Un
terremoto devastador, el peor de los últimos 200 años, golpeó Puerto Príncipe el
martes 12 de enero, arrasando la ciudad y matando a un número indeterminado de personas,
seguido de más de una treintena de réplicas, todas ellas de más de 4,5 de
magnitud, a lo largo de la noche y en la mañana del miércoles.
Por Ashley Smith - Revista Sin Permiso
El
terremoto derribó edificios deficientemente construidos, hoteles, hospitales y
hasta los principales edificios institucionales de la ciudad, entre ellos el
palacio presidencial. El derrumbamiento de tantas estructuras levantó una nube
gigantesca hacia el cielo, que se mantuvo sobre la ciudad y de la que el polvo
caía sobre el erial situado debajo.
De acuerdo con
algunas estimaciones, pueden haber muerto más de 100.000 personas en una
metrópolis de dos millones de personas. Los que sobrevivieron viven en las
calles, temerosos de regresar al interior de cualquier edificio de los que
quedan en pie.
Por todo el mundo
los haitianos han hecho todo lo posible por contactar a sus familiares y amigos
en el país devastado. Pero la mayoría no podía comunicarse con sus seres
queridos, puesto que las líneas telefónicas se encontraban cortadas en todo el
país.
Una persona que
sí consiguió hablar con sus parientes, Garry Pierre-Pierre, director y editor
desde Brooklyn del Haitian Times, declaró que "la gente está conmocionada.
Tienen miedo de salir a la calle por razones evidentes, y la mayoría no puede
entrar en su casa. Mucha gente se sienta o duerme delante de los escombros de lo
que fueron sus hogares”.
El presidente
René Préval lanzó un llamamiento urgente de ayuda humanitaria. Describió la
situación en puerto Príncipe como algo "inimaginable": “El Parlamento se ha
derrumbado. La oficina de Hacienda se ha venido abajo. Las escuelas se han
desmoronado. Los hospitales han quedado derruidos. Hay muchas escuelas con
muchos muertos dentro. Todos los hospitales están repletos de gente. Es una
catástrofe”.
El débil gobierno
de Préval fue incapaz de responder a la crisis, y las Naciones Unidas --que
ocupan Haití con cerca de 9.000 soldados— no se encontraban preparadas para
gestionar la situación. Murieron muchos funcionarios y tropas de las Naciones
Unidas en los edificios que se derrumbaron, entre los que se contaban sus
oficinas centrales.
Paul Conneally, portavoz de la Cruz Roja Internacional, afirmó que tres millones
de los nueve que componen la población de Haití necesitarían ayuda internacional
de emergencia en las próximas semanas sólo para sobrevivir. Las Naciones Unidas,
los Estados Unidos, la Unión Europea, Canadá e incontables organizaciones no
gubernamentales han prometido ayuda humanitaria.
Si bien la
mayoría de la gente ha reaccionado a la crisis intentando encontrar el modo de
ayudar o donar dinero, Pat Robertson, fanático de la derecha cristiana
norteamericana, cayó más bajo si cabe en su racismo. Explicó que los haitianos
estaban malditos por haber hecho un pacto con el diablo para liberarse de sus
amos esclavistas en la revolución haitiana de hace doscientos años.
Los medios
informaron al menos de que el terremoto lo causaron las placas tectónicas en
movimiento a lo largo de la falla sobre la que se sitúa Puerto Príncipe, y que
la pobreza, sumada a la incapacidad del gobierno Préval, agravó
considerablemente el desastre. Pero no profundizaron más allá de lo superficial.
“La cobertura
mediática del terremoto está marcada por un divorcio casi completo entre la
historia social y política de Haití”, afirmó en una entrevista Yves Engler,
activista canadiense en la solidaridad con Haití. “Una y otra vez señalan que el
Estado no estaba en absoluto preparado para hacer frente a la crisis. Y es
verdad, pero no se ocupan de de explicar por qué”.
¿Por qué el 60% de los edificios de Puerto Príncipe estaban construidos de forma
chapucera y eran inseguros en circunstancias normales, de acuerdo con el alcalde
de la ciudad? ¿Por qué no existe normativa de edificación en una ciudad que se
asienta sobre una falla sísmica? ¿Por qué ha pasado Puerto Príncipe de ser una
pequeña ciudad de 50.000 habitantes a una población de 2 millones de personas
sumidas en una desesperante pobreza. ¿Por qué el Estado quedó completamente
abrumado por el desastre?
Para comprender estos hechos, hemos de echar un vistazo a la segunda línea de
falla: la política imperial norteamericana respecto a Haití. El gobierno
norteamericano, las Naciones Unidas y otros poderes, han ayudado a la élite
haitiana a someter el país a los planes económicos neoliberales que han
empobrecido a las masas, han deforestado la tierra, arruinado las
infraestructuras y dejado incapacitado al gobierno.
Las líneas de
falla del imperialismo norteamericano se entrelazaron con las geológicas,
convirtiendo el desastre natural en una catástrofe social.
Durante la Guerra Fría, los Estados Unidos apoyaron a la dictadura de Papa Doc
Duvalier, y luego de Baby Doc Duvalier—que gobernó el país entre 1957 y
1986—como contrapeso de la cercana Cuba de Castro.
Bajo la guía de Washington, Baby Doc Duvalier abrió la economía haitiana al
capital norteamericano en las décadas de 1970 y 1980. El diluvio de
importaciones agrícolas norteamericanas destruyó la agricultura campesina. Como
resultado, cientos de miles de personas se trasladaron en tropel a las
abarrotadas barriadas paupérrimas de Puerto príncipe para trabajar por salarios
de miseria en talleres de explotación (“sweatshops”) ubicados en las zonas de
procesamiento de exportaciones a los Estados Unidos.
En la década de
los 80, las masas haitianas se levantaron para echar del poder a los Duvalier, y
eligieron después presidente a un reformador como Jean-Bertrand Aristide con un
programa de reforma agraria, ayudas a los agricultores, reforestación, inversión
en infraestructuras populares, y aumentos salariales y derechos sindicales para
los trabajadores de las fábricas de explotación.
A su vez, los
Estados Unidos respaldaron un golpe que expulsó a Aristide del poder en 1991.
Finalmente, el presidente electo pudo volver al poder en 1994, cuando Bill
Clinton envió tropas norteamericanas a la isla, pero a condición de que aplicase
el plan neoliberal norteamericano, que los haitianos denominaron "plan de la
muerte".
Aristide se resistió a una parte del programa norteamericano para Haití, pero
puso en práctica otras disposiciones, minando así las tan ansiadas reformas. Sin
embargo, por último, los Estados Unidos se impacientaron por la incapacidad de
Aristide de someterse a una completa obediencia, sobre todo cuando exigió 21.000
millones de dólares en reparaciones durante su último año en el cargo. Los
Estados Unidos impusieron un embargo económico que estranguló al país, ahondando
aun más la pobreza de agricultores y trabajadores.
En el año 2004,
Washington colaboró con la élite dominante de Haití para apoyar a los
escuadrones de la muerte que derrocaron al gobierno, secuestraron y exiliaron a
Aristide. Las Naciones Unidas enviaron tropas para ocupar el país, y se instaló
en el poder al gobierno títere de Gérard Latortue para que continuara con los
planes neoliberales de Washington.
El breve régimen
de Latortue fue totalmente corrupto: él y sus secuaces se embolsaron un buen
pellizco de los 4.000 millones de dólares que los Estados Unidos y otras
potencias derramaron sobre el país al término de su embargo. El régimen
desmanteló las tímidas reformas que Aristide había logrado poner en práctica. De
este modo, se aceleró el patrón de pobreza y degradación de la infraestructura
del país.
En las elecciones
de 2006, las masas haitianas eligieron a René Préval, antiguo aliado de Aristide,
como presidente. Pero Préval ha sido una figura débil que colaboró con los
planes norteamericanos y no consiguió enfrentarse a la creciente crisis social.
De hecho, los
Estados Unidos, las Naciones Unidas y otras potencias imperiales puentearon
eficazmente al gobierno Préval y dirigieron los fondos hacia las ONGs. "Haití
tiene hoy la mayor presencia per cápita de ONG del mundo”, cuenta Yves Engler.
El gobierno de Préval se ha convertido en una hoja de parra, tras la cual las
decisiones las toman las potencias imperiales, que se aplican mediante las ONGs
internacionales que escogen.
El verdadero
poder del Estado no reside en el gobierno de Préval sino en la ocupación
norteamericana apoyada por las Naciones Unidas. Bajo mando brasileño, las
fuerzas de las Naciones Unidas se han dedicado a proteger a los ricos y
colaborar –o hacer la vista gorda—con los escuadrones de la muerte derechistas
que aterrorizan a quienes apoyan a Aristide y su partido, Lavalas.
Los ocupantes no
han hecho nada por enfrentarse a la pobreza, las infraestructuras destruidas y
la deforestación masiva que han exacerbado los efectos de una serie de desastres
naturales, como los graves huracanes de 2004 y 2008, y ahora el terremoto de
Puerto Príncipe.
Por cambio, se
dedican simplemente a patrullar una catástrofe social y, al actuar de este modo,
han cometido los crímenes normales característicos de cualquier fuerzas
policial. Tal como escribió Dan Beeton en el NACLA Report on the Americas, "La
Misión de Estabilización en Haití de Naciones Unidas (MINUSTAH), que comenzó su
misión en junio de 2004, se ha visto perjudicada por escándalos de asesinatos,
violaciones y otras formas de violencia por parte de sus tropas casi desde que
comenzó".
En primer lugar,
la administración Bush, y ahora la administración Obama, han utilizado el golpe
y las crisis sociales y naturales para extender los planes económicos
neoliberales norteamericanos.
Ya con Obama, los
Estados Unidos han otorgado a Haití 1.200 millones de dólares como ayuda para
saldar la deuda, pero no han cancelado el total de la deuda de Haití, y el país
paga todavía enormes sumas al Banco Interamericano de Desarrollo. La ayuda para
reducir la deuda es la clásica fachada para ocultar la verdadera política de
Obama hacia Haití, que es la misma, la antigua política hacia Haití.
En estrecha
colaboración con el nuevo Enviado Especial a Haití de las Naciones Unidas, el
expresidente Bill Clinton, Obama ha impulsado un programa económico familiar
para buena parte del resto del Caribe: turismo, fábricas textiles explotadoras y
debilitamiento del control del Estado sobre la economía mediante la
privatización y la desregulación.
Sobre todo, Clinton ha orquestado un plan para convertir el norte de Haití en un
campo de recreo turístico, lo más lejos posible de los prolíficos barrios pobres
de Puerto Príncipe. Clinton indujo a las líneas de cruceros de Royal Caribbean a
invertir 55 millones de dólares para construir un muelle en la costa de Labadee,
arrendado hasta el año 2050.
Desde allí, la industria turística haitiana espera organizar expediciones a la
cumbre de la montaña donde se encuentra la fortaleza Citadelle y el Palace de
Sans Souci, construidos ambos por Henri Christophe, uno de los dirigentes de la
revolución de los esclavos haitianos. Según el Miami Herald:
“El plan de 40
millones de dólares entrañaba la transformación de la pintoresca ciudad de
Milot, que alberga la Citadelle y el Palace de Sans Souci, en una efervescente
villa turística, con mercados de artesanos, restaurantes y calles enlosadas en
piedra. Sus huéspedes serían transbordados hasta una bahía, más allá del
congestionado Cabo Haitiano, y trasladados luego en autobús pasando por las
plantaciones campesinas. Una vez en Milot, seguirían la excursión a pie o a
caballo hasta la Citadelle...declarada Patrimonio de la Humanidad en 1982”.
El ecoturismo, la
exploración arqueológica y las visitas voyeristas a rituales de vudú, forma todo
parte de la actual oferta de la pequeña y activa industria turística de Haití,
mientras Royal Caribbean planea traer el crucero más grande del mundo, dando así
lugar a la oportunidad de excursiones.
Así que,
mientras Pat Robertson denuncia la gran revolución de los esclavos en Haití como
un pacto con el diablo, Clinton ayuda a reducirlo a destino turístico.
Al mismo tiempo,
entre los planes de Clinton se cuenta la expansión de la industria más
explotadora para aprovechar la mano de obra barata disponible entre las masas
urbanas. El régimen aplicado a las exportaciones de ropa de Haití, libres de
impuestos, facilitará que las fábricas más explotadoras regresen a Haití.
Clinton celebró las posibilidades del desarrollo de talleres de explotación
durante una veloz gira por la planta textil propiedad de la infame Cintas Corp.
Anunció que George Soros había ofrecido 50 millones de dólares para un
nuevo parque industrial de talleres de explotación que podría crear 25.000
empleos en la industria de confección. Clinton explicó en una rueda de prensa
que el gobierno de Haití podía crear "más puestos de trabajo rebajando los
costes de hacer negocios, incluyendo los precios de arriendo".
Tal como declaró
a Democracy Now! Randall Robinson, fundador de TransAfrica: "Esa no es la clase
de inversión que Haití necesita. Lo que necesita es inversión de capital,
necesita inversiones para poder ser autosuficiente, necesita inversiones para
poder alimentarse por si mismo".
Una de las
razones por las que Clinton podía felicitarse tan descaradamente por los
talleres de explotación es que el golpe dado con respaldo norteamericano
reprimió cualquier tipo de resistencia. Se deshizo de Aristide y su molesta
costumbre de elevar el salario mínimo. Le prohibió regresar al país, aterrorizó
a los aliados que le quedaban e impidió a su partido político, Fanmi Lavalas, el
más popular del país, presentarse a las elecciones. El régimen salido del golpe
atacó también a los sindicalistas de las fábricas más explotadoras.
Como consecuencia de ello pudo Clinton manifestar ante los dirigentes
empresariales: "Los riesgos políticos que corren en Haití son más reducidos que
nunca en toda mi vida”.
Así pues, tal
como han actuado otrora anteriores presidencias norteamericanas, la
administración Obama ha colaborado en la ayuda a la élite de Haití, patrocinando
que las empresas internacionales se aprovechen de la mano de obra barata,
debilitando el poder del estado haitiano para reglamentar la sociedad, y
reprimiendo cualquier forma de resistencia a ese a programa.
Estas medidas políticas han llevado a un estado haitiano incapacitado, con
infraestructuras destartaladas, edificios de deficiente construcción y una
pobreza desesperada que, combinada con los huracanes y ahora el terremoto, han
convertido los desastres naturales en catástrofes sociales. Aunque todos
deberíamos apoyar la actual lluvia de ayuda para auxiliar a Haití, nadie debería
apoyarla con las anteojeras políticas puestas. Tal como declaró Engler:
“La ayuda a Haití
se ha utilizado siempre para promover intereses imperiales. Esto resulta
evidente cuando se ve el trato que dispensaron los Estados Unidos y Canadá al
gobierno de Aristide, por contraposición al régimen del golpe. Los Estados
Unidos y Canadá privaron a Aristide de casi toda ayuda. Pero luego, después del
golpe, abrieron las compuertas del dinero a fin de respaldar a algunas de las
fuerzas más reaccionarias de la sociedad haitiana.”
Deberíamos por tanto movilizarnos contra cualquier intento por parte de los
Estados Unidos y otras potencias de de utilizar la crisis para imponer aún más
su programa a un país postrado.
También deberíamos mostrarnos cautos frente al papel de las ONGs
internacionales. Aunque muchas ONGs tratan de enfrentarse a la crisis, los
Estados Unidos y otros gobiernos canalizan la ayuda hacia ellas con el fin de
socavar el derecho democrático de los haitianos a la autodeterminación. Las ONGs
internacionales no dan cuenta ni al estado haitiano ni a su población. De modo
que la ayuda canalizada a través de ellas debilita aún más el escaso control que
los haitianos mantienen sobre su propia sociedad.
La administración
Obama debería levantar de inmediato la prohibición de regresar a Haití que pesa
sobre Aristide, así como la prohibición política de que su partido, Fanmi
Lavalas, participe en el proceso electoral. Al fin al cabo, se ha permitido
participar en el proceso electoral a Guy Philippe, conocido delincuente de
la droga y dirigente golpista, y a su partido, el Frente de Reconstrucción
Nacional (FNR). Aristide y su partido, por contraposición, todavía son la fuerza
política más popular en el país y deberían tener derecho a participar en una
votación justa y abierta.
Los Estados
Unidos deberían interrumpir las deportaciones de haitianos que han huido de su
país, asolado por la crisis, y otorgar a los refugiados un Estatus de Protección
Temporal. Eso permitiría que cualquier haitiano que haya huido de la crisis
política y social desde el golpe, los huracanes y ahora el terremoto,
permaneciera legalmente en los Estados Unidos.
Y sobre todo,
hemos de exigir que los Estados Unidos dejen de imponer sus planes neoliberales.
Los Estados Unidos han saqueado la sociedad haitiana durante décadas. No es
Haití quien tiene una deuda contraída con los Estados Unidos, otros países o las
instituciones financieras internacionales sino todo lo contrario. Los Estados
Unidos, Francia, Canadá y las Naciones Unidas le deben al pueblo haitiano una
reparación que corrija el saqueo imperial del país.
Gracias a estos fondos y a ese
espacio político, los haitianos podrían configurar su propio futuro político y
económico, el sueño de la gran revolución de los esclavos hace doscientos años.
(*)Ashley Smith es un analista político que colabora regularmente con la revista mensual Socialist Review.
Traducción para www.sinpermiso.info: Lucas Antón.