El
presidente Lula da Silva, anfitrión de sus colegas de Rusia, India, China y
Sudáfrica, se las ingenió para introducir un eje adicional: la discusión sobre
el proceso de paz en Cercano Oriente. Fue invitado con ese objetivo el ministro
de Asuntos Exteriores de la Autoridad Nacional Palestina, Radi Maliki. Este se
encontrará con Lula, el premier indio Manmohan Singh y el sudafricano Jacob Zuma.
Tal como informó el diplomático Roberto Jaguaribe, coordinador de la cumbre
denominada IBAS (India, Brasil y Sudáfrica), este G3 "puede tener un papel
importante, con imparcialidad y equilibrio en la búsqueda de un entendimiento"
entre Israel y Palestina.
Pero si la postura frente a ese conflicto puede ser coincidente entre estos tres
países, es menos probable que salga una posición única frente a la cuestión
iraní que será objeto de debate entre Rusia, India, China y Brasil. Los tres
primeros países tienen intereses específicos en Asia Central e, históricamente,
sus intereses fueron contradictorios. Sobran ejemplos de esos antagonismos, en
el pasado no tan lejano como lo fueron los conflictos limítrofes entre China e
India, o las enemistades entre rusos y chinos. De cualquier manera la nueva cita
del BRIC ha provocado escozor en Occidente. Se teme que salga de ese foro una
actitud contraria a la impulsada por EE.UU. y las grandes potencias occidentales
de redoblar las sanciones contra Teherán.
China e India han defendido una posición menos radical que la norteamericana y
más próxima en ese sentido a la de Brasil, que propugna un nuevo esfuerzo de
negociación. Rusia es, probablemente, el actor de mayor relieve en Asia Central
si se tiene en cuenta sus viejas pretensiones sobre Afganistán, que incluso
chocaron en el pasado con la política iraní para la misma región. Es por eso que
los analistas de política internacional ponen signos de interrogación a los
resultados que pueda tener en ese terreno la cumbre del BRIC.
Donde habrá una mayor confluencia es en exigir a las potencias occidentales que
sean efectivas en el control del sistema financiero, una promesa que salió de
las sucesivas reuniones del G20 financiero, pero que hasta el momento tuvieron
escaso resultado. En ese contexto el cuarteto de potencias emergentes podrá
promover medidas para la reforma del FMI y del Banco Mundial, que hasta ahora
siguen en una nebulosa.