¿Cuál
sería entonces la respuesta adecuada, acudir al rescate de los infractores,
fortaleciendo la cohesión de la eurozona, pero poniendo en peligro la
estabilidad monetaria o permitir la quiebra de aquellos reforzando la
credibilidad monetaria pero debilitando la cohesión? Alemania fue capaz de
evitar esta tesitura antes de la adopción de la moneda única: los países menos
competitivos sencillamente se devaluaban.
El debate interno que hay en Alemania asume, erróneamente, que la respuesta está
en que todos los miembros adopten su modelo. Pero Alemania sólo es el país que
es, una economía con disciplina fiscal, débil demanda interna y un enorme
excedente de exportaciones, porque los demás miembros de la eurozona no se le
parecen.
Su actual modelo económico vulnera el principio de universalidad del mayor
filósofo alemán, Emmanuel Kant. Es fácil llegar a la conclusión de que un país
está inmerso en una crisis por culpa de sus descuidos en el caso de Grecia.
Según el último informe sobre las perspectivas económicas de la Organización
para la Cooperación y el Desarrollo Económico, el año pasado, la deuda pública
bruta del país fue del 115% del PIB, el déficit gubernamental alcanzó el 12,7%
del PIB y el déficit por cuenta corriente se situó en el 11,1%.
Éste, por tanto, sería el clásico ejemplo de intervención del FMI. El organismo
ofrecería liquidez de forma temporal a cambio de un mayor rigor fiscal. Sin
embargo, el Ejecutivo alemán rechaza la idea de que un organismo externo dicte
la política de un país de la zona euro.
Como alternativa propone la creación de un Fondo Monetario Europeo que
proporcione liquidez con condiciones. Bajo la dirección de otros miembros de la
zona euro, el FME diseñaría la política fiscal del país al que ha destinado su
ayuda.
El Gobierno alemán también insiste en la imposición de penalizaciones. Entre las
propuestas están: la suspensión de los subsidios de la UE, los llamados “fondos
de cohesión”, a países que no cumplan con la disciplina fiscal, la suspensión de
los derechos de voto en las reuniones ministeriales e incluso la exclusión de la
eurozona.
La idea que ha despertado menos polémica es la imposición de penalizaciones, que
ya contemplaba el Pacto de Estabilidad y Crecimiento de la UE. No obstante, para
la creación del FME sería necesario un nuevo tratado, al igual que para la
exclusión de las instituciones de la eurozona (aunque el país afectado siguiera
utilizando el euro). No obstante, hasta ahora no ha servido de mucho penalizar a
los países con dificultades fiscales. Además, ahora mismo, habría que sancionar
a casi todos los miembros. Un grave error es pensar que la mayor amenaza es la
falta de disciplina fiscal. Grecia es un caso excepcional.
Sus actuales excesos fiscales no son resultado de su indisciplina monetaria,
sino de la falta de disciplina privada. Sin embargo, esta última es un elemento
inherente al funcionamiento de la propia eurozona. La actual situación tiene su
origen en la situación económica de la zona euro antes de la crisis, con un
nivel razonable de demanda global. La explicación se entiende mejor comparando
los balances financieros de los miembros de la eurozona en 2006, antes de la
crisis, y en 2009, en su peor momento.
El balance entre ingresos y gastos en los sectores público y privado debe sumar
cero. En 2006, Alemania, Holanda y Austria registraron enormes excedentes
privados con respecto al PIB, frente a los cuantiosos déficit de los sectores
privados de Portugal, Irlanda, Grecia y España. Las posiciones fiscales se
mantuvieron bajo control en todos los países: Irlanda y España llegaron incluso
a tener excedentes fiscales importantes, aunque ilusorios.
Mientras, los excedentes privados de Alemania y Holanda compensaron las
cuantiosas salidas de capital. En conjunto, hay ciertos desequilibrios del
sector privado, aunque una aparente estabilidad fiscal, en países que cumplen
los criterios del déficit fiscal establecidos en el Tratado.
Después llegó la crisis y, con ella, el recorte de gastos de los sectores
privados. En 2009, estos registraban enormes excedentes en casi todos los países
de la eurozona: ¡ahora todos son alemanes! ¿Dónde está el contrapeso? En los
déficit fiscales. El panorama de Irlanda y España es desolador. A corto plazo,
es imposible cambiar los balances externos de la noche a la mañana, sobre todo
cuando la demanda interna de los países excedentarios es tan débil.
Ahora Alemania insiste en que todos los países eliminen su exceso de déficit
fiscal cuanto antes. Sin embargo, eso sólo sería posible si los balances por
cuenta corriente o los balances privados sufrieran un deterioro. Para que un
balance privado vaya a menos, tendría que producirse un aumento del gasto
privado financiado con deuda. En el caso de los balances por cuenta corriente,
hay dos opciones: primera, deben sufrir un deterioro en el resto de la eurozona
para que países como Alemania reduzcan sus excedentes privados. Segunda, el
balance general de la zona euro debe acercarse al excedente, una política
proteccionista.
En la práctica, el resultado más probable consecuencia de los recortes fiscales
sería una crisis en los países con grandes déficit externos y fiscales. Dada la
falta de competitividad de países con esos déficit externos y la debilidad de la
demanda en el resto de la eurozona, esas crisis podrían prolongarse durante
mucho tiempo. La cuestión es si las poblaciones de estos países soportarían una
situación de estas características. De no hacerlo, surgirán crisis políticas de
consecuencias impredecibles.
Pongamos las cosas claras: El sector privado de Alemania y sus excedentes por
cuenta corriente hacen que a sus vecinos les resulte imposible eliminar sus
déficit fiscales, a menos que estén dispuestos a asumir una larga crisis. El
problema podría solventarse si la eurozona se desplazara hacia el excedente
externo. Me pregunto qué explicación les daría a sus socios mundiales.
También podría resolverse con una política monetaria expansionista del BCE que
estimulara el gasto público en los países con excedente y aumentara la inflación
de Alemania muy por encima de la media de la eurozona. Alemania está atrapada en
su propia concepción. Quiere que sus vecinos se le parezcan lo más posible, algo
tremendamente difícil, dado que no se puede extender su deficiente demanda
interna a todo el mundo.
Como habría dicho Hegel, otro gran filósofo alemán, la tesis alemana necesita
una antítesis en España. Ahora que la burbuja del sector privado ha estallado,
asistimos a un caos fiscal de la eurozona. Paradójicamente, Alemania tendría que
renunciar a parte de su idiosincrasia para que la eurozona pudiera acercarse a
su modelo.