"Han pasado dos décadas desde
la introducción del orden neoliberal, y los resultados no pueden ser más
desastrosos, pudiéndose considerar un crimen contra la humanidad. No ha habido
crecimiento económico. Los activos soviéticos están gravados con deuda. No es
así cómo la Europa occidental se desarrolló tras la Segunda Guerra Mundial, o
incluso anteriormente (o China más recientemente). Estos países siguieron el
esquema clásico de protección de la industria doméstica, gasto en
infraestructura pública, fiscalidad progresiva, y prohibiciones legales contra
el tráfico de influencias y el saqueo; todo lo que constituye anatema para la
ideología neoliberal del mercado libre."
Por Michael Hudson y Jeffrey Sommers (*) - Revista Sin Permiso
Mientras la mayoría de los medios de comunicación hacen hincapié en la
gravedad de las dificultades que atraviesa Grecia (y también España, Irlanda y
Portugal) en el contexto europeo, apenas se han hecho eco de la crisis mucho más
severa, devastadora y potencialmente letal que azota las economías
postsoviéticas vinculadas al plan de integración en la eurozona.
No cabe duda de que este silencio se debe a que lo sufrido en estos países
constituye una prueba sumaria del horror destructivo del neoliberalismo, así
como de la política europea consistente en tratar a estos países de forma bien
distinta a la prometida, no ayudándoles a desarrollarse en términos europeos
occidentales, sino meramente como áreas prestas a ser colonizadas como mercados
financieros y de exportación, despojándolas de sus plusvalías económicas, de su
mano de obra calificada –y prácticamente de toda su fuerza laboral en edad de
trabajar–, de sus bienes raíces y edificios, y de cualquier otra cosa heredada
de la era soviética.
Letonia ha experimentado una de las peores crisis económicas de las acaecidas en
todo el mundo. Y no se trata sólo de una cuestión económica, sino también
demográfica. La disminución brusca de su Producto Interior Bruto (PIB) en un
25'5% en los dos últimos años (casi un 20% solamente en el último) ya constituye
la peor caída bianual de la que se tiene registro. Las previsiones más
halagüeñas del Fondo Monetario Internacional (FMI) anticipan una caída adicional
del 4%, lo cual haría que el hundimiento de la economía letona superara en
cifras a las de la Gran Depresión de Estados Unidos. Pero las malas noticias no
acaban aquí. El FMI prevé que en el 2009 haya habido un déficit total en la
cuenta de capital y financiera de 4.200 millones de euros, a los que se añadirán
1.500 millones más (el 9% del PIB) en 2010.
Además, el sector público letón acumula deuda rápidamente. Letonia ha pasado de
tener una deuda que en 2007 representaba el 7'9% del PIB a una proyección para
este año cercana al 74%; la previsión indica que, en el mejor escenario posible,
se estabilizaría en el 89% en 2014. Esto situaría al país muy lejos de los
requisitos impuestos por [el Tratado de] Maastricht sobre los límites de deuda
pública para poder formar parte del euro. Por eso, lograr la entrada en la
eurozona ha sido el principal pretexto utilizado por el Banco Central de Letonia
para justificar las dolorosas medidas de austeridad que permitan estabilizar el
valor de la moneda. Para mantener el valor de la moneda se han dedicado ingentes
cantidades de reservas monetarias que de otro modo se habrían podido invertir en
la economía del país.
Aún así, en los países occidentales no parece que nadie se esté preguntando qué
puede haber provocado este grave quebranto a Letonia, que es extensible al resto
de economías bálticas y otras áreas postsoviéticas, pero más extremo en el caso
letón. Ahora que se cumplen casi veinte años de su liberación en 1991 de la
vieja URSS, difícilmente puede achacarse la causa de sus problemas únicamente al
sistema soviético. Ni siquiera puede culparse solamente a la corrupción, que sin
duda constituye una herencia del periodo de disolución de la URSS, aunque ésta
se haya engordado, intensificado e incluso promovido en la modalidad
cleptocrática de rapiña que ha proporcionado pingües beneficios a banqueros e
inversores occidentales. Fueron los neoliberales occidentales quienes
financiaron estas economías gracias a las "reformas favorables a los negocios"
que recibieron el aplauso entusiasta del Banco Mundial, Washington y Bruselas.
Es evidente que cabría desear una menor corrupción (pero, ¿en quién más
confiarían los occidentales?); sin embargo, reducirla drásticamente quizá no
haría más que colocar al país en la misma senda recorrida por Estonia hacia el
sistema de sujeción de peonaje por (euro)deudas. Esta área báltica vecina
también ha sufrido un aumento descomunal del desempleo, una fuerte reducción del
crecimiento, un serio deterioro de los estándares de salud y emigración, en
lacerante contraste con lo ocurrido en Escandinavia y Finlandia.
Joseph Stiglitz, James Tobin y otros prominentes economistas occidentales han
empezado a contar que hay aspectos radicalmente negativos en el orden financiero
importado por los hombres de negocios occidentales tras el colapso soviético.
Ciertamente, el camino emprendido por Europa occidental tras la Segunda Guerra
Mundial no fue el de la economía neoliberal. Sin embargo, el nuevo experimento
báltico tiene el antecedente del ensayo general impuesto a punta de fusil por
los Chicago Boys en Chile. En Letonia los asesores procedían de Georgetown, pero
la ideología era la misma: desmantelar el sector público e influir internamente
en los procesos de decisión política.
Para la aplicación postsoviética de este cruel experimento, la idea era que los
bancos occidentales, los inversores financieros y, señaladamente, los
economistas del "mercado libre" (así llamados puesto que se desprendieron de la
propiedad pública, la liberaron de cargas fiscales y dieron un nuevo significado
al término free lunch [beneficios sin contrapartidas]) tuvieran carta blanca en
la mayor parte del bloque soviético para rediseñar economías enteras. Por cómo
acabó la cosa, parece que todos los diseños fueron el mismo. Los nombres de los
individuos eran distintos, pero la mayoría estaban vinculados a, y financiados
por, Washington, el Banco Mundial y la Unión Europa. Y, puesto que los
patrocinadores eran las instituciones financieras occidentales, no deberíamos
sorprendernos demasiado de que acabaran imponiendo un diseño que redundara en su
interés financiero.
Se trató de un plan que ningún gobierno democrático occidental habría podido
aprobar jamás. Se repartieron las empresas públicas a individuos cuya misión era
venderlas rápidamente a inversores occidentales y a oligarcas locales que
transferirían su dinero de forma segura a paraísos fiscales occidentales. Para
tapar estos procedimientos se crearon sistemas impositivos locales que
permitieron a los grandes clientes tradicionales de los bancos occidentales –los
monopolios sobre los bienes raíces y sobre las infraestructuras naturales–
quedar prácticamente libres de pagar impuestos. Esto permitió que sus rentas y
su fijación monopolística de precios quedaran "libres" y pudieran revertir a
bancos occidentales en forma de pagos de intereses, en vez de estar sujetos a
impuestos interiores que se destinaran a la reconstrucción de estas economías.
En la Unión Soviética apenas había bancos comerciales. En vez de ayudar a estos
países a crear sus propios bancos, Europa occidental promovió que sus bancos
ofrecieran crédito y cargaran estas economías con intereses (siempre en euros y
otras monedas fuertes para garantía de los bancos). Esto constituyó una
violación del primer axioma de las finanzas: nunca emitas deuda nominada en una
moneda fuerte cuando tus ingresos vayan a serlo en una más débil.
Pero, como en el caso de Islandia, Europa prometió a estos países que les
ayudaría a integrase en el euro mediante políticas adecuadas. Las "reformas"
consistieron en mostrarles cómo trasladar los impuestos sobre los negocios y los
bienes raíces (los principales clientes de los bancos) al trabajo, no sólo como
impuesto fijo sobre los ingresos, sino como un impuesto fijo de "servicios
sociales"; de acuerdo con éste, la Seguridad Social y los servicios sanitarios
no se proveen a partir de fondos procedentes del presupuesto general articulado
básicamente a partir de un sistema fiscal global progresivo, sino que los
trabajadores pagan una cuota de usuario para dichos servicios.
A diferencia de los países occidentales, no existían impuestos sobre la
propiedad relevantes. Esto obligó a los gobiernos a gravar a los trabajadores y
a las empresas. A diferencia de los países occidentales, no había impuestos
progresivos o sobre la riqueza. De media, Letonia tenía el equivalente a un
impuesto fijo sobre el trabajo del 59%. (¡Los líderes del Congreso de Estados
Unidos y sus lobistas solamente pueden concebir en sueños un impuesto sobre el
trabajo tan punitivo que liberaría de controles a sus principales contribuyentes
en las campañas electorales!). Con un impuesto como éste, las economías europeas
no tenían nada que temer de las economías que emergieron libres de impuestos,
pues al traspasar los gravámenes sobre las propiedades a cargas sobre el trabajo
disminuyeron los costes de la vivienda y de la deuda. Estas economías fueron
envenenadas desde el principio. Esto es lo que hizo de ellas tan de "mercado
libre" y tan "abiertas a los negocios" desde el punto de vista de la ortodoxia
económica occidental actual.
Al perder la capacidad para gravar los bienes raíces y otras propiedades –e
incluso para imponer una fiscalidad progresiva sobre los tramos de renta más
altos– los gobiernos se vieron abocados a fijar tasas impositivas al trabajo y a
la producción industrial. Esta filosofía de desplazamiento de la carga fiscal
aumentó de forma súbita el precio del trabajo y del capital, haciendo que la
industria y la agricultura de las economías neoliberalizadas fueran tan caras
como para no poder competir con la "vieja Europa". De este modo, las economías
postsoviéticas se convirtieron en zonas de exportación para las industrias y los
servicios bancarios de la vieja Europa.
La Europa occidental se ha desarrollado mediante la protección de su industria y
de su trabajo, gravando las rentas de la tierra y otros beneficios que no tienen
contrapartida en un necesario coste de producción. Las economías postsoviéticas
"liberaron" este beneficio para que acabara en forma de pago a los bancos de la
Europa occidental. Estas economías –que no soportaban deudas en 1991– empezaron
a endeudarse en monedas fuertes, no en las suyas. Los créditos de los bancos
occidentales no se utilizaron para mejorar su inversión de capital, la inversión
pública y los niveles de vida. El grueso de los créditos se concedió
fundamentalmente con la garantía de activos existentes heredados del periodo
soviético. Si bien hubo un fuerte crecimiento de nuevas construcciones de bienes
inmuebles, la mayora parte de éstas tienen hoy un valor inferior al inicial. Y
los bancos occidentales están demandando que Letonia y los demás países bálticos
paguen aún más exprimiendo el beneficio económico mediante subsiguientes
"reformas" neoliberales que amenazan con gravar aún más al trabajo mientras sus
economías se contraen y la pobreza aumenta.
El patrón consistente en una cleptocracia instalada en las altas esferas y una
fuerza laboral endeudada –con índices de sindicación muy bajos o nulos, y escasa
protección en el lugar de trabajo– ha sido aplaudido como un modelo propiciador
de la actividad económica que debería ser emulado en todo el mundo. Las
economías postsoviéticas estaban claramente "subdesarrolladas", lejos de poder
producir bienes con un alto valor añadido, y generalmente incapaces de competir
en igualdad condiciones con sus vecinos occidentales.
El resultado ha sido un experimento económico a todas luces enloquecido, una
distopía cuyas víctimas ahora son señaladas como culpables. La ideología
neoliberal de la erosión sistemática y a gran escala –aparentemente a punto de
ser aplicada en Europa y Norteamérica mediante una retórica igualmente
optimista– resultó económicamente tan devastadora que es equiparable a lo que
habría ocurrido si estos países hubiesen sido invadidos militarmente. De modo
que ha llegado el momento de empezar a preocuparse seriamente sobre si lo
ocurrido en los países bálticos puede constituir un ensayo general de lo que
estamos a punto de ver en los Estados Unidos.
Hoy, en los países bálticos la palabra "reforma" tiene una connotación negativa,
como la tiene en Rusia. Significa un regreso a la dependencia feudal. Pero,
mientras que los señores feudales de Suecia y Alemania regían sobre sus siervos
por el poder que les otorgaba de la propiedad de la tierra, hoy controlan los
países bálticos mediante los créditos hipotecarios concedidos en moneda
extranjera, que están avalados con los bienes raíces de toda la región.
El peonaje por deudas ha sustituido a la servidumbre completa. La cuantía de las
hipotecas excede el valor de mercado de los bienes, el cual se ha desplomado
entre el 50 y el 70% en el último año (dependiendo del tipo de vivienda), y
también sobrepasa la capacidad de los propietarios de las viviendas para hacer
frente a los pagos. El volumen de la deuda nominada en moneda extranjera también
sobrepasa en mucho lo que estos países pueden ingresar mediante la exportación
de los productos de su trabajo, industria y agricultura a Europa (que apenas
desea realizar importaciones) o a otras regiones del mundo en las que los
gobiernos democráticos están comprometidos con la protección de su fuerza
laboral, a no venderla y someterla a programas de austeridad sin precedentes
(todo en el nombre de los "mercados libres").
Han pasado dos décadas desde la introducción del orden neoliberal, y los
resultados no pueden ser más desastrosos, pudiéndose considerar un crimen contra
la humanidad. No ha habido crecimiento económico. Los activos soviéticos están
gravados con deuda. No es así cómo la Europa occidental se desarrolló tras la
Segunda Guerra Mundial, o incluso anteriormente (o China más recientemente).
Estos países siguieron el esquema clásico de protección de la industria
doméstica, gasto en infraestructura pública, fiscalidad progresiva, y
prohibiciones legales contra el tráfico de influencias y el saqueo; todo lo que
constituye anatema para la ideología neoliberal del mercado libre.
Lo que se ha evidenciado de forma descarnada son los supuestos subyacentes del
orden económico mundial. En el centro de la crisis actual de la teoría económica
y de la política económica cobran interés las olvidadas premisas y conceptos
directrices de la economía política clásica. George Soros, Stiglitz y otros
hablan de una economía global de casino (en la que ciertamente se ha enriquecido
Soros jugando), habiéndose desgajado la economía financiera del proceso de
creación de riqueza. El sector financiero cada vez es más preeminente, con una
creciente capacidad de detraer recursos de la economía real de bienes y
servicios.
Ésta era la preocupación de los economistas clásicos cuando se concentraron en
el problema de los rentistas, propietarios de bienes con privilegios especiales
cuyos beneficios (que no tenían la contrapartida de asumir coste productivo
alguno) constituían de facto un impuesto sobre la economía (en este caso,
cargándola con deudas). Los economistas clásicos se dieron cuenta de la
necesidad de subordinar las finanzas a las necesidades de la economía real. Ésta
fue la filosofía que guió la regulación bancaria en Estados Unidos en la década
de 1930, y fue la que siguieron Europa occidental y Japón desde la década de
1950 a la de 1970 para promover la inversión manufacturera. En vez de establecer
fuertes controles sobre la capacidad del sector financiero para realizar
actividades especulativas, los Estados Unidos eliminaron estas regulaciones en
la década de 1980. Mientras en 1982 los beneficios después de impuestos de la
banca estadounidense significaron menos del 5% del total, en el año 2007
ascendieron a un insólito 41%. En efecto, esta actividad de suma cero constituyó
un "impuesto" indirecto sobre la economía.
Junto con la reestructuración financiera, el otro aspecto importante del juego
de herramientas clásico era la política fiscal. El objetivo era retribuir el
trabajo y crear riqueza, y recoger los beneficios resultantes (free lunch) de
las economías sociales "externas" como base impositiva natural. Esta política
fiscal tenía la virtud de reducir las cargas sobre el ingreso (salarios y
beneficios). Se entendía que la tierra era un bien natural sin coste laboral de
producción (y por eso sin valor de coste). Pero en vez de convertirla en la base
impositiva natural, los gobiernos han permitido que los bancos la carguen con
deudas, transformando el aumento del valor de la renta de la tierra en intereses
a pagar. En terminología clásica, el resultado es un impuesto financiero sobre
la sociedad (un beneficio que se suponía que la sociedad recogía como un
impuesto básico para reinvertirlo en infraestructura económica y social con el
fin de enriquecer al conjunto de esa sociedad). La alternativa ha sido fijar
impuestos sobre la tierra y el capital industrial. Y a aquello a lo que han
renunciado los recaudadores de impuestos, ahora los bancos lo cobran en forma de
precios más altos de la propiedad del suelo –un precio por el que los
compradores pagan un tipo de interés hipotecario.
La economía clásica podría haber predicho los problemas de Letonia. Sin freno
alguno sobre las finanzas, sin regulación de los precios monopolísticos, sin
protección industrial, con la privatización del dominio público para crear
"economías con sistemas de peaje" y con una política fiscal que empobrece a los
trabajadores y al capital industrial mientras recompensa a los especuladores, la
economía de Letonia apenas ha visto algún tipo de crecimiento económico. Lo que
sí se ha logrado –y que ha recibido el aplauso entusiasta desde los países
occidentales– ha sido una actitud favorable para anotar deudas enormes para
subsidiar su desastre económico. Letonia tiene muy poca industria, una
agricultura muy poco modernizada, pero sí puede exhibir más de 9.000 millones de
lati en deuda privada; una deuda que hoy corre el riesgo de pasar a figurar en
los balances del presupuesto público, igual como ocurrió con el rescate de los
bancos de Estados Unidos.
En caso de que este crédito se hubiera empleado con fines productivos para
levantar la economía letona, podría haber sido algo aceptable. Pero fue
básicamente improductivo, contribuyó a exacerbar la inflación de precios del
suelo y el consumo suntuario, reduciendo a Letonia a un Estado cercano a la
servidumbre por deudas. En lo que Sarah Palin llamaría una hopey-change thing
[peyorativamente, propuesta irrealista cargada de buenas intenciones, a partir
del eslogan hope and change de la campaña de Barack Obama de 2008. N del t.], el
Banco de Letonia sugiere que el momento más grave de la crisis ya ha pasado.
Finalmente, las exportaciones han empezado a aumentar, pero la economía aún pasa
por una situación desesperada. Si persiste la tendencia actual no habrá nuevos
letones para heredar recuperación económica alguna. El desempleo se mantiene por
encima del 22%. Decenas de miles de ciudadanos han abandonado el país, y otras
decenas de miles han decidido no tener hijos. Es una respuesta natural al
hundimiento del país bajo una deuda pública y privada de miles de millones de
lati. Letonia no está en la trayectoria adecuada para alcanzar los niveles de
riqueza occidentales, y no tiene escapatoria a continuar por la senda de su
actual política fiscal neoliberal regresiva, contraria a los trabajadores, a la
industria y a la agricultura, que le ha sido impuesta de forma tan coercitiva
desde Bruselas como condición para el rescate del Banco Central de Letonia, con
el fin de que éste pueda pagar a los bancos suecos que han realizados este tipo
de créditos improductivos y parasitarios.
Albert Einstein dijo que "[es] una locura realizar la misma cosa una y otra vez
esperando resultados distintos". Letonia ha aplicado una y otra vez durante casi
20 años el mismo Consenso de Washington "pro occidental", con resultados cada
vez peores, que a fin de cuentas han sido catastróficos para el sector público,
los trabajadores, la industria y la agricultura. La tarea fundamental actual
consiste en liberar a la economía letona de su camino neoliberal hacia la
neo-servidumbre. Se podría pensar que la senda elegida podría ser la trazada por
los economistas clásicos del siglo XIX, que condujo a la prosperidad que podemos
ver en los países occidentales y también actualmente en el Este asiático. Pero
esto requeriría un cambio en la filosofía económica; lo cual conllevaría un
cambio profundo en la articulación del sector público y de la gobernación.
La cuestión es cómo responderán Europa y los demás países occidentales.
¿Admitirán su error? ¿O no sentirán ni un ápice de vergüenza? Los signos
actuales no son alentadores. Los occidentales piensan que el trabajo no se ha
empobrecido lo suficiente, la industria no está suficientemente devastada y el
paciente económico aún no ha sido suficientemente desangrado.
Si éste es el mensaje que Washington y Bruselas están lanzando a los países
bálticos, ¡imaginen qué están a punto de hacerles a las gentes de sus propios
países!
(*)Michael Hudson trabajó como economista en Wall Street y actualmente es
Distinguished Professor en la University of Misoury, Kansas City, y presidente
del Institute for the Study of Long-Term Economic Trends (ISLET). Es autor de
varios libros, entre los que destacan: Super Imperialism: The Economic Strategy
of American Empire (nueva ed., Pluto Press, 2003) y Trade, Development and
Foreign Debt: How Trade and Development Concentrate Economic Power in the Hands
of Dominant Nations (ISLET, 2009). Jeffrey Sommers es codirector del Baltic
Research Group en el ISLET y profesor visitante en la Stockholm School of
Economics, en Riga.
Traducción para www.sin permiso .info : Jordi Mundó