El dominio omnipotente del dolarcentrismo, incluida la relativa bipolaridad
compartida con el euro, constituía el reflejo del orden unipolar que ha llegado
a su fin con la decadencia multidimensional de EU, cuando el mundo se mueve
hacia un nuevo orden multipolar que imperativamente debe traducirse en una
pluralidad de las divisas de los grandes actores del planeta.
Por Alfredo Jalife-Rahme - La Jornada, México
Una de las señales trágicas de la recesión global, causada por
los especuladores de Wall Street y su horda de Madoffs y Soros, ha sido la
colosal disparidad entre la economía real y el vigente financierismo (impuesto
por la banca israelí-anglosajona), lo cual se subsume en el anómalo dominio del
dolarcentrismo que ha llegado a su ocaso, pero que no ha sido sencillo remplazar
por los grandes actores del planeta.
La gran incongruencia de inicios del siglo XXI es que el dolarcentrismo
ejerce todavía su prevalencia –mediante su cobertura por las bombas nucleares de
EU y su complejo militar industrial, ya no se diga sus triunfos en dos guerras
mundiales y en la guerra fría– mediante un papel-chatarra que arrastra
una deuda impagable (según el célebre "reporte Wagelin", alcanzaría 600 por
ciento del PIB; ver Bajo la Lupa, 21/10/09) y exhibe monumentales déficit fiscal
y presupuestal en una sociedad hedonista que desconoce el ahorro y la mesura al
haberse volcado al consumismo frenético que vive parasitariamente a expensas de
los ahorros del resto del planeta.
Esta situación aberrantemente singular y monopólica del dolarcentrismo llegó
a su paroxismo durante la unipolaridad estadounidense y fue mínimamente atenuada
por la aparición del euro, que hoy sufre los embates de los chacales de Wall
Street y la City.
La tragedia financiera global es doble, ya que ambas divisas trasatlánticas
siguen siendo las dos principales reservas globales, pese a la notable
vulnerabilidad del euro y a la decadencia multidimensional de EU: el dólar
estadounidense entre 60 y 65 por ciento del total mundial, seguido del euro, en
casi 25 por ciento.
A las dos "superdivisas" trasatlánticas, paradójicamente más endebles
que nunca, que en su conjunto disponen entre 85 por ciento y 90 por ciento
global, le siguen muy a lo lejos la agónica libra esterlina, con casi 3.5 por
ciento, y el yen nipón (3.2 por ciento). Las migajas (entre 3 y 8 por ciento)
son dejadas a los restantes 173 países que forman la ONU (descontados los 16 de
la eurozona).
La relativa bipolaridad del dólar
estadounidense y del euro –sin perder de
vista que el poderío del billete verde es más del doble que el de la divisa
común europea–, más los apéndices de las divisas de dos aliados de EU (Gran
Bretaña y Japón), se refleja en la cuatripolaridad de la tenencia de los
derechos especiales de giro (la "moneda canasta" y/o "unidad contable")
del FMI.
Hoy el dólar estadounidense parece haber optado por su divorcio del euro, lo
cual ha sido exquisitamente fomentado por la banca israelí-anglosajona.
David P. Goldman (alias Spengler), uno de los voceros del sionismo
financiero global y polémico analista de Asia Times (21/7/10), truena
contra cinco países (cuatro católicos y uno ortodoxo) de los 16 de la eurozona,
a los que ubica en el "matadero" tildándolos de "cerdos" y califica en
forma despectiva de PIIGS (acrónimo en inglés acuñado por la prensa británica:
Portugal, Irlanda, Italia, Grecia y España).
El dominio omnipotente del dolarcentrismo, incluida la relativa bipolaridad
compartida con el euro, constituía el reflejo del orden unipolar que ha llegado
a su fin con la decadencia multidimensional de EU, cuando el mundo se mueve
hacia un nuevo orden multipolar que imperativamente debe traducirse en una
pluralidad de las divisas de los grandes actores del planeta.
En la desglobalización y su concomitante regionalización es tan anómala la
persistencia de la unipolaridad del dolarcentrismo como la ausencia de un nuevo
orden financiero multipolar.
Bajo la Lupa había propuesto el lanzamiento de la "divisa BRIC" para
suplir la unipolaridad del dolarcentrismo (Bajo la Lupa, 9/6/09), lo cual no ha
sido fácil de implementar.
Durante el reciente Foro Económico Internacional en San Petersburgo, el
presidente ruso, Dimitri Medvedev, promovió el rublo como reserva para "
reducir el dominio del dólar y convertir a Moscú en un centro financiero global",
al unísono de otras divisas que serían seis (Bloomberg/Business Week,
19/6/10).
Medvedev reveló que "discute seriamente (sic)" con China la creación de
una divisa de reserva –en este caso el rublo– y su ampliación a otras opciones
globales, lo cual "hace solamente tres o cinco años parecía una fantasía".
A su juicio, "el mundo necesita seis divisas de reservas", que no
especificó y que interpretamos deductivamente como las siguientes: el dólar
estadunidense, el euro, el yuan, el rublo, el dólar canadiense y el dólar
australiano.
Si Rusia, que posee la tercera reserva global, discute el nuevo orden
financiero multipolar con quien detenta la primera reserva (China), ergo,
el yuan es un candidato sólido para la hexapolaridad geofinanciera de Medvedev,
quien critica el domino del dólar estadunidense pero en ningún momento lo
exorciza, mientras impulsa la permanencia del euro: "la emergencia del euro
como divisa para rivalizar el dominio de dólar ayudó a suavizar el impacto de la
crisis global. Si el mundo dependiera completamente del dólar, la situación
habría sido más difícil".
Si por sus actos los juzgaréis, entonces, los otros dos candidatos serían el
dólar canadiense y el dólar australiano, que han sido incorporados a la canasta
internacional de reservas del Banco Central de Rusia, como informó su primer
vicepresidente, Alexei Ulyukayev (Bloomberg/Business Week, 16/6/10).
Es evidente que Rusia apuesta tanto al economicismo (por encima del fracasado
financierismo especulativo), así como al auge de las materias primas que
detentan pletóricamente Canadá y Australia, dos miembros prominentes de la
anglósfera, quienes se han manejado convenientemente durante la recesión global.
Llama la atención que Medvedev haya dejado de lado al real brasileño que –ya
sea solo o, mucho mejor, bajo el estandarte del sucre (la divisa común
sudamericana)– debe formar parte del nuevo orden financiero multipolar.
¿Dónde queda la rupia india en la hexapolaridad de Medvedev?
¿Tanto la rupia india como el real brasileño y/o el sucre sudamericano serían
incorporados en una fase ulterior?
¿Que advendrá de la libra esterlina, el yen nipón y el franco suizo?
No faltan trabas al diseño de Medvedev proferidas, como era de esperarse, por
Stanley Fisher, gobernador del banco central de Israel, quien alegó que si un
país desea alterar (¡supersic!) el presente orden (sic) económico, incluyendo el
número de divisas de reserva, debe convertirse en un centro financiero
internacional "donde se pueda vender y comprar con facilidad".
Es interesante que Fisher haya salido al quite como uno de los prototipos de
la banca israelí-anglosajona y el sionismo financiero global: nacido en la
anterior colonia británica de Zambia, formado en la London School of Economics y
en el MIT, asesor de la tesis doctoral de Ben Shalom Bernanke (presidente de la
Reserva Federal), así como ex vicepresidente del Banco Mundial, vicedirector
ejecutivo del FMI y vicedirector de Citigroup.
Queda patente que el mayor obstáculo a la multipolaridad de las divisas
proviene de la banca israelí-anglosajona y del sionismo financiero global, que
insisten en mantener su control unimundial vía el financierismo especulativo.