Puede
que en verdad suceda que haya dos países viviendo simultáneamente, como rostros
distintos que cada quien ve según su conveniencia. El límite es la realidad que,
cuando acaba por diluir el espejismo, suele mostrar una pintura dolorosa de
carencias y conflictos bastante lejana de la visión exitista de los
oficialismos. El caso de Chile no es el único, pero sí el último ejemplo que
confirma que las cosas muchas veces no son como se dicen.
El actual devastador terremoto ha corrido cortinas y expuesto las limitaciones
de un Estado con enormes amputaciones. Chile, que explica casi 70% de su PBI, el
tercero de la región, por su apertura al mundo tanto en productos y servicios,
ha sido colgado en las estanterías como un modelo de éxito ejemplar en la
región; un milagro económico que logró poner en marcha una máquina de
crecimiento uniendo armónicamente los intereses del Estado y la actividad
privada. Ese es uno de los rostros mimados.
Chile, efectivamente, instauró un modelo de acumulación que preservó desde la
última etapa de la dictadura militar y a lo largo de los 20 años de gobiernos de
la Concertación, una alianza centrista promocionada de izquierda, que unió en la
misma vereda a socialistas y demócratacristianos, garantizando una alta
concentración de la renta. El costo de ese proyecto y esa elección ideológica es
el rostro del país real, habitado por una alta desigualdad con un Estado débil e
ineficiente, cuyas limitaciones no sólo se han revelado entre los escombros de
este sismo.
La presidenta Michelle Bachelet ha venido experimentando el peso de esa
contradicción desde los albores de su mandato, que finalizará el próximo jueves
cuando entregue el poder al magnate liberal Sebastián Piñera. Esta médica
socialista inició su administración con una oleada de protestas de los
estudiantes de liceos que demandaban un cambio en los programas de educación aun
contaminados, pese a todo lo transitado, de los códigos de la noche del
pinochetismo. Y demudada frente al desastre del Transantiago en febrero de 2007,
un ambicioso plan que en lugar de aligerar el movimiento de los pasajeros entre
los suburbios y la ciudad, colapsó el transporte público exhibiendo
descarnadamente los límites de la gestión pública y derrumbando 40% la imagen de
la jefa de Estado recién llegada. Aquel desastre y esta tragedia abren y cierran
una gestión que merecería otro destino por el respeto institucional, ese sí
ejemplar, que esta mandataria contribuyó a fortalecer y del que carecen muchas
experiencias regionales.
El Estado ausente o precario no es un mal reciente. Mucho tiempo atrás, aunque
no tanto para olvidarlo, en julio de 2000, unas inundaciones sin precedentes en
dos décadas, cubrieron el centro y sur del país, y taparon el 75% de Santiago,
causando muertes, cientos de miles sin viviendas y pérdidas multimillonarias en
cultivos e infraestructura. Gobernaba Ricardo Lagos, el primer socialista en
llegar a la Moneda después de Salvador Allende. Ese espectacular desastre develó
las consecuencias de una política de amplias privatizaciones acompañadas de una
reducción del tamaño del Estado y, consecuentemente, de su presupuesto. Obras
cruciales no se habían realizado. Menos de la mitad de la capital no tenía
alcantarillado pese a que durante los años en que Lagos fue ministro de Obras
Públicas de su antecesor, Eduardo Frei, las áreas habitadas de la capital habían
crecido casi 15 veces.
Ese Estado agarrotado volvió a mostrarse con este terremoto. Estuvo en las
demoras para asistir a los sectores más golpeados del sur abandonados por días
sin alimentos, medicamentos y agua potable; en el número de muertos que hubiera
sido menor si la Marina que es parte del Estado hubiese advertido el tsunami; y
en las dudas en el gabinete para ordenar poner límites a los saqueos que fueron
consecuencia de aquellos dos primeros errores.
Es concreto que este golpe condicionará al próximo presidente pero no es claro
hasta qué punto y de qué manera. Piñera es el primer derechista de estirpe
liberal que llega al poder desde las épocas de la dictadura, de la que participó
como ministro su hermano mayor, autor del sistema de jubilación privada chileno.
Aun sin terremoto, la perspectiva de este gobierno se anunciaba complicada. El
mayor aliado del nuevo presidente es el partido UDI de Joaquin Lavin, una
agrupación que, al revés que Piñera, no ha roto con el pinochetismo y tampoco
revisado sus rígidas líneas conservadoras y que tiene la bancada más amplia del
Parlamento. Y enfrente, por primera vez en la oposición, un socialismo que en el
llano se esforzará a costas del gobierno de lavarse la mácula de haber sido
parte del modelo de acumulación vertical vigente. Piñera no debería sorprenderse
si alrededor del socialismo comienza a estructurarse un sindicalismo de cuya
presión se liberó la Concertación, pese a una desocupación estructural y crónica
de casi 10%.
Con el terremoto vívido en sus consecuencias, Piñera tendrá que ser el
presidente de la reconstrucción de un país cuya infraestructura sufrió graves
heridas. Lo paradojal es que por esas razones, el Estado posiblemente deba
crecer más con el liberal, de lo que lo hizo en la extensa gestión de la
centrista Concertación. Esta curiosa forma en que debido a la fatalidad se han
ordenado las prioridades de Chile, no debería anticipar que Piñera no hará la
tarea. También la gran burguesía chilena necesita ordenar la casa. Pero
difícilmente este hombre resigne su proyecto original de garantizar una alta
tasa de crecimiento nacional (hoy ronda el 5%) y un PBI per capita de niveles
europeos y concentrado que triplique el actual, metas que están en la base de
las razones por las cuales se buscó superestructuralmente un cambio en el
liderazgo chileno. El dilema es casi un galimatías. Un crecimiento alto y
sostenido requeriría flexibilizar y tercerizar el mercado laboral entre otras
medidas que incrementen la productividad y que la Concertación ya no podía
garantizar. La receta también debería incluir la reducción de los gastos del
Estado que, antes del sismo, el presidente electo había crucificado como muy
elevados. Pero he aquí que el terremoto vuelve aventurada cualquier idea que
modere los presupuestos fiscales. Y por el lado social, los mayores daños se
produjeron en regiones donde la tasa de desocupación es más alta y la
precarización es un estilo de vida.
Son demasiados callejones. Pero es posible que Piñera también hable en algún
momento de dos Chiles. La cuestión es cuál acabará imponiéndose.