riendas a los bancos.
Hubo un momento hace un año cuando Obama, con su enorme capital político, tal
vez habría podido llevar a buen puerto esta ambiciosa agenda y, tomando estos
éxitos como base, podría haber luego intentado resolver los otros problemas de
Estados Unidos. Pero la furia que generó el rescate y la desilusión por las
crecientes pérdidas de empleos han circunscripto marcadamente su espacio de
maniobra.
De hecho, hay señales de escepticismo incluso respecto de si Obama podrá llevar
adelante sus bienvenidos y demorados esfuerzos por poner límites a los bancos
demasiado grandes para quebrar y a su imprudente toma de riesgo. Sin eso, lo más
probable es que la economía enfrente otra crisis en un futuro no tan distante.
A la mayoría de los norteamericanos, sin embargo, lo que más les preocupa es la
crisis de hoy, no la de mañana. Se espera que el crecimiento en los próximos dos
años sea tan anémico que apenas podrá crear empleos suficientes para quienes
recién entran en la fuerza laboral, mucho menos regresar el desempleo a un nivel
aceptable. Los mercados sin restricciones pueden haber causado esta calamidad, y
los mercados por sí mismos no nos sacarán de ella, al menos en el corto plazo.
Es necesaria la acción del gobierno, y eso exigirá un liderazgo político
efectivo y convincente.
(*) Premio Nóbel de Economía. Profesor de la Universidad de
Columbia