Los ministros de economía europeos
se ponen de acuerdo en unas medidas de ayuda a Grecia en un momento en que la
eurozona se ve amenazada por peligros que tocan a su propia existencia.
Por Michael R. Krätke (*) - Revista Sin Permiso
Palabras
fuertes y tonos graves vienen de Bruselas: los ministros de economía de los 16
países de la eurozona se han reunido, observados de cerca por los clientes de
los mercados financieros. Al final, un plan de ayuda; un gesto para ayudar a
Atenas, en caso de caída, con hasta 25.000 millones de euros. Difícilmente
bastará. Hasta fines de 2010 Grecia está obligada a refinanciar 55.000 millones
en créditos. En enero y en febrero los créditos griegos han sido recalificados
al alza por causa de unos intereses notablemente incrementados. Los ministros de
economía han respaldado ahora explícitamente al gobierno Papandreu: su política
de de austeridad sería necesaria y conveniente. Política de símbolos, encaminada
a dar buena impresión a los mercados financieros y a salvar las apariencias. El
Tratado de Maastricht, que se atraviesa en el camino de una política económica y
financiera común y encadena a todos a dogmas pueriles, no puede transgredirse
oficialmente. Todavía no.
Demasiado tarde, y por mucho
Los signos son de todo punto inconfundibles: la eurozona se halla en la
encrucijada. O cae el Pacto de Estabilidad y Crecimiento, o cae el Euro. Lo
primero preocupa tan sólo a los ideólogos; lo segundo no puede permitírselo
nadie, y menos que nadie Alemania, para cuya economía exportadora la disolución
de la unión monetaria equivaldría a una catástrofe. El gobierno de Merkel sabe
desde hace mucho tiempo que está obligado a ayudar a los socios de la eurozona
con créditos y garantías crediticias. Así debe ser, de todas todas; pero, de
acuerdo con el neciamente amordazante Tratado de Maastricht, no puede ser. La
propuesta de fundar un Fondo Monetario Europeo ha de interpretarse en este
contexto como una maniobra de distracción. Es demasiado tarde, y complicaría
innecesariamente cualquier acción de ayuda. El Banco Central Europeo (BCE) tiene
que apresurase ya a comprar –con el acuerdo de todos los euro-países— todos los
empréstitos estatales de sus miembros, sin preocuparse de las desapoderadas
reacciones y opiniones de las incompetentes agencias de calificación del riesgo.
Y también los propios euro-países han de poder emitir sin más euro-deuda, la
cual, de existir, sería aceptada con una reverencia por los mercados
financieros.
Por vez primera
¿Significaría eso un punto de inflexión en el camino hacia una política
económica medianamente común en la Unión Europea? Los franceses –de reacciones
inveteradamente rápidas— exigen un debate sobre el conjunto de los
desequilibrios que han ido acumulándose en la eurozona, no sólo sobre los
déficits presupuestarios. Eso afecta, por lo pronto, a los alemanes, quienes,
merced a una desvergonzada política de dumping salarial y fiscal, han venido
experimentado en los últimos años enormes superávits en su comercio exterior a
costa de otros Estados de la UE. Se exigen correcciones; nuestros vecinos se
inmiscuyen en la política económica alemana, y llevan razón. Incluso tienen
éxito. La República Federal tuvo que dejar caer su estricta negativa a las
ayudas financieras a Grecia, porque comprendió que nadie podría escapara a una
crisis aguda del euro. Por eso está cambiando también la retórica política. Por
vez primera, la propia Angela Merkel se ha avilantado a exigir el primado de la
política sobre los mercados financieros. Por vez primera, se ha puesto
públicamente en duda la sabiduría de las agencias calificadoras del riesgo. Por
vez primera se ha amenazado con poner coto a la especulación con los seguros
para créditos fallidos, una especulación de la que se sirve el ataque al euro y
a la libra esterlina. Pero los actores principales de este drama buscan sortear
el Pacto de Estabilidad y Crecimiento, sin echar todavía por la borda al Pacto
mismo y al conjunto de dogmas neoliberales. Todavía.
La introducción del euro tiene consecuencias políticas a las que, en la aguda
crisis actual, nadie puede ya substraerse. En una unión monetaria, las finanzas
públicas, lo mismo que el comercio exterior, no pueden dejar de ser objeto de
una política común que a todos concierne. Por eso se puede regatear, como ocurre
en la compensación financiera dentro de un Estado federal. Lo que se necesita es
valor y sentido común en los euro-países para emprender una acción solidaria
ante la crisis.
(*) Michael R. Krätke, miembro del
Consejo Editorial de SINPERMISO, es profesor de política económica y derecho
fiscal en la Universidad de Ámsterdam, investigador asociado al Instituto
Internacional de Historia Social de esa misma ciudad y catedrático de economía
política y director del Instituto de Estudios Superiores de la Universidad de
Lancaster en el Reino Unido.
Traducción para www.sinpermiso.info:
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