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Petrobras, la nave insignia de Brasil, tema fundamental de la campaña

 
 

 (IAR Noticias) 30-Septiembre-2010

PUJANZA. UNA PLANTA DE PETROBRAS. PARA EL GOBIERNO DE LULA DE SILVA ES “LA MAS BRASILEÑA DE LAS EMPRESAS”.

Para el gobierno es símbolo de desarrollo. La oposición dice que hay mal manejo de sus fondos.

Por Claudio Mario Aliscioni - Clarín

En el barrio de Mucuripe, junto al puerto de esta ciudad de tres millones de habitantes, una enorme refinería representa la avanzada de Petrobras sobre esta remota región del nordeste brasileño. A más de 2.400 kilómetros de San Pablo, la planta procesa 6.000 barriles de petróleo por día para generar asfalto, combustibles para barcos, lubricantes y otros derivados químicos. En poco tiempo más habrá aquí una procesadora de gas natural, mientras otra refinería se construye a unos 60 kilómetros, al lado del puerto de Pecem, cuyo valor final rozará los US$ 11.000 millones.

Los habitantes de esta ciudad, fortaleza holandesa en el siglo XVII antes de ser copada por los portugueses, toman toda esa fiebre industrial con tranquila naturalidad. Al charlar con ellos, se advierte que se sienten un poco alejados de donde se deciden las cosas. En la menor ocasión lo confiesan en su portugués cerrado, de guturales marcadas y más veloz que el paulista o el gaúcho. Pero ahora, como el presidente Lula da Silva insiste cada vez que puede en que Petrobras será una nave insignia de la proyección mundial de Brasil, se rinden ante la esperanza de que la fortuna haya golpeado a sus puertas.

Es que la petrolera está en boca de todos.

Y en esta campaña electoral, mucho más aún, en particular cuando el gobierno la utiliza como capital simbólico apelando al orgullo nacionalista y como formidable instrumento de penetración política. En la TV, Lula y su candidata, Dilma Rousseff, aparecen en un aviso con Petrobras como eje afirmando que es “la más brasileña de las empresas”. En los debates o en actos de campaña, ninguno pierde la ocasión de recordar que el último viernes la empresa recaudó US$ 70.000 millones de dólares en la mayor capitalización de la historia. El hecho expresa una neta muestra de apoyo de los inversores a Brasil y, al mismo tiempo, catapulta el valor de mercado de la compañía a los US$ 220.000 millones, un poco menos que el PBI argentino. Pero lo importante es lo que los brasileños quieren hacer con la compañía estatal pero con participación de accionistas privados, cuya expansión comenzó en los 90 mientras Argentina decidía vender YPF y renunciar a la soberanía energética. Petrobras llegó al Paraíso en noviembre de 2007 cuando, gracias a inversiones y una persistente exploración, descubrió nuevos yacimientos que doblaron las reservas de crudo. El episodio instaló a Brasil entre los seis mayores productores del planeta.

En Fortaleza se atiende a una frase reciente del presidente.

“Queremos inversiones y que no haya pobreza en el norte del país”.

En rigor, al conceder en setiembre de 2008 el primer reportaje in extenso a un medio argentino desde su arribo al poder en 2002, Lula ya había anticipado a Clarín una idea similar. Y razones no parecen faltarle al mandatario.

Por décadas, el remoto nordeste ha sido carne de latifundios que prohijaron bolsones de menesterosos. Se ven aún hoy en las favelas que brotan en toda Fortaleza. Todos los índices sociales negativos se multiplican aquí al doble y el Estado ha sido apenas un sello. El enorme respaldo electoral de Lula se asienta en esta área, en virtud de la asistencia social que el gobierno lanzó y Dilma promete continuar. Pero justo es éste el lugar incómodo para la oposición. Como une la idea del clientelismo electoral con la mano de Lula sobre Petrobras, su plan de batalla se centra en censurar el “estatismo” del gobierno y advertir sobre un eventual manejo discrecional de los fondos.

Es posible que eventualmente algo de eso asome en el horizonte. Pero la dimensión de lo que está en juego obliga a mirar todo desde otro lugar. En verdad, al par de expandir la petrolera, Brasil quiere formar en el nordeste un polo de desarrollo. Y en esa tarea acompañan al gobierno sectores del empresariado que ya huelen los negocios que se abren. Parte de eso quedó en evidencia con la capitalización.

El arrastre en la generación de empleo e industrialización ya se palpa aquí, un área cercana a los mercados de exportación. Petrobras tiene once refinerías en Brasil. Pero necesitará cinco más en esta década.

La obra que se levanta en Pecem dará 90.000 empleos por tareas de provisión de agua y energía, terminales para buques, muelles, tuberías y mejoras en el puerto, según dijo el presidente de la firma, José Gabrielli. Pero también se construirá una en Maranhao a un costo de US$ 20.000 millones (será la más grande del subcontinente y la quinta en el mundo). Habrá dos más en Recife (Pernambuco) y se construye otra en Río.

Gabrielli aclaró que Brasil quiere “contenido y valor agregado doméstico” para librarse de lo que llamó “la maldición del petróleo”. La idea es evitar que la riqueza sobreabundante en un sector sepulte el desarrollo de otros. Ya hubo casos en la historia. Los estrategas de Petrobras callan. Pero en voz baja apuntan a Venezuela, la Arabia saudí del Caribe. Le reprochan que, con el crudo por las nubes en los últimos años, haya sido incapaz de generar su propio proceso de industrialización.

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