Un economista se inspira en
Shakespeare para explicar por qué se desató la crisis.
Por Mark Whitehouse
- The Wall Street Journal
Los estragos que de la crisis financiera han llevado a los economistas a
esforzarse para comprender precisamente por qué ocurrió y cómo impedir que
vuelva a suceder. Para esa misión, John Geanakoplos de la Universidad de Yale se
inspira en El mercader de Venecia.
El enfoque de la obra de William Shakespeare es el colateral. El prestamista
Shylock exige una forma de recompensa particularmente onerosa si su préstamo no
es devuelto: una libra de carne humana. Geanakoplos también reconoce el peligro
al acecho en los activos que respaldan préstamos. Para él, el riesgo es que los
inversionistas que pueden pedir prestado con demasiada libertad contra esos
activos impulsen sus precios a niveles demasiado altos, dando lugar a un
derrumbe que repercute en toda la economía.
Durante años, su esfuerzo para comprender este proceso no suscitó demasiado
interés. Pero ahora todas las miradas se centran él; otro efecto más de la
brutal forma en que se desinfló la burbuja del crédito. La crisis dejó en
evidencia la insuficiencia de las herramientas tradicionales de los economistas,
lo que los obligó a replantearse muchas cuestiones que para muchos de ellos ya
tenían respuesta desde hacía mucho tiempo, como por ejemplo cómo controlar los
perjudiciales ciclos de auge y caída.
Geanakoplos es parte de un pequeño grupo de académicos que ofrece una nueva
forma de interpretar esos ciclos. Formado por un conjunto variado que abarca
desde especialistas en finanzas hasta teóricos abstractos, el grupo avanza hacia
el epicentro del escenario económico tras años en el banquillo. La meta es
arreglar los modelos que encapsulan el entendimiento del mundo que tienen los
economistas y servir como herramientas para que los bancos centrales del mundo
diseñen sus políticas. Se trata de una tarea que podría requerir una reforma en
profundidad del modo en que funcionan esos modelos.
"Podríamos estar delante de un cambio de paradigma", afirma Frederic Mishkin, un
ex gobernador de la Reserva Federal que ahora enseña en la Universidad de
Columbia.
Ese cambio podría darle la vuelta a la forma en que los banqueros centrales
hacen su trabajo. Esto podría llevarlos a involucrarse más en los mercados.
Podrían, por ejemplo, poner un mayor énfasis en la cantidad de préstamos que se
otorgan en la economía, en vez de concentrarse sólo en las tasas de interés a
las que se otorgan los préstamos. En tiempos de auge, eso podría llevarlos a
restringir la cantidad de dinero que podrían tomar prestado diferentes actores,
desde los fondos de cobertura hasta los compradores de viviendas.
Geanakoplos es emblemático de la nueva forma de pensar, pero eso no significa
que sus ideas serán las que prevalezcan. Es demasiado pronto para saberlo. Pero
el economista se encontraba entre un grupo de académicos a los que el presidente
de la Reserva Federal, Ben Bernanke, invitó a discutir la crisis durante su
punto álgido en octubre de 2008.
El siglo pasado fue testigo de dos revoluciones en la forma en la que los
economistas entienden el mundo. Ambas requirieron dolorosas crisis para ponerlas
en marcha, pero podría decirse que ambas mejoraron la capacidad del gobierno de
manejar la economía.
La primera llegó después de la Gran Depresión, cuando los economistas elaboraron
algunos de los primeros modelos matemáticos que las autoridades podían usar para
intentar gestionar la economía. La segunda llegó en la década de los 70, que
estuvo marcada por la alta inflación, cuando los economistas crearon nuevos
modelos que tomaban en cuenta la forma en que las expectativas de las personas,
sobre precios o ingresos, pueden influir sobre la economía a largo plazo.
Durante la segunda revolución, la economía de EE.UU. ingresó en un período de
estabilidad e inflación baja que abarcó desde los años 80 hasta la mayor parte
de esta década. Esto llevó a muchos economistas a creer que habían triunfado
sobre los ciclos económicos. En palabras de Robert Lucas de la Universidad de
Chicago, uno de los padres intelectuales de los modelos, "el problema central de
la prevención de las depresiones se ha solucionado... por muchas décadas".
El resultado fue una nueva ortodoxia, conocida como "expectativas racionales",
que aún domina y abarca todo, desde la forma de invertir de los fondos de
pensión hasta la manera en que los analistas financieros fijan los precios de
los valores. Entre sus ramas principales se encuentra la idea de que los
mercados son "eficientes", lo que significa que incluso un inversionista poco
preparado puede obtener un buen negocio, ya que el precio de cualquier valor
tiende a reflejar toda la información relevante que hay disponible.
Geanakoplos nunca estuvo convencido de que esta teoría fuera acertada. Un ex
campeón adolescente de ajedrez y licenciado en matemáticas y teoría económica en
Harvard, el economista dedicó gran parte de su carrera a buscar fallas en las
teorías dominantes. Su escepticismo estuvo complementado con experiencia en el
mundo real, primero como director de investigación de renta fija en la corredora
ahora desaparecida Kidder, Peabody & Co. y luego como socio de un fondo de
cobertura especializado en valores respaldados por hipotecas, Ellington Capital
Management.
En Wall Street, Geanakoplos, ahora de 54 años, descubrió algo que consideró como
una limitación seria del mercado: no había suficientes viviendas ni otras formas
de colateral para respaldar las grandes cantidades de valores de deuda que los
bancos podrían crear. Por eso, cuando los inversionistas exigieron más valores
"respaldados por activos", los banqueros tuvieron que buscar formas de "estirar"
la provisión disponible de colateral.
Una forma proponía que el colateral desempeñara una doble función. Por ejemplo,
los mismos préstamos hipotecarios que hicieron los bancos se volvieron en
colateral para complejos valores de deuda, conocidos como obligaciones
hipotecarias colateralizadas.
Otra forma de estirar el colateral era prestar más en su contra. Por ejemplo, si
un banco bajaba el pago inicial sobre una casa de US$100.000 de 20% a 5%, podría
tener US$95.000 en préstamos contra la casa en lugar de US$80.000. De forma
similar, los bancos podrían reducir los pagos iniciales, o "márgenes", que
exigen a los inversionistas que usan dinero prestado para comprar bonos y otros
valores.
Una interpretación de El Mercader de Venecia en 1997 y el tema de la libra de
carne humana ayudó a Geanakoplos a concentrarse en la importancia del colateral.
"Pensé que era una señal de los dioses de que había descubierto algo e iba por
buen camino", señala.
En un ensayo académico de 2000, Geanakoplos ofreció una teoría. Afirmó que
cuando los bancos establecen márgenes muy bajos, al prestar más contra una
cantidad determinada de colateral, tienen un potente efecto sobre un grupo
específico de inversionistas. Estos son compradores, ya sean fondos de cobertura
o quienes quieren una casa, que por distintos motivos le dan un valor más alto a
un tipo determinado de colateral. Los llamó "compradores naturales".
Al usar grandes cantidades de dinero prestado, o apalancamiento, estos
compradores empujan los precios al alza a niveles extremos. Debido a que esos
precios están muy por encima de lo que tendría sentido para los inversionistas
que usan menos dinero prestado, violan la idea de los mercados eficientes. Pero
si una dosis de malas noticias vuelve a los prestamistas inseguros sobre el
futuro inmediato, éstos suben los márgenes y obligan a los optimistas
apalancados a vender. Eso desata una caída en espiral en que los precios que
bajan y los márgenes que suben se refuerzan mutuamente. Los bancos pueden
sofocar la economía a medida que se vuelven temerosos de prestar bajo cualquier
circunstancia. Geanakoplos lo llamó el "ciclo del apalancamiento".
Esta idea tenía grandes implicaciones para quienes diseñan políticas económicas.
Durante décadas, estaban convencidos de que las tasas de interés eran el
indicador más importante de oferta y demanda en los mercados de crédito, y la
única variable que necesitaban ajustar para lograr un resultado económico
deseado. Ahora, Geanakoplos proponía que otro elemento —el colateral de los
prestamistas o sus requisitos de margen— podría ser incluso más importante.
El año pasado, cuando los mercados financieros se tambalearon, los modelos
principales de los bancos centrales ofrecieron pocas pistas sobre cuál sería el
impacto sobre la economía en general, o lo que deberían hacer para protegerlo.
Ahora que la crisis financiera puso en evidencia fallas en los modelos de los
bancos centrales, los economistas han comenzado a generar una gran actividad que
probablemente rediseñe el campo. Al igual que ocurrió en las dos revoluciones en
el pensamiento económico anteriores, los economistas están redescubriendo
trabajos relevantes. Geanakoplos fue invitado a presentar sus ideas en una
conferencia que se realizará en abril, organizada por el Consejo Nacional de
Investigación Económica de EE.UU.
Geanakoplos aún tiene que desarrollar su teoría y convertirla en un modelo
completo. "Su trabajo asume que el ciclo de apalancamiento es malo, pero da
pocas pautas de hasta dónde deberían controlarlo los reguladores", afirma Markus
Brunnermeier, un economista de Princeton.
Ahora, la meta de los economistas es crear un modelo que tenga en cuenta lo que
ocurre en el sector financiero pero que también sea lo suficientemente simple
como para que se pueda aplicar en el diseño de políticas. La búsqueda está
uniendo a economistas financieros con macroeconomistas. Algunos creen que una
solución viable emergerá dentro de un par de años; otros afirman que podría
llevar décadas. Por su parte, Geanakoplos está convencido de que un cambio de
paradigma de este tipo ya está en marcha.