Es por el arresto de un
marinero en aguas que se disputan ambos países.
Por David Brunat - Clarín, Argentina
Beijing
decidió suspender todas sus relaciones de alto nivel con Tokio después de que un
tribunal japonés decretó 10 días más de arresto para el capitán del pesquero
chino apresado el 8 de septiembre en aguas disputadas por ambos países.
El régimen comunista eligió la televisión estatal para escenificar su
indignación y dar un golpe sobre la mesa contra su vecino más odiado. Un locutor
tomó un comunicado firmado por el portavoz del Ministerio de Exteriores, Ma
Zhaoxu, y leyó: “China ha repetido muchas veces que cualquier medida judicial
que adopte Japón contra el capitán de barco chino es ilegal e inválida. Exigimos
que Japón libere al capitán inmediatamente y sin condiciones. Si Japón continúa
por el mal camino, China adoptará fuertes contramedidas y Japón tendrá que
asumir todas las consecuencias”.
A pesar del tono belicista, Beijing se abstuvo de tirar la casa por ventana
rompiendo relaciones diplomáticas . Los intereses entre ambos países son
demasiado importantes como para tomar una postura tan radical. Por el momento
optó por congelar los intercambios ministeriales y provinciales, lo que no quita
que hoy la relación entre ambos gigantes asiáticos atraviese su peor momento en
los últimos cuatro años.
El pesquero y su tripulación habían sido capturados el 7 de septiembre. El
capitán, Zhan Qixiong, de 41 años, fue acusado por Japón de golpear
deliberadamente con su barco a dos patrulleras niponas y, posteriormente, de
obstruir la labor de funcionarios públicos.
El martes pasado Japón devolvió el barco y dejó libre a los 14 miembros de la
tripulación, pero mantiene detenido al capitán.
La captura del pesquero es vista por China como un ultraje a su soberanía
nacional , pues la embarcación estaba faenando cerca de las islas Diaoyu (Senkaku
para los japoneses), un archipiélago deshabitado reclamado por ambos países y
que basa su interés en albergar supuestamente un gran yacimiento de gas aún por
explotar.
China ha exigido la inmediata liberación de Zhan desde su arresto. El choque
diplomático entre ambos países aumentó cuando la corte de Ishigaki, en el
extremo sur de la prefectura de Okinawa, decidió, tras un primer período de
detención de diez días que vencía el domingo, acordar otro de diez días más,
hasta el día 29, para dar tiempo a la fiscalía de evaluar si actuará formalmente
contra el capitán.
Así, cumplirá la totalidad del período máximo de 20 días que establece la
Justicia nipona para la detención de un sospechoso sin que se dicten cargos
contra él. Beijing no ha dudado en politizar el conflicto permitiendo que este
sábado se organizara una manifestación (algo ilegal en el país) para expresar el
sentimiento antijaponés, coincidiendo con el 79 aniversario del inicio de la
invasión nipona sobre China, en 1931.
Apenas hubo 150 manifestantes en la capital y otras decenas más en distintos
puntos del país. Todos se abstuvieron de quemar banderas como hicieron en 2006.
Más que nada, porque al gobierno le interesa mantener caldeado el ambiente pero
sin excesos. Mientras muchos coreaban “¡Aniquilen a los diablos japoneses!” y
pisoteaban banderas, la cancillería China llamó a la calma.
Japón no reaccionó oficialmente a la decisión china de suspender sus
intercambios. Pero el nuevo canciller japonés, Seiji Maehara, es conocido por su
mano dura contra China. La semana pasada no dudó en afirmar que “no existen
problemas territoriales en el Mar de China Oriental” y que, por lo tanto, Tokio
“simplemente adoptará una postura firme para defender la soberanía nacional”.
Incluso calificó a China como “una amenaza” porque ha desarrollado misiles
capaces de alcanzar la capital japonesa y realizar pruebas subacuáticas en
territorio nipón.
Aunque a ninguna de las dos potencias le interesa un enfrentamiento comercial a
gran escala, la situación se encuentra en un punto muerto y el orgullo hará
difícil que una de las dos partes dé el primer paso atrás.