Cualquiera que se fije
detenidamente la economía mundial reconocerá que son los estímulos monetarios y
fiscales sin precedentes en tiempos de paz los que hacen que siga adelante, no
sólo en los países con rentas altas, sino también en las economías emergentes.
Por Martin Wolf - The Financial Times
La
opinión generalizada es que también podrá organizarse una salida sin problemas.
Nada parece menos probable. Así que, consideremos, en su lugar, el final.
Debemos empezar por el reverso de la moneda de los estímulos: el sector privado
está gastando mucho menos de lo que ingresa. Las previsiones de las últimas
Perspectivas Económicas de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo
Económico (OCDE) señalan que en seis de sus miembros (Holanda, Suiza, Suecia,
Japón, Reino Unido e Irlanda) el sector privado obtendrá un superávit de
ingresos frente a gastos superior al 10% del producto interior bruto (PIB) este
año. Otros 13 tendrán superávit privados de entre el 5% y el 10% del PIB. En
este último grupo se incluye EEUU, con una cifra del 7,3%. El superávit del
sector privado de la eurozona alcanzará el 6,7% del PIB, y el 7,4% para el
conjunto de la OCDE.
Además, se prevé que la variación en el equilibrio del sector privado entre 2007
y 2010 supere el 10% del PIB en no menos de ocho países miembros de la OCDE.
También se espera que rebase el 5% del PIB en otros ocho. En EEUU los cálculos
apuntan a un 9,6% del PIB. En la eurozona, la previsión es del 5,5% del PIB, y
del 7,3% en el caso de la OCDE. La depresión amenaza.
Cabe señalar que el sector privado habrá optado por la frugalidad pese a una
relajación monetaria sin precedentes. Aunque esta última ha ayudado a evitar un
colapso aún mayor del gasto público, los inmensos déficit fiscales, resultado
principalmente de los estabilizadores automáticos, no han sido menos
importantes. Si los gobiernos hubieran intentado acabar con los déficit
fiscales, tal y como probaron en los años 30, nos veríamos sumidos en otra Gran
Depresión.
¿Cómo salimos de esta situación? Para responder a la pregunta, tenemos que
ponernos de acuerdo sobre cómo llegamos a ella. Es importante señalar que hay
una serie de burbujas que han ayudado a la economía mundial a seguir creciendo
durante las tres últimas décadas. Detrás de ellas, sin embargo, hay una enorme
burbuja crediticia, que explotó en 2008. Esa es la razón de que el gasto privado
implosionase y explotaran los déficit fiscales.
William White, ex economista jefe del Banco de Pagos Internacionales, es uno de
los principales defensores de que son los errores en política monetaria,
especialmente por parte de la Reserva Federal, los que han guiado a la economía
mundial. Richard Duncan realiza una crítica similar, aunque más radical, en su
nuevo libro, The Corruption of Capitalism.
En la conferencia por el 75 aniversario del Banco de Reservas de India este mes,
White ofreció una lúcida versión de su crítica. Dado que la inflación se mantuvo
bajo control, los bancos centrales, que siempre aplican una política dirigida a
controlar la inflación, mantuvieron unos tipos de interés muy reducidos durante
demasiado tiempo. El resultado, expuso, fueron una serie de desequilibrios no
muy distintos a los surgidos en EEUU en los años 20 y en Japón en la década de
1980. En concreto, gracias a que los tipos de interés estaban muy por debajo del
índice de crecimiento de las economías, el crédito gozó de total libertad para
expandirse. La deuda, como cabía esperar, explotó.
White enumeró cuatro desequilibrios: las burbujas de los precios de los activos,
especialmente de las acciones en los años 90 y de la vivienda en la primera
década de este siglo; la explosión de los balances del sector financiero y el
aumento de su exposición al riesgo; lo que los economistas de la “escuela
austriaca” denominan “malinvestment” (inversión equivocada) –que elevó el
consumo de productos duraderos en los países desarrollados y provocó un boom en
la construcción de viviendas y centros comerciales en países como EEUU, y de
fábricas orientadas a la exportación en China–; y, finalmente, desequilibrios
comerciales, con la entrada de capital en EEUU y otros países consumistas.
No estoy de acuerdo con
responsabilizar de lo sucedido a los errores en política monetaria. Pero sí que
tuvieron parte de culpa. En cualquier caso, esta situación tenía que acabar.
Ahora, después de la implosión, asistimos a los extraordinarios esfuerzos de
rescate. ¿Qué nos espera a partir de aquí? Hay dos alternativas: el éxito y el
fracaso.
Por “éxito”, me refiero al arranque nuevamente del motor crediticio en los
países deficitarios con rentas altas. El gasto del sector privado aumenta de
nuevo, los déficit fiscales se reducen y la economía parece volver, por fin, a
la normalidad. Por “fracaso” quiero decir que continúa el proceso de
desapalancamiento, el gasto privado no consigue repuntar con una solidez real y
el déficit fiscal sigue siendo mucho mayor, durante mucho más tiempo, de lo que
nadie se atreve a imaginar en la actualidad. Sería una situación similar a la
sufrida por Japón tras el estallido de su burbuja, pero a una escala muy
superior.
Por desgracia, el resultado de lo que yo llamo éxito probablemente sería una
crisis financiera aún mayor en el futuro, mientras que el desenlace de lo que
denomino fracaso es que la cuerda fiscal terminaría por acabarse, incluso aunque
se tardase en alcanzar el final más de lo que los agoreros temen. En cualquier
caso, lo importante es que cualquiera de los resultados nos lleva a una crisis
de la deuda soberana. Esto, a su vez, desembocaría sin duda en impagos,
probablemente vía inflación. En esencia, los balances distorsionados amenazan
con provocar una quiebra generalizada del sector privado y una depresión, una
bancarrota soberana e inflación, o una combinación de ambas.
Se me ocurren dos medios por los que el mundo podría liberarse de sus problemas
de deuda sin provocar semejantes colapsos: un aumento de la inversión pública y
privada en los países deficitarios o un repunte de la demanda de los países
emergentes. En el primer caso, las futuras rentas más altas harían que los
préstamos actuales sean sostenibles. En el segundo, los ahorros generados por
los sectores privados en proceso de desapalancamiento de los países deficitarios
fluirían de forma natural hacia inversiones en países emergentes.
Sin embargo, para aprovechar esas oportunidades sería necesario un
replanteamiento radical. En países como Reino Unido y EEUU, habría grandes
déficit fiscales durante un largo periodo, pero también una voluntad similar por
fomentar la inversión. Entretanto, los países desarrollados tendrían que
contactar urgentemente con los países emergentes para discutir reformas en la
financiación global, dirigidas a facilitar un flujo neto sostenido de fondos de
los primeros hacia los últimos.
Por desgracia, nadie recurre a una agenda tan radical. La mayoría espera, en su
lugar, que el mundo vuelva a ser como era. No sucederá y no debería. El
ingrediente básico de una salida con éxito es el uso de los inmensos superávit
del sector privado para financiar más inversiones, tanto públicas como privadas,
en todo el mundo. Ya sólo China necesita un mayor consumo.
No repitamos los errores del pasado. No esperemos que una oleada de consumo
alimentado por el crédito nos salve. Invirtamos en el futuro.