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Catástrofe en Haití: factores naturales y factores no tan naturales

 
 

 (IAR Noticias) 06-Febrero-2010

Un terremoto devastador, el peor de los últimos 200 años, golpeó Puerto Príncipe el martes 12 de enero, arrasando la ciudad y matando a un número indeterminado de personas,  seguido de más de una treintena de réplicas, todas ellas de más de 4,5 de magnitud, a lo largo de la noche y en la mañana del miércoles.

Por Ashley Smith - Revista Sin Permiso

El terremoto derribó edificios deficientemente construidos, hoteles, hospitales y hasta los principales edificios institucionales de la ciudad, entre ellos el palacio presidencial. El derrumbamiento de tantas estructuras levantó una nube gigantesca hacia el cielo, que se mantuvo sobre la ciudad y de la que el polvo caía sobre el erial situado debajo.  

De acuerdo con algunas estimaciones, pueden haber muerto más de 100.000 personas en una metrópolis de dos millones de personas. Los que sobrevivieron viven en las calles, temerosos de regresar al interior de cualquier edificio de los que quedan en pie.    

Por todo el mundo los haitianos han hecho todo lo posible por contactar a sus familiares y amigos en el país devastado. Pero la mayoría no podía comunicarse con sus seres queridos, puesto que las líneas telefónicas se encontraban cortadas en todo el país.    

Una persona que sí consiguió hablar con sus parientes, Garry Pierre-Pierre, director y editor desde Brooklyn del Haitian Times, declaró que "la gente está conmocionada. Tienen miedo de salir a la calle por razones evidentes, y la mayoría no puede entrar en su casa. Mucha gente se sienta o duerme delante de los escombros de lo que fueron sus hogares”.  

El presidente René Préval lanzó un llamamiento urgente de ayuda humanitaria. Describió la situación en puerto Príncipe como algo "inimaginable": “El Parlamento se ha derrumbado. La oficina de Hacienda se ha venido abajo. Las escuelas se han desmoronado. Los hospitales han quedado derruidos. Hay muchas escuelas con muchos muertos dentro. Todos los hospitales están repletos de gente. Es una catástrofe”.      

El débil gobierno de Préval fue incapaz de responder a la crisis, y las Naciones Unidas --que ocupan Haití con cerca de 9.000 soldados— no se encontraban preparadas para gestionar la situación. Murieron muchos funcionarios y tropas de las Naciones Unidas en los edificios que se derrumbaron, entre los que se contaban sus oficinas centrales.   

Paul Conneally, portavoz de la Cruz Roja Internacional, afirmó que tres millones de los nueve que componen la población de Haití necesitarían ayuda internacional de emergencia en las próximas semanas sólo para sobrevivir. Las Naciones Unidas, los Estados Unidos, la Unión Europea, Canadá e incontables organizaciones no gubernamentales han prometido ayuda humanitaria.   

Si bien la mayoría de la gente ha reaccionado a la crisis intentando encontrar el modo de ayudar o donar dinero, Pat Robertson, fanático de la derecha cristiana norteamericana, cayó más bajo si cabe en su racismo. Explicó que los haitianos estaban malditos por haber hecho un pacto con el diablo para liberarse de sus amos esclavistas en la revolución haitiana de hace doscientos años.

Los medios informaron al menos de que el terremoto lo causaron las placas tectónicas en movimiento a lo largo de la falla sobre la que se sitúa Puerto Príncipe, y que la pobreza, sumada a la incapacidad del gobierno Préval, agravó considerablemente el desastre. Pero no profundizaron más allá de lo superficial.  

“La cobertura mediática del terremoto está marcada por un divorcio casi completo entre la historia social y política de Haití”, afirmó en una entrevista Yves Engler, activista canadiense en la solidaridad con Haití. “Una y otra vez señalan que el Estado no estaba en absoluto preparado para hacer frente a la crisis. Y es verdad, pero no se ocupan de de explicar por qué”.     

¿Por qué el 60% de los edificios de Puerto Príncipe estaban construidos de forma chapucera y eran inseguros en circunstancias normales, de acuerdo con el alcalde de la ciudad? ¿Por qué no existe normativa de edificación en una ciudad que se asienta sobre una falla sísmica? ¿Por qué ha pasado Puerto Príncipe de ser una pequeña ciudad de  50.000 habitantes a una población de 2 millones de personas sumidas en una desesperante pobreza. ¿Por qué el Estado quedó completamente abrumado por el desastre?  

Para comprender estos hechos, hemos de echar un vistazo a la segunda línea de falla: la política imperial norteamericana respecto a Haití. El gobierno norteamericano, las Naciones Unidas y otros poderes, han ayudado a la élite haitiana a someter el país a los planes económicos neoliberales que han empobrecido a las masas, han deforestado la tierra, arruinado las infraestructuras y dejado incapacitado al gobierno.    

Las líneas de falla del imperialismo norteamericano se entrelazaron con las geológicas,  convirtiendo el desastre natural en una catástrofe social.  

Durante la Guerra Fría, los Estados Unidos apoyaron a la dictadura de Papa Doc Duvalier, y luego de Baby Doc Duvalier—que gobernó el país entre 1957 y 1986—como contrapeso de la cercana Cuba de Castro.  

Bajo la guía de Washington, Baby Doc Duvalier abrió la economía haitiana al capital norteamericano en las décadas de 1970 y 1980. El diluvio de importaciones agrícolas norteamericanas destruyó la agricultura campesina. Como resultado, cientos de miles de personas se trasladaron en tropel a las abarrotadas barriadas paupérrimas de Puerto príncipe para trabajar por salarios de miseria en talleres de explotación (“sweatshops”) ubicados en las zonas de procesamiento de exportaciones a los Estados Unidos.  

En la década de los 80, las masas haitianas se levantaron para echar del poder a los Duvalier, y eligieron después presidente a un reformador como Jean-Bertrand Aristide con un programa de reforma agraria, ayudas a los agricultores, reforestación, inversión en infraestructuras populares, y aumentos salariales y derechos sindicales para los trabajadores de las fábricas de explotación.   

A su vez, los Estados Unidos respaldaron un golpe que expulsó a Aristide del poder en 1991. Finalmente, el presidente electo pudo volver al poder en 1994, cuando Bill Clinton envió tropas norteamericanas a la isla, pero a condición de que aplicase el plan neoliberal norteamericano, que los haitianos denominaron "plan de la muerte".

Aristide se resistió a una parte del programa norteamericano para Haití, pero puso en práctica otras disposiciones, minando así las tan ansiadas reformas. Sin embargo, por último, los Estados Unidos se impacientaron por la incapacidad de Aristide de someterse a una completa obediencia, sobre todo cuando exigió 21.000 millones de dólares en reparaciones durante su último año en el cargo. Los Estados Unidos impusieron un embargo económico que estranguló al país, ahondando aun más la pobreza de agricultores y trabajadores.  

En el año 2004, Washington colaboró con la élite dominante de Haití para apoyar a los escuadrones de la muerte que derrocaron al gobierno, secuestraron y exiliaron a Aristide. Las Naciones Unidas enviaron tropas para ocupar el país, y se instaló en el poder al gobierno títere de Gérard Latortue para que continuara con los planes neoliberales de Washington.  

El breve régimen de Latortue fue totalmente corrupto: él y sus secuaces se embolsaron  un buen pellizco de los 4.000 millones de dólares que los Estados Unidos y otras potencias derramaron sobre el país al término de su embargo. El régimen desmanteló las tímidas reformas que Aristide había logrado poner en práctica. De este modo, se aceleró el patrón de pobreza y degradación de la infraestructura del país.  

En las elecciones de 2006, las masas haitianas eligieron a René Préval, antiguo aliado de Aristide, como presidente. Pero Préval ha sido una figura débil que colaboró con los planes norteamericanos y no consiguió enfrentarse a la creciente crisis social.  

De hecho, los Estados Unidos, las Naciones Unidas y otras potencias imperiales puentearon eficazmente al gobierno Préval y dirigieron los fondos hacia las ONGs.  "Haití tiene hoy la mayor presencia per cápita de ONG del mundo”, cuenta Yves Engler. El gobierno de Préval se ha convertido en una hoja de parra, tras la cual las decisiones las toman las potencias imperiales, que se aplican mediante las ONGs internacionales que escogen. 

El verdadero poder del Estado no reside en el gobierno de Préval sino en la ocupación norteamericana apoyada por las Naciones Unidas. Bajo mando brasileño, las fuerzas de las Naciones Unidas se han dedicado a proteger a los ricos y colaborar –o hacer la vista gorda—con los escuadrones de la muerte derechistas que aterrorizan a quienes apoyan a Aristide y su partido, Lavalas.  

Los ocupantes no han hecho nada por enfrentarse a la pobreza, las infraestructuras destruidas y la deforestación masiva que han exacerbado los efectos de una serie de desastres naturales, como los graves huracanes de 2004 y 2008, y ahora el terremoto de Puerto Príncipe.    

Por cambio, se dedican simplemente a patrullar una catástrofe social y, al actuar de este modo, han cometido los crímenes normales característicos de cualquier fuerzas policial. Tal como escribió Dan Beeton en el NACLA Report on the Americas, "La Misión de Estabilización en Haití de Naciones Unidas (MINUSTAH), que comenzó su misión en junio de 2004, se ha visto perjudicada por escándalos de asesinatos, violaciones y otras formas de violencia por parte de sus tropas casi desde que comenzó".  

En primer lugar, la administración Bush, y ahora la administración Obama, han utilizado el golpe y las crisis sociales y naturales para extender los planes económicos neoliberales norteamericanos.     

Ya con Obama, los Estados Unidos han otorgado a Haití 1.200 millones de dólares como ayuda para saldar la deuda, pero no han cancelado el total de la deuda de Haití, y el país paga todavía enormes sumas al Banco Interamericano de Desarrollo. La ayuda para reducir la deuda es la clásica fachada para ocultar la verdadera política de Obama hacia Haití, que es la misma, la antigua política hacia Haití.  

En estrecha colaboración con el nuevo Enviado Especial a Haití de las Naciones Unidas, el expresidente Bill Clinton, Obama ha impulsado un programa económico familiar para buena parte del resto del Caribe: turismo, fábricas textiles explotadoras y debilitamiento del control del Estado sobre la economía mediante la privatización y la desregulación.      

Sobre todo, Clinton ha orquestado un plan para convertir el norte de Haití en un  campo de recreo turístico, lo más lejos posible de los prolíficos barrios pobres de Puerto Príncipe. Clinton indujo a las líneas de cruceros de Royal Caribbean a invertir 55 millones de dólares para construir un muelle en la costa de Labadee, arrendado hasta el año 2050.  

Desde allí, la industria turística haitiana espera organizar expediciones a la cumbre de la montaña donde se encuentra la fortaleza Citadelle y el Palace de Sans Souci, construidos ambos por Henri Christophe, uno de los dirigentes de la revolución de los esclavos haitianos. Según el Miami Herald:  

“El plan de 40 millones de dólares entrañaba la transformación de la pintoresca  ciudad de Milot, que alberga la Citadelle y el Palace de Sans Souci, en una efervescente villa turística, con mercados de artesanos, restaurantes y calles enlosadas en piedra. Sus huéspedes serían transbordados hasta una bahía, más allá del congestionado Cabo Haitiano, y trasladados luego en autobús pasando por las plantaciones campesinas. Una vez en Milot, seguirían la excursión a pie o a caballo hasta la Citadelle...declarada Patrimonio de la Humanidad en 1982”.  

El ecoturismo, la exploración arqueológica y las visitas voyeristas a rituales de vudú, forma todo parte de la actual oferta de la pequeña y activa industria turística de Haití, mientras Royal Caribbean planea traer el crucero más grande del mundo, dando así lugar a la oportunidad de excursiones.    

Así que, mientras Pat Robertson denuncia la gran revolución de los esclavos en Haití como un pacto con el diablo, Clinton ayuda a reducirlo a destino turístico.   

Al mismo tiempo, entre los planes de Clinton se cuenta la expansión de la industria más explotadora para aprovechar la mano de obra barata disponible entre las masas urbanas. El régimen aplicado a las exportaciones de ropa de Haití, libres de impuestos, facilitará que las fábricas más explotadoras regresen a Haití.  

Clinton celebró las posibilidades del desarrollo de talleres de explotación durante una veloz gira por la planta textil propiedad de la infame Cintas Corp. Anunció que George Soros había  ofrecido 50 millones de dólares para un nuevo parque industrial de talleres de explotación que podría crear 25.000 empleos en la industria de confección. Clinton explicó en una rueda de prensa que el gobierno de Haití podía crear "más puestos de trabajo rebajando los costes de hacer negocios, incluyendo los precios de arriendo".

Tal como declaró a Democracy Now! Randall Robinson, fundador de TransAfrica: "Esa no es la clase de inversión que Haití necesita. Lo que necesita es inversión de capital, necesita inversiones para poder ser autosuficiente, necesita inversiones para poder alimentarse por si mismo".  

Una de las razones por las que Clinton podía felicitarse tan descaradamente por los talleres de explotación es que el golpe dado con respaldo norteamericano reprimió cualquier tipo de resistencia. Se deshizo de Aristide y su molesta costumbre de elevar el salario mínimo. Le prohibió regresar al país, aterrorizó a los aliados que le quedaban e impidió a su partido político, Fanmi Lavalas, el más popular del país, presentarse a las elecciones. El régimen salido del golpe atacó también a los sindicalistas de las fábricas más explotadoras.  

Como consecuencia de ello pudo Clinton manifestar ante los dirigentes empresariales: "Los riesgos políticos que corren en Haití son más reducidos que nunca en toda mi vida”.  

Así pues, tal como han actuado otrora anteriores presidencias norteamericanas, la administración Obama ha colaborado en la ayuda a la élite de Haití, patrocinando que las empresas internacionales se aprovechen de la mano de obra barata, debilitando el poder del estado haitiano para reglamentar la sociedad, y reprimiendo cualquier forma de resistencia a ese a programa.  

Estas medidas políticas han llevado a un estado haitiano incapacitado,  con infraestructuras destartaladas, edificios de deficiente construcción y una pobreza desesperada que, combinada con los huracanes y ahora el terremoto, han convertido los desastres naturales en catástrofes sociales. Aunque todos deberíamos apoyar la actual lluvia de ayuda para auxiliar a Haití, nadie debería apoyarla con las anteojeras políticas puestas. Tal como declaró Engler:

“La ayuda a Haití se ha utilizado siempre para promover intereses imperiales. Esto resulta evidente cuando se ve el trato que dispensaron los Estados Unidos y Canadá al gobierno de Aristide, por contraposición al régimen del golpe. Los Estados Unidos y Canadá privaron a Aristide de casi toda ayuda. Pero luego, después del golpe, abrieron las compuertas del dinero a fin de respaldar a algunas de las fuerzas más reaccionarias de la sociedad haitiana.”  

Deberíamos por tanto movilizarnos contra cualquier intento por parte de los Estados Unidos y otras potencias de de utilizar la crisis para imponer aún más su programa a un país postrado.  

También deberíamos mostrarnos cautos frente al papel de las ONGs internacionales. Aunque muchas ONGs tratan de enfrentarse a la crisis, los Estados Unidos y otros gobiernos canalizan la ayuda hacia ellas con el fin de socavar el derecho democrático de los haitianos a la autodeterminación. Las ONGs internacionales no dan cuenta ni al estado haitiano ni a su población. De modo que la ayuda canalizada a través de ellas debilita aún más el escaso control que los haitianos mantienen sobre su propia sociedad.  

La administración Obama debería levantar de inmediato la prohibición de regresar a Haití que pesa sobre Aristide, así como la prohibición política de que su partido, Fanmi Lavalas, participe en el proceso electoral. Al fin al cabo, se ha permitido participar en el proceso electoral a Guy Philippe,  conocido delincuente de la droga y dirigente golpista, y a su partido, el Frente de Reconstrucción Nacional (FNR). Aristide y su partido, por contraposición, todavía son la fuerza política más popular en el país y deberían tener derecho a participar en una votación justa y abierta.    

Los Estados Unidos deberían interrumpir las deportaciones de haitianos que han huido de su país, asolado por la crisis, y otorgar a los refugiados un Estatus de Protección Temporal. Eso permitiría que cualquier haitiano que haya huido de la crisis política y social desde el golpe, los huracanes y ahora el terremoto, permaneciera legalmente en los Estados Unidos.    

Y sobre todo, hemos de exigir que los Estados Unidos dejen de imponer sus planes neoliberales. Los Estados Unidos han saqueado la sociedad haitiana durante décadas. No es Haití quien tiene una deuda contraída con los Estados Unidos, otros países o las instituciones financieras internacionales sino todo lo contrario. Los Estados Unidos, Francia, Canadá y las Naciones Unidas le deben al pueblo haitiano una reparación que corrija el saqueo imperial del país.  

Gracias a estos fondos y a ese espacio político, los haitianos podrían configurar su propio futuro político y económico, el sueño de la gran revolución de los esclavos hace doscientos años.


(*)Ashley Smith  es un analista político que colabora regularmente con la revista mensual Socialist Review.
Traducción para www.sinpermiso.info
Lucas Antón.

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